La primera vez que la parte pelirroja de la pareja, después de atravesar las vías del tren que establecían bien a las claras lo que era el centro de la ciudad y lo que eran los suburbios, visitó lo que iba a ser su casa en aquellas calles sin asfaltar, llenas de barro, estuvo a punto de romper a llorar como sólo ella sabía hacerlo, pero se contuvo por las niñas, dos hermosuras a las que sus tías modistas, utilizando cualquier retal sobrante de los encargos de las clientas, vestían a la última con perifollos y sombreritos a juego. Eso sí, se prometió que sus lindos pimpollitos, nacidos al lado de la Plaza Mayor, no se convertirían jamás en los salvajes brinca-charcos que veía alrededor.

La familia se trasladó definitivamente a su nuevo hogar con una nueva florecilla añadida al par de rosas que formaban el ramillete filial. Y otra más brotó al año siguiente. Así que muy pronto las dos mayores tuvieron que compartir el cuquísimo dormitorio con sus dos camitas con mesilla entre medias y armario a juego.  Tan pronto como la solución habitacional tuvo que acoger a dos ocupantes por noche en cada cama, se establecieron fronteras cuya línea imaginaria dibujaba con el dedo la que se consideraba invadida, partiendo del adorno central del cabecero y recorriendo el colchón hasta topar con el cuerpo invasor, cuya dueña era conminada a retirarse al grito de “estás en mi sitio”. La línea la rompía en las crudas noches del invierno el papá, al que le cabía el refrescante honor de estrenar las camitas perfectamente mullidas y ahuecadas de su prole a fin de que no padecieran la congeladora impresión de sumergirse en unas sábanas que podrían ser llamadas sábanas de hielo.

La mamá y el papá remataron la producción de polluelas con la quinta pipiola. Se habría podido crear un conflicto ya que la nueva quedaba sin la tradicional compartidora de cama. Pero por entonces se iba a tener que ejecutar una expulsión en el dormitorio de las niñas, y de rebote, quedó una media cama libre. En ese dormitorio se había tolerado que una anduviese por ahí sonámbula dando sustos de muerte, que otra canturreara dormida, pero que la frontera sagrada de la media cama fuera violada cada dos por tres por un fluido corporal que no conocía de leyes, y que, sin comerlo ni beberlo, la invadida se levantara empapada de orines pasaba de lo soportable. Así que después de reiteradas quejas elevadas por la orinada a sus progenitores, la orinante fue condenada a dormir en la salita en una cama turca que había sido adquirida, en parte por un por si acaso, y en parte por la inclinación un poco esnobista de que siempre hizo gala la cuota morenaza de la pareja por las «cosas modernas».

La más nuevecilla se trasladó a su mitad de cama y al poco descubrió sus aptitudes juglarescas. Las más de las noches, antes del toque de queda, hacía desternillarse primero a sus hermanas y luego a sus progenitores que acababan por sumarse a la juerga, con unas cancioncillas de su entera invención cuya protagonista era una tal Matilde que se pasaba las canciones yendo de un sitio a otro haciendo más y más cochinadas. Cuando la juerga sobrepasaba los límites acústicos y temporales, se terminaba oficialmente el espectáculo.

Aquella madre que se prometió no permitir que sus hijas se convirtieran en salvajes nunca supo los ejercicios de alto riesgo que las nenas realizaban sin red en las zonas comunes de la finca. No llegaban a ser, digamos, suicidas. Se limitaban a jugarse el tipo lanzándose del octavo escalón abajo. Pero eso sí, iban calentando de uno en uno. Los tres primeros se saltaban como quien cose y canta; el cuarto requería un poco más de atención; a partir del quinto empezaba la dificultad; el sexto, séptimo y octavo se saltaban por vergüenza torera, con el vértigo de estar haciendo algo arrojado, muy arrojado. Las niñas, que siempre fueron muy de rimar, y las lindas amiguitas que se sumaban a la fiesta, acompañaban sus saltos con el esotérico conjuro «San José, San José, si me mato no lo sé», frase cuyo hermético significado continuará oculto. El retumbe corporal era bastante notable cuando el cuerpecillo aterrizaba con bien.

Pero había otro entretenimiento que lograba que todos los huesos, articulaciones, órganos, se movieran de su sitio y con suerte volvieran a colocarse. Era el inocente juego de sentarse en un escalón, ir arrastrando el culillo hasta el ras del escalón y dejarse caer a plomo sobre el siguiente escalón. El golpetazo en el culo era considerable y podía ir acompañado de otro en medio de la espalda si no se calculaba bien la distancia, la repercusión en sus cerebros quizá la sigan pagando de por vida, pero lo importante era la diversión, y ¡cómo disfrutaban pegándose esos leñazos!

¿Y ese inocente pasatiempo consistente en dar vueltas y vueltas en el portal girando sobre sí mismas sin parar hasta necesitar aferrarse a la pared para no caerse? ¿Qué decir de ese botellón a palo seco? No quisiera contribuir al desprestigio de unas chiquitinas tan delicadas -que sí, que también jugaban a cositas finas- pero no me resisto a contar una más: descenso de arambol a horcajadas. Dependiendo de la edad de la ejecutante del descenso, se le permitía hacer un tramo, dos, tres o cuatro. Cuatro tramos suponían lanzarse desde el segundo piso y, por la altura y el riesgo estaba reservado a categorías superiores. El descenso se realizaba colocándose el vuelo de la falda entre las piernas para evitar -lo que lamentablemente no se conseguía siempre- que el roce de la madera del pasamanos en la tierna piel provocara una dolorosísima erosión. Las manos y los brazos hacían de freno en la bajada y también sufrían lo suyo.

Algún día lo contaré todo. Contaré en quiénes se convirtieron las, por ahora, anónimas hijas del simpático matrimonio. Pero no hoy. Hay mucho en juego. 

 

 

   la_familia_telerín1.jpg

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS

comments powered by Disqus