Viaje a las manos

Y siguió murmurando en silencio, con el pensamiento puesto en otro lugar lejos de la monotonía. Presentía que la soledad llegaría en cualquier momento. Lloraba sin consuelo mirando aquellas manos blancas que la acompañaron durante el viaje de su vida. Sus manos, aquellas que se hacían más blancas cada año de vida. Largas, huesudas y arrugadas, de dedos agarrotados que hasta no hace mucho bailaban alegres de la A a la Z, posándose con delicadeza sobre el verde césped de la imaginación.

Manos que viajan recorriendo camino desde la punta de los dedos hasta el hombro atravesando canales extensos en forma de brazo; uniéndose en sentimiento, pasión y deseo.

Manos alegres y graciosas en ocasiones; otras veces, tristes y desconfiadas como su dueña. En su juventud fueron fuertes, imitando a los rios de bocas angostas; en la vejez son estrechas y diminutas como un pasadizo que se alarga y estrecha al final del camino.

Manos que escribieron la historia de los pueblos, el ir y venir de los siglos, plasmando en el papel las distintas edades de la vida. Manos que cosieron heridas en hospitales sombríos. Que se deslizaron por la tela de sobrios vestidos, enebrando agujas y cortando hilos. Las manos que besaron los caballeros y las que cortaron rosas. Las que sufrieron el destierro y lloraron en las frías noches entre sábanas de algodón.

Son aquellas que al llegar el final sienten que la noche se aclara si el corazón se une al cerebro. Las que no buscan ya excusas para terminar el trabajo. Son manos libres de tomar su camino. Tienen alma porque han formado parte de este mundo. Nunca buscaron el reconocimiento ni una medalla ni un premio, solo quieren dejar huella en el tiempo, ese que a veces se escapa y recorre el sendero haciendo palpitar el corazón.

Acariciaron juguetes y se enfrentaron a sus miedos y se unieron a los miedos de otras. Caminaron y lucharon juntas sin sospechar que en algún momento del viaje se opondrían las unas a las otras. Se tocaron y se enamoraron y se mezclaron disolviéndose en tintes de distintos colores, razas y religiones. Fueron las que plantaron bosques, criaron hijos, sanaron a enfermos y las que intentaron mejorar la vida de sus descendientes. Torturadoras o salvadoras envejecieron a ritmo de como habían vivido.

Manos: -¡Qué sentimentales nos ponemos a veces! Va siendo hora de calmar nuestra soledad. Recuerdos, recuerdos de cuando éramos niñas y jugábamos a saltar a la comba o a dar de comer a las palomas. En el presente, ya no queda tiempo. Hemos vivido y recorrido muchos kilómetros. Hemos sentido que la vida era algo más que un apretón de manos; era unirnos a algo más grande que nosotras. Después de todo, estamos contentas porque aprendimos el verdadero significado de vivir, a pesar de los desacuerdos y las guerras que emprendimos. Somos vasijas de barro que en algún momento pueden romperse, que se debilitan con el transcurso de los años.

Traviesas, viajaron de pueblo en pueblo recorriendo meandros de ríos y lagos, acariciando picos de montañas empinadas y escuchando de vez en cuando el sonido cantarín de algún jilguero entusiasta.

Y se hicieron fuertes en aquellos que fueron sus dueños. Señores que abrazaron a la historia construyendo castillos, derribando muros, empuñando armas, cayendo rendidos al abrigo de algún fuego que brotara del subsuelo. Grandes, sí, grandes manos que esculpieron sobre piedras hermosos cuerpos dejando impregnado de recuerdo su paso por la tierra.

Y fueron tiernas manos que acunaron los sueños de aquellas que sintieron que la vida ha de ser atrapada y soplada con fuerza. Que se tienden para sujetar al débil que cae de rodillas en países en donde la miseria se une a la violencia.

Manos: -¡Qué rápido caminamos y qué despacio corre el reloj cuando la meta está cercana!

Si las escuchas siempre tienen algo que contarte, solo has de prestarles un poco de atención.

FIN

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