El Guardián de sonrisas

El Guardián de sonrisas

Seis de la mañana

No hay estrellas en el cielo de Madrid: todo está oscuro.  Ya me lo había avisado Didí, en las interminables horas de peregrinación compartidas, sumando países al cuentakilómetros de nuestras desgastadas sandalias, escapando por los pelos de la sed, distrayendo a duras penas el hambre, ganando por milésimas la carrera al miedo. Y finalmente, velando ilusiones en el descampado desde donde preparamos el asalto a la alambrada de Melilla. Didí siempre me decía: “baja de la nube, Chris. Europa no es para tanto. Grandes ciudades, lujosos coches, mujeres elegantes. Pero, más allá de todo eso, el humo de las fábricas y esas horribles nubes -que nunca se disipan- engullen de día el sol, y la noche se torna oscura como las fauces de un león insaciable”. Yo escuchaba con atención, absorbía cada detalle que conmigo compartía. Didí era mis ojos, mi guía. Había estado en Europa: su primera aventura en la tierra de los sueños había sido fugaz, con varias escalas intermedias y un descorazonador punto final en París. Allí, un golpe de mala suerte, el humillante interrogatorio de los de Inmigración, un sello estampado en un papel por gentes sin corazón, y listo. El martirizador vaivén del avión, los incesantes zarpazos de amargura, el fracaso inconsolable. Vuelta a la casilla de salida. De nuevo en Malí.

Nada, ni una sola estrella. Didí no lo hubiera soportado: estaba enfermo de añoranza, enamorado del brillo nocturno de los cielos africanos, cosidos con puntadas finas llenas de luz. Pero yo no voy a ser como Didí. Yo escribiré mi propio destino y no pienso volver a mi país. Mi madre siempre me lo decía: ”Christopher, sonríe, hijo. Tienes un  don. No dejes de buscar un motivo por el que sonreír.” Mi madre era una mujer sabia, de palabras sencillas que encerraban grandes enseñanzas. Y yo, para honrar su memoria, siempre he seguido sus consejos. Así que sonrío por la mañana, a la muchacha que nos sirve el vaso de leche con galletas, en el comedor social de Vallecas. Sonrío los viernes a Yusuf, el del locutorio, cuando envío a mis hermanos las monedas que he conseguido ahorrar durante la semana. Mi sonrisa es también  un homenaje a Didí, cuyas esperanzas se quedaron demasiado pronto en el camino, en esta ocasión prendidas de una espantosa alambrada melillense que destrozó sus brazos y redujo a jirones sus sueños. Sonrío, en la puerta del supermercado de este barrio madrileño, a Alicia y Encarna, las cajeras, a los chicos del almacén que me ofrecen una manzana a escondidas, a los abuelitos que me dan conversación, a los niños que miran con curiosidad el color de mi piel o mis fuertes y blancos dientes. Y sonrío, sobre todo, por Laila.

No hay estrellas en el cielo de Madrid. Es una noche negra infinita, pero nunca será para mí un espectáculo triste. Porque negra es la mirada de Laila (ya estoy otra vez sonriendo: Laila siempre roba mis mejores sonrisas). En mi mente suena su cantarina voz de jilguero; mis manos guardan el recuerdo de su sedosa piel de chocolate, y siempre, siempre, encienden mi corazón sus preciosos ojos negros. Pasaba horas absorto, anonadado, perdido en la inmensidad de esos ojos, que ni tan siquiera este inabarcable cielo español alcanza. De repente, ya no estoy solo; Laila me contempla, me cuida, me envuelve desde arriba. Ella es mi luz, es mi norte y el sur, la única mujer que en mi corazón habita. Un día no muy lejano, inshallah, se reunirá, aquí en Europa, conmigo. Rezo cada minuto para que ese día me alcance pronto. Acariciando estos pensamientos, es fácil honrar a mi madre y seguir sonriendo. 

***

Ocho y media de la mañana

“¡Hola amigo!, ¿cómo estás? ¿Qué tal tu familia, todos bien?”.  Las palabras resuenan en mi interior, son un suave oleaje que mece los resortes de mi memoria; resultan embriagadoras y a la vez sacuden y hacen trastabillar mis esquemas interiores. No es la primera vez que me ha dedicado estas frases que, sin embargo, cada vez calan en mí más profundo. No sé, acerca de él –y me avergüenza admitirlo- su nacionalidad, ni su filiación o credo,  ni tan siquiera su edad. Por no saber, incluso su nombre desconozco: así de eficaz es la coraza de indiferencia que nuestra sociedad civilizada ha ido tejiendo, de forma metódica y calculada, hasta enmarañar  mi corazón.

Podría ser uno más, uno de tantos: podría, a simple vista, confundirse con esas impredecibles tribus de nómadas urbanos, vertiginosos magos que despliegan, en fracciones de segundo, sus sábanas preñadas de cedés prohibidos, de películas aún en cartelera o el último grito en videojuegos; o como quienes, eternos esclavos del pavor – con esa mirada de cervatillo inquieto y asustado que escruta el entorno- venden imitaciones de exclusivos jerséis y bolsos, recostados en las paredes o bien vigilantes en las esquinas, a pie de calle,  a la salida del metro. Podría ser uno de ellos, pero no lo es: posee una luz interior cuyo brillo asoma por su esplendorosa sonrisa. Una sonrisa sincera, franca, permanentemente instalada en su faz, cual si esculpida con esmero y nacida de experta mano, cincelada por un maestro artesano, armónica con el conjunto de sus facciones, equilibrada y radiante.

Retorno al prosaico segundo que me ocupa: el trabajo me espera. Prendo el macuto y el viejo sombrero marrón y salgo, mudo y pensativo, al exterior. Me recibe la débil luz de la mañana, con un sol dubitativo, quizá por el momento indolente. El exiguo carril para automóviles contempla, receloso, los bolardos que tachonan sus lindes, las fachadas desiguales de los edificios, las aceras irregulares, el abigarrado arcoíris de rótulos comerciales: se trata de Pedro Laborde, una calle impredecible, camaleónica, elástica y desconcertante que aún dormita, guardando fuerzas para el frenesí comercial en ciernes, presto a desatarse. En el ínterin, una suave fragancia, quizá a geranios, se solaza con la frescura del pavimento recién regado y con las dulces seducciones que aventura una cercana tahona. Un barrio obrero, un sencillo enclave, epicentro del castizo distrito de Vallecas, que a su vez es, a mi modesto entender, el corazón solidario de Madrid, de España y del ancho mundo.

Al pasar por delante de su “oficina ambulante”, constato que el chico en cuestión no ha comparecido. Es lógico, razono: el supermercado en cuya puerta diariamente se aposta permanece aún cerrado. A la izquierda, una joven con exceso de maquillaje y enfundada en un vestido deliberadamente ceñido brega con el cierre de una novedosa y flamante casa de apuestas. A la derecha del súper –que aún reposa, como decía, silente y huérfano de inquilinos- un desordenado batallón de abuelitos se apelotona frente a la puerta de una sucursal bancaria. Es viernes, último de mes, y una tenaza de angustia estrangula sus empañadas miradas, con la secreta esperanza de que Míster Euro se haya dignado, por una maldita vez, a visitar sus cartillas a tiempo, para así mitigar sus apuros y sofocar, siquiera momentáneamente, sus perentorias miserias. En el acristalado escaparate de la entidad se alinean, impecables y ordenados, sendos carteles invitando a invertir en bonos y preferentes, junto a oportunidades únicas para hipotecarse en minúsculas ratoneras, con el arduo desafío de convertirlas – a lo largo de los siguientes cuarenta años de religiosas y cómodas mensualidades- en acogedores hogares.

Tomo el metro, camino del centro: allí me aguardan tareas, decisiones, responsabilidades. Pero él –me maldigo mil y una veces por desconocer su nombre- ha acampado en mi retina, con sus raídas deportivas blancas y la gorra multicolor de visera recta;  alto, enjuto, con su atezada piel, los ojos vivos,  su melosa dicción francófona y el sempiterno dibujo en unos labios que a duras penas contienen el tropel de dientes blancos y fuertes. Repartiendo sonrisas indiscriminadas, contagiando felicidades efímeras, mejorando, en suma, el día de quienes con él nos cruzamos.

***

Nueve de la noche

Fin de una dilatada jornada laboral. Hora de aparcar, por unas horas, gestiones, pedidos y preocupaciones. Las escaleras del metro me arrojan a la superficie, estoy de nuevo en Vallecas, enfilando la esquina que muere en Pedro Laborde. El Guardián de sonrisas – así lo he bautizado provisionalmente, hasta que averigüe su nombre; no puedo estar continuamente refiriéndome de forma tan vaga a su persona- se ha colado en mis pensamientos durante el día: ha sido una irrupción sedosa, sutil, pero también firme e insoslayable.  Me han asaltado, por turnos, la curiosidad y la zozobra: ¿Cuál será la historia de este muchacho? ¿Qué muescas y heridas arrastrará su corazón? ¿Qué precio, material y emocional, habrá pagado para comprar su billete con destino al idílico norte,  a esta Vieja Europa donde los sueños siempre se cumplen? ¿Pasará hambre, le azotará la sed, le torturará el frío? ¿Logrará, al menos, dormir bajo techo? Y, unos escalones más abajo, llamando a las puertas del infierno, nuevas preguntas, de incómoda respuesta, esta vez dirigidas a mí mismo: ¿En qué momento decidí desenchufar el interruptor de la sensibilidad y la consideración hacia mi prójimo? ¿Cómo puedo ser tan inhumano? ¿Qué más desgracias deben confluir a mi alrededor para que despierte de una vez y ponga en marcha mis aletargados sentidos? ¿En qué clase de monstruo me he convertido?

Sigo avanzando por la calle: ya casi estoy a su altura. Constato que Pedro Laborde ha mutado su piel, y que la escena matutina se ha invertido: en la sucursal bancaria, ahora desierta – ¿habrán obtenido los abuelitos la merecida recompensa de su pensión mensual?- alguien ha colocado, por la parte exterior de la luna, un cartel casero que invita a boicotear al gobierno, a los bancos y a dinamitar los cimientos del capitalismo. Al otro lado del súper, en cambio, la casa de apuestas bulle de actividad, en un incesante trasiego de jóvenes ociosos, hastiados y encanallados que, a falta de otros productivos quehaceres, dilapidan las horas calibrando resultados deportivos mientras consumen sus pitillos y escanean, de forma inelegante y descarada, a las audaces chicas que osan pasar a su lado.

Y allí, en la puerta del súper, de pie en su invisible e invariable garita, se alza, por fin, el Guardián de sonrisas, conversando con una anciana – de cuya apariencia se deduce que está casi tan necesitada como él- que rebusca afanosamente en su vestido de tela y finalmente le tiende unas monedas. El Guardián deposita, cual ala de mariposa, su mano en el hombro de aquélla, a la vez que consulta su diccionario bilingüe de bolsillo –todos los días descifra nuevas palabras en sus ratos sueltos- y ensaya una de las frases recién aprendidas, para culminar la acción con una de sus deslumbrantes sonrisas.

Mis pasos recortan la distancia que me separa del Guardián de sonrisas. Me ve venir, tranquilo y afable como él es y, también como siempre, me tiende la mano y aventura, con suave cadencia francófona, convirtiendo en agudas las palabras, su  ya clásico  “¡Hola amigo!, ¿cómo estás? ¿Qué tal tu familia, todos bien?”, que me roba una instantánea sonrisa. Este hombre es como un rayo de sol que la piel acaricia: cercano, cálido, agradable.  Y aún me da tiempo a pensar: gracias, mi Guardián. Por impartirme lecciones todos los días. Por enseñarme a vivir, por tu generosidad. Por revelarme que existen muchas formas de riqueza y pobreza, y que éstas no solo se miden por una moneda en el bolsillo.

Ojalá esta vieja Europa –idílica tierra de oportunidades donde a veces, solo a veces, los sueños se cumplen- no pervierta ni desdibuje tu maravillosa sonrisa, ni descubras, por las malas, que esa quimera europea, las más de las veces, oculta a un insaciable Saturno devorando a sus hijos.

Ojalá tus sueños se materialicen, y no consumas por el camino ni un ápice de tu autenticidad. No pierdas tu alegría: la necesitamos.

Andamos escasos de Guardianes de sonrisas.

***

Once de la noche

No hay estrellas en el cielo de Madrid: la noche es un oscuro desierto infinito que todo lo abarca. Gobierna, inquietante y poderoso, el elegante negro que me recuerda a los ojos de Laila y, hoy con más intensidad que nunca, dentro de mí brillan miles de soles. ¡Ah, qué día de emociones! Esta mañana, en el locutorio, Yusuf me ha trasladado la mejor de las noticias. ¡Laila ya está en España! La patera, que como de costumbre venía llena a reventar, arribó a una playa junto a Cartagena, en el levante español. La Guardia Civil y la Cruz Roja aguardaban en tierra firme equipados con víveres y mantas. Laila es menor de edad, no puede ser repatriada a Malí: se queda en España. Se encuentra ahora en un lugar de acogida, no logro recordar su nombre: los nervios y la emoción me impedían seguir la narración de Yusuf. Alá es grande. Mis plegarias, por fin, han obtenido recompensa.

Me marcho, me voy. Dejaré un pedacito de mi corazón en este barrio de Madrid, de gente trabajadora, amistosa y sencilla. Echaré de menos a Alicia y Encarna, a los mozos del almacén, a Yusuf, a los ancianos y sus cálidas palabras, a los niños y sus miradas divertidas. Al chico del sombrero marrón que, por fin, derrotó su timidez y derribó sus barreras interiores, y se decidió a acercarse a charlar conmigo, esta misma tarde.

Es hora de empaquetar el fardo y poner rumbo a Cartagena. No sé cómo voy a llegar hasta allí, nunca he pisado esa ciudad, hasta esta mañana ni siquiera la había oído mencionar. Pero la incertidumbre no me asusta: ya atravesé desiertos, derroté a la sed, abatí el hambre y el miedo. Incluso escalé muros y salvé espinosas alambradas. Emplearé lo que tengo, lo que soy: esta sonrisa que mi madre, con sus sabias enseñanzas encerradas en palabras sencillas, me animaba a usar todos los días. Parece que la estoy oyendo ahora mismo, con su mirada fija y el semblante grave, diciéndome: ”Christopher, sonríe, hijo. Tienes un don. No dejes de buscar un motivo por el que sonreír.”

Me asomo por el ventanuco del piso, en Vallecas. Me sitúo de puntillas, en el ángulo que salva el patio interior y da acceso a un minúsculo cuadradito de cielo que los edificios me conceden. Las sombras se abaten sobre Madrid con el sigilo del leopardo, cada segundo el entorno es más oscuro y negro; no hay un resquicio de luz, y viene a visitarme el recuerdo de Didí. Espero que se encuentre bien, inshallah, que sus noches estén repletas de estrellas. Yo ya no las voy a necesitar: con Laila a mi lado, con su piel de seda y chocolate rozando la mía, con su cantarina voz de jilguero acariciando mis oídos, y sobre todo con el mundo encerrado en la inmensidad de sus preciosos ojos negros, no me quedará más remedio que sonreír. Con ella seguiré siempre adelante, labrando mi destino -que ya será el de los dos-  a golpe de sonrisas.

FIN

 

Dedicado a Christopher Murphy; quien, ajeno a mi intención y pocos días antes de escribir este relato, decidió que su destino se hallaba muy lejos de Madrid. Nunca podré trocar su alegría por mi gratitud, mi amistad y estas palabras. Solo espero que, allí donde esté, siga brillando su sonrisa.

NOCHE.JPG

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS

comments powered by Disqus