Madre luna, luna y madre

Madre luna, luna y madre

Maria Montalvo

27/04/2014

La luna se posó sobre el riachuelo aquella cálida noche. Su larga cola plateada caracoleó entre sus aguas. Una brecha de luz se detuvo a los pies de aquella mujer triste. <?xml:namespace prefix = o ns = «urn:schemas-microsoft-com:office:office» />

—Quiero seguir tu camino de luz, madre luna. ¿Me dejas?— preguntó la mujer mirando de frente a la luna.

Como siempre, la luna guardó silencio.

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La mujer volvió a la mañana siguiente con su hija y se bañaron en el riachuelo. Era un día brillante, madre e hija nadaron y chapaletearon en el agua mientras las aves las acompañaban con su canto. En el cielo azul, una pálida madre luna insistía en permanecer entre dos cimas de la montaña, anidando sueños, amparándolas.

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El viento interrumpió el encanto. Acarició las yerbas, hizo bailotear el polvo y revoloteó a las aves que incesantes piaron en voz de protesta. La niña se distrajo con el nuevo espectáculo. La madre sólo tenía ojos para la madre luna que permanecía quieta como un fantasma.

—Noche y día la luna nos vela…vela. ¿Te has dado cuenta, hija?—

Juntas continuaron por un sendero montañoso. Recogieron tierra por el camino y jugaron a dejarla deslizar entre sus manos cual chorros de agua sobre una roca que luego, incauta, las invitó a sentarse en su regazo. ¡Quién sabe cuantas horas pasaron! Ellas descansaban. La luna seguía en vela, desafiando al sol.

La noche tendió su manto. La madre luna se sentó en su trono en espera del momento propicio para alumbrar tierra y agua; para iluminar de plata el sendero.

En la quietud de la noche las aguas del riachelo aguardaban. Las montañas y los árboles aguardaban. Las aves aguardaban. La niña, inquieta, dio vueltas alrededor de la piedra esperando el momento en que se iluminara la senda. La madre desapareció.

—¿Madre, dónde estás? ¿Por dónde te has ido? ¡Vuelve madre! Dijiste que seguiríamos juntas  por el sendero de la luna —gritó la niña con desesperación.

El esplendor de la luna forjó un camino y allí, sonriente, vio a su madre cubierta por una luz brillante.

—Aquí estoy, no temas, hija. Ven, nuestra madre luna nos ha marcado la senda a seguir.

Cogidas de la mano, paso a paso, siguieron, confiadas, por su nueva ruta.

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