Todas las mañanas cogía su pequeña mochila y la colgaba a su espalda. Esta sólo contenía un deteriorado cuaderno, un lápiz y una radio con auriculares algo estropeados.

Tomaba la calle rumbo a la pequeña, pero acogedora estación, situada a unas manzanas de su casa. Una vez allí, se sentaba en el banco mas alejado de la entrada y con sus auriculares comenzaba a escribir en su cuaderno; brotándole palabras llenas de dudas, que esperaban respuestas sobre una personalidad insegura.

Un lindo día, sentada en el mismo lugar, una mano tocó su hombro y dulcemente alguien le susurró: «Cree en ti, profundiza en tu interior y acéptate. Valora cada parte  de tu ser y aprende a vivir, así encontrarás paz y felicidad.»

Ella se volvió para ver quien era, pero tras de si no había nadie. Aquellas palabras marcaron su vida, dejaron huella en su corazón.

Como todas las mañanas se encuentra en aquella humilde estación, hay algo diferente en ella resplandeciendo en su interior. Su rostro sonríe dando gracias a Dios, contemplando, desde el andén, otro bello amanecer.

Alejandra M.C.

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