Me fijé un día en él. Creí que era otro viajero que esperaba el tren, pero no subió. Ni a ese ni a ninguno. Siempre estaba sentado, como si una maldición le obligara a permanecer allí, como un condenado.

Durante una época pensé que esperaba a alguien. Luego barajé la hipótesis de que fuera un mirón: quizá le gustaba contemplar a las universitarias (o a los universitarios). El extraño pasaba el tiempo dormitando, leyendo el periódico, mirando fijamente la pantalla del móvil.

Le pregunté al guardagujas por era aquel tipo; me dijo que entre sus obligaciones no estaba preocuparse por la gente que esperaba en los andenes. Hasta le hablé a una amiga de él; me aseguró que nunca lo había visto.

Pasaron los meses y el extraño seguía en la estación. Mi curiosidad fue creciendo. Un día me armé de valor y me acerqué para interrogarle. Llevaba unos auriculares y fingió no escucharme cuando le hablé. Me senté a su lado e insistí. No me respondió. Por fin llegó el tren, con sólo unos minutos de retraso. Me subí y me senté en el asiento de la ventana. Desde el andén me lanzó una mirada que me aterró.  

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