El tren hizo su entrada a la hora debida. Ahí estábamos esperando con nuestro equipaje. Subí al tren para ayudarle con sus maletas. Me miró a los ojos de forma penetrante, como si quisiera hurgar muy profundamente en todas las cabidades de mi ser para encontrar una respuesta. Frunció los labios con un gesto de una enorme tristeza. Se dio media vuelta y se fue caminado hacia el otro lado. Desde el andén observé como se alejaba, supe que era para siempre. Y entonces comprendí que, a pesar de haber hecho todos los esfuerzos posibles, nunca me perdonaría.

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