−  ¡Corre si no quieres perderte en el tiempo!

El anciano se acercó a mí. Con los ojos llenos de lágrimas me soltó esas palabras, ni una más. Feliz o no, él ha vivido y ahora se encuentra conmigo, mirándome. Sus ojos gritan mientras subo al tren, pero soy incapaz de escucharlos.

«Soy todavía un niño», pensé.

Poco después de ponerse en marcha, el tren se detiene; miro hacia atrás extrañado, pero ya no me veo. Observo el cristal del vagón, y un joven apuesto me devuelve la mirada. En el andén, una pareja le canta a su hijo, pero no alcanzo a escucharlos.

«Ya estoy llegando»

Una sacudida acomete mi rostro. Surcos amoldan la tez que minutos antes era tersa y suave. Un joven con su guitarra al cuello y la voz al viento grita en el andén, pero no lo escucho.

«Ya llegará»

Ahora el tren se mueve a una velocidad de vértigo y mis manos tiemblan, porque se ven incapaces de amoldar el mañana como ayer.

«Última parada»

Cogí mi bastón, me coloqué el sombrero y bajé los escalones. Un niño me miraba en el andén.

−  ¡Corre si no quieres perderte en el tiempo!− me supliqué.

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