Por el rugido, sabían que se aproximaba y se cubrieron. Los envolvió un torbellino de polvo caliente, se miraron y ni una palabra. El convoy arrastró su bramido atenuándose en el espejismo del horizonte.

—Militares —dijo Renko señalando la cola del convoy—. Ni nos vieron.

Bardo asintió si mirar quitándose el sudor de la frente.

—Aquí ya no le importamos a nadie.

Habían dejado atrás a la guardia armada en su afán de papeles y tumultos piadosos de desplazados. Dos agentes contaban billetes repartiéndose porcentajes.

—Lo de atrás era el último control ¿verdad? —preguntó Renko angustiado.

—La última valla.

—Pero esa no es la frontera. Siempre controlan en las fronteras.

—Es por un convenio raro —Bardo resopló hastiado de repetirlo.

—¿De verdad?

—La verdad cuesta lo que pagamos.

A sus treinta y siete años, Bardo tenía media casa abajo por fuego de mortero, una esposa, dos niños y una veintena de empresas desechas a sus espaldas que nunca dieron fruto por su inconstancia, porque siempre nacía un proyecto mejor que el actual o por su sospecha de un gobierno confabulado en cercenarle sus sueños con la afilada hoja de la burocracia. Devastado aunque tozudo, se había negado a abandonar sus ruinas en un pueblo demolido por la guerra creyendo que esa circunstancia sórdida era una forma enigmática de la oportunidad, pero esa epifanía se la desbarató su mujer a fuerza de demostrarle con evidencias corporales el hambre irresoluble de sus hijos. Entonces, simulando resignación, se los llevó al campo inhóspito de desplazados donde bullía la miseria y una humillación para la que ni su familia ni él habían nacido. Prometió el retorno al terruño y levantarlo por su propia mano viviendo en esa improvisada comunidad portátil donde la necesidad convierte al hombre en depredador y en presa. Esa penuria afinó su olfato emprendedor y su suspicacia. Deshizo trampas en los timadores, descubrió los almacenes blindados de la ayuda humanitaria y del estraperlo, el secuestro en la prostitución obligada, la venta de niños y se asqueó del interés maligno en el altruismo. Así se granjeó una fama de incorruptible entre los damnificados que demandaban su consejo y sagacidad para los casos de transacciones dudosas. Así, por oídas, lo encontró Renko. El amigo de su infancia que le advirtió del bombardeo. El que insistió sobre la huida. El que escapando antes, según él, petrificó con su mal agüero el desastre, y el que le proporcionó, en la figura de un informante fiel, la clave para sacar a su familia de la miseria.

—Créeme, Bardo —había dicho Renko—. Éste dice que sabe.

Aquel desconocido, parco en su discurso, despertó interés en Bardo. El hombre no se andaba con rodeos y su desparpajo sin florituras, inspiraba la solidez de la franqueza.

—No hay manera ni hoy ni nunca de que vuelvas a pisar tu tierra —había dicho el informante—. Tienes que irte. Y yo sé cómo.

El plan era riesgoso, pero a vistas de Bardo, no imposible y esa condición era suficiente para detectar su solidez pues siempre creyó que lo fácil es frágil y lo difícil, estable. Pero la asesoría tenía su costo. Bardo y Renko tuvieron que sumirse en chapuzas, trampas y trueques desiguales para pagar la información.

—Tengo dos amigos en el último control —había dicho el hombre a Bardo—. Dí que vas de mi parte. Pagarás cinco mil, aparte. Renko, otros cinco. Una vez afuera, se buscan la vida.

—Mi familia —puntualizó Bardo.

El informante lo cogió de los brazos.

—Ve solo. Allá cualquier trabajo te da la ciudadanía. Luego pides a tu familia desde la embajada.

—¿Y mientras tanto?

—Yo me ocupo. Entra en mi tarifa. Será poco tiempo, créeme.

Bardo entrecerró los ojos.

—¿Y por qué tú no…?

—Tengo negocios aquí.

El hombre dio direcciones, horarios y demás detalles. Aclaró los aspectos dudosos que Bardo grabó bien en su memoria y deseó suerte.

Bardo, en todo ese tiempo, estuvo pugnando con su mujer que no hacía más que ver peligro en donde se vislumbraba la dicha y además porque no quería quedarse sola con sus hijos al cuidado de cualquier desconocido. Por eso, la última noche, antes de dormir, Bardo le prometió por su amor que abandonaría esa idea precipitada. Más tarde, esa madrugada, se levantó con mucho tiento de su colchoneta asignada, cogió una mochila que había escondido, hizo un guiñó a tres desconocidos que lo miraban desde otras colchonetas y se reunió con Renko y el informante para ultimar detalles y se fueron.

—Tu familia está en mis manos —fue lo último que Bardo le oyó decir al hombre.

No tuvieron problemas para identificar las vías y encrucijadas que reflejaba el mapa que improvisó el informante con bolígrafo en un pasquín de las Naciones Unidas. Así anduvieron dos días y cuando por fin llegaron al control militar atestado de gente, identificaron a los contactos entre el bullicio. Bardo los abordó y les pagó.

—Somos dos —dijo temblando—. Cinco mil cada uno. Así nos dijeron.

—Les dijeron bien. Sigan por esa carretera —dijo uno de los funcionarios señalando una vía desierta más allá de la valla—. Y no se preocupe por su familia, señor, mi primo sabe lo que hace.

Bardo, cabizbajo, no dejó de dolerse dándose golpes de pecho por no haberle dado ni un beso en la mejilla a sus hijos. Aquel plan tenía que valer el sacrificio y no estaba dispuesto a claudicar. Cuando llevaban más de tres horas por la carretera, a poco de la frontera y con un sol de justicia a cuestas, Renko le volvió a preguntar:

—Entonces lo de atrás era la última valla, ¿no?

—Que sí, Renko. Pagamos y somos libres.

—Entonces… ¿Qué es eso de allá?

Bardo levantó la vista y se detuvo de golpe.

—Una valla. De alguna siembra, seguro.

—¿Con militares armados? —la voz de Renko se quebró.

—Sí, Renko. Sí.

Bardo siguió adelante. Sollozando. Impávido a pesar de ir solo y del zumbido de las balas.

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