Desde un espacio de tiempo irreconocible, como formando parte de un recuerdo atemporal que llega repentinamente en la forma de una voz susurrante, una parte de Benor -¿pasado? ¿futuro?- se aferra a la idea de soñar. El sueño, más que como una forma de imaginar y fantasear con vidas y situaciones posibles, no es más que un estado apacible de inexistencia; el lugar en donde la oscuridad circundante permite aplazar las relaciones con ese espacio que suele llamarse realidad.

Benor recuerda o imagina un tiempo en el que soñar -dormir, para ser más precisos- era más que un acto de evasión, y que en lugar de ser en un asidero su esencia, representaba una acción reconfortante y agradable.

Despertar -si es que en algún momento se duerme- cuando aún no pueden percibirse los tenues rayos del sol que no logran pasar la espesa capa de smog y de nubes en un invierno austral es lo mismo que abrir los ojos y ver en el reloj más cercano unos números intermitentes que señalan l6:31, 16:40, 16:88, 27:00…

La idea de que el tiempo existe ha estado convirtiéndose en un asunto de segundo orden. Creer en las ciencias y aceptar sus hipótesis son ahora presunciones, dogmas, conformismo y astucia. Mucho más cuando la única referencia temporal legítima que se puede tener es la señalada en un recibo de pagos que detalla los espacios de tiempo en los que se ha estado realizando una acción.

De manera sistemática, una persona se acerca a un punto de registro a las 20:00 horas y luego repite la misma acción a las 07:00. Los trabajos que se realizan en una factoría no son ni más complejos que despertar ni más fáciles que dormir. Básicamente, sólo debe encontrarse un estado anímico apropiado que permita tolerar una serie de tareas repetitivas. Un día, rellenar y contar manualmente un número infinito de empaques, que a fin de cuentas, serán los empaques que el siguiente de la cadena de producción deberá desarmar. Al siguiente, apilar cajas que debieron ser entregadas hace un par de horas de manera urgente, pero que parecen haber estado allí desde tiempos ancestrales.

Conseguir el mood, la actitud, el estado zen, el estoicismo, o las fuerzas necesarias para ello es lo principal. Algunos usan pociones revitalizantes con las que el mundo exterior parece convertirse en un filme en donde el hechizado es el personaje principal en un gran plató creado sólo para sus acciones. Otros, se aferran a la idea de cumplir con sus responsabilidades en un mundo al que dejaron de pertenecer. Este tipo de sujetos suelen tener, por lo general, una historia muy similar: una madre enferma, un hijo que tuvieron en la infancia, una deuda o el sueño de retomar sus vidas desde un punto difuso de sus pasados…

Hay también unos seres muy diestros y expertos del mundo, espectros de otras dimensiones del universo que han llegado a entenderse a sí mismos y han superado todos los cuestionamientos humanos. Entre estos están, en primer lugar, los que sólo conocen un par de locaciones en el mundo: su pestilente habitación alquilada, el supermercado y la fábrica. Esta clase de hombres están signados por un rostro cansino, un aura hermética y una amplia sonrisa que aparece cuando se les hace alguna pregunta.

Como en todo el mundo, siempre es posible encontrar a un progresista, pero no se piense en este tipo de personajes como ejemplos de lo que un diccionario o un manual de política para principiantes describe. Estos son los hombres en los que brilla la esperanza; son los que quieren pertenecer genuinamente; son de los que tratan de llevar una camisa distinta, un labial llamativo, hablan con convicción, creen en los libros, se restriegan unas gotas de perfume con fervor y suelen ser insertados en nuevos personajes inventados con nombres tan rimbombantes como jefe sindical, representante de las mujeres obreras, Pastor y en casos muy reducidos, amigo.

Pero sin duda alguna, hay seres de una casta superior que con todo respeto deben ser llamados Iluminados. Un caso particular es el de Benor, hombre camaleónico que encarnó a muchos de estos personajes y cuya historia ha quedado plasmada en un pequeño reporte de prensa que podrá recrear en mejores términos lo sucedido.


***

El hombre Nirvana y el penoso accidente de la Factoría Xpas.

A las 4:00 de la madrugada del día jueves, en las instalaciones de la fábrica de alimentos Xpas, los empleados de esta compañía presenciaron un terrible suceso que aún no ha podido esclarecerse. Un hombre llamado Benor Benachem fue tragado por una máquina procesadora cuando realizaba sus funciones de asistente de producción.

Relatan los testigos del accidente, que el hombre se encontraba en un estado de somnolencia y que mientras introducía materia prima en una máquina procesadora, resbaló repentinamente y fue engullido por la misma.

Un grito ronco y extendido con un tono de «felicidad» -según cuentan los presentes-, que exclamaba la palabra NIRVANA, fue lo último que se escuchó decir a este pobre ciudadano.

Sus compañeros de trabajo lamentan la pérdida. Muchos de ellos lo recuerdan como una persona colaborativa, afable y con muchos sueños, pero que después de cierto tiempo empezó a parecer un poco afligido.

«Era un muy buen compañero de trabajo -relata el Jefe de turno-, pero últimamente no parecía estar en sus cabales. La semana pasada la administración había decidido despedirlo porque fue encontrado en un baño consumiendo cocaína. En los últimos días el señor Benachem presentó un récord de incumplimiento de horario, acumulando 4 minutos y 7 segundos de retraso en tres días».

Con consternación, un compañero de turno de Benor Benachem comentó que éste presentaba signos de agotamiento, que notó que Benor se había dormido un par de veces durante su faena y que unos instantes antes del accidente, éste lucía radiante y con una mirada «especialmente feliz¨. » Como si -comentaba este compañero entre lágrimas- lo hubieran ascendido o hubiera recibido una muy buena noticia.»

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