No toda mi vida he estado privado de mi vista. Recuerdo perfectamente el verde del jardín, la mirada llena de amor de mi madre, la luz del sol, la sonrisa de mi abuelo… cuando tenía cinco años mi vista empezó a nublarse y, pocos meses después, mi mundo se llenó de oscuridad.

Es el verano del noventa y tres, las ventanillas bajadas del astra azul oscuro de mis padres dejan entrar el olor a jazmín, el del azahar de los naranjos de mis abuelos, el olor de la hierba bajo la capa del rocío de una noche de verano. Huelo mi infancia. Estoy en el camino de entrada del chalet de mis abuelos, donde he pasado todos los veranos desde que tengo uso de razón.

El coche se detiene, hemos llegado. Escucho a mis abuelos y tíos recibirnos y como sus voces aumentan de volumen a medida que se acercan a nosotros. La puerta de mi derecha se abre, el olor a jazmín y azahar se acentúa. Pero, sobre todo, huelo a mi abuela. Me coge la mano, la suya es áspera y siento las arrugas del dorso, me ayuda a bajar del coche.

– Mi chico -dice sonriendo, me abraza. Percibo el olor a campo en ella, a trabajo, a sol. Es su esencia. Siento el amor en ese abrazo.

Me pregunta como estoy y por mis estudios. Con voz pícara pregunta por ella. Caminamos charlando hasta la mesa. Siento el fresco de la montaña en mi piel, el olor de los árboles del aguacate, el aroma del aceite casero de mis abuelos. Advierto el vino que mi tío acaba de descorchar, siempre trae el mismo. Escucho el crujir del pan cuando el cuchillo lo corta y a mi primo llenarse el vaso de zumo de naranja. Oigo como el tenedor atraviesa la lechuga fresca. El aroma de las berenjenas cocinadas llega hasta a mí. La brisa arrastra el perfume de la naturaleza, de sosiego, de noche. Siento el calor de mi familia.

La felicidad está en camino, escucho el motor de su coche, es inconfundible. Para a pocos metros de mi y se apaga. Me llega su voz, que me trae tanta paz. Su perfume me envuelve. Huelo a ella, es dulce pero no pesado. Se acerca a mi y me besa. La saboreo, es excitante. Sus labios saben a libertad, como ella. Inspiro, percibo su amor y su belleza.

Ella saluda a mi familia, adivino su sonrisa en sus palabras.

– He traído algo para después -dice cohibida-. Es nuestra ginebra -acaricia mi hombro.

Con los platos ya vacíos, Elena me da el Tanqueray y la tónica. La abro y escucho el plástico quebrarse, percibo el amargo del liquido de su interior. Escucho el crujir del hielo al verter la ginebra. Cuento hasta diez. Añado la tónica, justo hasta el borde.

Bebo. Escucho las burbujas y la mezcla corre por mi garganta, activa mis sentidos. Siento el verano y el amor en mi paladar. Sabe a Elena.

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