Se conocieron de noche en un bar de conversaciones rápidas y luces tenues. Se presentaron con nombres reales y se cautivaron con vidas adornadas. Decidieron no decidir nada aquella noche y guiarse sólo por impulsos. Se desvistieron rápido y se vistieron más rápido aún. Se olvidaron pronto. Pronto un día uno de los dos decidió llamar al otro, y el otro rápido decidió cogerlo. Quedaron un día y pronto empezaron a verse muy frecuentemente. Un día decidieron abolir juntos los convencionalismos del amor, saltarse todas sus reglas. Jamás se exigían explicaciones, ni las necesitaban. Saboreaban una nueva moral, sin más dictadores que ellos mismos. Inventaron una nueva manera de vivir el amor. Recortaron todas las etiquetas. Ambos poseían un pasado lleno de grietas y mentiras. Pronto decidieron no juzgarse nunca. Juntos perdían el peso de sus culpas e invertían algún tiempo en acariciarse las penas.

Jamás encontraron la forma de amarse. Pero patentaron una forma propia de quererse. Se lamían las heridas y se hacían el amor sin amor por la noche. Se escuchaban, se entendían, reían sin decorados. Se comunicaban con la piel. Se consideraba afortunados; pues no esperaban nada nunca del otro, y se disfrutaban así, libres. Él tenía un patrimonio de caricias y ella lo heredó. Ella tenía un patrimonio de palabras y él se lo robó. Hubo otras personas durante todo este tiempo. Personas que aparecían, a veces empezaban a frecuentar sus vidas, incluso empezaban a invadir espacios, que normalmente ya ocupaban mutuamente. Pero tarde o temprano todas estas personas se marchaban, o bien por poco interés, o bien por demasiado. La cuestión es que inconscientemente ellos habían creado un sistema invisible de relación, donde no necesitaban nada más, ni lo más importante. Nada diferente.

Pasaron los meses y su amor cambió de color. Ella cada vez pensaba más en él, lo tenía más presente, cambiaba más sus propios planes disimulando no tenerlos para verlo, dormía menos y soñaba más, leía menos y escribía más, viajaba menos y se quedaba más. Al otro lado de la cuerda, él se encadenó completamente de su rol adquirido des del principio; de amante intenso pero distante, de amante de aquí y ahora, pero jamás de mañana. Para él el amor que se daban era volátil. Los apoderaba durante esos momentos de sexo y luego, se evaporaba. Todo lo demás no era amor, sino impurezas de él.

Ella cada vez lo quería más y menos alto, pues por su miedo a perderle su manera de amarle era en silencio. Pero él conocía de ella lo único que no es superfluo de una persona. Él la conocía por dentro, y atisbó el cambio de rol que ella estaría encantada a hacer, de dar un paso más, o de dar un paso diferente. Así que, con un egoísmo más consciente que inconsciente, él empezó a estar distante, ese distanciamiento del que no quiere estar, pero tampoco quiere irse. Del que no quiere nada real ni sólido, pero tampoco quiere perder la superficialidad de eso. Pronto empezaron las excusas, las mentiras, la malicia. Hasta que el desinterés de él se apoderó de la relación. Todo se tiñó de esa impasibilidad, apatía y desafecto. Se contaminaron hasta las sábanas y dejaron de encontrarse en el único sitio donde se habían lograr querer del mismo modo, al mismo nivel de la balanza. Así que ella, amante de la poesía y la escritura, una tarde le dejó esta carta:

Creo que nunca te has parado a pensar en mis sutilezas; cuánto dura mi olor en tu ropa, cuántos ecos hace mi risa, ni los libros que leo. Me hablas de viajes y de conocer mundo. Sin embargo no conoces mi país favorito, ni las tierras que he pisado. No sabes a quién echo de menos. No sabes a quién no puedo olvidar, ni porqué no lo hago. No sabes en cuántos trozos me han partido el alma, ni el tiempo que tardé en re-ordenarla entera. No sabes en cuantas camas he querido dormir. Ni en cuántas no he querido despertarme. Ni si a veces son las mismas.No sabes de mis amigos, no sabes por qué los escogí. No sabes quién no apaga nunca el móvil de noche por si alguna vez le necesito. Nunca te has colado en mis rendijas y has averiguado qué recuerdos me atormentan. No sabes con qué sueño, ni cuanto pesan mis miedos. Desconoces mis manías, mis costumbres más perspicaces. No sabes nada de mis errores ni cuáles los cometería mil veces más, porqué el precio que pagué acabó siendo un descuento.

Huyes de la verdad que hay en mis manos cuando te toco y prefieres hipotecar toda tu piel. Para creer que esa no es tu piel, ni esos tus sentidos. Disfrazas las palabras para no sentir que son reales. Vives en un carnaval permanente, mientras yo intento descifrar si hay algo de verdad en tus disfraces.

Tú eres el rey de la trampa pero yo diosa de la incoherencia por encontrar cien cosas que no haces bien y aún así, quebrarlas todas cuando me miras. Y qué pequeña que me hago cuando eso pasa, y cómo se queja el orgullo ahí dentro. Pero ahí estoy yo, que he acabado entrando en este carnaval, y he escogido el peor disfraz.

Me he hecho experta en mentirme a mi misma y en dar bálsamos al amor propio. En hacerme la sorda cuando lo escucho. En hacerme la ciega. En perder todas las batallas, y aún así esperar que me leas. Que me pintes, que me fotografíes, que me escribas y desvirtúes todas las poesías habidas y por haber.

Sabes? En realidad lo único que sabes, es que te di todo el tiempo necesario para descifrar todo lo que mi piel cubre, como una manta. Y sin embargo, lo esquivaste.

Ni siquiera jamás te has preguntado, porqué a pesar de que cada noche, después de besar sólo mis suspiros, dormirte de espaldas, vestirte rápido y que no te importe hacer ruido al cerrar la puerta, porqué yo sigo sin poder aniquilar todas mis excusas, que te la vuelven a abrir siempre, otra vez. Pero lo peor no es esto. Pues este era nuestro juego desde el principio, y estas eran sus reglas. Lo peor es que hiciste ver que los dos queríamos seguir jugando al mismo juego.

Ella desapareció, y no volvió nunca. Antes de su marcha, pasó antes por el piso de él, se llevó todas las cosas banales que habían ido acumulándose durante los meses, cosas que olvidas por despiste, o cosas que olvidar por volver. Se lo llevó todo. Menos esta carta, donde en realidad le dejaba el único amor que conoce el camino de vuelta a casa. El propio.

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