Estaba acostumbrado a entrar a ese banco muchas mañanas, pero hoy había sido distinto. Sabía que por su trabajo se momento llegaría alguna vez. Jaime sostenía la pistola con firmeza, como le habían enseñado en la academia, mientras daba paso a los GEOS. Su mano derecha agarraba con seguridad la empuñadura de su Hk USP, mientras que la apoyaba en la palma de su mano izquierda para evitar que le temblara. Los compañeros entraban apuntando con los subfusiles, listos para cualquier posible ataque.

Los periodistas, avisados por algún cotilla cercano a la acción, se agolpaban junto a la línea policial que había sido establecida hacía tan solo unos minutos. Buscaban el mejor ángulo de cámara: la puerta de entrada, alguna ventana que dejara ver lo que ocurría en el interior… Los viandantes, al ver las luces de las sirenas de los coches policiales, ambulancias y bomberos, y la muchedumbre que se iba formando, se iban acercando y acoplando donde los periodistas (y los policías, claro) les dejaban.

La gota de sudor caía por la frente de Jaime, pero se negaba a limpiarla. Una sola muestra de pérdida de concentración puede echar al garete todo lo conseguido. Como inspector de policía no podía permitirse el lujo de fallar y menos cuando la vida de doce personas estaban en sus manos y en las de su equipo. Tenía controlado todo el perímetro que alcanzaba su visión: los posibles movimientos que se podían hacer cercanos a la puerta, la ventana que se sitúa justo al otro la de su posición, la gente que se aglomera entorno a la línea policial y los compañeros que entran con el rifle en alto.

Pestañeó rápidamente para que la gota que se había instalado en el párpado derecho cayese. Quería tener los ojos bien abiertos para poder controlar todo lo que ocurría a su alrededor. Se oían las voces de los periodistas al intentar narrar segundo a segundo todo lo que se estaba viviendo. ¿Y dentro? Los compañeros entraban dando gritos y obligando a los ladrones tirar sus armas al suelo.

Sabía que no podía permitirse el lujo de fallar. Un mínimo error, cualquier momento de duda, puede ser crucial. La vida de mucha gente depende de la efectividad y buen control de la operación. Un movimiento en falso y todo se irá por el retrete. Jaime decidió pestañear, pues esa gota ya le impedía la visión y necesitaba tener los ojos bien abiertos.

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En el interior del banco. Gustavo maldecía una y mil veces al imbécil de su primo por haberse dejado convencer. «Será fácil. Entrar, apuntar con la pistola, dinero al saco y para casa» Y una mierda fácil. Mientras se veían arrollados por los gritos y la entrada estrepitosa de los GEOS, Gustavo se repetía mil veces el será fácil de su primo.

Nos le dio tiempo a gritar «todos el mundo en silencio» cuando los cristales de los ventanales de la entrada principal del banco se rompían en mil pedazos. El cristal se volvió opaco en el mismo momento que la gran maza entraba en contacto con él. El vidrio transparente se volvió blanco en cuestión de segundos. Y, al igual que fue blanco, se desvaneció con un estrepitoso ruido de cristales rotos, que caían al marmoleo suelo gris, dejando un manto blanco y brillante de pedacitos de vidrio que reflejaban la luz del sol.

Gustavo, protegiéndose la cara con sus brazos, escuchaba cómo caían los cristales y como la policía empezaba a invadir el lugar. Los sollozos de los pocos rehenes que tenía, empezaron a sonar a llantos de alivio y alegría por ver que iban a ser salvados. Los compañeros de Gustavo, entre ellos su primo, aprovecharon para correr hacia la parte opuesta a la puerta. Gustavo, sin embargo, atinó a coger del pelo a una joven que había justo a su lado.

La joven gritó y comenzó a llorar. Los agentes gritaron “suelta el arma” a la misma vez que Jaime irrumpía en la sala dispuesto a salvar a la chica. El sudor seguía cayendo por su frente con la intención de penetrar en sus ojos, pero ahora no podía permitirse el lujo, siquiera, de pestañear. Con el ojo izquierdo cerrado, apuntaba a la cabeza de Gustavo, mientras la joven empezaba a hiperventilar por los nervios.

Gustavo, con su arma directamente en la sien de la chica, mira a todos lados, lanzando gritos incoherentes, al ver que se encontraba solo ante el peligro. Había sido abandonado por todos, pero sobre todo, por su primo, quien lo había dejado tirado. A Gustavo se le empezaban a formar gotas de sudor en su frente que amenazaban con caer en cualquier momento.

Jaime seguía apuntando a Gustavo, mientras los demás agentes sacaban a los demás rehenes, pues ya no había nadie quien los detuviera en el interior del edificio. Se iba acercando poco a poco al ladrón, dándose cuenta que era la primera vez que ese hombre cometía un atraco. Podía ver el miedo reflejado en su mirada, en la desesperación por sentirse solo y atrapado, sin saber qué hacer. Sabía que el no quería matar a la chica, pero un paso en falso podría ponerlo nervioso y hacer algo desesperado, como apretar el gatillo.

«Tira el arma y no pasará nada» fueron las palabras que salieron de la boca de Jaime cuando sólo estaba a un par de pasos de los dos sujetos. Gustavo, ante esa provocación, apuntó a Jaime con el arma y caminó unos pasos hacia atrás. «No te muevas, o le meto una bala en la cabeza» La mano temblorosa de Gustavo volvió con torpeza a la sien de la chica.

Jaime, bajó su arma para que Gustavo no se sintiese amenazado. «Todo esto puede acabar ahora, aquí, sin hacer daño a nadie». Gustavo empezó a ponerse rojo y el sudor a caer por toda su cara. La chica dejó de gritar y llorar hacía unos segundos. «Mentira», espetó Gustavo «esto se acaba cuando yo diga. No pienso ir a la cárcel. Y menos cuando yo no he sido el líder, el que planeó todo esto. No. Esto no va a acabar ahora».

Gustavo le dio un empujón a la joven, mandándola donde estaba Jaime. Mientras la chica se dirigía hacia el lugar del policía, Gustavo se había metido el arma en la boca y había apretado el gatillo. Jaime, al oír el disparo, apuntó con el arma hacia donde provenía el sonido, pero solo atinó a ver como el cuerpo sin vida de Gustavo caía al suelo, acompañado de la desesperación y el miedo.

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