El vestido de flores en pleno invierno, como pretendiendo manifestarme en contra de salir esta noche, como para que se note que voy obligada por mi mejor amiga. Las flores para intentar disimular que llevo seis semanas en pijama, comiendo pizza y sin salir de casa, viendo comedias románticas que no hacen ninguna gracia y que malogran el amor. Pero, a fin de cuentas, qué voy a saber yo si todo lo que aprendí del amor fue a base de huir en dirección contraria cuando la amenaza de la felicidad empezaba asomar en los brazos de cualquiera que nunca fueron nadie.

El caso es que aquí estoy, a cero grados y en minifalda, como dejándome morir helada, como intentando sacar el frío de dentro hacia fuera. Y aquí llega ella con su mejor sonrisa de labios rojos, embutida en unos pitillos acabados en veinte centímetros de aguja, y de repente me siento minúscula, pero me importa tan poco que ni siquiera me doy cuenta.

Cuatro horas después parece que sigo sabiendo fingir que estoy interesada en lo que la gente me cuenta, y parece que me creo el puñado de “¡Menos mal que has venido, Val!” “¡Cuánto tiempo sin verte, que guapa estás!” después de mirarte de arriba a abajo esforzándose para que sus caras encajen con lo que están diciendo. Parece que a mí se me da mejor que a ellos, total, llevo escuchándoles hablar de todo lo que han hecho desde que no nos vemos mientras yo sólo pensaba en lo feliz que estaría ahora mismo refugiada bajo mi colcha, escuchando a cualquiera que quiera contarme su miserable vida haciendo que parezca bonito sólo por acompañarlo con una guitarra acústica. Pero bueno, el caso es que parece que se me da fingir bastante bien porque están empezando a contarme todas las cosas trascendentales que piensan a hacer de aquí a que nunca nos volvamos a ver, y parece que les va la vida más en contártelo que en vivirlo. Y me gustaría decirles que está bien, que no me importa, que yo, experta en huidas ahora no sé cómo salir de aquí.

Sigo pensando en dónde se habrá metido la culpable de que esté aquí, cuando el último pensamiento que quería tener me llueve la mente: “Nadie ha hablado de él. Como si no hubiese existido nunca.” Os juro que no quería llorar, os juro que este vestido de flores era mi refugio esta noche, pero parece que a las rosas les han vuelto a salir las espinas hacia dentro (de mí), y todas las heridas que todavía estaban en carne viva vuelven a oler a hierro. No sé cómo consigo no desbordar mi barco hundido de miserias y mantener el agua salada dentro de mí.

Es entonces cuando me cruzó con ella por fin, va acompañada de alguien, como siempre, viene directa hacia mí, me pone otra vez su sonrisa de comerse el mundo y de haberse pasado con las copas y con todo lo que le hayan ofrecido de camino a la barra:

-Te presento a… -dice vacilando, porque claramente no se acuerda de su nombre, probablemente mañana no se acuerde ni de su cara.

-Reidar –contesta él sin darle importancia, mirándome como sospechando mi derrumbamiento.

-Mi mejor amigo está muerto. Sácame de aquí. –es la primera vez que no finjo en todo el día, también es la primera vez que necesito ayuda para huir.

↞↠

Mi vestido de flores de repente se ha convertido en una sudadera de los Lakers, el antro en el que estaba de repente es todo silencio, frío y olor a lima. En mi mente parece que están proyectando el tráiler de una película de terror, hasta que poco a poco voy tomando consciencia de mí misma, y de mi vergüenza, y me doy cuenta de que lo que estoy viendo son los únicos recuerdos que tengo de la noche.

Cuando mis ojos consiguen acostumbrarse a la penumbra lo primero que ven son los vasos derritiendo los restos de hielo sobre la mesa, ahora me doy cuenta de que la sal que tengo en los labios no sé si es del tequila o del derroche de lágrimas. Ojalá sea el tequila.

Y, bueno, luego está él. Reidar. Acurrucado en un sillón en el que le falta todo el espacio que a mí me sobra, manteniendo la distancia, con la cara llena de un cansancio que no le corresponde, con el peso de haber tenido que cargar con los desastres de un huracán que se lo ha llevado por delante. El huracán Valkyrie, encantado.

Estoy pensando que ni siquiera recuerdo como suena su voz cuando el Sol y sus ojos empiezan a amanecer a la vez, o a intentarlo; es demasiado pronto como para negarle cinco minutos más al sillón más incómodo del mundo. Y yo estoy demasiado cómoda en la casa de un desconocido, la comodidad de no tener que aparentar y a la vez poder ser sólo lo que tú quieras mostrar.

Un par de horas después me vuelvo a despertar en el mismo sitio, con el mismo dolor de cabeza. Salvo que ahora, gracias a la invasión de olor a café en mi cerebro, se agolpan unas irremediables ganas de vomitar en mi garganta.

Cuando consigo poner en pie cada una de las piezas de mi cuerpo, me encuentro encallada frente a una sonrisa torcida, los ojos más normales del mundo y una maraña de pelo castaño.

-Buenos días. ¿Café? – dice una voz de la que no me acordaba en absoluto.

He conocido a muchas personas a lo largo de mi corta vida, con unos me he estrellado y con otros nunca paré de dar círculos en torno a una confianza que nunca apareció. He conocido los precipicios de algunos, y los pozos sin fondo de otros, al igual que ellos los míos, también me he reído con cada músculo de mi cuerpo con cada una de esas personas, pero os juro que puedo contar con los dedos de una mano las veces que me he sentido tan cómoda como en este mismo momento. Llevamos medio día empalmando un café con otro, como si fueran los tequilas y las cervezas de la noche anterior, lamiéndonos la resaca y las heridas, descalzos y en sudadera en un ático maltrecho en Berlín en pleno invierno. Y es que no es el sitio, son las personas las que son casa, refugio y, quien sabe, tal vez hogar.

↞↠

Ya ha pasado un mes desde aquel día y no he vuelto a saber nada de él, yo tampoco le he dado señales de vida, tampoco sabría muy bien cómo hacerlo. La calma después de la tormenta, supongo, ponerle yeso a todos mis cimientos agrietados.

He vuelto a ir a la universidad, sólo para descubrir que quiero dejarla definitivamente. Si algo me ha enseñado la muerte de Fred es a no perder el tiempo con todo lo que no quiero. Parece que estoy empezando a remontar, ya sabéis, el rollo de fénix que tanto me gusta, resurgiendo una y otra vez, a pesar de todo, aprendiendo a volar de nuevo.

Quizás por eso he conseguido reunir fuerzas y volver a casa, a la de verdad, a la del olor a lavanda y mar, la de la chimenea siempre encendida con el calor familiar. La del aluvión de besos y preguntas de mi madre.

Para ser sinceros, estoy acojonada, el hecho de tener que ponerme de nuevo el disfraz de Val comido por las polillas de la falsa ingenuidad, fingir que todo va bien, sonreír todo el tiempo a todo el mundo, hacer como que sé qué estoy haciendo con mi vida, cuando lo único que sé es que estoy sobreviviendo y sin saber si quiero hacerlo.

Pero entonces veo como se ilumina la mirada perdida de mi abuela cuando llego a casa y es como tocar tierra firme después de un naufragio. Me come a besos y yo a ella y me agarra las manos con la fuerza de todas las palabras que le gustaría decir pero que hace muchos años ya que no puede. La verdad es que a veces me pregunto si no se alegrará siempre tanto de verme porque me confunde con el fantasma de su hijo (mi padre) muerto demasiado joven. Y casi prefiero que se reencuentre con él que conmigo.

No me ha dado ni un beso todavía y a mi madre ya le ha dado tiempo a preguntarme todo lo que tenía pendiente desde que me fui. Me abraza y tengo que reunir todas mis fuerzas para no volver a tener diez años y no querer separarme nunca de su lado.

No he sido capaz ni siquiera de estar unas horas aquí sin ir a verle, yo sé que él no está aquí, sé que es uno de los tantos engaños que usamos los humanos para reducir el dolor, pero aquí estoy con su flor favorita en las manos de espaldas a una tumba mal cuidada. Hablando al aire como queriendo salir volando:

– Te echo tanto de menos, Fred. Te necesito para que me ayudes a responder todas las preguntas que no dejo de hacerme y que antes te hacía a ti, y me siento estúpida y egoísta, e inútil. Y culpable. Muy culpable. Toda la vida hablándote de suicidios, del mío, y al final tu mente iba mil precipicios por delante de la mía. Y yo sin verlo, egoísta, egocéntrica, lo siento. Siento haber huido de este sitio pensando sólo en mí, como siempre, lo siento y a la vez estoy tan cabreada contigo por hacer lo mismo. Estoy sola, Frederick. Val, la eterna incomprendida con su halo de misterio cuyo único misterio es el miedo, el miedo a todo que sólo desaparecía contigo. Últimamente estoy pensando demasiado en todo lo que quisimos hacer y nunca hicimos y lo voy a hacer, lo juro, por ti, por mí, por eso vengo a despedirme, vienes conmigo, estoy segura, siempre lo has hecho. Pero esta vez echando a volar, juntos, como cuando saltábamos desde las rocas al mar y éramos libres siendo cuerda a la vez uno del otro, libres, nos gustó tanto siempre esa palabra que nunca disfrutamos del concepto, pero lo voy a hacer, en serio, te lo debo, nos lo debo. Me has vuelto a empujar a la vida, como siempre. Lo siento, lo sabes, ¿no? Seguro que sí, siempre estabas en mi mente antes de que yo llegara.

De vuelta a casa, con el sabor a sal pegado al cuerpo, me llama Reidar, como si tuviese un piloto de emergencia cada vez que me voy a desplomar; pero no quiero, éste momento es de Fred y mío desde el comienzo hasta el final de las lágrimas, y quiero recordarlo tal cual somos, los invencibles vencidos.

Y no sé si Reidar es una persona ancla o fugaz, sólo sé que hay personas que calan en tu vida de repente, arrancan todas tus malas hierbas con toda la delicadeza que tú no te dedicas, y te dejan florecer de nuevo, por ti misma, porque no son apoyo, son raíz. Y si sigo volando, que no huyendo, es gracias a todas y cada una de mis raíces.

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