Fue en el momento en que se encontró caminando en dirección al contenedor de basura bolsa en mano, cuando comprendió aquello que alguien una vez escribió sobre un silencio triple. Reconoció en aquellas calles vacías un silencio hueco, un silencio sombrío, el silencio propio de la falta total de vida. Ni siquiera una suave brisa osaba romper aquel silencio. Como sombras fugaces y tenues, algunas figuras asomaban distantes entre sí, y su presencia no hacía más que aportar un nuevo silencio. Un silencio que complementaba al anterior, más pequeño y sin embargo mucho más notable. Es curioso cómo un ser humano puede ser portador de vida y a la vez de un silencio propio de la misma muerte.

Fue en el momento en que otro ser humano, un semejante, cambió de acera al verlo llegar, cuando entendió la magnitud del miedo que un cuerpo puede albergar. Se quedó ahí parado, viendo cómo alguien ataviado con una mascarilla esquivaba su trayectoria, y pudo detectar un profundo pesar en sus ojos, un pesar profundo e hiriente en unos ojos que le pedían a gritos disculpas y comprensión.

Inconscientemente hizo un gesto que pretendía visibilizar aquella comprensión y transmitir tranquilidad, pero que se asemejó más a la caída de ojos de un rey benevolente perdonando la vida a un enemigo en el campo de batalla.

Acabó de arrojar las botellas de vidrio al contenedor pertinente y emprendió el camino de vuelta a casa. En aquel paseo de escasos 60 metros hasta el portal, experimentó un abanico de sensaciones, desde la tristeza más absoluta a unas ganas irrefrenables de gritar para acabar con semejante silencio absurdo. Y sin embargo, el sentimiento que más le preocupó fue la tremenda calma que le invadió al cerrar tras de sí la puerta de su hogar.

Reconoció en su interior un miedo que nunca había sentido, un temor más fuerte que el que cualquier otra cosa imaginable podía producirle. Un pavor tremendo a algo contra lo que no podía luchar: el mismísimo silencio.

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