Acabo el manuscrito y miro de reojo a Osvaldo, él continúa concentrado en la corrección de otro texto.

Lola tarda en marcharse; esa vieja chismosa se ha dado cuenta de que no llevo bragas, me lo ha dicho con la mirada al cerrar la puerta. Por fin solos.

Desabotono otro botón de mi camisa, me suelto el pelo y me acerco decidida.

Él me observa sudoroso, titubea cuando le entrego el ejercicio y, sin palabras, roza mi mano.

Ese pequeño contacto es el detonante para desfogar mi lujuria contenida.

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