Está entre sus brazos, dormida sobre su hombro. Acabamos de llegar a casa y las persianas cortan la luz, están entornadas.

—Ya has oído al psicólogo. Es vital para ella. Por favor, tienes que intentarlo de nuevo. Tu hija te está esperando —suplica mi mujer.

Sé que Alicia me llama a su mundo desde hace cuatro años, aunque apenas me mire. Siento que mi voz puede quebrar de nuevo el cristal de su silencio, y esa idea me come el alma. El miedo me vence.

—Perdóname, hija. Aún no sé cómo llegar a ti.

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