Se encaminó hacia la salida en dirección a Victoria Station entre la multitud de viajeros y los interminables pasillos del aeropuerto. Durante el trayecto en tren, el miedo le pellizcaba en el estómago: dejaba la casa de sus padres por primera vez para buscarse la vida en el extranjero. Observó que a pesar que las filas de asientos estaban enfrentadas, nadie miraba a nadie. La indiferencia británica le resultó extraña pero reconfortante, acostumbrado a la indiscreción tan habitual en los españoles. Llegado a Hammersmith, salió de la boca de metro para tomar un bus que le condujera finalmente a su destino.

En la terraza de una casa de dos plantas le esperaban un grupo de ingleses ligeros de ropa que con ánimo festivo, tomaban el sol como lagartos y bailaban canciones de Mecano.

  • – ¡Hey! ¿Santiago?
  • – ¡Hola!
  • – ¡Sube, amigo!

Harry le mostró su habitación y le sugirió dejar las maletas para unirse a ellos. Santiago se mostró afable y sacó algunos temas a colación para salir del atolladero de timidez de recién llegado, sin embargo, le respondieron con comentarios cargados de una ironía ininteligible, y poco a poco, fueron ignorando su presencia. El anfitrión estaba especialmente borracho y poco comunicativo. Una de las amigas miraba con mucha sorna al español que no sabía si le estaba tirando los tejos o si era una intrigante rematadamente idiota. Anocheció, y se disolvió la fiesta. Harry se metió en la cama excusándose por la borrachera, no sin antes, ofrecerle cuanto quisiera de la nevera para cenar. Así de abrupta fue la llegada de Santiago que no daba crédito a lo ocurrido.

A la mañana siguiente, salió con el firme propósito de conseguir un empleo. Tras visitar sin éxito algunos establecimientos, entró en una lavandería. Era un negocio familiar regentado por un matrimonio de ingleses de origen hindú. Estuvieron conversando con el español para calibrar su nivel de inglés, les pareció un muchacho simpático, sociable y apto para el empleo. El trabajo a media jornada, consistía en desempeñar las tareas más fatigosas: clasificar la ropa, meterla en las lavadoras y ser especialmente cuidadoso con las prendas delicadas.

Su primer día transcurrió con normalidad. Trabajó a destajo y manejó con destreza la maquinaria, superó las náuseas del hedor a ropa sucia haciendo de tripas corazón y se empleó con solvencia en la tareas adjudicadas. Las miradas vigilantes de los jefes se fueron relajando al comprobar la soltura del españolito y su excelente disposición. Ellos atendían a los clientes en el mostrador. Eran afables pero excesivamente lameculos con los de mayor poder adquisitivo a quienes rendían una pleitesía artificiosa.

Andrew y Claire vivían en la planta de arriba. Su hija, Deborah, era una morena gorda de pelo grasiento y piel cetrina. Lucía un bigote espeso y una falda encajada por debajo de las tetas con una blusa indescriptiblemente fea que acentuaba la protuberancia de sus michelines. Hablaba emitiendo pequeños eructos incontrolables. Adoraba el Sol, las playas españolas, y cómo no, la paella y la tortilla de patatas.

Al cabo de tres días, los jefes le anunciaron que marchaban a la India de vacaciones, y que habría de ayudar a su hija durante su ausencia trabajando a jornada completa, mañana y tarde.

En un principio, todo se desarrolló con normalidad hasta que Deborah se fue tomando algunas confianzas. Le invitó a acompañarla a una academia donde tomaba clases de bailes latinos e incluso, le hizo una demostración moviendo las caderas con un desequilibrio de paquidermo. Corría el año 1998 y el Real Madrid jugaba la final de la Champion. Lamentablemente o no, la celebración del partido coincidía con su horario laboral. Deborah, sabedora que apenas entrarían clientes en el local, le invitó a subir para ver el encuentro por la tele. Santiago alegó sus quehaceres laborales pero ante la insistencia, y muy a su pesar, subió escaleras arriba. Prendió la televisión y sacó dos latas de cerveza. El madridista apenas pudo prestar atención al partido: Deborah hablaba sin parar y eructaba sin refreno. Se acomodó voluptuosamente en el sofá mostrando la desnudez de sus rodillas y girando las tetas descaradamente hacia su empleado. Santiago aguantó la presión durante diez interminables minutos.

  • – Lo siento, debo regresar a mi trabajo. Hay mucha ropa almacenada.
  • – No te preocupes. Puedes quedarte a ver el partido
  • – Gracias, pero no me parece bien. Debo terminar mi trabajo.

Bajó las escaleras cagando leches, con la virginidad intacta y deseando que acabara la jornada. Unas terribles pesadillas con el adefesio bigotudo perturbaron su descanso. A la mañana siguiente, acudió para anunciar su despido. Deborah le entregó unos pocos billetes en la mano con una indiferencia glacial.

Transcurrieron dos semanas y una morriña insoportable puso fin a su periplo en Londres.

Años después, marchó a vivir a un pequeño piso en Lavapiés. Mientras esperaba en una lavandería a que la máquina ejecutara su programa, escuchó una voz que no le resultó desconocida.

  • – ¿Santiago?
  • – ¿Deborah?
  • – Vaya, qué casualidad….

Había refinado su aspecto desde entonces, llevaba el pelo de color naranja y apenas lucía una leve sombra en el bigote, sin embargo, no había logrado dominar los eructos con el paso de los años.

  • – ¿Qué sorpresa? ¿De vacaciones en Madrid?
  • – Bueno, más o menos.
  • – ¿Y qué tal?
  • – Oh, bien.
  • – Aja. Oye, sentí dejar el trabajo de manera tan precipitada.
  • – No te preocupes. Hubo otros empleados…
  • – Aja…
  • – Qué casualidad. Hoy el Real Madrid juega otra final de la Champion y nos encontramos en una lavandería.
  • – Sí. Oh, voy a recoger mi ropa…
  • – Tranquilo, no te voy a violar encima de una lavadora.
  • – Ni yo te voy a meter otra cosa que no sea una patada en el culo.

Deborah, salió de la lavandería con su indiferencia glacial y la ropa sin lavar. Esa noche, entre risas pero con la pasión de la primera vez, Santiago y su marido hicieron el amor para conjurar los caprichos del Karma.

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