Era un gran profesor, se llamaba Manuel. Era un chico joven, sordo de nacimiento y por ello también mudo. Sus padres le dieron una educación igual que a sus hermanos. No fue diferente, era como los demás pero hablaba la lengua de signos y leía los labios.

Hacía deporte, viajó incluso en auto stop, era alegre y extrovertido, muy expresivo. Conducía su coche y se hacía entender. Sus clases eran muy amenas y enseñaba a sus alumnos a comprender el mundo del silencio.

Martina era farmacéutica de barrio y tenía un paciente sordo. También enfrente de la farmacia pusieron un centro para sordos donde aprendían a hablar después de hacerles un trasplante cloquear y a la farmacia venían gente con este problema.

Su amiga Lourdes, psicóloga, le dijo que había visto un anuncio de una academia que ofrecía un curso para aprender el lenguaje de los signos y con ella se apuntó. Fue una experiencia inolvidable, nunca se lo agradeció bastante, allí le conoció.

Manuel era didáctico y divertido. Aprendieron a signar y les daba recetas de cocina y ellas también le daban las suyas. Les hablaba de sus viajes, de cine, les contaba muchas anécdotas y en navidades les enseñó a cantar villancicos. En la pizarra hacía unos dibujos increíbles para amenizar las clases y así terminaron el curso.

Lo celebraron cenando y bailando en una discoteca, ¡que marcha tenía! Fue una noche mágica. Todo el mundo les miraba.

Entendieron lo que es sentirse diferente y admiraron más a Manuel. Él no se sentía así, se entendía con los camareros y hablaba con todos.

Les contó que los sordos son muy ruidosos, como no oyen, arrastran las sillas, dan portazos… La gente les miraba y se paraban, cuchicheando entre ellos, decían: es un grupo de sordos, mírales que bien se lo están pasando, deben estar celebrando una despedida de soltero. Fue sin lugar a dudas una gran experiencia que no ha podido olvidar. Manuel seguía la música a través de la vibración del suelo, se veía que frecuentaba el lugar, era increíble como vivía a tope la vida, sin complejo.

Él era la voz silente que una vez más les daba una lección Magistral y comprendieron lo que es vivir con esa dificultad.

Pasaron al curso siguiente pero el profesor ya no era Manuel y se les hizo cuesta arriba y Martina lo dejó…Lo recordará siempre.

Ahora tiene una sobrina que nació como Manuel y al igual que él, crece y avanza con toda normalidad. Es una niña espectacular, da gusto verla y a sus padres Martina les habló de su mejor profesor, Manuel.

AUREA ROA MARCO

Madrid, 17 de mayo 2017

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS