Caracas la Ciudad que Añoro

Caracas la Ciudad que Añoro

Yuryeth Vivenes

11/03/2019

Caracas, mi ciudad. La ciudad donde están mis afectos, mis recuerdos, mi familia. Crecí en la Caracas que se fue opacando, que se fue destruyendo, que se fue deteriorando, pero que nunca perdió su magia.

De Caracas aprendí muchas cosas. A saber cómo empieza el día, pero no tener idea de cómo va a terminar. A improvisar, a hablar rápido, a solucionar, a actuar por impulso. Aprendí a encontrar calma en el caos: apreciar el contraste de El Ávila contra el caos de la autopista en la hora pico. Es imposible no sentir paz cuando miras el paisaje. Es un paisaje que se tatúa en tus ojos, que se graba en tu memoria y, que aunque no eres consciente, vas a buscar por el resto de tu vida a cualquier lugar a donde vayas.

Caracas, la ciudad de la furia, la de los contrastes, la del desorden, la de la diversión. La que odias y la que amas. Las que sufres y la que disfrutas. La que no sabes que te va a dar, pero siempre trae algo. Esa es mi ciudad. Una ciudad que te encanta. Una vez leí que Gabriel García Márquez, en su tiempo que vivió en Caracas, escribió sobre la ciudad y dijo que se había vuelto su obsesión.

Caracas se convirtió para mí en mi despecho permanente. En ese sitio que extraño siempre; al que comparo con todo. Al que sueño, al que le escribo. Al que quiero ver, pero no puedo porque me hace daño. Que me hace llorar, pero que me gusta porque me da muchos buenos momentos. Es como esa relación que sabes que no es buena, pero en la que igual quieres seguir. Debo confesar que stalkeo a Caracas. He comenzado a seguir todas las páginas en redes sociales que postean fotos de ella. Escucho canciones que me recuerdan a ella. Mi despecho es tan grande que he llorado viendo videos de sus calles, recordando sus sitios y los momentos que vivimos.

Si hablamos de despecho, debo decir cómo me enamoré de ella. Veinticuatro años, de mis veintiocho, los viví en Caracas. Siempre sentí a la ciudad como mía. Me sentía parte de ella. Me gustaba caminar por sus calles y comer su comida. Me gustaba su gente y su diversidad, su clima, sus contrastes. Pero por otro lado no me gustaban muchas cosas de Caracas: el tráfico, el metro, el clasismo de algunas personas, la inseguridad. Sin embargo, dentro de los pros y los contras me gustaba el caos. La pasaba bien. Era una ciudad impredecible, cautivadora, mágica. Donde el aburrimiento era para los que no tenían imaginación. Donde las fiestas empezaban en la casa y terminaban en la playa. Donde podías ir por unos tragos a un bar y terminar en un pent-house viendo el amanecer en el Ávila. Todo en una noche: calma, caos, aventura.

Siempre me gustó Caracas más de noche que de día. En la noche la ciudad se transformaba. Sin tráfico, sin calor, sin tanta gente. El aire que se respiraba era diferente. Las aventuras comenzaban. La adrenalina despertaba. Quedarse sin hacer nada, para mí, era como perderme de historias y aventuras que me esperaban afuera. También me gustaba la Caracas de Diciembre. El aire, lo juro que tenía una carga diferente de energía. El olor: una mezcla de pólvora, por los fuegos artificiales y fosforitos, cables, por las luces de los árboles de navidad, a comida por las famosas hallacas y la comida tradicional venezolana. Una mezcla que hace que el aire que se respira sea fiesta. Que te invita a bailar, a divertirse a no quedarte en casa.

Pero pasaban los años, iba creciendo y la ciudad se fue deteriorando. El Chavismo se iba abriendo paso destruyendo todo y me comenzaron a gustar menos cosas, hasta que llegó un punto en el que mi sueño era salir corriendo de la ciudad. Me fui, la tuve que dejar. Porque ya me hacía daño vivir en ella. Porque no podía avanzar. Porque se había convertido en algo que ya no reconocía, que no me hacía bien, que me estaba cambiando. Mis triunfos consistían en conseguir comida. En que no me robaran en el trayecto del metro a la casa. Las aventuras escaseaban, los miedos abundaban. Los sueños se hacían cada vez más pequeños. Me estaba destruyendo. Salí corriendo. Me dolió irme, pero pensé que iba a ser lo mejor para sanar, para emprender nuevos caminos.

Sin embargo, desde el momento en que me fui la comencé a extrañar. La vivo todos los días aunque no esté allá. Las noticias abundan en todos los medios de comunicación. Pasó lo peor: el caos se apoderó de la ciudad. No hay comida, no hay agua, no hay gas, no hay electricidad. El sistema de salud no sirve. La gente muere por falta de medicinas. Lo impredecible ya no existe: siempre esperamos lo peor. La adrenalina se convirtió en miedo. La ciudad que fue feliz quedó en el pasado. Ahora Caracas se ha vuelto la ciudad infeliz. De pie solo por la esperanza de volver a ser lo que un día fue. Viviendo de los recuerdos.

Los que estamos a afuera la añoramos, la imaginamos, la recordamos. Los que aún siguen ahí solo te dicen que no es lo mismo, que todo cambió. Reina el miedo y la desesperación. Yo solo quiero volver y verla como lo que fue, como la recuerdo. Se me parte el corazón ver cómo está. Me fui a tiempo y por eso la añoro, solo tengo buenos recuerdos. Siento impotencia de no poder ayudar, de qué no cambie la situación. Solo espero que sea corto el tiempo que falta para que esté bien de nuevo. Para que los malos se vayan. La ciudad de la furia tiene que levantarse y ponerse de pie. Para retomar nuestro amor en sus calles y que llene de magia a todas las nuevas generaciones.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS