Estaba cerrado. No le sorprendía que su padre lo olvidase de nuevo. Saltó la reja sin dificultad, y a pesar del vestido. No había nadie y si lo llegaba a haber, poco le importaba. ¿Qué son unas milésimas de segundo? ¿Es algo realmente? Greta creía que no.

Caminó hacia la puerta y buscó la llave entre la tierra de la palmita. Estaba húmeda y olía bien. La sacudió un poco, y se limpió en la ropa. Estando por meter la llave en el cerrojo, pensó que sería buena idea sacarle copia de una vez por todas. No entendía la razón por la que su padre se la negaba. Pensaba darle buen uso. Regresó al portón, lo escaló con destreza una vez más y se dirigió hacia la cerrajería más cercana.

En el camino pensaba que era verdaderamente divertido brincar la reja, le hacía sentir arriesgada, aunque probablemente otro hubiese hecho lo mismo. Lo que era realmente atrevido, era hacerlo con vestido. Sonrío por eso. Mientras caminaba, miraba y acariciaba la llave para quitarle los restos de tierra. En cuanto consideró que la llave se encontraba lo suficientemente limpia, dirigió la mirada hacia alrededor. La cerrajería se encontraba a pocas cuadras más.

La gente caminaba entrecerrando los ojos debido a los intensos destellos de luz que rebotaban desde cualquier superficie y hacia todos lados. Algunos gestos eran realmente divertidos. Greta se apropiaba de las imágenes y las recolectaba tal como si fuesen fotografías. Se pensaba una ladrona, no solo de lo que recogía con la visión, sino que también, con el oído. Escuchaba a las personas hablar temas normales e insípidos, pero extraía frases que, sacadas de contexto, le parecían cómicas o incluso, remarcables. Las repetía durante el camino para apropiarse de ellas y considerarles exitosamente robadas. Era ella de los pocos que apreciaban las tonteras de los demás.

Veía desconocidos e intentaba decifrar de dónde venían y hacia dónde se dirigían. Así miró, a una señora que andaba a paso apresurado, atenta de lo que ocurría a su alrededor, y agarrando con su fuerza su bolso, decidió imaginar que venía del banco y que debía llegar a casa para apagar la estufa. También miró a un señor de traje que caminaba cansado, y supuso que su hora de comida había finalizado. Greta se preguntaba que pasaría si estos personajes que creaba a partir de las imágenes que recibía se conectaran. Pensó en lo que pasaría sí la señora fuese en realidad la vecina del empresario, que mantuviesen en secreto un amorío y que precisamente ese día, se produjera una explosión en su casa a causa de la fuga de gas. ¿Cuántas historias apasionantes habitan la realidad y cuántas más la fantasía?

No tardó en llegar a la cerrajería, un pequeño puesto amarillo colocado sobre la acera de una calle concurrida. Se acercó con llave en mano. Y dudó.

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