Comencé mi infancia creyendo que la vida era compleja, maravillosa y puramente sorprendente.

Así era yo, nunca sabrías lo que podía salir de mi cabeza. Quería ser grande, grande espiritualmente, no depender de otro, sino de mí, de mis pensamientos, de mis acciones.

Era libre, creaba y resolvía mis propios problemas. Era yo contra yo, o yo contra mí ello.

Me tropecé con instituciones, con sistemas, con paradigmas, televisores, y aún así quería pelear, quería vivir.

Jugué un partido ya perdido con el tiempo, me fortalecí por dentro, mientras me envenenaban por fuera.

Me quitaron luz, juventud y lo mas importante: las ganas de seguir jugando. Caí en esa línea recta, sin desviaciones.

¡Hasta eligieron cómo tenía que vivir!

Busqué toda mi vida aquello que era inerte, aquello que llenaba los bolsillos pero vaciaba el alma; aquello que me gustaba mirar, pero no escuchar.

Aprendí que lo bueno no tiene por qué estar aca, si lo que quiero es estar allá; y que ésto no es necesariamente un juego al cual muchos podemos jugar, mas sí mirar.

No busquemos ser protagonistas en un mundo que nos queda grande, aprendamos de él, y seremos más.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS