Luego, de estar de «arrimados» con la tía Carlota, desde que se vinieron de su pueblo, quien los apoyó bastante, María de Jesús, y sus hijos, se fueron a vivir, al otro extremo del puerto, en otro cerro, en el sector tres, que lo nombraban como el barrio de la Calle Nueva. Llegaron con sus pocos muebles, ayudados por un señor, que tenía una plataforma, encima de dos llantas, y halada por un burro; el señor era chaparro, prieto, y con una camisa, que la traía, casi siempre, desabrochada, le dejaba ver una tremenda panza de cervecero. Mario, uno de los niños que jugaban en la calle, que posteriormente, fue un gran amigo de Josito, uno de los seis hijos de María de Jesús, se burlaba de la mudanza. Los otros niños, que después se darían a conocer, por sus apodos, y nombres, algunos como: El Pelón, El Güero, El Pito, el Cacho, el Che… y otros.

De inmediato, todos, incluyéndose Mario, se acomidieron, y, en un solo viaje, subieron los muebles, a la que sería, su morada de los siguientes años. En ese entonces, Josito, estaba cumpliendo ocho años de edad, acababa de salir del primer año de primaria. La casa, era un espacio tal, que el techo se apoyaba en la casas de los lados, que eran, también de madera vieja; la parte de atrás, que daba a terreno baldío, se cubría con unas plantas, que estaban por secarse, debido a la falta de agua. Toda la familia se instaló, después, la madre se fue, porque tenía que trabajar. Ella, había conseguido un trabajo de lavandera, el cual dependía de un sindicato que atendía a todos los barcos que llegaban al puerto, y ese día, acababa de llegar uno. Doña Chuy lo supo, porque en la parte alta de cerro, estaba de vigía, un señor, ya grande de edad, de nombre Cristóbal; el viejo, colocaba figuras geométricas para avisar la cercanía del buque, todos los porteños lo sabían; ponía tres tipos de figuras geométricas, cuando ponía la figura de un triángulo, es porque el barco ya estaba atracando. Éstas, señalaban las distancias, entre el buque, y el muelle, donde se iba a atracar.

Con el tiempo, la gente no necesitaba mirar hacía el cerro, nomas veían que salían hombres de las casas, ya sabían que el barco estaba atracando. Algunos, inclusive, salían con ropa en los brazos, debido a que habían suplido al marido, durante su ausencia. Las esposas de los marinos, arreglándose los vestidos, caminaban con rapidez al muelle, a recibirlos. Casi todas las familias de la Calle Nueva, donde jugaban los muchachos, tenían un marino en casa. La madre le decía a Josito… «Usted, no diga nada, no vaya andar de argüendero», Josito, casi no comprendía, pero si captaba la amenaza, y, ¡los «chicotazos», dolían!

Cuando se fue doña Chuy, Josito bajó a la calle, estaban en vacaciones escolares. Al verlo, los muchachos que habían ayudado a subir los muebles, le llamaron, y, le preguntaron, cómo se llamaba. Él les dijo: —Josito, me llamo Josito.

— ¡¿Josito?! ¿eres «joto», o qué?

—No, así me llamo.

Te has de llamar José, y de cariño tu mamá te dice Josito. –Intervino uno de ellos, de los más grandes de edad, que le decían El Chive.

—Sí, eso es. –Les contestó.

—Porque, debes saber tú, que aquí, en la T.P.CH. Están prohibidos, los «jotos», los marinos, y los policías. –Siguió comentando el Chive.

— ¿T.P.CH.?, ¿y eso que es?

— T.P.CH. Quiere decir: Trabajamos Pura Chin… -José se quedó sorprendido.

— ¿Pero si aceptan a los que estudian, o tampoco?

— Bueno, a esos sí. –Dijo Cacho.

— Además, si quieres jugar fútbol, empezarás de portero. –Dijo el Güero.

— ¿De portero?, ¡pero no veo las porterías!

— La portería se acomoda, de la banqueta a la mitad de la calle, allí, en medio de la calle, ponemos dos ladrillos, uno arriba de otro para que se noten los goles. –Comentó El Pelón.

— Bueno, ya que vimos que no eres «joto», y, si quieres jugar, ponte de portero.

Jugaron toda la mañana, José, supo la hora de comer, porque empezaron a salir las madres de sus nuevos amigos; por un lado salía una, y gritaba: ¡¡¡Pitooooooooo!!! Al poco rato salía otra y gritaba…¡¡¡Pelooooooon!!! Allá, casi al final de la calle, salía doña Victoria…¡¡¡Güerooooooo!!! De pronto, casi todos se fueron. Antes de irse, el Chive le dijo a José: —Vente a la casa, vamos a comer.

La casa estaba a escasos cincuenta metros. Llegaron, doña Lola, la mamá del Chive, estaba al fondo, guisando.

— ¿Madre?, traje un amigo nuevo del barrio, a comer.

— ¿Es el hijo de doña Chuy,la lavandera?…¿Tu mamá es lavandera, niño? -Pregunto doña Lola al verlo.

— Si, ¡esa mera!

— Si madre, ella es. –Le refirió Chive a su mamá, quien ya venía con unos platos con comida, que casi se le salían los ojos a José.

— Ayer la conocimos, ¡huy es muy platicadora!, y buena persona la señora, que bueno que lo invitaste.

— ¿Qué es esto Chive? -Preguntó José.

— Son albóndigas de rancho, mira, en un tortilla, pon una, le pones salsa de chilpete, y sabe mejor, que a «cucharazo» limpio, pero cómete el caldo, porque, sino, mi mamá se enoja, y, no nos vuelve a dar de comer.

José, comió hasta que sintió que le iba a reventar su panza.

En la tarde siguieron jugando, en una acción futbolista, José, estaba esperando que el contrario le tirara la pelota, cuando, de repente, sintió que le iban a arrancar una oreja.

— ¡Mira nomás, grandísimo cabrón!, ¡cómo estás de mugroso!, ¿acaso crees que me regalan el jabón?, ándele, váyase a la casa a bañarse, ¡muchacho cochino!

José se fue corriendo al cerro, a su casa, soportando la burla de sus nuevos amigos, en la noche, antes de dormir, estaba feliz, ¿los chicotazos?… no le dolieron.


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