Desde que existe la posibilidad de construir una realidad digital en red el ser humano está apostando, de manera indefectible y casi ciega, por la ilusión. Acostumbrados, durante milenios, a valorar lo que compone nuestro universo con una axiomática real, material y física, ahora estamos accediendo y participando en una versión plástica de las expectativas de la existencia. En realidad estas redes de la ilusión, desde las privadas hasta las públicas, someten a lo que se ha venido denominando verdad a una nueva tesitura. Aquí, en este mismo lugar donde se produce este breve relato, el lector vuelve, otro día más, a preguntarse si la propia reflexión que se le ofrece puede contribuir a una nueva ilusión. En contacto permanente con este narcisismo impostado, asistimos a una lógica tan imprecisa como excitante, tan estéril como contemporánea.

Esta substitución y convivencia de hechos materiales con las actividades y los productos ilusionantes provoca una anestesia de los ejes convencionales que forjan, también, la identidad. Yo y nosotros, arquetipos lingüísticos, evitan así el dolor y el contratiempo.

Al tratarse de una actividad fuertemente socializadora y tecnológicamente potente y visualmente muy atractiva la presencia de las generaciones centrales de la humanidad es, además, muy destacada. Adolescentes, jóvenes y maduros integran su quehacer de valores en este mapa de costumbres y hábitos, con conexiones velocísimas, con imágenes (fotos y/o videos), con palabras, con sueños, con promesas y con mercancías que invitan a la inflación de lo que está por llegar. El horizonte ilusionante invita a una mirada que sufre la posibilidad del fracaso pero que, a su vez, fabrica una respuesta falsa para ese escenario, para esa hipótesis. Ninguno de los anversos reales de la existencia: el fracaso, el rechazo o la muerte se conciben en este mercado exponencial de ofertas. Puede suceder que se den sucedáneos a esas negaciones pero, el propio gestor de la red digital, te ofrece el mecanismo de atenuación: bloqueos, salidas, cambios de personalidad o salto-cambio a otra red.

Este entusiasmo por la ilusión promueve, además, un inevitable sentido del presente por el futuro. Todo sucederá pronto y esa promesa te lanza a entretener el viejo tópico del Tempus Fugit y festejar un Carpe Diem eterno que, en realidad, solo pospone lo que ha de suceder. Y, de paso, nos deshacemos del pasado porque parece ser una especie de molestia, de aprendizaje incómodo, de lección contradictoria.

Las consecuencias para la moral individual y la epistemología son, también y todavía, inexploradas. Un individuo dispuesto a creer que lo que sucede, lo que puede aprender y cómo puede hacerlo está siempre más allá de la realidad no necesita ni confirmación ni refutación de la validez de lo que hace. De nuevo el usuario de esas redes ilusionado-ilusionantes desarrolla sus principios personales ajeno a la consistencia de los hechos.

En este contexto los fabricantes de discursos, de propaganda, de publicidad y de agitación, tienen servidos los altavoces y los medios más baratos y sencillos de la historia de la educación informal de todos los tiempos. Los seres humanos, convertidos en consumidores de ilusiones, ya no necesitamos saber nada, ni conocer causas o consecuencias, ni investigar sobre el sentido de lo que estamos haciendo. La primacía de la acción instantánea que nos gusta y nos ilusiona es, de facto, una tiranía sobre el resto de complejas consideraciones de la cognición humanas. El camino a la manipulación se abre en el cómodo sofá del salón, en el vagón del tren de cercanías, en la clase en la facultad, y se abre con la conciencia de que el titular del cerebro que está siendo orientado en una dirección siente que es el protagonista de ese camino. No reconoce que el autor de los objetos de ilusión no es él y actúa como si fuese un destinatario privilegiado.

La ilusión, convertida en un estandarte presente de la felicidad al instante (una suerte de «cacao» epistemológico), se substrae a cualquier forma de crítica y, desplazándose por las redes, consigue que podamos olvidarlo todo, narcotizados por nosotros mismos. En este estado de incapacidad para la identificación de agentes, objetos, intenciones y realidades somos una masa informe y vulnerable que, ni lo sabe –su nuevo estatus- y lo que es más posmoderno y líquido, ni lo quiere saber.

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