Las pichangas en el Campo de Marte

Las pichangas en el Campo de Marte

A inicios de los 90 fue cuando conocí más de cerca el Campo de Marte, a pesar de vivir a solo unas cuadras de allí. El gran parque ubicado en el distrito de Jesús María era visitado por grupos de amigos y numerosas familias para pasar todo el día jugando al fulbito o estar de «picnic». La mayoría era gente de pocos recursos que provenía principalmente de los distritos más alejados del centro de Lima. Ellos veían al parque como la mejor alternativa de diversión en vez de otras que en ese momento eran prohibitivas o inexistentes, como ir al cine o alquilar un campo deportivo.

Las familias llevaban canastas y bolsas con alimentos. Algunas incluso cavaban en la tierra para hacer una sabrosa pachamanca; comida cocinada al calor de las piedras. La sed, sobre todo en verano, era calmada por chicha morada, agua, gaseosa y hasta cerveza, que los mismos visitantes llevaban o que se podía conseguir de los vendedores ambulantes. Era común ver partidos de fulbito y de voley, o ver personas jugando al «matagente» o cualquier otro juego grupal; de aquellos que se están perdiendo en el tiempo. Los más pequeños se lo pasaban muy bien, quienes disfrutaban de la libertad y calma que el verdor del parque les ofrecía.

Un buen día, luego de compartir una de tantas tardes jugando al fútbol simulado en una video consola de alquiler, mi amigo Giovani y yo nos dimos cuenta de que jugar al fútbol en la vida real resultaría mucho más divertido. Así que en nuestro último año de colegio y durante los tres siguientes ibamos al parque todos los fines de semana y feriados que podíamos. A veces nos acompañaban algunos vecinos suyos y muchas otras ibamos solos. Si eramos cinco o más buscábamos a quien retar. Si eramos menos entonces teníamos que buscar a qué equipo le faltaban jugadores. Lo importante era jugar.

La zona colindante a la avenida de la Peruanidad, donde se hace la Gran Parada Militar, era nuestro lugar favorito. En esa época no habían rejas y se podía entrar al parque desde cualquier dirección. Dentro del parque los árboles, arbustos, piedras y huecos no eran ningún impedimento para jugar. De hecho, tampoco lo era la falta de césped, porque también nos tocó jugar en el paseo que conduce al Monumento a los Caídos; donde las cáidas eran definitivamente más dolorosas. Incluso la misma avenida, que ni hoy ni en ese entonces era muy transitada, se convertía también en una zona deportiva.

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En los improvisados campos de fulbito normalmente las mochilas y piedras delimitaban las metas por lo que los goles sólo se hacían con el balón rodando o con algún disparo al ras del suelo. Otra veces algún par de árboles eran nuestro arco. En algunas ocasiones se veían palos de madera hundidos en la tierra y atados entre sí con un cordel a un metro de altura, en otras habían palos de escoba aprisionados en latas con cemento para darle más solidez a los arcos. Los más sofisticados (y poco comunes) eran armados completamente en madera y con redes de pescar.

Los partidos que jugábamos eran por amor al deporte. Queríamos correr, tocar el balón, hacer un par de buenas paredes y anotar todos los goles posibles, sólo para ver qué podíamos lograr. Pero habían otros que solamente podían motivarse si la pichanga tenía premio. Varios equipos profesionales del Campo de Marte sólo aceptaban jugar si a los ganadores les daban una gaseosoa de dos litros para todo el equipo o una «china» (medio sol) por cada jugador. Por supuesto, siempre era posible una revancha ese mismo día o el próximo fin de semana.

Tuvimos todo tipo de partidos, de los buenos, los malos con goleadas terribles, los jugados con guante blanco, los combativos jugados con cuchillo en mano, y también aquellos en los que no parábamos de reir. Varios de esos encuentros fueron «épicos», porque así los vivíamos realmente. Roberto Baggio, Romario y todas las estrellas del 94 junto a los Supercampeones (o el capitán Tsubasa, según se prefiera), eran nuestra mayor inspiración; aunque personalmente prefería al gran Enzo Francescoli, por ese entonces en River Plate. A modo de diversión a veces relatábamos nuestro juego en voz alta mientras corríamos con el balón y gritábamos «¡gol!» o «¡foul!» según correspondía.

Con el pasar de los años las visitas al Campo ya no eran todos los fines de semana. Algunas veces me tocó ir solo. Poco a poco los maratónicos días de fulbito se hacían cada vez más lejanos entre sí y más largos. Eso ya no resultaba tan divertido. Cada uno empezaba a hacer su vida y las jornadas épicas se fueron quedando atrás hasta que nos dimos cuenta de que habíamos estado varias semanas sin jugar. Hicimos algún intento más de pichanguear más seguido, pero ya no era lo mismo. Quizá el ritmo de la vida universitaria llevada independientemente una de la otra, o quizá era el simple hecho de crecer lo que nos alejaba del parque.

A los meses de dejar de jugar allí me mudé y Giovani al concluir la universidad se fue al extranjero. Las largas jornadas deportivas se habían terminado. Algún tiempo después colocaron las rejas, impidiendo el acceso a las áreas verdes. El fin de una era.

Me imagino que al mirar al parque en los 90 habría sido difícil creer que en ese mismo lugar mataron a un presidente, que hubo un hipódromo, una pista de aterrizaje o que mucho antes de eso había una laguna y caña de azúcar. Supongo que también habría sido difícil imaginarlo enrejado, con un complejo deportivo con varios campos de fulbito de césped artificial y una piscina olímpica, como lo es hoy.

En la actualidad visito el parque esporádicamente junto a otros amigos, a la zona del complejo deportivo, en donde pagamos para usar alguno de los campos, los cuales tienen luz artificial durante la noche y, claro está, un reloj cuyos minutos corren hacia atrás.

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