La tierra protegida

La tierra protegida

Javier Reiriz

08/01/2019

Como cada mañana, Isiah Brown pasa los primeros momentos del alba en el porche de su casa, sentado en su vieja mecedora y con la mirada perdida en algún punto de un horizonte amenazadoramente cercano. La mañana es espléndida y lo único que rompe la quietud del lugar es el fino hilo azulado que asciende de su vieja pipa, humo apenas perturbado por una ligerísima brisa procedente de las montañas del levante. En esas cumbres descansa precisamente la mirada de Isiah.

—Parece que hoy el humo del volcán tiene algo de raro —dice a Adelaide, su mujer, que acaba de irrumpir en el porche.

—Llevas diciendo eso desde que te conozco, Isiah Brown, y de eso hace ya mucho tiempo. Yo lo veo como siempre.

—Fíjate bien —insiste—, ¿no te da la sensación de que está más cargado, más denso, como más… ¿amenazador?

—Para mí es el mismo de todos los días, el mismo jodido humo de siempre, ni más ni menos apestoso que el que sale de tu pipa —parece que Adelaide no está de humor— ¡La de años que han pasado y no logro acostumbrarme a él!

—Muestra un poco de respeto por Jack, Adele, no vaya a ser que se enfade.

—Eres un negro viejo y romántico, Isiah Brown ¡Mira que ponerle nombre humano a un volcán! ¿Todavía crees que ese… como se llame, tiene vida?

—¡Pues claro que la tiene! —a Isiah Brown se le enciende el rostro—. Pero no el volcán sino el Ente que lo controla. ¿Acaso no han sido suficientes las señales que nos ha enviado para demostrarlo?

—¿Señales?, ¿te refieres a esos temblores?, ¿a esos conatos de erupción que en caso de haber progresado nos hubiesen asado como a pollos? —confirmado: Adelaide no está de humor—, ¿o te refieres a tu irresponsabilidad, a tu terquedad por permanecer en un lugar que ni las más miserables alimañas quisieran para vivir?

—No fueron conatos, Adele —Isiah serena su tono porque sabe que cuando Adelaide se enfada, ni el volcán tiene arrestos para calmarla—. Fueron señales. ¿Recuerdas, en el 62, cuando el banco quiso hacer valer su derecho sobre nuestra propiedad y desahuciarnos?

—Ya estás otra vez con lo mismo —Adelaide no da el brazo a torcer—. Fue una chiripa, Isiah, pura casualidad que ese volcán entrase en erupción, aunque luego cortara de cuajo y se calmase.

—¿Ves, Adele? La diferencia entre nosotros dos es que yo soy agradecido y sé apreciar cuando alguien se moja por nosotros. No fue casualidad. Jack hizo ver a esos cabrones que sin su control sobre el volcán la tierra que hay en este valle no vale un centavo. De poco le hubiera servido al banco quedarse con nuestra casa si nadie la quiere ni regalada. ¿Y lo del 85?, ¿también fue…?, ¿cómo lo has llamado..?, ¿chiripa? Si no fuese por Jack, que activó el volcán y desvió el curso del río, el reventón de la presa hubiese anegado el valle y hubiésemos perecido ahogados. Nosotros y nuestros hijos.

—Suerte, mucha suerte —Adelaide suspira—. Ese día volvimos a nacer los cuatro. ¿Sabes? Creo que fue a partir de ese momento cuando empecé a creer que tal vez este sitio no fuese tan malo como quería hacer ver. No le otorgo la gracia a ese volcán de nuestra buena estrella, pero reconozco que este lugar tiene algo de especial, algo de protector que impide que nos vengan desgracias. No sé si hay alguien o algo detrás de todo esto, pero me resisto a pensar que un ente, como tú lo llamas, o lo que sea, tenga el control de los hilos que mueven nuestras vidas. No y mil veces no, Isiah Brown —Adelaide da media vuelta, cruza el porche y se pierde con paso decidido en la frondosidad del huerto que tienen hacia poniente.

Cuando Adelaide desaparece, Isiah Brown impulsa de nuevo la mecedora, da una profunda calada a su pipa y comprueba con desagrado que esta se ha apagado. A lo lejos, el volcán, como imitando su gesto, parece también haber moderado su actividad.

—¿Sabes, Jack? —se interrumpe para encender de nuevo la pipa—. Ella no sabe de qué va todo esto. Jamás se lo he contado y, dadas las circunstancias, quizá sea mejor que siga ignorándolo. Un Ente como tú que cambia de volcán constantemente y que tiene que tomar decisiones difíciles es mejor que pase desapercibido. Ella no tiene por qué saber que en el inicio de los tiempos todo era distinto, que las gentes eran diferentes y que vosotros, los Entes, también. Sí, mejor que no te asocie con lo de Pompeya.

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