Historias de la Sierra.

Historias de la Sierra.

Claudia Huerta

19/11/2018

Cuando llegó a su casucha, exhalando el último aliento, lo primero que vio fue a Yao, uno de sus tantos hijos sentado en el petate, hipnotizado por la visión de lo inverosímil. Entre sus brazos tenía acunado a su hermano de apenas un año de haber nacido.

-No llora, no se mueve desde que te fuiste mamá.- le dijo Yao, mirándola con los ojos negros como platos con la voz desnutrida y quebrada. Ya ni lágrimas le salían.

Guié, suelta horrorizada las dos cubetas con el agua que traía un recorrido de 15 kilómetros de distancia sobre sus hombros, el preciado líquido se derrama como una premonición ante la sequía de la vida.

La madre se arrodilla, no siente las piedras que se clavan en sus huesos apenas cubiertos de piel, carga el cuerpo liviano, etéreo y sin vida de su hijo. Todavía puede y tiene ganas de llorar por la pérdida de una vida.

Esto es común, el Itsmo de Tehuantepec en Oaxaca se nutre con los huesos de los que mueren de hambre, quizá a eso se deba el color ocre de sus entrañas que se percibe al amanecer.

Unos días después de abandonar el cuerpo del más pequeño en la tierra, Guié con esa voz ronca debido a tanto grito contenido, le dice a Yao una sentencia que cambiará su vida para siempre.

-Te vas al seminario, ahí te darán de comer- le dice su madre mientras enciende la leña para calentar las tortillas una vez hecha la maza con el maíz desgranado y la cal viva, como sus heridas. Ya se sentía en los pulmones el humo y la intoxicación en el pensamiento.

Yao estaba absorto en la tarea de desgranar la mazorca, como queriendo quitar la penuria en cada uno de los granos, y al escuchar a su madre, no hizo mas que bajar aun más la cabeza tratando de visualizar el infierno en el que estaba metido.

Guié tenía más hijos por los cuales preocuparse, uno menos, sería de gran ayuda, lo cual significaba más alimento para los que quedaban y así desterraba la imagen y el recuerdo de su hijo muerto en los brazos de Yao.

Así fue como en su incipiente juventud, comenzó a consagrar al Señor su hambre. Oraciones por comida y un catre, en lugar de un petate.

“El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy”… rezaba, todos los días.

Pasaron cinco años en ese intercambio religioso de necesidades, hasta que un día en una de tantas caminatas que hacían los seminaristas para calmar el calor de las hormonas, lo penetró un olor muy diferente al que dispersaba el matorral espinoso al que estaba acostumbrado. Este olor provenía de hembra zapoteca, tez morena, cuerpo firme, fuerte y sudoroso por tanto cargar, negra trenza de cabello sin lavar, con olor concentrado a humo, madera, maíz y petate.

Sus ojos se encontraron y él decidió cambiar de patrón. No más oraciones por comida. Él sería el señor y ella, la prometida.

Cuando el hombre de la sierra se acerca a la mujer para formar familia, ésta agradece y dice: – Sí, acepto- no le queda de otra, y el pueblo se pone de fiesta. Sin amor, todo es posible, en la sierra.

Como dicta la costumbre, más de 5 hijos tuvieron. Trabajan duro. Ella con uno de los chamacos envuelto en el reboso en su espalda, los otros, quién sabe Dios dónde estén, que el Señor me los proteja y, con dos aspirinas y una Coca-cola para no dormirse, mueve día tras día el pedal de la máquina de cocer. Fabrica mandiles que Yao lleva a vender al mercado. Preciada mercancía entre los istmeños.

Los años pasan y el mezcal, las mujeres y su osadía, crecen junto con el dinero por la venta de la mercancía.. Ella, amamanta, cose, cocina y no duerme entre tantas labores, y por las noches, aguanta el aliento a mezcal, el olor del cuerpo ajeno impregnado en el padre de sus hijos que lo percibe cuando se junta al de ella violentamente para penetrarla.

Yao no recuerda al hermano muerto, vive de la sensación que prometen unos ojos cuando te miran por vez primera, sin juramentos, ni futuros prometidos.

A pesar de la embriaguez producida por el destilado de agave, las mujeres eventualmente conocidas, el enojo y el asco que le tiene, el dolor por las palabras crudas y obscenas llenas de alcohol hacia ella proferidas, logran prosperar como familia. Todos los hijos tienen la oportunidad de estudiar, ninguno muere de hambre, sin embargo, el amor, si es que alguna vez existió algún atisbo, desde hacía muchos años había quedado sepultado.

-La mujer debe ser sumisa, callada y abnegada.- Yao le decía a su mujer al menor atisbo de rebeldía. Ella, bajaba la cabeza y mantenía silencio.

Los hijos crecieron y él pasó a ser una sombra, siempre, acompañado de una botella.

En su decrepitud, Yao durmió solo en una cama, destilando alcohol en su aliento y el olor dulce que de su sangre emanaba. Por fin se hizo presente la rebeldía de aquella mujer zapoteca.

Finalmente, lo alcanzó la muerte.

A la que había sido su compañera durante más de 50 años, tarde se le hacía para enterrarlo. No sea que la muerte se fuera a arrepentir y lo regresara a la vida.

-¡Pero si ya lo sepultamos!- decía ella contrariada a sus hijos.

-Mamá, por lo menos espera a que se terminen los nueve días del rosario.-Le decía uno de ellos consternado.

Más por complacer a sus hijos que, por ayudar a pedir por su vida eterna, se resignó a quedarse en el lugar donde fueron los nueve rosarios, y al levantar la cruz, ella, ni tarda ni perezosa, levantó el vuelo y se fue a su playa querida con esa libertad tan largamente deseada, ahora por fin alcanzada.

La sumisión, el silencio y la abnegación, se quedaron enterradas con Yao.

Cosas de la sierra y la pobreza.

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