Me levanto pronto. Hay nubes en el cielo. Me ducho, una nube me llora encima. Me tomo el café. Mi estómago, una nube cálida. Mi cerebro, una nube gris. Me peino y pienso en La nube en pantalones de Vladímir Mayakovski y en poetas que se devanan los sesos para conseguir rimar amor y ruiseñores. Me miro en el espejo. Veo manchas en mi piel, pero decido no necesitar maquillaje que las tape. Ya no trabajo para la industria cosmética. Ya no me rodean las miradas femeninas deformadas. Ya no me codeo con mujeres que se maltratan y machacan a las demás. Mujeres, que se han tirado voluntariamente al fondo del tarro del maquillaje y ya no saben salir. Mujeres que se ahogan en cremas. Mujeres que chapotean con odio porque saben que no van a salir de ese tarro de cristal. Mientras, la calle carga en silencio su tormento. Me dirijo a otra dirección distinta a la del maquillaje. Vuelvo otra vez a respirar. Mi cerebro, se despeja. Ya no es esa nube gris. Ahora es óleo multicolor. Ahora, pienso en acrílicos, acuarelas, danzas y caracteres chinos. Ahora mi mundo es otro. Uno más hermoso. Uno donde vamos a luchar por la felicidad de las mujeres. Vamos a visitar lugares hermosos. Vamos a alimentarnos de arte. Llego puntual. Me gusta la puntualidad. Hay personas que les gusta llegar media hora tarde. No quiero juzgar, pero juzgo. No puedo dejar de pensar que llegar tarde es una falta de respeto. No me gusta la mala educación, ni las palabras gritadas. No quiero que mi cerebro pierda sus nuevos colores con estos nubarrones que se me pasan por la cabeza. Quiero ser flexible pero todavía conservo mucho de la rigidez del mundo del maquillaje. Cerrar etapas y abrir otras nuevas. A veces, unas etapas se suben a hombros de otras. En la etapa del maquillaje aprendí muchas cosas. No todo es de usar y tirar. Me gusta la disciplina. Me gusta lo que funciona. Me gusta la eficiencia. No quiero abandonar lo que me gusta, aunque provenga de un mundo donde las mujeres se maltratan a sí mismas y machacan a las demás. Mujeres malditas.

Llueve. Han entrado unas gotas por la ventana abierta. Al ir a cerrarla, veo que han entrado unas hormigas gigantes con alas. A pesar del repelús que me producen, no las mato. Una vez escuché a un entomólogo decir que estas hormigas no son una especie distinta del resto de las hormigas. Sólo su propósito es distinto. Estas hormigas no son obreras, no se encargan de recoger alimentos bajo tierra. Han desarrollado sus alas para dejar la colonia en la que han nacido y crear la suya propia. Durante el año se preparan para salir en la época de lluvia, que es cuando más alimento hay. Empiezan a volar y hacen enjambres en el aire donde se juntan con otras hormigas de nidos cercanos donde se mezclan y escogen a sus compañeros. Las hormigas macho mueren rápidamente después del acto, mientras que las hembras que se han apareado se convierten en futuras reinas. Ellas perderán sus alas pero no les importa. Buscan empezar todo el proceso de nuevo. Pero esta vez será su proceso y lo harán a su manera. Mientras veo a estas hormigas, pienso en mí.

Un relámpago ha iluminado la sala. Veo a una de las hormigas con alas revoloteando por este texto. Se posa sobre las mujeres malditas y esto hace que vuelva a pensar en ellas. Cuento uno, dos, tres hasta oír el trueno. Intenté salvarlas de sí mismas y casi muero. Burlas caídas como pañuelos que yo recogía y guardaba. Tareas estúpidas, inútiles pero muy urgentes que llegaban a última hora de la tarde y tenían que resolverse en el mismo día. También estas tareas las recogía y las resolvía. No hay maquillaje que cubra tanta hostilidad. No hay crema que alise tanta maldad. Otro relámpago ilumina ahora el texto. Ahora las palabras están fosforescentes. Me imagino que si cuento uno, dos, tres, volverán a aparecer en su estado habitual. Escucho el trueno. Espero a ver qué pasa ahora. Efectivamente, las palabras han vuelto a su estado original. Ni fosforescentes, ni cursivas, ni negritas, ni tachadas. Las palabras ya están escritas. Así vistas, son como una carretera de hormigas, esta vez sí, las obreras, que se dirigen hacia el final del texto, buscando el punto final por dónde meterse al hormiguero y seguir por debajo de este texto a profundizar en mi subconsciente. No quiero acabar este texto con las mujeres malditas. No quiero llevarlas tan dentro porque sé que me harán daño. Pero conozco muy bien a las hormigas obreras. Sé que no pararán hasta llevarlas al fondo del hormiguero y entonces, mi mundo interior ya no me servirá de refugio. Tendré que fumigarlo. Mataré a toda la colonia. Todo lo construido, desaparecerá. No voy a permitirlo. Voy a concentrarme en el presente. Miro hacia mi izquierda y me encuentro a mi nueva compañera de mi nueva etapa. El destino nos ha unido. Hacemos enjambres en el aire con acrílicos, óleos, acuarelas y caracteres chinos. Siento que nos elevamos. Nuestras alas se ponen a funcionar. Hemos encontrado un buen refugio. Hoy somos nosotras las que nos devanamos los sesos para rimar amor y ruiseñores como en La nube en pantalones. Cuento uno, dos, tres.

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