«De niña un caniche me deshonró el brazo y desde entonces me da pavor el carmín.»

Levanté la mirada: silencio. Me miraban, me juzgaban: valiente sandez. El papel empezó a temblar entre mis manos y sentí ese escozor en mi uretra, como las alimañas que se orinan al oler el peligro. Faltaba que uno de esos arbustos secos atravesara rodando la gran mesa en la que nos reuníamos todas las semanas.

Salí la última, cerré la puerta y al soltar el pomo, una nota escrita con labial rojo: 6875684545

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