Llora la niña en un cuarto oscuro, la angustia a flor de piel.
Lágrimas filosas hieren sus mejillas de pétalo. ¡Cuánto dolor prisionero en un cuerpo que apenas florece a la vida!
«¡No te deshagas de mí, madrecita!»
El amargo gemido no logra colarse entre las rugosas paredes del habitáculo. No existen palabras que describan su dolor.

Una condena sacrílega pesa sobre ella. La espada arremete sobre ella. La traspasa, la succiona.

La pequeña ya no llora, vuela hacia la luz.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS