# Primer acto
Nadie supo más de él.
Los vecinos le vieron salir por la mañana. Todos los días daba su paseo, así lloviera como aquel lunes o hiciera calor. Con nieve o el fuego de un volcán todos decían que hubiese salido igual. Vestido con un chubasquero azulado, botas de goma y la visera de su gorra asomando fuera de la capucha. Cerró la puerta, luego la valla, echó un vistazo a la entrada con mirada extraña y se fue a pasear.
Lo de la mirada extraña lo dijo la señorita Clara que sigue viviendo con sus gatos en el adosado de la izquierda. Acostumbra a ser una mujer callada, entrada en años, soltera de profesión y amante de sus gatos como única afición. Sobre todo callada, dice ella. El resto del pueblo no opina igual pues de su boca salen todos los chismes que acaban inundando mercado y peluquería. Callada, como la que más, a ver quien se lo desmiente a la cara. Hay quien le preguntó por la mirada extraña y ella, rompiendo su silencio, dijo que lo veía perdido; desde una esquina de la ventana al lado de la puerta de entrada, estaba bajando a uno de los gatos de la cortina, dijo o quizá calló. Desapareció de su vista al torcer la esquina.
Pasó por donde solía pasar. Por delante de la librería que sólo vende cosas a los chicos de la escuela. Saludó a los parroquianos en el bar, después de quitarse gorra y capucha, antes de tomarse el carajillo que le hiciese arrancar. Pepé, el dueño de la taberna, aún dice que el hombre venía buscando el cordial y que sin el trago no hubiese podido seguir el paseo, aunque nunca lo vio volverse para la casa; lo dice así: cordial, fue monaguillo de niño y algo se le pegó, no lo del rezo. No era el único que amanecía buscando alcohol pero nadie más se tomaba el café fuerte para empezar. Por todas las calles por donde pasaba se le conocía pero casi no se le saludaba, algunas le hacían mal genio, otras malas maneras porque pocas veces devolvía el «buenos días». La mirada al frente, centrada en lo suyo que no compartía con nadie y el paso cómodo, ni lento como los vagos, ni apurado como los que llegaban tarde a la sardinera. Les coincidía la hora, no a los que iban puntuales, a los retrasados que no había familia en el pueblo que no tuviese un hijo o un padre trabajando en la sardinera.
A la salida del pueblo aún debió cruzarse con alguno. Aunque no saludase hubo quien se acordó de verlo pasar o de cruzarse con él.
Entró en el bosque por la vereda, buscando las piedras grandes que aún asomasen sobre el barrizal y eso llevando botas de goma.
Le echaron de menos cuando sonó el silbato de salir a comer. Siempre pasaba por el mercado para llevarse algo que hacer. Matías dice que todos los días cogía unas fresas, bueno, cuando era temporada, cuando no se conformaba con naranjas o lo que hubiese. Ramón dice que no era tanto así que no faltaba semana que no se llevase pescado dos o tres veces; le gustaban las lubinas, parece ser, la mujer de Ramón parece que le escribió la receta para hacerlas al horno pero que quedasen jugosas y no se le quemasen. Fue ella quien primero pensó en avisar a los guardias, por si el hombre se había caído en el camino, con tanto barrizal le parecía fácil que se hubiese hecho daño. Fue el cura quien dio el aviso, cuando no tuvo con quien jugar la partida de ajedrez antes del rosario con las beatas.
Los guardias hicieron aquella tarde el mismo camino que pensaban hacía él; con la que estaba cayendo. Volvieron alumbrándose con candiles esa noche, los mismos que salieron a buscarle. El día siguiente pidieron la colaboración de los vecinos y, el que más y el que menos, todos ayudaron a peinar el bosque; así lo decía el cabo Gutiérrez. Poco más ganaron con eso, el hombre no aparecía. Siguieron así casi dos semanas. La primera sin perder el ánimo, la segunda sabiendo que no le encontrarían y los últimos días murmurando que igual se había ido sin avisar a nadie, era un hombre raro, todos lo decían (o lo pensaban).
La búsqueda se cerró, oficialmente, trece días después de su desaparición; dos días más para dar el caso por cerrado. No es que quedase cerrado sino archivado pero venía a ser lo mismo. Nadie volvió a acordarse de él.
O casi nadie.
En el pueblo había una mujer a la que todos llamaban bruja. Su nombre era Samara y algo más. El apelativo de «bruja» fue borrando el apellido con los años, también el nombre para algunos. Los mayores hablaban de ella con temor, con sonrisas fingidas los que más; los niños con juegos de valor, «a que no te atreves» si pasaban cerca de su casa, con historias de miedo cuando el verano quedaba lejos y la noche cerca. Si no la hubiesen tildado de hechicera habría sido la pareja rara del desaparecido que también salía a pasear, a buscar hierbas para ensalmos decían las malas lenguas.
– Se lo llevó el bosque. – le dijo al cabo Gutiérrez un día después de que anunciasen que no seguían buscando.
– Se ha perdido, señora. – replicó el cabo – Se haría daño el pobre hombre y fue pasto de las bestias. Si quiere decir eso no se equivoca.
La mujer miraba raro, nadie le sostenía la mirada más de un suspiro. Atravesaba a la gente, sobre todo a los que tenían algo que decir de ella; sentían que se quedaban desnudos, como si pudiera saber que un rato antes, cuando no estaba, hablaban mal de ella.
– Se lo llevó el bosque. Subió por la escalera de Jacob. No debió hacerlo.
– El bosque… la escalera… Sí, señora, eso habrá sido. – concluyó el cabo.
– Se lo llevó el bosque. – repitió Samara a la espalda huidiza del cabo.
Durante un tiempo los niños no pudieron salir del pueblo en sus juegos. Los mayores se santiguaban al pasar cerca del sendero y los que tenían que recorrerlo o cruzar el bosque se encomendaban a algún santo protector.
Al pasar el tiempo se fueron olvidando. Quedó para historias alrededor del hogar, en las noches de invierno que sólo sirven para dormir pronto y escuchar leyendas pegados al calor. En el inconsciente colectivo del pueblo quedaron las palabras de la vieja Samara, hasta que se olvidaron también de ella mucho después de muerta y su leyenda se convirtió en maldición.
# Segundo acto
Caminaban en fila india. Por nada en particular. El camino era estrecho, pedregoso y todos iban bien cargados. Para los dos chicos los víveres, el agua y las tiendas de campaña, repartidas como mejor supieron. Para las chicas su ropa y sus cosas, media carga cada una que se ganaron enseñando las garras; aún así, subiendo la suave pendiente y resbalando en las lascas de arenisca que se desprendían con sólo rozarlas, lamentaban no haberse quejado más en el reparto.
El último pueblo quedaba tres días atrás y no habían encontrado ríos ni embalses ni pozas en los que ellas pudieran asearse o darse un baño. Rezongaban por el privilegio cada vez que resbalaban o tropezaban y eso era casi a cada paso. Román, cansado de escucharlas desde la vanguardia de la fila, empezó a soltar a cada quejido: «en el próximo paramos»; muy serio las primeras veces, como cantinela infantil después. Cuando vieron los primeros tejados y las chicas celebraron el acontecimiento sonrió aliviado.
Desde el camino parecía mucho mayor que la anterior aldea. El doble de callejuelas, todas igual de estrechas y sin asfaltar. Las bostas en la vereda, antes ocasionales, se volvían frecuentes ahora, incluso difíciles de evitar, dejando claro que se acercaban a otra población campesina con buena dosis de ganado. Muy cerca de las primeras casas se cruzaron con media docena de vacas en blanco y negro conducidas por un hombre en pana, verde descolorido la chaqueta, marrón el pantalón, parches en codos y rodillas además de una boina a la que le costaba recordar su negro original.
– Buen día. – saludó el hombre con evidente desconfianza.
Llevaba una vara larga y flexible en una mano, rematada en una pequeña punta metálica en el otro extremo, con la que azuzaba a las bestias. La boina, con suficiente vuelo para ocultar sus ojos, se inclinaba a un lado dando un aire inquietante a quien cubría.
– Buen día. – devolvió Román.
A coro desacompasado el resto imitó al primero. El hombre se detuvo, emitió un grito que recordaba a una _e_ gutural hacia su ganado, las vacas volvieron la cabeza y se pararon también; el hombre encaró a los visitantes y tardó un momento en decir algo, aunque su boca quería adelantarse, entreabierta y con la lengua inquieta.
– No son ustedes de aquí. – dijo al fin, señalando lo evidente.
– Ah… No. Somos viajeros. Estamos recorriendo la región. – aclaró Román que se convertía en el portavoz sin pretenderlo.
– Cosas de ricos. – murmuró el pastor.
– Nada de ricos. – se apresuró a decir Olivia – Estamos aprovechando las vacaciones.
– Si usted lo dice…
El hombre no parecía muy interesado en seguir indagando sobre las cosas de ricos, se volvió hacia sus vacas que seguían mirando en su dirección, quizá esperando una nueva orden, levantó la vara.
– ¿Tiene el pueblo fonda o un lugar donde nos podamos hospedar? – preguntó Carola antes de que la vara dictase sentencia.
La vara volvió al suelo muy despacio, acompañada del brazo que la sostenía, las vacas esperaban y la mirada del hombre recorrió al pequeño grupo de visitantes, de uno en uno, de arriba abajo, deteniéndose en la fisonomía de las chicas innecesariamente y relamiéndose al pasar sobre los pechos generosos de Olivia. Consiguió que todos se sintiesen profundamente incómodos, la joven fue capaz de reprimir sus ganas de cubrir el lugar de sus senos con los brazos pero no de cambiar su cara, siempre amistosa, a un enojo manifiesto.
– No tiene. Es pueblo pequeño. – respondió el aldeano – Pregunten en la taberna por si alguno les quiere rentar un cuarto. ¿Es para pasar la noche? – con la nueva pregunta volvió a fijarse en los pechos de Olivia.
– No le molestamos más. – replicó Román interponiéndose entre su novia y el hombre. Ya encontraremos la taberna. Gracias.
El «Gracias» de Román intentó sonar como amenaza, sin embargo el pastor volvió el cuerpo hacia su rebaño y esta vez sí, descargó la vara sobre el animal que tenía más próximo. La vaca se quejó pero todas debían estar acostumbradas al trato rudo, movieron sus cabezas de vuelta al frente y continuaron su ruta. Quietos y molestos, los chicos esperaron hasta perderle de vista para hablar.
– ¡Vaya pervertido! – dijo Carola – ¿Estás bien? – preguntó a Olivia.
– Mejor. Espero que no sean todos así.
– No hagáis caso. Será el bicho raro del pueblo. – dijo León – En todos hay alguno.
– Sí, eso. Vamos a buscar la taberna. – sugirió Román.
La localidad no tenía muchas calle pero, cortas, estrechas y frescas, daban oportunidad para perderse. La taberna que un lugareño hubiese encontrado en dos cruces a ellos les llevó explorar casi todo el callejero. Carola vio a un par de hombres que caminaban por una callejuela paralela y uno de ellos hacía un gesto con la mano, como llevándose un vaso a los labios.
– Es por allí. – señaló al resto la dirección que seguían los pueblerinos.
Nadie la contradijo porque todos se sentían igual de perdidos y un tanto humillados por no ser capaces de ubicarse en un sitio tan pequeño. Tal como la chica había supuesto los dos hombres entraron en un bajo con un cartel bien visible sobre la puerta doble: «Taberna Froilán».
Avezados a los antros de la ciudad el interior de la «Taberna Froilán» no pudo deslumbrares. Media docena de mesas cuadradas con sillas en cada lateral, madera y metal lacado en negro, con marcas y señales del tiempo que llevaban allí, sirviendo a feligreses y viajeros. La barra ocupaba una esquina, un arco circular con un hombre rubicundo en todos sus perfiles ocupaba el centro, con delantal y la mirada centrada en unas hojas de periódico. Los dos locales ocupaban una de las mesas, uno frente al otro, con sendos vasos medio llenos de algo que podía ser vino, las miradas bajas y callados. Callados como el lugar entero.
Todos a una se acercaron a la barra, cargados, cansados, desconfiados después de su anterior encuentro.
– Buenos días. – saludó Román.
– Buenos días. ¿Qué van a tomar? – preguntó el hombre.
– Ah, pues… – miró hacia atrás para encontrar caras de desconcierto, no muy distintas a la suya.
Hablaron un momento entre ellos para decidir qué pedir.
– Queremos cuatro cafés con leche, ¿pueden ser descafeinados de sobre?
– Pueden.
– ¿Y algo para mojar?
El hombre giró la cabeza y señaló uno de los expositores a su izquierda.
– Pastas de almendra, las preparan una familia aquí en la villa. Si quieren empanada también, está del día o tortilla de patata. Esa la hago yo y dicen que me sale mejor que a nadie. – ofreció el tabernero.
– Y mejor que nadie que la cobra. – saltó uno de los hombres desde la mesa.
– ¡La cobro lo que vale! – cortó, desde la barra.
Los hombres en la mesa continuaron callados, aunque no parecían amedrentados por la mirada furibunda del tabernero. Román miró a los demás, cruzaron unas palabras hasta llegar a un acuerdo.
– Pónganos unas galletas y empanada.
– Enseguida.
El hombre empezó a buscar en la barra tazas para los cafés y platos para las raciones. Ellos se sentaron en una de las mesas más cercanas, aliviados al poder quitarse de encima carga y mochilas. Pasados unos minutos les hizo señas desde la barra, dejando un par de platos y tazas con platillos. Román y Carola se levantaron para cogerlos y llevarlos hasta la mesa. Disfrutaron todo lo pedido, especialmente la empanada de carne, muy distinta a la que estaba acostumbrados en ciudad; la cobertura recordaba al pan, no al hojaldre que conocían de los supermercados y el relleno era abundante y de sabores intensos, no una mezcla insípida y misteriosa. Al terminar se acercaron a pagar los mismos, Román y Carola, llevando los platos y tazas vacíos.
– ¿Les ha gustado la empanada? – preguntó el tabernero, con aspecto algo más amigable.
– ¡Mucho! – respondió Carola, satisfecha – Creo que nunca había comido una tan buena. ¿La hace usted?
– Nos la trae el panadero. Viene todos los días a media mañana. Han tenido suerte, las dejó un poco antes de que llegaran.
– ¡Buenísima! – insistió la chica – ¿Qué le debemos?
El hombre sacó de un bolsillo de su mandil una libretita de muelle y consultó una de las hojas.
– Diez con veinte.
Román tenía la cartera en la mano pero le costó un momento empezar a seleccionar billetes y monedas, ninguno de los dos esperaba un importe tan bajo.
– ¿Hay algún sitio donde podamos pasar la noche? – preguntó Román al entregar el dinero.
– No tiene fonda el pueblo. Tendrán que ir a Somormujo, es lo más cerca que tengan para dormir.
– ¿Está muy lejos?
– Si van a ir andando, – miró hacia las mochilas dejadas en el suelo, como si quisiera señalarlas – sí. No van a llegar antes de mañana, por mucho que corran.
– ¿Y no hay nadie aquí que nos pueda dejar dos habitaciones? Las pagaríamos, claro.
– Pues no sé…
El hombre se llevó una mano al mentón, frotó la curva pronunciada del hueso un largo momento y miró hacia la otra mesa ocupada.
– Benito. – llamó – Estos señores quieren hacer noche aquí. Les podrías abrir la «Casa del rebaño».
– Le pagaremos el tiempo que nos quedemos. – añadió Román.
– ¿Y cuánto tiempo será? – quiso saber el hombre desde la mesa.
– Unos días. – aclaró Román – Estamos de vacaciones y nos gustaría ver un poco la zona.
– ¿Los cuatro?
– Los cuatro, sí. – respondió Román mirando hacia sus compañeros.
– Estará llena de polvo y con nada en la despensa. Tendrán que ocuparse ustedes de eso.
– Por supuesto. No hay problema.
– Hombre… – meditó el hombre – Problema no es pero mejor que lo sepan, digo yo.
– Claro. Mejor saberlo. – confirmó el chico.
El vecino se quedó callado, mirándoles expectante. Román no sabía qué más decir.
– ¿Podemos verla? – preguntó Carola.
– Pueden. Pueden. ¿Ahora mismo?
– Cuando a usted le venga bien.
– No tienes nada mejor que hacer. – intervino el tabernero.
– Es verdad. Poco tengo que hacer ahora.
Se levantó, hizo un gesto hacia su compañero de mesa que siguió pegado a su silla y caminó hacia la salida. Los chicos se despidieron apresurados, tomaron sus cosas y fueron detrás del hombre.
Todas las casas se parecían. Un poco más altas o más bajas, con la fachada en un tono más oscuro o más claro, tejados de pizarra, galería de madera en el primer piso, gran portón para el ganado a pie de calle y muchas de ellas con un asiento de piedra al lado de la entrada. León quería preguntar pero el hombre que les guiaba no daba muestras de querer palique.
– Esta es. – dijo al pararse delante de una de las casas – Esperen aquí, voy a buscar las llaves.
A primera vista no se diferenciaba gran cosa de las demás. Hasta que se fijaba uno en la galería: muebles acumulados a un lado, tablas sueltas apiladas al otro y mucho polvo en las ventanas.
– Esto lleva abandonado una vida. – comentó Olivia.
– Lo que decía en la taberna, estará sucia, llena de polvo. – dijo Carola.
– Pues la limpiamos lo justo. – repuso León.
– Con que tenga un par de habitaciones y eso nos vale, ¿no? – dijo Román.
– Si tiene camas, sillas y una mesa… – añadió Olivia.
Dejaron sus bultos en el suelo, pegados al banco de piedra y se sentaron a esperar. Se acercaba el mediodía, no tenían hambre, con la barriga aún llena de empanada. La gente que pasaba por la calle, con cuentagotas, les miraba de reojo antes de saludar con desconfianza pero nadie preguntaba ni decía nada más que un riguroso «buenos días». Una niña muy pequeña, acompañada por su madre o abuela, era difícil saberlo, agitó la mano y sonrió, la señora que la llevaba de la mano pronunció su «buenos días» y tiró de ella sin darle oportunidad a nada más.
– ¿Por qué la llamarán «Casa del rebaño»? – preguntó Román, a los demás o a sí mismo, no estaba claro.
– Pregúntaselo cuando vuelva. – respondió León.
Eso hizo al ver llegar al hombre con un manojo de llaves tintineando en su mano. La historia real resultó ser mucho más sencilla que la desarrollada por la mente del chico. El propietario original fue en su momento el único en pastorear cabras, mientras el resto del pueblo criaba vacas; con su desaparición reinó la homogeneidad, nadie más que él volvió a tener otra cosa que no fueran vacas.
El interior de la casa era oscuro y húmedo, síntomas de llevar cerrada años. Bastó abrir las puertas y ventanas de la galería del piso superior para que todo se sintiese más agradable. En la planta baja, además del espacio destinado a las cabras que aún mantenía algo de su olor, estaba la escalera de piedra que comunicaba ambos pisos y, a su lado, una antigua cocina, un hogar de piedra. Arriba tres habitaciones, una sala y un cuarto de baño primitivo completaban la casa.
– El retrete pueden usarlo, el pozo negro ha de estar vacío sin nadie que lo haya usado pero tendrán que traer el agua. Hay una fuente y una poza cerca de la carretera, siguiendo calle arriba.
– ¿Las camas están bien? – preguntó Carola.
– Pues, mire usted… no serán como las de ciudad; son muy viejas pero los muelles resisten. Algo de ruido harán pero resisten. En uno de los armarios debe haber sábanas y algún cobertor. De noche refresca, si ven que necesitan algo más me lo dicen. Vivo cerca, luego si quieren les digo.
– Está bien. – aceptó Román – ¿Cuánto nos va a costar?
– Pues, a ver… Como van a tener que limpiar y eso no les puedo pedir mucho. Con cinco por día y noche me parece que va servido.
– Cinco… ¡¿por todos?! – dijo León, sorprendido.
El hombre, por su expresión, debió de pensar que estaba pidiendo más de la cuenta, sin saber que a los chicos les parecía un precio ridículo por toda una casa.
– También está la comida, tendrán que ir a la taberna. No será como los supermercados de la ciudad. La leña sí que se la puedo dar yo y todo en el mismo precio. – añadió el hombre más cómodo consigo mismo.
– Sí. Está bien. – aceptó Román antes de que León o las chicas exclamasen algo más – Si le parece le acompañamos ahora, así sabemos donde queda su casa y nos traemos algo de leña.
– Pues hala, vengan. – dijo el hombre, ya conforme.
Con el aire corriendo por el interior de la casa mientras las chicas levantaban las capas de polvo acumuladas con una vieja escoba de mimbre que encontraron en la planta baja, la casa recuperaba algo de su luminosidad original. En el armario de la habitación más grande encontraron ropa de cama, polvorienta y con señales de polillas pero válida después de sacudirla entre las dos. Tenían sacos de dormir, las sábanas servirían como una capa intermedia entre lo que llevaban y los antiguos colchones de lana. El siguiente paso era la planta baja, los chicos aparecieron cargados de troncos hasta la nariz cuando ellas bajaban las escaleras.
– Hay pocos muebles arriba y aquí abajo ya veis, nada. – señaló Carola.
– Tampoco nos quedaremos tanto, ni vamos a pasar mucho tiempo aquí metidos, ¿no? – dijo León.
– Claro. La idea es movernos por los alrededores y seguir camino en unos días. – concluyó Olivia.
– Descansad un rato. – dijo Román a las chicas – nosotros nos ocupamos de esto.
– Vamos a comprar. A ver que tienen en la taberna. – sugirió Olivia.
Las chicas volvieron arriba para quitarse de encima polvo, pañoletas y dos delantales que habían encontrado. Cuando volvieron a bajar los troncos estaban apilados a un lado del hogar y los chicos se afanaban en limpiar la zona. En algún lado encontraron un cubo y uno de ellos trajo agua para dejar el lugar tan limpio como fuera posible.
– Traed fruta. – pidió León.
– ¿Cuál? – preguntó Carola.
– La que tengan. No habrá mucha variedad, ¿no?
– Vale.
La cocina de piedra no era muy grande, el espacio necesario para una familia, así que no tardaron mucho en dejarla lista para volver a ser usada.
– ¿Hacemos algo con la cuadra? – preguntó Román.
– ¿La parte de los animales? No sé. ¿Qué quieres hacer?
– Tampoco sé, ¿vamos a usarla para algo?
León se encogió de hombros. Abrieron por completo el portón de entrada para que pasase toda la luz posible y echaron un vistazo al espacio disponible. Al volverse después de abrir las dos hojas de sólida madera, Román vio que su amigo estaba congelado, la cara pálida y la vista clavada en el fondo del recinto de los animales, hacia la derecha. Miró en la misma dirección, casi no le dio tiempo a ver. Una sombra redondeada, de la mitad del tamaño de uno de ellos, cruzó como una centella desde el extremo derecho de la cuadra hasta la chimenea en el hogar, desapareciendo antes del siguiente parpadeo. Se miraron sin saber qué decirse, seguros, sin saberlo, de no creer al otro de haber estado uno solo.
– ¿Qué ha sido? – preguntó León con una inesperada voz aguda.
– ¿Un… gato?
– ¿Tan grande? ¿Tan rápido? ¿Tan…?
– Ya.
Ninguno de los dos sabía qué paso dar a continuación. Durante un largo lapso miraron hacia la oscuridad que desdibujaba la pared del fondo, en toda su extensión.
– Voy a por una linterna. – anunció Román.
– Sí. Bueno.
– Ya.
Sin necesidad de expresarlo los dos entendían el miedo del otro, lo acertado de la idea y el peligro inexpresable de separarse, aunque sólo fuera un instante. Se miraron un último momento sin necesidad de decir nada. Román dio un rodeo hacia la escalera, curvando su trayectoria más de lo necesario, mirando a cada paso en todas direcciones, especialmente hacia el otro extremo. León le seguía con la mirada, dio dos pasos hacia atrás, inconscientemente, al separarse de su amigo. Cuando le vio bajar con el cilindro metálico en la mano respiró aliviado. Uno al lado del otro, con la linterna en medio, avanzaron cautelosos hacia el fondo de la cuadra. El círculo de luz empequeñecía según lo acercasen a ellos, sacando de la penumbra piedras, vigas y pesebres. Una forma grisácea saltó evitando el halo de luz y ellos saltaron en reacción, Román movió tan rápido como pudo la linterna intentando enfocar el origen del movimiento. Tuvieron el tiempo justo para ver como se escurría en uno de los muchos huecos de la pared, entre piedra, un pequeño ratón; la cola tardó un poco más en desaparecer, como si quisiera dejar constancia del ser real que la precedía.
– Lo de antes… – aventuró León – no fue una rata…, ¿no?
– Qué dices. Ni en las barriadas hay ratas de ese tamaño.
– ¿Seguro?
Román no dijo nada más, procurando mantener una expresión apenada por el comentario de su amigo. Quería infundir seguridad con el sarcasmo no expresado, a los dos, cuando en su mente dudaba de cada palabra que pronunciaba.
– Salió de por ahí, ¿no? – León señalaba una zona cerca de la pared izquierda.
– Eso creo.
Román apuntaba la luz a la zona sospechosa que, una vez iluminada, se diferenciaba poco o nada del resto del lugar.
– Vete apuntando hacia allí, a ver si dejó señal o algo. – dijo León, indicando con la mano el camino seguido por la sombra.
Se movían despacio, sin darse cuenta de que se habían acercado tanto el uno al otro que sus brazos casi se fundían e un único miembro. León, el más próximo a la pared, era el que se movía de forma más extraña; ambos mantenían una distancia prudencial con las piedras pero él evitaba siquiera rozarlas. Llegaron de esa guisa al tabique de media altura que separaba los dos espacios: cuadra y cocina. Era el punto más susceptible de haber quedado señalado por la sombra pero su blancura descascarillada por los años no mostraba ninguna marca anormal.
– Lleva la luz hasta la chimenea, despacio. – pidió León.
Antes de que alcanzase el suelo con el haz de luz Román sintió una leve presión en el hombro derecho. Un escalofrío le recorrió de arriba abajo, tensando a su paso cada músculo hasta la inmovilidad.
– ¿A qué jugáis? – susurró una voz conocida en su oreja.
Se volvió para encontrarse con la cara de su novia y el alivio debió ser patente en su cara, tanto como para que ella apartase la mano y a sí misma, sorprendida.
– ¡_Joé_! Casi me matas. – consiguió decir el chico.
Pegado a él, la mano de León se clavaba en su antebrazo.
– ¿¡No podíais avisar al entrar!? – dijo en un grito contenido.
– Pero qué os pasa. – intervino Carola, justo detrás de Olivia.
– Nada. – dijo Román, aparentemente más calmado – Estábamos distraídos mirando el sitio. ¿Qué habéis traído?
Las chicas no se dieron cuenta de que una de sus manos sujetó una muñeca de León, al tiempo que presionaba para hacerle entender que no debía alarmar a las chicas.
– Pues lo que hemos podido. – dijo Carola, abriendo la bolsa que cargaba – Aquí fruta y verdura, también arroz y un pollo entero. Olivia lleva las bebidas, incluyendo una de ginebra. – guiñó un ojo hacia la otra bolsa.
– Tiene más de lo que parece la taberna pero no es un _super_. Vamos a hacer el pollo para comer. ¿Podéis hacer fuego ahí? – apuntó el mentón hacia el hogar aún vacío.
– Claro. Lo que no hemos visto son ollas, platos y demás. – informó Román.
Todavía sujetaba el brazo de su amigo, medio tapado detrás de él. Podía sentir como la tensión desaparecía poco a poco bajo su presión.
– Hay en una alacena arriba. – dijo Olivia.
– Mirad si encontráis una tabla grande y plana. – pidió Carola – Para tener donde preparar la comida.
– Vale.
Dio un pequeño tirón de la mano que sujetaba y escondía antes de soltarla.
– Vale. – dijo también León, con un tono de voz que no denotaba su anterior nerviosismo.
Las chicas dejaron parte del contenido de las bolsas, mezclado en una de ellas, sobre las piedras que rodeaban el hogar, la otra se la llevaron arriba y volvieron a bajar con ropa más cómoda poco después. Los chicos que ya habían encontrado una tabla apropiada para preparar los alimentos, miraban de reojo a sus compañeras mientras bajaban las escaleras, respirando aliviados al ver que volvían tranquilas.
El plan para la tarde, acabada una agradable comida sentados en las frías piedras, era salir por cualquiera de los caminos hacia alguno de los bosques que rodeaban el pueblo, sin otro propósito que explorar la zona y disfrutar de la naturaleza.
– Podemos preguntar en la taberna. – sugirió León.
– Prefiero elegir uno al azar y andar por nuestra cuenta. – repuso Olivia.
No se atrevía a decirlo, el encuentro con el primer lugareño le había dejado mal cuerpo y prefería, al menos de momento, no tener mucho contacto con otros hombres del pueblo.
– Pues hacemos eso. – confirmó Román – ¿Vais a echaros siesta?
– Mejor no. Aprovechamos la tarde, ¿no? – dijo León.
– Vale.
Subieron a las habitaciones y se pusieron ropa más adecuada para la salida, todos menos Carola recuperaron casi todo lo que vestían al llegar al pueblo. Carola era niña bien, buena parte del peso de su mochila se distribuía entre ropa, calzado y maquillaje. Fuese por asfalto o por un barrizal debía ir acicalada. Al empezar el viaje eso no había sido un problema, subieron al autobús que les llevó hasta el punto de arranque, así que apenas hizo esfuerzo; luego, desde la primera caminata, todo había empeorado, no se quejaba pero necesitaba parar con frecuencia para retocarse y luchar contra el sudor inevitable. Olivia le había recomendado varias veces la base que usaba ella y reducir al mínimo el trabajo usando algo más apropiado para la caminata casi continua pero eso no iba con ella.
Fue la última en bajar. Hermosa como siempre y estrenando una sombra de ojos que había pensado usar en la primera fiesta de pueblo que se cruzasen, cosa que no pasó. Román y León cargaban con pequeños macutos. Carola abrió el de su novio y se las apañó para meter una bolsa con las cosas que podía necesitar; Olivia sonrió para sí misma imaginando el contenido de la bolsa.
– ¿Vamos o qué? – apuró Román.
– Sí, sí. Vamos. – contestó Carola.
– ¿Qué camino cogemos? – preguntó Olivia.
– ¿La salida opuesta a como llegamos? – sugirió Román.
– Venga. – confirmó León.
El camino opuesto que buscaban era de tierra, parecido al que les había traído hasta allí pero bordeado de altos muros de piedras redondeadas y tapizadas de musgo. Un lado hundido y cubierto de vegetación hablaba de un riachuelo de arroyada que aparecía cuando la estación y climatología lo permitía. Los muros laterales, por encima de sus cabezas al principio, perdieron altura al alejarse del pueblo unos kilómetros, permitiendo ver a los lados, sembrados y arboledas. Como gente de ciudad en toda regla no supieron reconocer la mayoría de lo plantado en las huertas.
– Eso son zanahorias. – apuntó Carola parándose al lado del muro.
– ¿Y cómo lo sabes? – preguntó Olivia.
– Mi madre las compra así, en el mercado, son más frescas.
Nadie contradijo su parecer. Poco después señaló que en otros surcos estaban creciendo patatas, tampoco nadie pudo desmentirla. Eso hizo que se creciese, empezando a señalar tipos de cultivos por todas partes. Herrada o no todos iban dando por buena su palabra, en parte porque se cubría no mencionando nunca nada obvio.
– Aquello parece una ermita. – dijo Olivia, apuntando hacia un pequeño edificio sobre una colina a lo lejos.
– Si vamos recto, atravesando el bosque, llegamos antes, ¿no? – sugirió León.
– Vale. ¿Vamos?
– Vamos. – Aceptó Román.
Subieron el muro que, en ese punto, había decrecido hasta la altura de sus rodillas y atravesaron el campo de alfalfa (según Carola), verde descolorido porque aún no estaba suficiente madura para la cosecha. El nivel «experto» de su amiga empezaba a crispar los nervios de Olivia, en dos ocasiones había reconocido los árboles frutales que la otra había anunciado erróneamente: nogal en lugar de castaño y limonero en lugar de peral. No podía estar segura de muchos más pero esos los conocía bien por tener uno de cada uno de ellos plantado en el jardín de su abuela. Sabía de su aspecto en todas las estaciones, con y sin frutos, por sus frecuentes visitas; ahora que era mayor iba al pueblo donde residía por su cuenta, sin esperar a que su madre decidiese que era tiempo de ir a visitarla, tan anciana ya. Más de una vez se encargó ella de recoger los frutos pues su abuela sufría los achaques de la edad, sobre todo sus articulaciones. Aún con ese conocimiento en sus manos se quedó callada ante las afirmaciones categóricas de Carola pero como no paraba de pontificar sobre todo lo que se encontraban, su paciencia se reducía por momentos. Cuando salieron del supuesto campo de alfalfa para internarse en el bosquecillo se sintió aliviada, parecía que allí se reducían los conocimientos de la «experta».
Tenían la dirección aproximada para atravesar la arboleda, plagada de maleza y sin ningún tipo de sendero o camino. Además de la confianza en Román que siempre era el quien no perdía la orientación, aunque eso fuera en ciudad esperaban que allí fuese igual de capaz de tomar nota mental de puntos de referencia y dirección a seguir.
Nada más dejar atrás la línea de árboles que marcaba los límites del bosquecillo la temperatura bajó unos grados, cubiertos por la sombra arrojada por el techo del bosque. Carola, todavía preocupada por su maquillaje, se sintió más relajada con la bajada de grados. También el resto agradeció el fresco, aunque por motivos diferentes. Después de sortear algún tronco caído y mucha maleza con abundancia de helechos que les obligaba a caminar exagerando los pasos, levantando las rodillas hasta acercarlas a la altura de la cintura, llegaron a un espacio despejado; tanto que parecía que hubiese pasado por allí un grupo de trabajadores o maquinaria limpiando el terreno. Podían ver sin dificultad la base de los árboles y sólo una fina capa de hojarasca ocultaba el suelo. Al pasar por el centro del claro Román notó algo raro bajo sus pies, se detuvo y apartó las hojas muertas.
– ¿Qué es eso? – preguntó León, atento a los movimientos de su amigo.
Las chicas se volvieron, antes de que tuviera tiempo para responder. Los cuatro se reunieron alrededor del elemento extraño, observando pero sin comprender.
– ¿Un cartel de algo? – manifestó Román.
Quizás fuese lo más parecido a algo reconocible, por eso ninguno corrigió la impresión, Cuadrado, suficientemente grande para que alguien pusiese los pies juntos encima y aún sobrase algo de espacio y con un amasijo de símbolos que no reconocieron; de haber estado dispuestos de forma regular hubiesen pensado que era algún tipo de mensaje pero ninguno de los grabados se repetía y cada uno estaba colocado sin aparente relación con los demás. Olivia se agachó y tocó la superficie.
– Está frío. – informó – Es como cemento pero muy liso y frío.
El color rosado no correspondía con las palabras de la chica, todos se fueron agachando para tocar por sí mismos, confirmando la primera impresión.
– Igual es un aviso pero no tenemos a quién preguntar. – dijo León.
– ¿Un aviso de qué? – preguntó Román.
– No sé pero es mucha casualidad que el claro esté tan despejado y esto en medio, ¿no?
Los cuatro se quedaron largo rato pensando las palabras de León.
– Se me duermen las piernas. – dijo Carola, interrumpiendo las cavilaciones de los demás y se levantó trabajosamente.
– ¿Qué hacemos? – preguntó León.
– Será terreno privado y algo para las visitas o del dueño. Sólo vamos a cruzar, no me parece que debamos preocuparnos tanto. – dijo Olivia.
– Vale. ¿Seguimos?
Se levantaron en respuesta a Román y siguieron hacia el edificio que habían visto. Olivia seguía agachada.
– ¿Qué pasa?
– ¿Nos vamos sin más? – preguntó la chica – ¿Tan poca curiosidad tenemos?
– ¿Y qué quieres hacer?
En lugar de expresarlo alcanzó una rama rota que vio cerca de ella, sin necesidad de incorporarse y empezó a escarbar en el borde del bloque.
– Con eso no acabarás nunca.
– ¿Tienes algo mejor?
Los dos chicos buscaron ramas más grandes e hincaron la rodilla a cada lado de la chica. Carola los observaba desde la poca distancia que había recorrido pensando que seguirían la ruta, decidida a no desandar ni un paso.
– La curiosidad también está en la ermita. – dijo irritada.
– ¿Por qué te enfadas? – preguntó León, sorprendido.
– ¿A ti qué te parece? – replicó, airada.
Olivia y Román cruzaron miradas, intrigados por el repentino cambio de estado de ánimo de su compañera. León se levantó, dejando el reducido reguero recién escavado y el palo, se acercó a ella y tiró del brazo de la chica hasta que se alejaron unos metros más. Pegados a uno de los árboles que enmarcaban el claro hablaron y gesticularon, sin levantar tanto la voz que pudieran ser escuchados. Los otros dos, al darse cuenta que no participarían en la conversación privada ni de rebote, continuaron escavando. Román no tardó en alcanzar y superar la profundidad conseguida por Olivia. Con casi un palmo del lado del bloque revelado la superficie no mostraba más cambio que la leve variación de tono que dejaba la capa desigual de tierra pegada, el mismo tono rosado con la misma superficie suave aparecía en cada centímetro descubierto pero sin más grabados.
– ¿Cuánto más quieres escavar? – preguntó Román.
– ¿Seguimos hasta que esos dos vuelvan?
– Vale.
Tuvieron tiempo de mirarse extrañados varias veces, de girar la cabeza disimuladamente para ver como sus amigos seguían conversando o discutiendo, de cansarse de jugar con los palitos sin encontrar fondo ni variación en el bloque.
– ¿Les digo algo? – preguntó Olivia.
– No sé si es buena idea meterse en medio.
– Ya llevan mucho rato y sé que Carola no se va a enfadar si le digo algo.
– No hace falta. Mira. Ya vuelven.
León encabezaba la marcha, seguido de su chica, muy de cerca, cogida de la mano y renqueando, con la misma expresión que una niña pequeña enfurruñada, aunque él parecía alegre y satisfecho.
– ¿Ha ganado él? – susurró Olivia con sonrisa maliciosa.
A punto de reunirse el grupo un sonido estremecedor dejó a todos congelados. Parecido a un trueno, aunque el cielo sobre ellos estaba despejado en ese momento. No tuvieron tiempo para investigar. Una enorme rama cayó de punta, clavándose en el suelo a pocos centímetros delante de los pies de León. El júbilo de su cara se convirtió en espanto en un abrir y cerrar de ojos, también Carola cambió de color, encogida instintivamente sin soltar la mano de su novio.
Como si hubiera aparecido de la nada un árbol nuevo en medio del claro, la rama se quedó donde acababa de caer, clavada en tierra. Ancha y recta como un mástil, las hojas que no se cayeron por la violencia del impacto hacían sombra a la pareja. Más por instinto que razonando Román se levantó y corrió hacia ellos, apenas les separaban unos metros pero no sabía que otra cosa hacer. Justo a la altura de la rama caída su cerebro reaccionó y le hizo mirar arriba. No vio otra cosa más que el cielo azulado, vetas blancas señalaban la formación de nubes o su desaparición, no era capaz de discurrir con la suficiente intensidad en ese momento. Una pregunta se aferró a él: hasta los árboles que rodeaban el claro había varios metros de distancia, ¿de dónde había caído aquella rama?
– ¿Estáis bien? – consiguió preguntar.
Olivia se recobró al ver a su compañero levantarse y correr, enseguida estaba pegada a él, agarrada a su ropa con los puños fuertemente cerrados.
– Bien, bien. – respondió León, aunque su cara decía lo contrario.
Román cogió a su amigo del brazo y tiró de él, tardó un momento en reaccionar pero acabó caminando detrás. Llevó a todos, como si fueran una cordada en un pico escarpado, hasta el árbol más cercano. Miró fijamente toda su estructura antes de situarse pegado a su tronco.
– ¿De dónde ha salido la rama? – se atrevió a preguntar.
Nadie respondió, todos los ojos fijos en el, miradas vacías.
– Allí no hay árbol cerca del que pudiese caer. No sopla viento que la haya arrastrado. Sólo se me ocurre que alguien la haya lanzado hacia nosotros y por eso el ruido de antes.
– ¿No se te está yendo un poco la olla? – preguntó León.
– Qué se te ocurre, si no.
Las bocas cerraron y las miradas volvieron al estado vacuo anterior.
– ¿Y qué hacemos? – preguntó Olivia que mantenía las manos crispadas sujetando la ropa de Román.
– ¿Volvemos al pueblo? – sugirió la voz apagada de Carola.
– Queda más cerca la ermita o lo que sea, está alto, tendremos una vista mejor del terreno. Igual vemos algo… – aventuró León.
– Por mí vale. – aceptó Román.
Nadie más aportó nada ni contradijo la idea. Recogieron sus cosas y salieron del claro tan pronto como pudieron, apresurados y atemorizados.
El camino hasta la ermita discurrió sin más incidentes que los del propio terreno. Sin sendero ni camino por la ruta elegida, debían sortear piedras, zarzas y otros inconvenientes naturales. Cerca del edificio decidieron que realmente era una ermita, al menos lo que quedaba de ella. Un pequeño edificio encalado con una notable cruz de piedra sobre la fachada principal. El tejado estaba vencido, no podían verlo con claridad desde el suelo pero parecía que su centro había cedido al abandono. La puerta principal estaba en su lugar pero rota y caída hacia dentro la mitad superior. Por el hueco se veían algunos bancos todavía en buen estado y en el centro un halo de luz que evidenciaba el estado ruinoso del tejado.
– ¿Se puede entrar? – dijo Olivia asomando la cara por el hueco.
– ¡¿Después de lo de antes quieres entrar … ahí?! – preguntó Carola todavía asustada.
En lugar de responder se apartó de la puerta, se dio la vuelta y miró hacia el bosquecillo. Desde su posición el claro central parecía un recorte en la masa de hojas casi uniforme, no estaban tan arriba como par ver el suelo que habían pisado, ni la rama clavada en el centro. Todas las miradas siguieron la suya y se clavaron en el mismo punto que no podían ver. Un largo momento de silencio, de congoja inexpresable, les recorrió.
– Voy a entrar. – dijo Román.
Su tono de voz tenía algo de bravata. No podía decirlo, aunque todos sintiesen las mismas tenazas de miedo en sus gargantas. Si lo expresaba abiertamente no haría más que aumentar el mal estado de ánimo de todos. Eligió mostrar lo contrario, aunque no lo sintiese. Aparentemente decidido volvió hasta la puerta, apartó como pudo la mitad caída y luego empezó a forcejear con la otra mitad, la que resistía con empeño el paso de los años. León se acercó a él y prestó sus manos, entre los dos hicieron crujir la madera hasta que saltó de sus goznes. No llegaron a caer de espaldas porque uno sujetó al otro.
Dentro, parados entre las últimas filas de bancos que resistían esperando en balde ceremonias quizás celebradas en latín, la luz que atravesaba el hueco en el tejado e incidía en el centro de la amplia sala, cambiaba la impresión que les había dado desde fuera. El aire místico implícito se hacía más patente, como un cuadro clásico donde una aura espera la aparición de la figura que la complete o, quizá, acaba de desaparecer y el fulgor es la huella que aún permanece. Los bancos más próximos al círculo de luz en el suelo estaban rotos y podridos por la humedad. Más allá el altar, con huellas de vandalismo y saqueo. El altar se conservaba, de piedra labrada e incrustado en el presbiterio, tal vez esperaba a alguien tan salvaje como para romper su desnudez. Un sencillo púlpito a un lado se desmoronaba, su madera carcomida. En el fondo, la disposición de manchas y marcas en el muro daban testimonio de un gran crucifijo y retablo que alguna vez adornaron el lugar. No quedaba una vidriera completa, dejando todos los huecos que entrase el frío exterior, protegiendo el tejado restante del calor del Sol.
– ¿Nos vamos? – preguntó Carola, detrás de los chicos, abrazada a sí misma y encogida.
– Sólo es una vieja iglesia, no tengas miedo. – dijo León.
– Y lo de antes sólo era un claro. – repuso ella.
– Mejor vámonos. – intervino Olivia – Pronto empezará a anochecer.
Fuera quedaba suficiente claridad aunque el astro, visible aún, se acercaba al horizonte. El color del bosque estaba cambiando a tonos más oscuros y las largas sombras confirmaban la advertencia de Olivia.
– Ahora que lo pienso… – comenzó Román mirando hacia la fuente de luz, haciendo visera con una mano para que no le cegase – ahí dentro – señaló hacia la ermita – la luz que entraba por el hueco caía vertical…
Dejó el razonamiento en el aire, nadie lo continuó.
– Mirad.
Carola apuntaba hacia el claro del bosque que habían dejado atrás. Todos concentraron la mirada en el lugar.
Con el gradual descenso de luminosidad algo estaba apareciendo, justo en el centro, una forma geométrica repetida en sucesión, como si un niño inmenso e invisible estuviese poniendo piezas una sobre otra y todas con la misma desviación respecto a su precedente pero algo no encajaba. La disposición de las piezas fantasmales tenía una falla, entre cada par no se veía nada. Román pensaba que sus ojos le engañaban y que todo debía ser un efecto óptico del ocaso, entonces recordó la rama caída y no fue capaz de aceptar su propia explicación.
– Seguro que es una ilusión por el cambio de luz. – dijo, inseguro, a pesar de no creer sus palabras – Vamos. Es hora de volver. Seguro que cuando nos acerquemos se ve bien lo que es.
Le miraban sorprendidos, atónitos, especialmente Carola, con una nota de miedo en sus ojos.
– Se te ha ido la cabeza. – aseguró Carola con gesto crispado.
– Tenemos que ir. – se unió Olivia, volviendo a mirar la extraña composición.
– ¡A tí también!. – confirmó Carola, descontroladas sus emociones.
– Vamos a calmarnos un poco. – intervino León – Tenemos que volver al pueblo ya. Pasamos por allí, echamos un vistazo rápido y seguimos.
La discusión no se alargó mucho más, a pesar de las quejas de Carola, la caída del Sol pesaba mucho más en la decisión que sus lamentos. Continuó con ellos, aunque fuese arrastrada por León, prefería no quedarse sola y los demás estaban de acuerdo en aquello.
La bajada desde la ermita hasta el claro no fue muy distinta de la ascensión. Aunque se notaba la pendiente no tenía tanta inclinación para hacer el recorrido incómodo y la suficiente para sentir el cuerpo más ligero al ayudarse de la gravedad para caminar.
El claro presentaba un aspecto notablemente diferente a la primera visita. El cambio de iluminación lo volvía macabro y todavía quedaba suficiente luz para no confundir las formas. Los mismos árboles que habían visto tenían en ese momento troncos negros o muy oscuros, hojas de duro verde que resaltaban bajo el cielo grisáceo. Encontraron la rama clavada en el mismo sitio, único testigo de lo que allí estaba sucediendo. En el centro seguía asentado en tierra el bloque rosado, sobre el otro mucho menos ancho pero con la misma superficie paralela al suelo y varios tonos más oscuro, sólo una mitad del nuevo bloque o loseta coincidía en vertical con la enterrada y entre ellas… nada, aire, vacío; tal vez algún tipo de soporte tan transparente que no podían distinguirlo desde la poca distancia que les separaba de la nueva estructura. Con la falta de luz parecía que estuviesen haciéndose reales, podían ver con más claridad cada loseta, pues sobre la primera había otra, también desplazada la mitad de su superficie y luego otra en la misma disposición, con la misma nada entre ambas. Otra y otra y otra más, Román contó siete. Sin esperar iniciar una discusión para decidir qué hacer a continuación se acercó hasta que estuvo a tan poca distancia como para poder tocar aquello. En el suelo seguían bien marcados los surcos con los que intentaron desenterrar el bloque incrustado. Alargó la mano para tocar la loseta más alta, por debajo de su cabeza.
– ¡¡¡NO!!! – gritó Carola muy atrás.
Ignoró el grito, estiró un poco el brazo y tocó la superficie de la loseta. Estaba fría, suave, como el bloque en el suelo y de color gris oscuro, tan oscuro que pronto se vería negro. Intentó moverla, empujando a un lado primero, luego hacia arriba y hacia abajo finalmente. Algo la sujetaba con tal fuerza que no se movió en absoluto. A continuación recorrió toda su superficie: por encima, por debajo, los lados y el espacio que la separaba de la inferior, buscando qué la mantenía suspendida sin encontrar nada.
– Es como … una escalera, ¿no? – sugirió león.
Román dio dos pasos atrás, quedando a medio camino entre la estructura y sus amigos que seguían manteniendo un espacio más amplio por sentirse intimidados. Decidió que su amigo tenía razón y no comprendió cómo no se le había ocurrido antes. Cada loseta podía verse como un escalón, aunque no llevase a ningún sitio (aparte de más arriba) tenía todo el parecido con una escalera si uno olvidaba que estaba suspendida en el aire. Tal vez una escalera insertada en una pared o en un muro, fuera la imagen más parecida. Volvió a tocar la loseta más alta y se movió hasta el lado contrario sin apartar los dedos de ella. No había ningún muro, nada, no podía comprenderlo pero los escalones estaban flotando y resistían cualquier presión que hiciese, no se movían en absoluto. Soltó la loseta y se acercó hasta el bloque en el suelo. Si quería subir la escalera el punto de arranque era el bloque. Apoyó los dos pies en él y levantó el izquierdo para pisar la primera loseta.
– ¡No lo hagas! – gritó Carola.
Miró hacia ella, tenía las manos cerradas con suficiente fuerza para blanquear sus dedos, los puños pegados a su boca, sofocando el chillido. Olivia tenía un gesto congelado en el aire, como si quisiese detenerle y en su lugar se hubiese quedado ella parada. León, con los ojos muy abiertos, estaba indeciso, un ligero temblor indicaba que intentaba acercarse pero algo se lo impedía.
Pisó la primera loseta y no pasó nada. Inseguro, aunque su pie parecía firmemente asentado en el escalón, separó el pie derecho del suelo, del bloque rosado y lo apoyó al lado del otro. Los veinte centímetros sobre los que levitaba no parecían gran cosa pero saber que nada le sostenía se sentía extraño, indefiniblemente extraño. Giró la cabeza y dirigió a sus compañeros una de sus poses de payaso, sonriendo con una mueca exagerada y los brazos en una fingiendo la posición de caminar, nadie se rió, ni siquiera cambiaron sus expresiones atemorizadas.
– Román. – apeló Olivia – Vámonos, por favor. Está anocheciendo.
– Sí, Román, por favor. – se sumó Carola.
– Enseguida, acabo enseguida. – replicó subiendo un peldaño más.
Ahora estaba a casi medio metro del suelo y fuera de la vertical del bloque rasante. La sensación fue idéntica al peldaño anterior, así que subió uno más. Olivia parecía furiosa, imaginó que deseaba regañarle por no bajar de allí, por no hacer caso para permitir que todos se fueran a la seguridad de la casa. Quizás por obcecación infantil deseaba subir el resto y casi estaba en la mitad. Pisó el siguiente y luego uno más. Sólo quedaban dos y no se veían diferentes a los anteriores, tampoco la altura ganada le molestaba, incluso se veía mejor: el cambio de perspectiva escondía las caras amargadas de sus amigos.
– ¡Joder Román! – insistió Olivia – ¡No ves que estoy asustada! Baja de una puta vez y vámonos.
Esta vez nadie más dijo nada. Olivia hablaba con voz entrecortada pero enérgica, sin disimular su enfado. Román dudó, no quería dormir sólo esa noche, ni pasar varios días excusándose con ella pero estaba tan cerca. Actuando por impulso y cabezonería subió seguidos los dos últimos escalones.
Dos columnas negras comenzaron a surgir desde los laterales escavados del bloque en el suelo. Un humo tan espeso que ocultó la primera loseta nada más alcanzar su altura. Como velos ondulantes que atrapaban toda la luz que se les acercaba siguieron subiendo sin disiparse y ocultaron el siguiente escalón.
– ¡Baja! ¡Salta! – gritó Olivia desesperada.
La chica dio varios pasos acercándose a su novio pero León la retuvo. El negro humo seguía subiendo, en lugar de ascender hacia arriba e ir aumentando su sección al tiempo que las partículas que lo componían se esparcían en la atmósfera, continuaba como si fuese sólido y subiendo en la misma dirección diagonal en que estaban dispuestos las losetas. Ya pasaba de la cuarta, Olivia se debatía intentando llegar a él, Carola se había acercado a su amiga para contribuir a mantenerla alejada y segura. Román no sabía que hacer, el metro y medio que había subido ahora parecía mucho más de lo que había pensado y el humo o lo que fuera, no dejaba de acercarse a sus pies, ya rozaba el sexto peldaño. Tomó impulso, intentó saltar hacia adelante sin ganar más altura y no pudo. El humo ya había llegado al último escalón, subía lamiendo el cuero de sus botas. Podía sentir como se arrastraba arriba por la tela de su pantalón, dentro entre la pernera y su piel. Algo húmedo y viscoso retorcía el vello de sus piernas produciendo una cascada de escalofríos que no hacían sino aumentar el miedo que ya sentía.
Olivia, Carola y León le vieron desaparecer atrapado por la cortina negra. Cuando cubrió hasta su cabeza el humo empezó a dispersarse y unos segundos después no quedaba nada. Román no estaba, las losetas no estaban. Sólo el bloque en el suelo permanecía inmutable, rodeado de una multitud de filamentos que se deshacían hasta su extinción.
El tiempo pasaba, la oscuridad caía sobre ellos y ninguno se movía. Aunque no pudiesen leer la mente de los demás les hubiese bastado ver las otras caras para saber que todos estaban igualmente en blanco. Consternados hasta el aturdimiento.
– Vámonos, hay que buscar ayuda. – dijo Carola.
Su voz sonaba extrañamente dulce y calmada, como si estuviese leyendo una nota antes de dormir una siesta. León salió de su perplejidad al escuchar la voz de su novia, aunque la miraba como a una completa extraña.
– Sí, vámonos. – confirmó.
Olivia comenzó a sollozar. Pasó del desconcierto al llanto descontrolado como si un interruptor se hubiese accionado en su interior. Carola que aún la sujetaba, tiró de ella, necesitaba salir de allí más que respirar, algo que todos habían olvidado hacer momentos antes. Entre los dos consiguieron dar los primeros pasos y que su amiga les siguiesen, aún a rastras.
Llegaron al pueblo, a la casa, bien entrada la noche. León se aseguró de dejar a las dos dentro y, después de cerrar bien, salió a la carrera a buscar ayuda, como pollo sin cabeza sin saber a dónde ir.
# Tercer acto
Con el paso de los años la desaparición del joven se convirtió en una historia más que contar en las noches de invierno, a oscuras, cerca del baile hipnotizante de las lenguas de fuego. Algo para dar miedo a los niños traviesos, esos que seguían sin obedecer cuando se les decía que no se acercasen al Encinar y eso que no quedaba nadie que recordase porqué llevaba ese nombre un bosquecillo sin encinas.
Toni y Nora eran dos de esos niños, siempre inquietos, siempre buscando con que entretenerse. Al chico, con sus nueve añazos, le gustaba jugar con los mayores que sólo le dejaban estar con ellos cuando les faltaba alguien para equilibrar sus enfrentamientos. Nora perseguía a su hermano a donde quiera que fuera, a sus seis años ya tenía suficiente fuerza en las piernas para no despegarse de él, siempre que no se pusiese a correr con la aviesa intención de dejarla atrás. Al final del día, cuando las madres llamaban a casa, Toni la buscaba si no la tenía agarrada a su pierna, así que ella corría por todo el pueblo confiada para estar con él. Si algo les diferenciaba de los demás era que las chicas no acostumbraban a juntarse con los chicos, salvo los más mayores.
Era febrero pero parecía principios de junio, las lluvias se resistían a caer desde la última nevada, sin barro en los caminos y la hierba seca, quebradiza por el frío, salir del colegio y buscar donde sería la próxima aventura era todo uno. Verlos salir era un espectáculo aterrador, de repente sonaba la campana, se abrían las puertas y, aunque las dos batientes cedían a su paso, al acumularse tanto niño en el peor momento, no formaban un tapón de piernas y cabezas porque los mayores empujaban a los pequeños, hasta que unos cuantos daban con sus carteras por el suelo y se desatascaba.
Nora todavía se salvaba, aunque no era lo que ella quería. Desde que podía correr detrás de Toni los días se le hacían largos hasta que él volvía del colegio. Intentaba jugar sola pero todo le salía mal, como si no pudiese divertirse con nada sin la presencia del chico. Le faltaba un año para empezar con los estudios y se le estaba haciendo largo. Como un perrillo ansioso se pegaba a la puerta al acercarse la hora de regreso de su hermano. En cuanto la puerta empezaba abrirse se activaba como un resorte, se ponía en pie de golpe y comenzaba a dar saltitos al verle entrar, luego le seguía hasta la cocina, tomaba la merienda con él e intentaba salir a la calle persiguiéndole, si la madre no se interponía. Si eso pasaba lloraba como si el mundo se fuera a acabar, sabiendo que su progenitora no daría el brazo a torcer pero algo tenía que hacer, así que seguía regando el suelo con sus lágrimas hasta que no le quedaban más.
Ese día Toni llegó un poco más tarde. Nora tenía la paciencia de una santa cuando se acercaba la hora, acostumbrada a la irregularidad de los horarios de su hermano que a menudo se quedaba unos minutos después de salir de la escuela para acordar lo que harían luego él y sus compañeros. Quizás no un poco más tarde sino mucho más tarde, tanto que la pequeña se quedó dormida, cansada de esperar toda la tarde. Cuando se abrió la puerta no despertó, Toni la vio tumbada en el suelo y continuó caminando con cautela hacia su habitación, dejó la cartera, fue hasta la cocina donde le esperaba un bocadillo sobre un plato, en palabras de su madre: «Si lo dejo sobre la mesa se llenará de gérmenes», volvió hacia la salida y decidió, de camino, coger la manta que se echaba la abuela sobre las piernas en el salón, arropó con ella a su hermana y salió sin cerrar del todo la puerta, para evitar sonidos que la despertasen. Pero despertó, más tarde, con el frío del suelo metido en la espalda, incómoda y enfadada al ver que el bocadillo en la cocina no estaba. Ya era de noche, si Toni no estaba en casa y el pan con mantequilla y queso que le gustaba merendar, tampoco, sólo podía ser que hubiese entrado en la casa y hubiese salido sin que ella se diese cuenta, como acababa de despertar y aún le picaban los ojos, sólo podía ser que se hubiese olvidado de ella. Más enfadada aún por su lógica inapelable pensó en quejarse a su madre, podía escucharla en el piso de arriba, limpiando, seguramente; otra pregunta para la saca: ¿cómo podía ser que la casa nunca estuviese limpia? Una ráfaga de aire helado produjo un escalofrío en su espalda, se acercó a la puerta y al ver que estaba abierta salió a la calle, dejándola como la había dejado su hermano, casi cerrada.
No había muchos sitios para buscarle, los chicos siempre jugaban en los mismos lugares. Aunque hiciese frío, como todo estaba seco tendría que buscar en los mismos espacios que si fuese época estival. Empezó yendo a la alberca, no era el punto más cercano pero a ella le gustaba cuando jugaban allí. Al llegar el agua estancada le pareció extraña, se quedó mirando y pasó un rato hasta que se dio cuenta de que no era verano. La superficie del agua parecía un espejo, sin zapateros que la ondulasen, plateado o negro, era difícil decidir pues sólo reflejaba la oscuridad de la noche. Luego a la Corte, aunque tampoco los encontró allí le pareció escuchar su alboroto a lo lejos. De sobra sabía que los chicos eran muy tontos, aunque tuvieran prohibido ir al bosque de las encinas sus chillidos venían de allí. Decidida a encontrar a su hermano y a echar una buena reprimenda por no haberla llevado con él, salió de la aldea por el camino del bosque.
Acostumbrada a ir acompañada por el chico y, a menudo, por otros compañeros de juegos, nunca se había fijado en lo negro que era el camino a esas horas. Las voces que le había parecido escuchar se desvanecían a pesar de estar acercándose a donde creía que estaba su origen, aún así estaba decidida a seguir para comprobar si su hermano estaba o no en el bosquecillo. Conocía bien el camino pero recorrerlo casi sin luz era algo distinto, los árboles y sus ramas parecían cobrar vida, las piedras se movían buscando chocar con sus pies y alguna raíz malévola se levantaba del suelo para retenerla. Lo peor no era lo que entraba por sus ojos, fuese o no real sino lo que le traían sus orejas. Cubierto en otras horas por el ruido de los chicos y sus juegos, percibía ahora los sonidos del bosque, sin saber si eran aves persiguiendo su cena, cenas buscando refugio o, tal vez, espíritus vagando sin rumbo. Caminaba algo encogida, ahora que se acercaba al claro. Los troncos no daban tregua, sin la luz del día no había espacios entre ellos, no espacios que pudiese distinguir entre el negro de la corteza distante y la oscuridad que los separaba. Así tropezó con algo duro en el suelo y cayó de bruces. Conteniendo las ganas de llorar buscó, a tientas, la causa de su caída. Una gran piedra se encontró con sus manitas, muy lisa y cuadrada, sobresalía del suelo poco más que sus dedos regordetes pero lo suficiente para bloquear el avance de sus pies y echarla al suelo. Al apartarse un poco de ella para buscar el camino de vuelta se dio en la cabeza contra otra cosa dura. Esta vez no pudo contener las lágrimas. Antes las había evitado porque no había nadie cerca que pudiese escucharla y consolarla, ahora le dolía demasiado para que le importase estar sola. Apartó con cuidado la cabeza, encogiéndose exageradamente, para no darse otra vez y dejó un reguero de lágrimas que no podía ver. Buscó a tientas la nueva causa de sus penas. Otra superficie dura y lisa seguía a poca altura la primera que había encontrado, luego otra, un poco más arriba, contra la que se acababa de golpear la cabeza y luego varias más en secuencia, todas con la misma distancia entre ellas pero movidas unas con respecto a otras. Empezaba a distinguirlas pero estaba ya tan oscuro que incluso acercando la cara era difícil apreciar sus contornos, así que se ayudó con las manos, subiendo por ellas de una en una, a gatas.
—
– Lavaos las manos y a cenar que ya son horas. Si tardáis un poco más salgo a buscaros.
Su madre siempre amenazaba con salir a buscarles pero nunca lo hacía. Alguna vez su padre, por ordenes de ella, pero nunca directamente. Actuó mecánicamente, cuando acababa de dejar los juegos su mente no daba para más, necesitaba descansarla un buen rato y eso pretendía: cenar, leer un rato y luego tumbarse en la cama a escuchar algo de música. Eso se lo debía al abuelo Ernesto, que le había regalado una radio por su comunión; también le regalaron un reloj de muñeca, más pequeño que el de su padre pero parecido y dinero. A ver, lo del dinero regalo era pero todo menos unos céntimos se lo quedó su madre, para abrirle una cuenta de ahorros, dijo.
Perdido en sus reflexiones se olvidó de ir a lavarse las manos, plantado en la entrada y, como tardaba, apareció su madre, seguramente para darle un coscorrón y que reaccionase.
– ¿Y tú hermana? – preguntó la mujer mirando a todos lados.
– En casa…
– ¿Cómo que en casa? ¡¿No estaba contigo?!
La madre le dio un empujón para que se hiciese a un lado, abrió la puerta y miró: dentro, fuera, dentro, fuera otra vez; salió, caminó apresurada hasta el medio de la calle y se giró varias veces sobre sí misma, intentando encontrar a su hija. Volvió a entrar, más apurada aún, furiosa, nerviosa, asustada.
– ¡¿Salió contigo o no?!
Le sujetaba por los hombros y con cada sílaba le daba un meneo.
– En… casa… – insistió Toni.
La mujer desesperada le soltó con furia, casi le hizo caer. Corrió escaleras arriba. Podía escucharla sin dificultad, moviéndose a trompicones de una a otra habitación, rebuscando en los armarios, bajo las camas, detrás de las puertas, en el altillo. A cada desacierto se movía más deprisa y volvía a buscar donde ya había buscado. La puerta de la calle se abrió detrás de él, se volvió ilusionado, esperando ver la carita de Nora, olvidando que con la fuerza de sus bracitos no se abriría en un movimiento tan fluído. Su padre le miró desde bien arriba con una media sonrisa tiznada por el alcohol.
– ¿Aún no cenamos, chaval?
Siempre le llamaba así y a la pequeña: reina. A veces le hacía sentir como si su padre fuera otro, alguien siempre ausente para no tener que llamarle «hijo». Con sus nueve años mal contados no lo entendía, sólo se sentía raro, mal a veces.
– Falta Nora. – dijo, sin pensar.
– ¿Cómo?
– Nora. No está.
– ¿Y dónde está?
La mente embotada del hombre debió recuperar parte de su agilidad con la noticia, levantó la cabeza, escuchó el ruido en la planta superior y los engranajes de su cerebro volvieron a funcionar.
– ¡¿Dónde está?!
Como antes había hecho su madre ahora era su padre el que le sujetaba por los hombros y le zarandeaba mientras preguntaba. Sus manos eran más grandes, más fuertes, dolían más, sumado a la ansiedad que acumulaba empezó a llorar.
– ¡Joder!
Quizás escuchó la voz del padre o se cansó de buscar en el piso de arriba, con expresión enajenada bajaba su madre engullendo los escalones. Le preguntaron dónde estaba su hermana, dónde la había dejado, porqué no estaba con ella, porqué ella no estaba con él, cuándo habían salido, porqué la había dejado sola, porqué la dejó en casa, cómo es que no la había visto en la calle, porqué no se había preocupado de encontrarla y vuelta a empezar. Después de una larga sesión de gritos, lloros e incomprensión por todas las partes, se cansaron. Su padre salió a buscar a la niña, su madre salió a buscar a otros familiares para saber si estaba con alguno y él se quedó en casa con la obligación de vigilar la puerta y estar pendiente por si ella volvía sola.
Los segundos que no sabía contar, pues aún no llegaba a tantos, caían como mazas sobre él, haciendo que se sintiera más pequeño y desprotegido momento a momento. Su mente se desbocaba imaginando cómo su hermana abría la puerta: empujando enfadada, moviendo la madera lo justo para asomar los dedos, golpeando para que él la ayudase y mil formas más pero ninguna de ellas cristalizaba. Cansado de esperar, aunque tal vez no habían pasado más de unos minutos, quería salir corriendo, buscar en todos los rincones del pueblo hasta dar con ella, volver y presentarla ante sus desesperados padres que reconocerían su heroicidad, quizá hasta le premiarían. Nada más pensarlo se daba cuenta de que era un disparate, razonaba un momento y derivaba de nuevo a otra fantasía.
Sus ojos se abrieron como platos cuando la puerta se movió. Quiso tirarse del pelo para saber si estaba imaginando o soñando pero no tuvo tiempo, la puerta se abrió por completo en un instante, demasiado deprisa para ser Nora con su limitada fuerza.
– Ah. Estás ahí. – señaló su primo – La tía me ha dicho que venga a cuidarte mientras ellos buscan a la pequeña.
Quiso echarse a llorar, tirarse al suelo rendido pero se contuvo; el primo siempre se burlaba de él acusándole de ser más infantil de lo que le correspondía.
– ¿Cómo no la cuidaste? – acusó el mayor – Se olvidan los viejos de que aún eres un crío.
– ¡Soy mayor! – gritó enfurecido.
La humedad que sentía embotando su mirada era de enojo y aflicción, no sabía de dónde había salido lo primero y apenas podía ya contener lo segundo.
– Claro. Por eso está todo el pueblo buscando a la niña. – remató el primo.
Quería pegarle pero sólo le salió llorar allí de pie, con los puños contraídos y sus sentimientos bullendo por salir.
—
Por la mañana un guardia encontró una esparteña pequeñita con cintas azules, la otra no apareció. Estaba tirada en medio del claro grande, en el centro del bosque de las encinas. Dedujeron que hasta allí había llegado la niña pero no pudieron encontrar más señales de ella. Peinaron el bosque, árbol a árbol, luego siguieron hasta el río y clavaron palos en el pantano, enfundados en goma se metieron hasta la cintura en el cenagal, tentando con los pies, con las varas, intentando ver en el lodo del agua removida.
Pasado un mes dejaron de buscar y la madre casi se murió de pena. Aguantó porque le quedaba otro hijo que hacer crecer, aunque el perdón desapareció con su niña.
# Telón
El pueblo cambió, creció y olvidó. Murieron los viejos que recordaban y llegaron nuevos vecinos, huyendo de ciudades invivibles.
A las afueras, lindando con el bosque de las encinas que, por ningún motivo, nadie se había atrevido a tocar, a recalificar, a talar, ni a dar otro nombre aunque ya nadie recordase. A las afueras, la urbanización «La romería» era el último baluarte de modernidad que intentaba adivinar el modelo urbanizador, caótico y humano hasta ese momento (como el de tantos pueblos deshabitados), asentando cada vivienda unifamiliar sobre una cuadrícula imposible de ignorar y molesta a la vista de los vecinos de siempre. Era el progreso y nada se puede hacer contra eso. Un supermercado daba la bienvenida a quien quisiera entrar en el recinto amurallado de «La romería», eso o azuzaba a los vecinos, de dentro y fuera, a olvidar las tiendas de siempre.
Al nieto de Toni, el mismo que perdió a su hermana pequeña, le ofrecieron uno de los adosados a cambio de la casa familiar que de tan céntrica en el pueblo al dueño de la cadena de supermercados se le antojó, para poner una sucursal en el sitio; así los que no iban al supermercados tendrían la tentación bien cerca. Tomás que se llamaba el nieto de Toni, dijo que no, tajante, sin contemplaciones, sin que le cayese una gota de sudor cuando se fueron sumando ceros a la derecha de la oferta inicial.
Vivía sólo en la casa de sus mayores. Su mujer murió de cáncer años atrás y los chicos hacían su vida lejos. Viendo llegar a los jóvenes que la ciudad no quería soñaba que algún día volviesen también los suyos. De momento sólo pasaba eso unos días en navidad, una o dos semanas en verano que aparecían para dejar a los nietos y desaparecían hasta que se acordaban de volver a por ellos. No podía quejarse, también aparecían algún día perdido a lo largo del año y llamaban todas las fechas señaladas. De sobra sabía que el chico no tenía memoria para esas cosas, agradecía a la nuera que tuviese señalado todo el calendario. Como no le quedaba mucho más por hacer paseaba todos los días y, de cuando en cuando, salía con el coche a ver alguna cosa más lejos, como ir a ayudar en la excursión a la sierra con la chavalería del colegio. Buenas piezas todos ellos, hasta con los más trastes era fácil llevarse bien; quería creer que eso era cosa de vivir en el pueblo, el buen ambiente y los buenos vecinos ayudaban a criar esas buenas piezas.
Aunque fuera lunes él ya no lo notaba. Al menos hasta que salía de casa, el día anterior encontró todo cerrado, menos las tabernas, como todos los domingos después de misa. Siendo lunes estaban abiertos los comercios, a la hora que él salía. Le gustaba ver el ambiente, aunque no tuviese nada que comprar, a veces entraba en alguna tienda conocida, sólo por dar los buenos días y cruzar unas palabras. Así se iba enterando de lo que pasaba y que nunca saldría en las noticias. Al pasar por la pescadería vio caras conocidas; no necesitaba comprar nada, ese día se haría algo de pasta, quería añadir a la carne picada cebolla, ajos, tomate y algún ingrediente más, aunque lo más probable sería rematarlo con un bote de tomate frito ya que no quería entrar en el supermercado para comprar salsa boloñesa preparada; cocinar no era lo suyo y no le amargaba reconocerlo.
– Todo fresco. – saludó desde la entrada.
– Cómo si aún estuviesen saltando de ola en ola. – añadió Carmen, la pescadera – ¡Tú!, ¿tienes algo que decir? – amenazó con tono socarrón.
– ¿Qué ya sabes dónde te metes? – intervino Felisa, una de las clientas.
– No lo voy a saber… Ese me guiña el ojo y tiene más años que yo. – señalaba una dorada y era él quien guiñaba a la pescadera.
– Ese no te conoce pero yo sí. – replicó la mujer sin que la distracción le impidiese filetear al pobre que tenía entre manos – ¿Te vas a llevar algo o qué? Te digo la receta o mejor te la preparo yo.
– Hoy no toca mar. Pero me quedo con la palabra para mañana o pasado.
Salió, sin atender a las picardías de las clientas que gustaban de rematar lo que él nunca acababa.
Llevaba la idea de pasar por el cementerio, conversar un rato con su mujer y luego seguir por el bosque hasta que se acercase la hora de ponerse con la cocina. Cuando tenía al alcance de la vista la cancela que delimitaba el pequeño camposanto una figura extraña llamó su atención. Nadie que reconociese, vestido con un chubasquero azulado, botas de goma y la visera de la gorra asomando fuera de la capucha. Chocante con el tiempo soleado de la estación. No podía distinguir sus facciones, así embozado su cara no era más que un borrón oscuro en la distancia. El hombre, si lo era, caminaba calmado en sentido contrario a él; no tardaron en cruzarse. De cerca no ofrecía más información, un hueco negro ocupaba el lugar de su rostro; ni el destello de sus ojos, ni un cambio de tono si sus dientes estaban expuestos, nada que reconocer. Pasó a su lado y le hizo sentir un frío desconocido, sin importar que el Sol quisiese dar calor a todo su cuerpo. Intrigado por el extraño se dio la vuelta, vio como se alejaba durante un momento y decidió seguirle dejando una distancia prudencial entre ambos. Más tarde volvería para charla el rato con su mujer, seguro de que se lo perdonaría.
Caminaba más despacio que él, cada poco debía pararse para no alcanzarle y mantener la distancia que les separaba. A medida que atravesaban las callejuelas del pueblo la gente se paraba y apartaba para dejar paso al desconocido, se quedaban quietos, observaban desconfiados su paso y desaparecían. Poco después pasaba él pero nadie le prestaba atención, de no estar tras la pista del desconocido nada le hubiese extrañado, la gente volvía casi de inmediato a la normalidad, llenaban el hueco socavado por la extraña figura y continuaban con su vida. Poco a poco se acercaban al centro del pueblo, pasaron por delante de la casa familiar y estuvo tentado de entrar un momento para coger una cámara de fotos que le había regalado su hija, también podía tomar videos y parecía el momento indicado para estrenarla pero el personaje no se detenía, no corría, no se apresuraba y no esperaría a que él saliese con el aparato entre manos, desvió la mirada y continuó tras él.
Llegaron al centro del pueblo, a la plaza empedrada donde se celebraban casi todos los festejos. Rodeada de las casas más viejas de la villa, balcones y galerías de madera que se llenaban cuando la música sonaba entre sus fachadas. A un lado la iglesia, románico tardío, con un lavado de cara porque las pequeñas vidrieras no aguantaron la guerra. Al pasar por delante el extraño pareció mirar hacia la cruz que remataba el frontis, sin detenerse. Salieron de la plaza por el extremo opuesto. Un perro grande se encogió al encontrar de frente al desconocido, cuando giró en una esquina reaccionó al momento ladrando y enseñando los dientes, asustado. Tres calles después, cerca de la salida del pueblo por la carretera nacional, paró. Giró y se enfrentó a un edificio, con el portal frente a él parecía un vecino más, aunque su aspecto fuera a destiempo. Bastaba con apartar la vista de él para darse cuenta de que algo no iba bien, los transeúntes no se atrevían a pasar cerca de él, los que no se quedaban quietos a una distancia considerable pasaban por su espalda dejando al menos el mismo espacio de seguridad.
La figura pareció levantar la cabeza para contemplar el portal y los pisos superiores. Era difícil saberlo pues conservaba capucha y gorra puestas que no dejaban ver nada de su cabeza. La puerta de la calle se abrió y uno de los vecinos del inmueble salió. Una mujer de pelo negro, recogido, mayor y hermosa, quizás una madre, ama de casa, por la gran bolsa que colgaba de su hombro, vacía aún. La puerta se cerró detrás de la señora, obligada por el muelle que debía tener. Ella intentó echarse atrás, volver a entrar pero se dio contra la puerta ahora cerrada; con la espalda apoyada contra el metal su mano intentaba manipular el pomo, abrirla sin conseguir nada. Incluso con la distancia que les separaba pudo ver como las blancas piernas de la mujer empezaban a temblar hasta que no pudieron soportar el peso de su cuerpo y cayó al suelo de nalgas. Ahora miraba hacia arriba, hacia el lugar de la cara del desconocido y el rostro de ella perdía color. Pasó en un momento del sonrosado sano y natural con que había salido a la calle a un gris ceniciento y enfermizo difícil de describir.
La extraña figura dio dos pasos hacia ella o hacia el portal o hacia adelante, no parecía albergar ninguna finalidad. Un charco oscuro empezó a dibujarse alrededor del trasero de la mujer. El desconocido alargó un brazo. En toda la calle gobernaba el silencio absoluto. En el extremo de la manga estirada unos dedos finos, blancos y ausentes de vida buscaban algo suspendidos, se movían con tanta parsimonia como el resto del cuerpo mientras caminaba. La mujer intentó apartarse, dando cómicos saltitos con su trasero desde la posición en que estaba, el chapoteo de sus nalgas en el charco que había creado convertía la jocosidad en algo macabro. Cuando consiguió apartarse un par de metros logró ponerse a gatas y alejarse tanto como le era posible. Nadie más se movía. Nadie aparte de ella y el desconocido. Avanzó los pasos que aún le separaban del portal, sus dedos tocaron el cristal protegido por la celosía metálica. Un sonido hiriente salió del contacto, tanto como para que los observadores se taparan los oídos. Los dedos huesudos de la mano se apartaron de la puerta, muy despacio; el brazo bajó hasta su posición inicial, había una nota de tristeza en sus movimientos.
Trastabilló y cayó hacia atrás, tan largo como era impactó contra el suelo.
Ante los ojos de todos el choque de su cuerpo fue como una explosión de polvo. Cuando empezaron a asentarse las cenizas dejaron a la vista la calle, nada más. El desconocido había desaparecido.
Cómo si nada sorprendente hubiese sucedido la gente ocupó el espacio perdido, la mujer en el suelo se levantó y volvió a su casa; su cara recuperaba el color a cada paso. De no ser por la mancha húmeda en el suelo y su falda, todo hubiese podido ser una alucinación y, en cuanto entró en el portal, él se preguntó qué acababa de pasar. La ceniza seguía allí. Se acercó y la tocó. No era diferente de la que podía encontrar en su chimenea, manchó su mano, olía a madera carbonizada y tenía la misma textura.
Volvió a su casa. Quería anotar todo lo que había vivido para no olvidarlo, necesitaba retener cada detalle ahora que lo tenía fresco. Entró primero al baño e intentó lavarse la mano. Por más que frotaba no conseguía limpiar la mancha de la ceniza pero sí cambiarla. De un borrón sin forma definida fue pasando a una sucesión de líneas, bien definidas, la primera en la base de la palma de su mano, la siguiente un poco más alejada, paralela a la primera pero desplazada hasta su mitad, luego otra igualmente desplazada respecto a la segunda y así hasta siete.
Como si le hubiesen hecho un tatuaje, no pudo borrar las líneas, ni comprenderlas.
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