Autofiografía en secreto (revisión)

Autofiografía en secreto (revisión)

Advertencia 

Sobre la vida de Amanda Da Silva existe, y existirá, una irresoluble controversia. Hay quienes defienden fervorosamente la verdad de su existencia, y quienes creen que solo se trata de una fábula de entretenimiento. Cada uno es dueño de adscribir al bando que más lo seduzca. Por nuestra parte, hemos tomado partido y nos alegramos de ello.
Todo lo que aquí se narra es dado por ocurrido sin que nos interese el debate alrededor de la veracidad o no de lo narrado. La verdad, muchas veces, es un tesoro al que hay que buscar de por vida, y al encontrarlo resulta muy diferente a lo que imaginamos de él al inicio de nuestra empresa.
A nuestras manos han llegado las fotocopias de un breve escrito titulado Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva. El mismo está dividido en tres partes: una autobiográfica y dos poemarios. La parte autobiográfica comprende tres períodos: infancia, adolescencia y vejez. Esta última trata sobre las circunstancias que rondaron su trágica muerte. No hay ningún dato sobre su relación con el ilustre prócer.
El primer texto es manuscrito, los otros dos no. Se trata de algo más de veinte narraciones (1) realizadas en un modesto cuaderno marca “Gloria”, del que se conserva, además, su tapa.
El manuscrito nos aproxima de modo muy sucinto, casi de manera mezquina, a los sentimientos de la mujer que prestó sus servicios para garantizar el bienestar de quien fue bautizado como “La Reliquia”, de parte de sus enemigos.
A la brevedad del documento debe agregarse la pérdida irreparable de muchas de sus hojas (se desconoce con precisión cuántas), que fueron arrancadas con el seguro propósito de impedir su trascendencia.
No estamos en condiciones de asegurar si la eliminación de una cantidad indeterminada de las hojas de la Autobiografía… fue decidida a fin de proteger a su autora o solo con el propósito de conservarlas para desvelar su contenido en el futuro, alentando la hipótesis de que algunas de ellas podrían contener datos comprometedores para los protagonistas directos de esos sucesos extraordinarios.
Por otra parte, debemos mencionarlo, el documento no fue conservado con esmero, ya que sufrió el embate del agua que borroneó partes enteras hasta hacerlas ilegibles. Así pues, se perdieron para siempre entre manchas y borrones y hojas arrancadas, tal vez datos reveladores o menciones sutiles que podrían habernos ayudado a comprender más acabadamente el milagro de la sobrevida de “La Reliquia”, y de cómo los hombres de su entorno más íntimo, sus custodios, agrupados en esa logia de desconocidos, todos miembros de la milicia con grados de suboficiales, garantizaron que el emblema que representa la nación nunca fuera arriado definitivamente.
Acompañan los mencionados textos dos fotografías. La primera, de un dibujo infantil atribuido a Amanda, con el título El ángel de Amanda. La segunda corresponde a una niña posando en una especie de estrado, participando del ritual sacramental de la iglesia católica para recibir por primera vez la eucaristía. La antigüedad de la fotografía se corresponde con la edad que debió tener por entonces la supuesta Amanda.
Los poemas no alteran en lo más mínimo el relato autobiográfico ni agregan datos históricos, aunque nos aproximan en parte al perfil psicológico del ama de llaves.
El primero de los poemarios, integrado por diez poemas, está inspirado en un frustrado amor juvenil, y el segundo en sucesos históricos que habrían ocurrido en la propia zona donde se erigió la prisión del prócer (lugar del que no existe precisa referencia), o en parajes más o menos cercanos a la misma.
La falta de mención del extraordinario huésped de esa mansión elevada como un cubo siniestro en medio de una sequía furibunda y centenaria, construido sobre las tumbas de cientos de encomendados asesinados por sus incansables rebeldías, podría deberse al afán de Amanda por proteger a su ilustre huésped más allá de su propia suerte.
Ella, no cabe duda, solo volcó en su breve “diario” angustias personales, sin revelar nombres ni datos que hubieran ayudado a una pesquisa más provechosa, aunque más no fuera por personas vinculadas a su vida en uno u otro momento. Su celo en el secreto fue tan decidido que ni siquiera de manera elíptica hay una palabra, una expresión (no ya una oración) que sirva para develar alguno de los misterios que rodean la historia. Amanda habría cumplido a conciencia una misión que se le encomendó por razones que aún son motivo de estudio.
El enigma planteado a manera de poema en la hoja N° 12 no ha sido todavía resuelto. Esperamos que, de producirse el descubrimiento, estemos entre los primeros en anoticiarnos de ese interesante acontecimiento.
Tampoco ha llegado a nosotros ninguna referencia al contenido del pequeño papel que el suboficial “Pérez” le entregó a Amanda antes de partir hacia su retiro y que ella leyó en el andén de la estación Liniers, del ferrocarril Sarmiento, antes de desaparecer al paso del convoy.
No deseamos extendernos más en esta simple advertencia. Sabrá el lector juzgar lo aquí narrado de acuerdo a lo que le dicte su corazón.
La razón, es probable, no esté de nuestro lado. Pero nunca las grandes epopeyas ni las verdades más extraordinarias han nacido por el solo impulso de la razón. Sin corazón nada tiene sentido para los hombres. Solo cuando los hombres están decididos a ofrendar su corazón por una causa, es que ella puede alcanzar la victoria.
Quien acceda a este libro no hallará una narración valiosa, pero sí se encontrará con el corazón de Amanda Da Silva, el único y precioso legado que dejó, a nuestro parecer, para las generaciones que la sucedan.
Siéntaselo latir hasta el momento postrero de su muerte y cántese con ella el himno de victoria que la acompañó hasta el último suspiro. 

1) Cuatro de ellas permanecen extraviadas. (Nota del editor).

“El ángel de Amanda”, dibujo atribuido a Amanda Da Silva cuando niña.

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Narración N° 1 


Cuando llegué a la casona, el cielo estaba yermo. La tierra, ciega. El aire, mudo. Una soledad se podía palpar con los dedos. Conocí a la señora. Debo asistirla, según mis órdenes.
Ella es la tristeza apenas palpitante. No camina: flota por la casa como si no tuviera pies, sino alas invisibles. Es demasiado delgada, transparente; se nota que no se alimenta como corresponde. Sus manos son un agua veloz cuando sus dedos se posesionan de la música. En mi presencia —tal vez solo por impresionarme o complacerme— ejecutó en el piano Sueño de amor de Liszt. Actué como si nunca hubiera escuchado esa música. Mis conocimientos musicales no figuran en mi legajo: aquí soy casi bruta. Y cada tanto la señora me lo recuerda, “¡bruta! ¡bruta!”, me grita como si fuera un conjuro que la exorciza.
El piano suena afinado, para mi sorpresa. Parece que ella misma lo ajusta para escucharse con placer. Luego, sumergida en los sonidos, cantó O mio babbino caro. Su voz es dulce, perfecta. La casa entró en un silencio inmenso, y sentí una honda emoción sin proponérmelo. Ella fingió no verme, y a medida que cantaba sus ojos se humedecieron. Un ave negra cruzó la habitación de lado a lado y ella se detuvo, conmovida. El sonido artrítico de un vendaval helado impuso el final abrupto de la música.
Posó sus ojos en los míos y, tras un breve tiempo, apoyó su cabeza redonda en el teclado y se echó a dormir, como si una orden secreta así se lo indicara. La alcé del taburete y la llevé hasta su habitación. Es liviana, acaso como una lágrima. Aunque no soy de gran contextura, tengo la fuerza suficiente para alzarla sin inconveniente.
La pared mostraba un revoque casi destruido. Tardé en descubrir la razón. La cama estaba helada, tanto como ella, que parecía sumida en un pedernal de nieve.
Cuando llegó la noche, dejé que el canto de la señora volviera a mi mente. Las tres primeras corcheas en la bemol mayor sonaron como una herida acantilada. Y no pude dejar de pensar en su llanto, sumida en mi propia tristeza.


Autobiografía en secreto
de Amanda Da Silva

La infancia

Sección primera

I 

El pueblo 

Por una calle lateral a las vías del ferrocarril corría un runrún de hojas secas. Era un rumor que caía vertical desde las enramadas que se estiraban redondas hacia la luz del día. El viento repujaba, en orfébrico trabajo, las perlas diminutas de las piedras molidas por el paso del tiempo.
En otoño, el sonido de la hojarasca se volvía ocre: perdía musicalidad y adquiría la fisonomía de una pincelada de óleo que cosquilleaba los oídos, como si al correr del pincel una intriga colorida se amancebara con el crujiente sonido del polen olvidado en una primavera distraída.
Como hacía semanas que no llovía, ninguna humedad alteraba la fragancia del hojerío amontonado aquí y allá durante la inesperada seca. Amanda aspiraba el perfume de las hojas caídas y dejaba que el último polen reposara sobre su delicada piel de niña. Estaba parada a metros de las vías lustrosas que se abrían paso como fugas plateadas hacia un horizonte de vegetación variopinta, y trataba de interpretar los remolinos que las hojas dibujaban como señales misteriosas que le hablaban de cosas aún incomprensibles.
Los remolinos bailaban como un perro que perseguía a un hombre, aullando con un sonido que raspaba los oídos de un paisano imaginario que volvía y revolvía tratando de espantar al perro que mordía la sombra antropomórfica inventada por las hojas en sus anárquicos vaivenes.
Era apenas una niña llegada a los suburbios de la ciudad, donde cielo y tierra se confundían en la extendida perspectiva de un abrazo. Un pueblo en el que, hasta su llegada, solo se levantaba la modesta casita de un matrimonio boliviano recién llegado de su fatigosa peregrinación desde la puna. La suya, la segunda del villorrio, era de madera canadiense, comprada junto al lote de ocho metros de frente por treinta de fondo, que un abogado vendió a sus padres con un crédito a treinta años. “Una eternidad”, escuchó decir Amanda a Miguel, su padre, mientras Anita, la madre, asentía con un leve movimiento de cabeza. Amanda pasó tiempo tratando de comprender cuán larga era una eternidad y si había más de una, porque las había y resultaban caprichosas como los amores. De la perpetuidad tomaría conciencia cuando ingresó a trabajar como custodia —la llamaron “ama de llaves”— de La Reliquia: allí reconoció la anatomía de la inmortalidad envuelta en una vieja y roída bandera celeste y blanca que juraron defender hasta con la propia vida.
Las vías del tren atravesaban una calle de tierra que se desenrollaba de norte a sur, las más de las veces barrida por caprichosos vientos llegados de todos lados. Era difícil descifrar el perfume que traían esos vientos precipitados desde los cuatro puntos cardinales: a veces olían a menta, otras a eucaliptos, a hinojos salvajes o a frutales. En ocasiones traían fragancias de barros cenagosos, cuando el sol disecaba algún arroyo y exponía su cauce oscuro.
Muy otro era el perfume que gobernaba la atmósfera del pueblo cuando arribaban colgados de la locomotora diésel que arrastraba unos vagones pequeños del ferrocarril inglés. Esos vagones de segunda clase, forrados en lustrosas maderas, llevaban apretujados a pasajeros de modesta condición social: obreros o empleados, todos criollos, porque el inglés reservaba su vagón de primera con apoltronados asientos y esterillas maravillosas en los respaldos.
A medida que el tren alejaba a los pasajeros de sus sueños y los aproximaba a sus penurias, los perfumes se volvían angustias que esas mismas personas arrojaban melancólicas desde las ventanillas sencillas, cayendo sobre tierras y piedras para dejar al descubierto los desvelos que los apesadumbraban. El temor más poderoso que perseguía a esos humildes viajeros, que dormitaban en los asientos ganados por el cansancio, era perder su modesto trabajo. A la vuelta de la desocupación solo los esperaba el retorno al pago, donde el hambre era más caprichoso que en la ciudad, donde siempre se podía topar con un rebusque.
La mayoría de esos pasajeros eran trabajadores que iban a ganarse la vida a la ciudad y, al caer la tarde, retornaban a los poblados más alejados, donde se alzaban sus ranchadas pudorosas, rodeadas de verduras que crecían como cangrejos de lomos verdes y de frutales que en verano se inflaban como meteoros rojos de piel lustrosa, o naranjas fosforescentes, redondas trompas de jugosas pulpas.
Las casas se organizaban en paneles paralelos de madera dura sobre un piso que, cuando había recursos, se hacía hidrófugo para impedir que el agua subiera pudriendo las paredes. Si no se podía levantar un contrapiso con carpeta aislante, el suelo era de tierra. Entonces, las mujeres lo mojaban con agua y misteriosos ungüentos gomosos e inodoros, hasta casi impermeabilizarlo, y lo apisonaban con esmero, todo lo que sus fuerzas les permitían. Usaban un pisón tan pesado como duro, que los niños intentaban levantar en vano con sus diminutas manos y raquíticos brazos. Tras meses de trabajo, surgía una capa patinosa de un par de centímetros de espesor, gris-marrón con incrustaciones de colores. El piso adquiría así una fisonomía lisa y lustrosa. Un par de felpudos brillantes vestía las entradas a las habitaciones, contrastando con el tono de piedra natural que resultaba de la compactación de la tierra.
Cada casa tenía una o dos pequeñas ventanas en los laterales, un ventiluz en la cocina, una puerta de madera al frente y otra al fondo, y un techo a dos aguas de chapas de alquitrán, frágiles ante las granizadas y las tormentas furiosas. Chapas que esperaban reemplazar por fibrocemento, más resistente y seguro. En sus bordes dibujaban sucesiones interminables de semicírculos, como una serpentina que reptaba en un ida y vuelta incansable por los laterales de la construcción.
El excusado estaba afuera, a unos diez metros de la casa, a prudente distancia de donde se comía y se dormía. Esa forma particular de la arquitectura suburbana la traían los paisanos desde sus pagos, aprendida de sus familias campesinas. Algunas vecinas organizaban incluso las cocinas también afuera, bajo una densa y entretejida enramada, para que el olor de las fritangas no apestara el interior con ese tufo denso de los aceites recocinados.
En verano, el sol caía sin interrupciones desde la mañana hasta la tarde, y cuando los vecinos ingresaban a sus casas tras la larga jornada de trabajo, se sentían dentro de una burbuja de vapores que ascendían desde el espejo de agua y permanecían calientes hasta bien entrada la noche. Puertas y ventanas quedaban abiertas para ventilar el hogar y lograr algo de frescor. Era entonces cuando entraban en acción las bandadas insoportables de mosquitos, indiferentes al penetrante olor del piretro enrollado en espiral y ardiendo desde la punta roma. Insaciables, incansables, con sus trompetas anunciaban las picaduras en minúsculos relámpagos chillones que, en muchas ocasiones, hacían estragos en los niños más pequeños.
Cuando el frío llegaba, llegaba cargado de escarchas. Blanqueaba los pastos y hasta los perros mostraban costras de hielo sobre sus lomos, a pesar del cobijo de cuchas construidas con ramas y retazos de coloridos hules. Amanda dormía vestida para evitar el frío y, por la mañana, caminaba de la mano de Miguel hacia la estación del ferrocarril para ir a la escuela en la ciudad. Solo quedaban expuestos sus dos ojitos: iba envuelta de pies a cabeza en los abrigos que su madre le había tejido para protegerla del invierno. El calor se procuraba con braceros, y algún paisano llegaba a tener una estufa a seis velas a kerosene, sobre la que una rejilla de hierro fundido esperaba la pava para el mate o algún cacharro donde calentar agua para el té.
Ese día era otoño, apenas otoño, un otoño de hojas que danzaban en círculos alrededor de Amanda, mientras alegres sonidos —no sabía de dónde venían— componían una musiquita extraordinaria. La niña sentía algo que solo comprendería ya adolescente: un sentimiento que entraba en su corazón y le dejaba una leve huella, como la huella de un ave fabulosa. Era el anuncio del amor, alhaja con noción de cántaro, que en esas orillas ásperas de baldío conocería en silencio una tarde antes de que se hiciera la noche.
El calor se había ido y el frío aún no llegaba. Era otoño y no tenía clases. Ignoraba la razón por la que no le tocó caminar hasta la estación del ferrocarril y viajar apretujada contra las piernas musculadas de su padre hasta la ciudad para concurrir a la escuela. Era feliz por esa circunstancia inesperada: se había librado, al menos ese día, de las inquisidoras monjas enfundadas en sus pesados hábitos negro y blanco, con arrebatos de mortaja, que le decían que todo lo que pensaba, decía y hacía era pecado, tremendo pecado, exuberante pecado que la haría descender por las escalinatas ardientes del infierno entre relámpagos de piedra y fuegos de agonía, a donde Dios la enviaría sin escalas para el eterno padecimiento por sus indecencias.
Ella, simple como el agua, no comprendía esos aullidos condenatorios del monjerío, que le hablaba de actos que nunca cometió y de los que no tenía conciencia. Sufría como una muchedumbre escarmentada, porque debía lidiar con las promesas de castigos de un diablo rojo como la punta incandescente de un fósforo de cera. Sí, habrá pasado sus infantiles tiempos gastando angustias tratando de entender cuáles eran esos pecados condenatorios.
—¡Niña! ¡Niña! —le gritaba al oído, como al pasar, un hábito alado que llevaba una monja vieja abrazada a la altura de su vientre de abismos—, ¡baje aún más su pollera por debajo de la rodilla!
—¡Niña! ¡Niña! —gritaba otra, salida de una baldosa blanca hecha de fría piedra de la sal de Edith—, ¡por debajo de la altura de la pantorrilla! Ambas aseguraban que el largo incorrecto de la pollera a tablas del uniforme decía del tamaño del camino hacia el infierno de los desvergonzados. Amanda suponía que ese pasillo hacia el infierno era en realidad estrecho y no tan largo; y, contradiciendo el rojo vibrante de las llamas ciclópeas del averno que describían las monjas suspicaces, imaginaba que al final de ese pasillo húmedo y oscuro encontraría una puerta azul interminable, tan alta que ni volcando por completo la cabeza hacia atrás alcanzaría a divisar dónde terminaba.
Luego, sin saber cómo ni por qué, tocaba el cuerpo que parecía cadáver de una niña que no era ella, sino otra, bellísima, envuelta en babas de diablo negras, rojas y blancas. Un hombrón de manos de gigante señalaba el cadáver con su enorme dedo índice y repetía un lamento al compás de un tamborileo gutural que provenía de unos dedos tan antiguos como secos. Terminado el lamento, le ordenaba tomar de los brazos el cuerpecito aplastado contra una figura arábiga estampada en las roídas baldosas, mientras él lo asía de las piernas y lo bamboleaba en macabro hamaque, para salir del pasillo hacia un lugar que desaparecía ante sus infantiles ojos, impidiéndole comprender del todo la premonición, mientras a lo lejos se oía el susurro del aria Nessun Dorma.
Pero a las monjas no les importaban los augurios —ni siquiera aquellos que llegaban acompañados en un andante sostenuto de negras y corcheas—, sino los reglamentos de papeles amarillos asediados de letras invencibles. Los habían estudiado renglón por renglón, palabra por palabra, sílaba por sílaba, como si en sus articulados se jugara el destino de la humanidad en un acontecimiento espeso y trascendente.
Si los reglamentos enumeraban los pecados de las niñas de polleras tableadas y piernas de flamencos, entonces sacaban de la morada de los inextinguibles formularios —donde las polillas hacían su agosto y llegaban a convertirse en sonoras brujas cargadas de embrujos tan increíbles como mortíferos— una carta perfecta que se enviaba a los padres para que se dieran por enterados de las felonías cometidas por las díscolas infantas. Ellos eran convocados para ser puestos al tanto de esas acciones pecaminosas. Las monjas preferían a los padres más que a las madres: ellos representaban mejor la autoridad, sabían cómo arrojar los tumultos de las indisciplinas al reducto de los castigos merecidos. Las madres, en cambio, se enternecían con facilidad y acariciaban con sus dedos de aire los cabellos lábiles de sus tiernas hijas.
Escandalosa fue aquella oportunidad en que Amanda fue pescada con la boca llena de Sur paredón y después —del que nunca supieron ni monjas ni padre cómo lo aprendió en música y letra—, aunque ella consideró que la mitad del pecado correspondía a una monjita alegre y jorobada que promovía su talento para el canto, y que, por lo tanto, la mitad del castigo debió corresponderle a ella. Pero Amanda ya había aprendido a guardar silencio sobre los secretos que llegaban como por arte de magia. Jamás delataría a esa jorobadita que la trató con mil amores y la puso al piano y al tango hasta engrasarse la crencha, como proponía un tal De la Púa que conoció por entonces.
Al regreso de la monserga de la Madre Superiora, debía cumplir las penitencias que las monjas imponían y alguna otra que su padre agregaba para que aprendiera a comportarse según los preceptos divinos.
A pesar de las voces de trueno de las monjas atentas, a pesar de los abismos de niebla y los bordes de cuchillos que prometían deshacer las carnes de las impertinentes, las musas orilleras, rantes y desvergonzadas que llegaban portando sus máscaras de hebras de palabras entre grises humos de cigarros y asuntos de amoríos poco santos, no la abandonaron nunca porque no se lo permitió, de compadrita. Encontró en su lunfarda compañía algo de humano, de costumbres, de viva arcilla después de que Adán Buenosayres le dio vida con su aliento a una atorranta en el desfiladero de la biología porteña.
Aunque aquella vez en que se la oyó recitar con aires de Merello “era una paica papusa, retrechera y rantifusa, que aguantaba la marruza sin protestar hasta el fin”, el escándalo alcanzó abominaciones bíblicas, de esas que solo Moisés se animó a descargar en nombre de Dios contra los famélicos ambulantes de la tierra prometida. De ese castigo Amanda no se olvidaría nunca, aunque su cómplice jorobada y alegre zafó gracias a la corajeada de la pequeña.
Pero aquel día otoñal sin clases la alejó de las amenazas rabiosas de sulfuros infernales. Sus ojos se colgaban de la calle de tierra que se perdía en la orilla de la laguna del fondo de la legua. Agua y tierra transparentaban en su encuentro una conversación de piedra y beso que invitaba a la niña a rumbear hacia el espejo metálico de la superficie chispeante.
Hacia allí se dirigió. Caminaba con paso corto, bamboleando desde su menuda cadera una tupida pollera llena de voladitos cosidos con elegancia, que pronto quedaría embarrada para disgusto de la madre, siempre pronta a reprenderla por sus descuidos con la ropa. Le recriminaba lo poco femenino que resultaba revolcarse en el barro de la laguna por atrapar sapos.
Amanda corría tras esos sapos feos, gordos y grandes, verdes y marrones, de ojos como bolitas y lenguas serpentinas, que saltaban como chispas bicolores escapando de sus manotazos. No le molestaba que la mearan cada vez que lograba atrapar uno entre sus pequeñas manos.
Su madre la reprendía por ese hábito “sucio”, gritándole “¡una inmundicia!”, mientras frotaba la ropa con el pan de jabón blanco contra la tabla de lavar y repetía “¡qué asco!, ¡qué asco!”. La advertía del peligro de la orina de los sapos, capaces —según ella— de cegarla con su venenoso chorro lanzado con puntería perfecta al centro de cada ojo. Magníficos lanzadores de meo, decía, esos sapos laguneros que organizaban su amoniacal venganza en dos chorros simétricos.
Pero Amanda sabía que nada de eso era cierto. Lo más lejos que habían llegado era a mearle la mano con que los sujetaba, y no por alardear de puntería, sino por puro miedo al apretón de su leve manita. Atrevida, aprendió incluso a girarlos oportunamente para que su orín terminara en la tierra: apenas un chorrito insignificante, una salpicadura que la tierra absorbía con absoluta indiferencia, como si se tratara de agua bendita y no de meo.
Vaciada la vejiga y apretujado en la manita fuerte, el animal quedaba resignado, esperando que le devolvieran la libertad. Para Amanda era un juego que la divertía como casi ningún otro. Cuando atrapaba un sapito lo sostenía largo rato entre sus manos, hasta que el animal se adormecía aburrido en esa prisión de dedos insignificantes. Luego, a la hora de volver a la casa —una hora que deducía por la posición del sol entre los árboles que circundaban la laguna—, liberaba al prisionero, que se sumergía en el barro para disimular su presencia ante cualquier otro niño que pudiera atormentarlo.
Pero no había más niños en el despoblado villorrio. Pasaría algún tiempo hasta que otras familias y sus críos llegaran al pueblo; cuando eso ocurrió, Amanda ya estaba entrando en la pubertad y su primera menstruación la alertó de los cambios profundos que su cuerpo experimentaba con el paso del tiempo. Entonces, sus juegos ya no involucraban sapos ni ranas ni extrañas martingalas para ocultar a sus padres sus andanzas. Como una ola de pétalos diseminados, aquella sensación de ave que la invadió en su infancia alcanzó su plenitud entre abrazos y caricias de manos palpitantes.
Mientras Amanda jugaba en esa inesperada alberca salida de una tormenta torrencial, una vaca la observaba rumiando pastitos tiernos. Rumia que te rumia desde la mañana hasta casi entrada la noche. Solo Amanda, la vaca y los sapos compartían la serenidad del paisaje silvestre, entretenido de llanura donde la hierba rumorosa reinaba provocativa, elevándose unos centímetros al cielo. El animal era dueño de toda la pastura que crecía como barba verde desde las orillas y se extendía centenares de metros a la redonda. Sin recibir orden alguna, cuando la oscuridad empezaba a campear, la vaca regresaba bamboleando sus cuartos traseros al compás de su cola de metrónomo, hacia el cobertizo con forma de medusa que su dueño le había construido para protegerla del rocío y, sobre todo, de las duras heladas que en invierno blanqueaban el paisaje con una espesa capa de hielo cristalino. Muchas noches de invierno, la luna salía entre los cirros y se volvía lunavioleta, como un sencillo anillo de hielo morado inhabitado, coágulo redondo de fosforescente frío.
Amanda bautizó a la vaca como “Fulana”, un nombre que escuchó a su madre pronunciar cuando describió a una compañera de trabajo como “esa fulana, gorda como una vaca”. Fulana llegaba cada mañana desde su cobertizo hasta la puerta de la casa canadiense, y respondiendo a la voz de mando de su dueño se detenía para ser ordeñada en los umbrales mismos de la casita. La vaca y Amanda se miraban con complicidad de tardes a la vera del estanque, sabedoras ambas de las vicisitudes de los verrugosos batracios, mientras una cantaba nanas y la otra rumiaba incansable las pasturas.
Todos los días sus padres compraban al tambero un litro de leche que caía cremosa de las ubérrimas ubres a un jarrón de loza fina, con su borde dibujado en filigrana de florcitas violetas. El tambero no desperdiciaba ni una gota de la preciada leche que manaba de las gordas tetas de la vaca, estrujadas rítmicamente por sus dedos enormes, adornados de sabañones que brotaban en invierno como imposibles maldiciones. Cuando llenaba el recipiente, miraba con tranquila sonrisa a la niña, palmeaba las nalgas del animal en señal de satisfacción y se frotaba los dedos enrojecidos que parecían a punto de estallar.
Amanda, asiendo el jarrón con firmeza, caminaba con delicadeza extrema. Mientras se dirigía hacia el interior de la casa, sentía el calor de la leche entibiando sus manos. Llegaba a la cocina, donde la madre recibía el jarro con igual cuidado y lo depositaba casi con solemnidad sobre la mesada de mármol blanco que se estiraba hasta la cocina económica, exhalando calor y olores de leñas blandas que perfumaban toda la casa. Separaba la crema espesa que flotaba como un irupé blanco en la superficie y comía algunas cucharadas de esa nata que, sin embargo, a Amanda le resultaba repugnante. En cambio, la leche tibia la despabilaba y la llenaba de energía. La saboreaba con rodajas de pan casero —amasado por su madre en la madrugada y cocinado en un horno de barro con forma de tortuga— untado con abundante manteca que el mismo tambero les proveía.
Luego, de lunes a viernes, salvo excepciones siempre festejadas, de la mano del padre al colegio. A rezar, a rezar, a rezar, y a veces a aprender. Adoraba la matemática y la música, y alguien le dijo alguna vez que todos los grandes músicos eran, de manera invariable, grandes matemáticos, aunque ni siquiera tuvieran conciencia de ello. Para ejercitar la aritmética, mientras caminaba por el patio de la escuela, sumaba los números que surgían al azar entre los juegos de las demás niñas, hasta alcanzar cifras extravagantes que la entretenían tanto como los meones sapos desesperados por zafar de su apriete generoso.
Era una virtud heredada de su madre —posiblemente lo único que le quedó de ella y no le pudieron arrebatar—, quien cumplía funciones en un ente estatal haciendo cuentas infinitas que provocaban el asombro de sus colegas. Ellos, de manos pesadas y dedos lentos, no podían competir con sus máquinas de calcular contra la mujer que los deslumbraba con su rapidez y precisión. Nunca se le conoció un error en ninguna operación, incluso de las más complejas. Resistió el uso de la regla de cálculo con la que muchos colegas se ahorraban el fragoteo con los insobornables números, mezquinando así el uso de materia gris para develar las incógnitas de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones que reclamaban ansiosos sus superiores.
Amanda se encontró con Bach por accidente, una mañana de misa, cuando ya llevaba meses como pupila. Fue a la vuelta de un salmo penetrante que sacudió su cerebro con los sonidos tubulares de un órgano gigante, desplegado en un abrazo increíble desde el piso superior de la iglesia del colegio, asomado al balcón frente al altar mayor. La jorobadita le abrió los misterios de fugas, tocatas y passacaglias que llenaron su corazón de un amor inigualable e inasible, guiada por un cura concertista.
Un viejo piano vertical alemán, olvidado en un amplio ambiente de la casa de su abuela paterna —del que nunca supo la procedencia y que no había sonado hasta que ella presionó por primera vez una tecla— fue el instrumento que permitió a los preludios y fugas de Bach desplazar sus amarguras. Cierto día, Eriseta, con el consentimiento de Miguel, prohibió volver al territorio de la fantasía de esas célebres músicas que amenazaban distraerla de lo que consideraba su verdadera misión como mujer: ser esposa-sirvienta de un platudo y garantía de descendencia para perpetuar el patrimonio familiar.
Cuando la música fue prohibida, ya estaba decidido su futuro, aunque Amanda no lo sospechara. Para garantizar el cumplimiento de su orden, la abuela vendió el piano a un ropavejero que deambulaba por el barrio tocando un chiflo metálico estridente, aunque soplara con suavidad. El hombre debió hacerse ayudar por su prole para cargar el instrumento en un carretón tirado por un caballo famélico y viejo, incapaz de alzar el cogote aplastado por un grueso yugo que hostilizaba su yugular.
Mientras vivió en el villorrio, Amanda tenía permitido visitar los fines de semana a los únicos vecinos del pueblo. Los bolivianos eran amorosos con los vecinos y, en especial, con la niña. La trataban como a una hija querida y la mimaban por demás. Trabajaban de noche a noche en quintas más alejadas, sembrando verduras, con la aspiración de ser contratados como puesteros en alguna estancia bonaerense. Cuando Perón asumió la presidencia, don Francisco “el boliviano” dejó la chacra y entró a trabajar en el ferrocarril, que tiempo después sería nacionalizado. Doña Carmen “la boliviana” también dejó la quinta y cuidó de su hija hasta el triste suceso de su temprana muerte, víctima de una peritonitis por el tardío diagnóstico de una simple apendicitis.
Generosos, los peones solían regalar a los vecinos canastos desbordantes de verduras. Amanda miraba con deleite los rojos y redondos tomates que se lucían entre el verde de las lechugas, puerros, verdeos, acelgas o tiernas espinacas. En recompensa, Anita cosía ropa para los vecinos. Les había regalado algunas prendas del matrimonio: a Francisco, un traje algo roído que recibió con sincera alegría; a Carmen, vestidos casi nuevos que ya no podía usar porque le quedaban demasiado holgados. Mientras Anita bajaba de peso por el esfuerzo de su trabajo y las tareas del hogar, la boliviana engordaba hasta dejar en evidencia un embarazo que logró disimular mediante un duro fajado diario, para no perder su empleo de tantera. Anita murió antes de que naciera Isabela Anita, nombre que Carmen eligió en homenaje a su propia madre y a la vecina fallecida.
Amanda corría de una casa a la otra, por la diagonal que las unía casi de esquina a esquina. Cuando se cansaba de corretear, se dejaba caer en medio de la calle de tierra en compañía de un par de perros cimarrones, que se acostumbraron a su presencia y desde entonces la acompañaban a donde fuera. Nadie podía acercarse a la niña sin su autorización: bastaba un “quietos” para que los perrazos comprendieran la orden sin necesidad de repetirla. Si alguien intentaba hacerlo sin esperar la mágica palabra, los celosos perros lo atacaban con furia.
El domingo era día de misa. Miguel aclaró a las severas monjas que los domingos no podían concurrir a la capilla del colegio para celebrar allí la misa semanal. El presupuesto, les dijo circunspecto, no incluía viajes ni sábados ni domingos: las monedas estaban contadas para los cinco días de la semana, diez centavos de ida y diez de vuelta para cada uno.
Las monjas debieron aceptar la decisión familiar, pero a condición de que la niña el lunes presentara un certificado de asistencia, extendido por el cura párroco de una pequeña capilla cercana. Era una papeleta de color celeste. Cuando Amanda preguntó por qué ese color, el cura le respondió, a modo de confidencia, que era el color del cielo, donde abundaban los ángeles bonitos y alegres como ella. Amanda sonrió incrédula: estaba convencida de que los ángeles no podían parecerse a ella porque eran todos varones, y por eso se hablaba de “los ángeles”, que muchas veces exhibían sus diminutos penes con total impudicia. Aceptaba que podían tener un aspecto a veces femenino, pero no encontraba contradicción entre ese toque alegre y la masculinidad manifiesta de los querubines.
A ese modesto templo las dos familias llegaban luego de caminar algo más de dos kilómetros, siempre hacia el norte por un camino de tierra que serpenteaba de izquierda a derecha como una broma. A cada lado, los pastos alcanzaban llamativas alturas y colores que iban del verde al rojo, a veces manchados de flores como burbujas amarillas, mientras flotaba el penacho plumoso del diente de león dispersándose en todas direcciones.
Amanda prefería la misa del cura párroco: menos extensa, hablada en criollo, libre de abominaciones espantosas. El hombre, de modos campechanos y desprovisto de soberbia, no hablaba en latín porque sabía que sus fieles —unos cuantos lugareños de pueblos vecinos— no conocían ese idioma. En cambio, de lunes a viernes, ella padecía la larga misa en latín. Y cuando fue pupila, algún tiempo después del nacimiento de su hermano y la muerte de su madre, la liturgia imponía riguroso ayuno, condición indispensable para comulgar la blanca hostia que el cura llamaba “el cuerpo de Cristo”, lo que hacía que Amanda se sintiera algo antropófaga.
Más de dos horas de rezos incomprensibles que la mayoría de las veces terminaban con ella de bruces en el piso, sin que ningún angelical ser mágico la asistiera cuando caía inconsciente. Despertaba en una sala blanca que oficiaba de enfermería, donde otras tantas muchachas hipotensas como ella iban a dar luego de los litúrgicos desmayos.

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 2 


Guadalupe es el vivo retrato de su madre. El día de su nacimiento no dudamos en considerarla la más bella de todas las mujeres. Postrados, reverentes, los soldados y yo rezamos el Ave María para dar gracias a ese vientre materno que había dado tanta hermosura en una niña.
«Santificado sea tu nombre», entusiasmados, entonamos algunas oraciones en musiquita litúrgica. «Bendito es tu vientre» … respondieron otros en contrapunto, alabando la matriz prodigiosa de la madre celebrada.
¿También a la edad de tres años, como los otros niños, dejará la casa para siempre?
Que su belleza sea el amuleto que la proteja del destierro, y nos llene de gozo a todos en este caserón, que buena falta nos hace. Amén.


II 

¿Y con nosotros qué va a pasar? 

—¿Y con nosotros qué va a pasar? —la pregunta de Anita no sonó angustiosa, aunque dejaba ver cierta preocupación. No podía dejar de batir los huevos en un enorme bol de vidrio: un acto reflejo, un tic nervioso con el que evitaba entrar en crispación. El bol se agitaba con cada vuelta del batidor y una espumita color naranja empapaba sus paredes con el intenso tono maíz de los huevos de sus ponedoras, una media docena que poblaban el gallinero que ella misma había organizado en los límites del lote.
Miguel no se sorprendió por la pregunta. Muchos, como Anita, en ese mismo momento se estarían interrogando con la misma inquietud. Los funcionarios de baja graduación estaban sometidos a consecuencias que escapaban decididamente a su voluntad. Sabían que su destino dependía del humor de los superiores inmediatos, capaces de virar de conducta con la misma velocidad con que la sudestada hacía mover las aguas tierra adentro. La inundación sucedía a la irrupción de esos vientos; el despido, a esos cambios violentos de orientación política. Quedarse sin trabajo en esas circunstancias era incorporarse al ejército de crotos que deambulaba en cualquier dirección tratando de sobrevivir a la malaria. El himno de los pobres se entonaba en todas las esquinas: «donde hay un mango, viejo Gómez». Anita lo había cantado en carne propia.
—Con ese ruido que hacés con tu batidor contra el vidrio no puedo ni escucharte. Paralo un poquito —Miguel reclamó silencio para hablar de ese asunto que les interesaba a los dos.
—No puedo, se me corta la mayonesa —dijo Anita con una sonrisa nerviosa. Miguel se acercó resignado y le pidió una mano.
—¿Para qué querés mi mano? Estoy batiendo los huevos.
—Puedo verlo, distingo el movimiento circular en favor de las agujas del reloj con el que persistís en amansar esos huevos. Olvidate de ellos por un momento, quiero leerte la suerte y responder tu pregunta.
Miguel sabía que Anita detestaba la quiromancia. Las artes mágicas le resultaban ridículas.
—Dejate de joder, Miguel. Mi suerte está echada hace años —hizo un movimiento con los hombros, displicente, desechando el reclamo de su esposo—. Bastante antes de que te conociera.
Miguel sonrió sin compromiso.
—Mejor respondé mi pregunta. Y haceme el favor: no mirés la mayonesa, porque si la mirás fijo también se corta.
La advertencia culinaria paralizó a Miguel, que desistió de avanzar hacia el bol de vidrio donde los huevos bailaban al compás del chis-chis del batidor contra sus transparentes curvas.
—Atentos a mi poderosa mirada, aunque cueste creerlo, el huevo y el aceite se vuelven inmiscibles. ¿Y nosotros? ¿Podremos reunirnos en cualquier proporción?
—Depende.
—¿De qué, mi amor? —Miguel trataba de parecer romántico y llevó sus manos a la cintura de la esposa. Anita estaba lejos de arrumacos y caricias. Primero una y después la otra, retiró las manos del esposo de sus perfectas caderas.
—Depende de tu respuesta. Y haceme el favor de mirar para otro lado, o mejor volvé a tu silla y quedate quietito. Las mayonesas son muy sensibles a los curiosos. Como nosotras, las mujeres. Si en vez de la mayonesa fuera el mayonesa, sería un ungüento soso, grasiento e insensible. Como ustedes, los hombres.
Así le ordenó que retornara a su asiento. Miguel se encogió de hombros y aceptó de mala gana; hizo burlas que la esposa no alcanzó a ver, aunque adivinaba. Mientras el hombre volvía sobre sus pasos, Anita repitió su pregunta endureciendo la voz, como hacía cuando algo la disgustaba.
—Te pregunté qué va a pasar con nosotros…
—¿Por la revolución? —Miguel se acomodó en la silla de esterilla frente a la pequeña mesa redonda, cruzó las piernas y retomó con fastidio la lectura del diario.
—Sí, no va a ser por los huevos que estoy batiendo.
—Calma, mujer, no va a pasar nada. Nada —respondió sin levantar la vista del diario.
Anita volteó para observarlo; desde su lugar podía leer los grandes caracteres de Cabildo, que anunciaban a gritos el golpe de Estado del 4 de junio.
—Cuando Uriburu nos echaron a todos —recordó aquella amargura que duró una semana.
—Pero Uriburu era otra cosa. Odiaba a los radicales desde 1905 y lo acicateaba la pluma de Lugones. Uriburu era otra cosa, mi amor… ¡Ya lo creo que era otra cosa!
Miguel suspiró, confundiendo a Anita, que nunca supo cuánto había participado la familia de su esposo en los asuntos del 6 de septiembre.
—Después de todo —reflexionó—, a vos y a mí nos reincorporaron a la semana y nunca tuvimos que pasar por el despacho del “Polo” Lugones, que antes de saludarte te descargaba 220 por las dudas. Me pasé unas buenas horas sentado a la puerta de la casa del ministro, pero al final accedió a recibirme. Me atendió el sirviente de librea, cogotudo como el ministro. Me miraba hasta con asco, ¡a mí! ¡Él, que era un siervo! ¡Qué mundo este!
—Me acuerdo. Si no fuera por ese “siervo” no te atendía el ministro. Él fue quien le insistió hasta que lo cansó. Si fracasaba, te esperaba “Polo”. Yo leí su legajo —tomó aire como quien necesita oxigenarse antes de avanzar en una empresa temeraria—. Daba asco ese “Polo”. Tipo de mierda.
—No exageres, no exageres. Alguien tiene que hacer ese trabajo.
Anita se exasperó ante ese justificativo, pero mantuvo la boca cerrada.
—En realidad, el ministro estaba entonado cuando lo vi. Le hablé con convicción, mientras el tipo me miraba sorprendido. Al final cedió a los vapores gratificantes del vino francés que degustaba y encontró razonable atender mi reclamo.
—Tu vanidad siempre te impide ver la sustancia de las cosas.
—¿Ahora resulta que soy vanidoso? —Miguel sonrió, pero de mala gana.
—El “siervo”, como vos le decís, fue el que lo convenció de que te atendiera.
—Ah… ¿y vos de dónde sacaste eso?
—Qué te importa. Le leí la mano al “siervo”. A nosotros dos nos reincorporaron, es cierto, pero a ninguno de mis compañeros de trabajo. Te pedí que hablaras por ellos.
—¡Querida mía! ¡Fácil decirlo! Hice lo que pude, no era ni soy delegado de otros. En esta empresa el sindicalismo está mal visto. Combatimos el sindicalismo. El clasismo es sinónimo de anarquía. El comunismo, de disociación. El yrigoyenismo, de corrupción —hizo una breve pausa para observar la reacción de Anita—. Hice lo mejor que pude —insistió sin convicción—. Por nada del mundo quería cruzarme con “Polo”. La sección política no sirve para hacer carrera, salvo de torturador.
—Ni hablaste por los muchachos, lo sé con seguridad. Solo hablaste por mí. Vos sabés que hay muchos alcahuetes que se dedican a comentar tus comportamientos. Algunos me convidan atentos sus chismes porque no se explican por qué estoy con vos.
—Hablé por vos porque te amaba.
—Ni estábamos de novios.
—Pero yo ya te amaba.
—Pse. Seguro.
—Lo hice para conquistarte.
—Lo único que conquistaste fue el odio de todos mis compañeros.
—Pero estamos juntos. Tan errado no anduve.
—Pero debías haber sido un poco más solidario.
—La solidaridad muchas veces se da de bruces con la política. El ministro estaba para dos favores antiyrigoyenistas, no daba para más —se excusó impostando la voz con un tono dramático.
—No dramatices conmigo, porque no es necesario —Anita hablaba conociendo el asunto verdaderamente.
—Mi vocación de servicio lo convenció, y tu calidad de experta en cálculo complejo lo asombró como a un niño. Eso lo convenció.
—Qué suerte que tuvimos vos y yo. ¿Seguro que fue solo el valor de nuestros currículums?
—¡Por supuesto! —Miguel exageraba su afirmación. Al hablar con toda la boca suponía que podía resultar convincente—. Después te recomendó con Justo, sugerencia mía, claro está. Joven, linda e inteligente. Justo admiraba esa mezcla extraordinaria. Pero del legajo de tus compañeros, el ministro no quiso ni hablar.
—Ni se lo mencionaste, Miguel. Ni se lo mencionaste. No insistas con tus justificativos.
—Más o menos. El ministro era un hombre de pocas palabras.
—Dicen que vos también tuviste pocas palabras entonces.
—Si preferías la chismografía a mi palabra, allá vos y tu mayonesa. Todos en tu oficina me odian —Anita movió la cabeza afirmativamente—, pero yo no tengo la culpa de la mediocridad de tus colegas.
La mujer ni quiso mirarlo por el desprecio hacia sus pares; sabía que, de hacerlo, el asunto terminaría en una pelea que esa noche no tenía ningún deseo de comenzar ni sostener.
—Así que, según vos, esta vez me tengo que quedar tranquila.
—Si me dejaras leerte la mano verías que no hay nada de qué preocuparse.
—Sí, muy tranquila. ¿Si la mano tiene clara de huevo la suerte cambia?
—No lo sé. ¿Cómo habría de saberlo?
—Hablá con el ministro de turno, seguro que él te puede hablar mucho de los que no tienen huevos.
—Imposible, ya se fue. Se fue y no volverá.
—¿Y Castillo?
—Un mediocre. Todos sabían que Castillo era un mediocre que se caía. Castillo de naipes: un viento y a la mierda…
—¡Shhh! No empieces a decir palabrotas, la nena escucha todo.
—Sí… perdón —Miguel cogoteó tratando de ver a su hija, que jugaba en su pieza—. ¡Amanda! —llamó a la niña con energía.
—¿Qué, papá? —se oyó responder desde la habitación.
—¿Escuchaste lo que dije?
—Sí, papá, dijiste mierda.
—Olvidate, por favor, de esa palabra.
—Sí, papá. Ya me olvidé.
—Qué bueno —esperó un momento tras sonreír por la obediencia mentirosa de Amanda—. En realidad, el hombre cayó por la maldición del “Hormiga Negra” —dijo por parecer gracioso, mientras espiaba a la mujer por encima del diario.
Anita casi dejó de batir con fuerza los diez huevos que había roto para la tortilla.
—Los chistes tuyos no hacen reír a nadie.
El hombre se desentendió del reproche.
—Miguel… —Anita esperó a que atendiera su llamado. El esposo se comportaba como si no hubiese escuchado su nombre.
—¡Miguel! —casi gritó Anita con voz fina.
—Amor mío, te oigo, te oigo. ¿Ahora qué pasa?
—Sabés lo que dice el refrán.
—¿Cuál de ellos? Conozco algunos…
—On ne saurait faire d’omelette sans casser des œufs —la sentencia la dijo en francés solo por fastidiar a su esposo, que detestaba ese idioma.
—¿Tortilla? ¿No era mayonesa? —Miguel preguntó intrigado.
—Con la misma ingenuidad con la que afirmás que nada nos va a pasar por culpa de la Revolución, justo cuando nos vinimos a vivir al “corazón de la sociedad bonaerense” —enfatizó su ironía—, aquí “en el medio de la nada”, creíste que estaba haciendo mayonesa. La mayonesa se hace solo con yema, no lleva clara. Yema y aceite, amor mío. Salvo por un accidente, son miscibles. Casi como vos y yo, y en cualquier proporción. ¿No ves la cantidad de huevos que rompí? ¿Pensaste que estaba batiendo mayonesa para un regimiento? Vos no sabés nada de la realidad: ni podés diferenciar una mayonesa de una tortilla. Y querés que me quede tranquila con tus seguridades sobre la “revolución”.
Miguel volvió a la lectura porque se sintió algo ridículo, aunque no alcanzaba a entender qué tenían que ver los huevos rotos en francés para la tortilla con la revolución del cuatro de junio.
—¿Y qué tienen que ver los huevos con la revolución?
—En todas las revoluciones —dijo enfática la mujer— hay que romper algunos huevos. Y, la verdad, espero que no sean los tuyos… digo los míos… digo “los nuestros”…
Miguel movió la cabeza de un lado al otro al escuchar la relación que Anita hacía entre los huevos y el golpe de Estado.
Amanda, desde su habitación, escuchaba la conversación que le llegaba entrelazada con el ruido del batidor de alambre contra el vidrio del recipiente. El hombre tenía a su derecha las ediciones de Crítica y La Prensa, traídas de la oficina donde prestaba servicios, y había un gran revuelo por el derrocamiento del presidente.
—Quedate tranquila, esto no traerá consecuencias. El asunto no tiene que ver con la política. Ya te lo dije: ¡es la venganza del “Hormiga Negra”! —volvió a bromear Miguel, buscando un atajo para salir del bochorno que le causaban las palabras de Anita.
—¿Esa es tu explicación política del golpe? —Anita susurró una maldición.
—Exacto, cosa del “Hormiga Negra”, a no dudarlo. Nosotros no nos metemos en política, por eso sobrevivimos cuando Uriburu. Ya te lo expliqué: no se puede comparar con el golpe del 30. Tus colegas eran todos radichetas, y encima del “Peludo”. Con esos antecedentes… si hubieran sido antipersonalistas, por ahí se salvaban…
—¡Ay, Miguel! —Anita suspiró para no enfadarse—. ¡Vos y tu gaucho famoso! —exclamó con cierta resignación y volvió a batir los huevos con rabia, por la mención despectiva contra sus compañeros y el presidente Yrigoyen. Agregó sal a los huevos batidos, un toque de pimienta negra, un tanto de ajo y otro de perejil.
—Te falta recitar que se meaba encima y le hacían un diario para él.
—¡Y claro! ¡Viejo gagá! —golpeó la mesita para parecer más enérgico con su insulto.
Anita lo ignoró. Lavó el batidor de alambre y sus manos bajo el abundante chorro de agua fría que la canilla lanzaba con fuerza desmedida. Frotó los dedos con fruición contra el delantal rosado, adornado con voladitos blancos, procurando que el roce con la tela le devolviera algo de calor a las manos entumecidas.
—Acá te hacés la guapa y parlás en francés contra el pobre Hoyos porque estamos “en medio de la nada” —Miguel soltó la ironía solo por provocar a su esposa. Disfrutaba de esos enojos que inflamaban el rostro de Anita.
—¡Ya lo creo! Esto no es “el corazón de la civilización nacional”.
Anita siempre se refería al lugar en el que habían ido a vivir como un sitio “horrible en medio de la nada”, habiendo tantos lugares lindos donde hacer la vida. Miguel respondía invariablemente: “pero no por esta plata”.
Cuando peleaba con su esposo recurría a insultos más variados y potentes para hablar de la soledad y la lejanía del nuevo hogar.
—¿No viste cómo la gente se mata por venir a vivir acá? Forman una fila de varios kilómetros, ansiosos de conseguir un terreno y una casilla a pagar durante treinta años. ¡Treinta años! ¡Una eternidad! Queríamos vivir nuestra propia vida, pero, amor mío, había otros lugares para radicarnos. Con esta casita te pasa como con las tortillas. Eso sí, ¡te lo advierto!, ni se te ocurra ir a pedir la escupidera a tu casa.
—No, mi amor —respondió Miguel moviendo la cabeza afirmativamente.
—Nos arreglamos con lo que tenemos. No nos va a sobrar nada y no nos va a faltar nada. Empate.
—Sí, mi amor —asintió Miguel, y siguió observando por largo rato cómo Anita restregaba sus dedos en busca del calor perdido por el agua helada.
Cuando Amanda escuchó la palabra “eternidad” en boca de su madre, trató de comprender, como siempre hacía, su dimensión comparándola con el tono de reproche de la voz materna.
—Vos, que sos más guapo que yo y te gusta estar “en medio de la nada porque te sale baratito”, vas a tener que ir a bombear agua al tanque. Queda poca. Si hace falta, pedile ayuda a tu amigo Hoyos o a las amiguitas del hormiguero, a la izquierda del duraznero. ¿Nunca viste ese hormiguero? Ya debe medir medio metro de altura. Si te llegan a picar todas esas… —apagó la voz todo lo que pudo procurando que Amanda no la escuchara—, el que se va a mear encima vas a ser vos.
La niña, sin embargo, escuchó claramente y soltó una risita torpe desde su habitación. La palabra mear la divertía.
Anita siguió hablando con el solo propósito de fastidiar a Miguel:
—Y va a salir publicado en todos los diarios del país para que se rían de vos todos los radichetas personalistas, como mis compañeros de oficina. ¡Ja, ja, ja! —carcajeó provocativa—. Con un gran titular van a anunciar que sos “Conservador y…” —bajó aún más el tono de su voz— “¡meón!”.
Amanda volvió a reír con fuerza. Anita concluyó que no había forma de que la niña no escuchara todo lo que se decía, incluso en voz muy baja.
—Ahora, por favor, a bombear agua al tanque…
—¿Ahora? ¿Hace falta? ¿Con este frío? —disgustado por la orden, Miguel se abrazó para señalar el frío que hacía afuera, en el amplio patio donde la bomba de agua estaba ya cubierta de escarcha.
—Sí, ahora. ¿No te enteraste de que “en medio de la nada” no hay agua corriente? Te dije a la tarde que había que cargar el tanque y te hiciste el distraído. Y mejor que te apures, porque en cualquier momento se corta la luz —Anita aprovechó para observar si los dos faroles sol de noche estaban en su lugar, colgando a cada lado de la alacena en la cocina.
—Vos sos peor que el “Hormiga Negra”.
—Seguro, porque soy colorada. Pico como la gran… —la señora no sabía quedarse callada en ninguna circunstancia.
—¿Quién es “Hormiga Negra”? —preguntó Amanda desde su habitación, sin abandonar su juego, sorprendida por el curioso nombre de aquel desconocido.
—Un amigo de la infancia de papá —respondió la madre en voz alta, para que la nena la escuchara con claridad—. Se orinaban juntos en la misma cama.
Amanda soltó una risotada tan infantil como aguda.
—No le creas a mamá, hijita, que está enojada porque batió mayonesa y le salió tortilla —la niña quedó asombrada de aquella transustanciación—. Es un tipo con cabeza de hormiga, y como bien dice su nombre, negra. Feo. Feísimo. Dos antenas enormes y unas tenazas con las que atrapa nenas entrometidas —Miguel respondió mirando hacia las sombras de la habitación de Amanda.
La niña se conformó con la respuesta. Sabía que su padre decía cosas ridículas para hacerla reír, y ella aceptaba el juego. El secreto era no volver a preguntar.
Miguel devolvió su atención a su esposa y siguió la conversación que había empezado con la mención del gaucho, aquel nacido en San Nicolás de los Arroyos que pagó con cárcel un crimen que no había cometido.
—Al “Hormiga Negra” nunca lo hubieras mandado a bombear agua al tanque. Ese era difícil de aguantar.
Anita se encogió de hombros con desdén.
—Siempre fui admiradora de “Mate Cosido”. Y si me jodés un poco más, te confieso que soy admiradora hasta de Bairoletto.
—¡Ah! ¡Esa era! ¡Ahora sos anarquista! ¡Lindo ejemplo para tu hija!
—¿Qué son los anarquistas, papá? —preguntó Amanda, más que curiosa.
—¡Nadie! ¡Nadie es anarquista! —pero Amanda no quería saber cuántos había, sino qué eran.
—¡Yo soy anarquista! —gritó Anita—. Anarquista de siempre, por si no lo sabías, querido “conserva”. Y hasta comunista, te diría. Después de Stalingrado, todo el mundo lo era. Odio a los nazis. ¡Viva el tío Pepe!
Miguel se tapó el rostro con las dos manos.
—¿Qué son los comunistas, papá? —Amanda lanzó su pregunta como una granada.
—¡Ay, Dios mío, las cosas que tengo que escuchar! —el hombre alzó las manos al cielo como si estuviera orando—. ¡Nadie! ¡Nadie en todo el mundo es comunista!
Pero Amanda solo quería saber qué eran los comunistas, no quiénes lo eran.
—Y a vos ni se te ocurra repetir eso en el colegio, que las monjas nos van a excomulgar a todos —le dijo a su hija, señalando hacia la habitación donde jugaba.
Amanda estaba tentada de preguntar otra vez, pero se distrajo arropando unos muñecos. De todos modos, con las monjas no hablaba ni media palabra: las detestaba, salvo a la jorobadita que la hacía cantar y reír y balbuceaba un idioma que llamaba lunfardo, imposible de entender a su edad.
—Ahora ya lo sabés —insistió Anita—: te casaste con una anarquista, casi comunista, y admiradora de un forajido que mató por amor. Pero así y todo te aguanto a vos, que sos antipersonalista, conservador y más molesto que una bombacha de lana…
Miguel soltó una carcajada que sonó en la casa como un trueno. Amanda saltó de la cama, sobresaltada por la risotada.
—¿Qué pasó? —se oyó desde la cocina la pequeña voz de muñeca.
Miguel, al tiempo que encendía un cigarrillo Abdulla extraído de una cigarrerita de cartón delgado, la serenó con paternal ternura.
—No pasa nada. Mamá me contó un chiste de unas hormigas que usaban bombachas de lana; uno muy bueno y me hizo reír.
Amanda se asomó a la cocina y vio la cajilla de cigarrillos. La señaló con su dedito: significaba que, cuando se acabaran, Miguel debía dársela para sus juegos. Amanda las coleccionaba como si fueran un tesoro maravilloso. El hombre asintió con un leve movimiento de cabeza.
—¿Y qué dijo mamá de las hormigas con bombachas? —Amanda quería saber qué clase de hormiga podía ser esa, metida en el asunto de unas bombachas.
—¡Cosas de grandes! ¡De hormigas grandes! ¡Enormes! De bombachas más grandes todavía. Vuelva a su pieza, hijita, y espere la comida. Deje a los grandes hablar sus pavadas, que no son para nenas como usted.
Amanda, sin protestar, giró sobre sus pasos y retornó a su habitación, donde dejó abandonadas unas muñecas y una pila enorme de cajitas de Abdulla. Pensó que su padre, como siempre, se burlaba de ella. Las hormigas abundaban por toda la zona y no daban lugar a risa. Además, ninguna usaba bombacha, y cualquier mujer sabía que las bombachas no podían ser de lana, aunque algunos calzones eran lo bastante gruesos como para parecer de cartón pintado y, por culpa del almidón, daban una comezón insoportable.
Siempre que las viejas de la familia hablaban de sus prendas interiores, responsabilizaban justamente al almidón como el atrevido que endurecía bombachas, corpiños y corsés llenos de ballenas distribuidas estratégicamente (para las más robustas), atormentándolas con esa comezón imposible de rascar con disimulo. Pero, maldecían, no tenía ningún efecto benéfico sobre la caída anatomía de los maridos de cada una de las contertulias.
Amanda escuchaba sin comprender aún a qué se referían esas tías gordas, de labios pintados de rojo furioso, que le dejaban huellas aceitosas de besos en sus pequeñas mejillas. Repetían con tono de burla: “¡Lavalo con almidón a ver si se le pone dura!”, y reían amargas mientras se codeaban y señalaban la presencia de la niña con sus puntudos mentones. Responsabilizaban a la flacidez de los esposos la frigidez que ellos les achacaban a media voz, mientras tomaban Hesperidina y jugaban al truco por porotos, haciendo corrillos sobre sus portentosas masculinidades de las que, últimamente, solo los blancos mingitorios de los bares podían decir cuál era el verdadero tamaño de sus mentiras.
Las viejas creían que la cola de quirquincho o el muña-muña podían asistir las carencias de los maridos, pero la ciencia desconocía esas virtudes e incluso advertía del peligro de ingerir esos tecitos que, aseguraban, podían resultar hasta venenosos.
—“Y bueno, entonces que sea, ¡viuda!” —soltó entre risotadas la más gorda de todas las tías, y se llevó el aplauso de las contertulias.
Algunas aprobaron de buena gana que, si era verdad que esos gualichos no remediaban la impotencia, no estaría nada mal que aceleraran la viudez que las acercaría a un merecido recambio. Reían despanzurradas mientras observaban, con el rabillo del ojo, a los gordinflones enfrascados en sus juegos de naipes.
Miguel observó cómo Amanda volvía a su cuarto. Apoyó el diario sobre la mesa de la cocina y se pasó las manos por la cabeza, acomodando su cabello. Exhaló con fuerza el aire de sus pulmones y movió la cabeza como quien reflexiona sobre un acontecimiento trascendente. Anita sospechaba que aquel comportamiento teatral solo buscaba distraerla de su pedido de ir al descampado a bombear agua. El hombre tomó nuevamente el diario y lo desplegó en toda su extensión.
—¡También Castillo! No era como el gordo Ortiz —exclamó, mirando por encima del borde superior del diario, que mostraba en su portada la foto de los jefes militares en el balcón de la Casa de Gobierno.
—¿Y qué tenía Castillo peor que Ortiz? —Anita acomodaba unas papas que pelaba con velocidad extraordinaria, mientras se ocupaba de contradecir al esposo cada vez que podía.
Miguel fumaba, y el humito gris del cigarrillo ascendía describiendo elipses como una espiral que se dirigía encandilada hacia la luz de la bombilla, colgada de dos cables de tela apenas abrazados por un cordón negro.
—Al revés, querida. Decí: “¿qué tenía Castillo que fuera mejor que Ortiz?”
—Pero todos sabían que Ortiz duraba poco. Vos lo defendés porque te ascendió; si no, serías castillista en vez de admirador de Ortiz.
—¡Y claro! ¿De qué comemos?
—De nuestro trabajo, que a los políticos les importa un bledo —Anita era escéptica respecto de todos los políticos que se presentaban como salvadores de la república.
—¿Cómo que no les importa? Si fue el ministro quien te recomendó con Justo. ¿No van todos en procesión a pedirte esos cálculos extraordinarios que solo vos sabés hacer?
—Pse… —dijo despectiva Anita—. Solo hago los cálculos que me piden porque planifican la planificación. Pura mentira. Nadie les lleva el apunte a esos números. Vos sos más importante para ellos. ¿No sos de los que predicen el futuro?
Miguel dobló el diario y lo apoyó sobre los otros dos que estaban en la mesa. Se frotó las manos, se levantó de la silla y llegó hasta donde Anita cortaba las papas para la tortilla. La abrazó por detrás y le habló al oído mientras rozaba con su lengua el pabellón de la oreja. Ella alzó el hombro para hacerlo desistir de la caricia. Miguel, obediente, retiró la boca, pero sus manos se escabulleron entre la pollera negra acampanada que caía hasta la pantorrilla.
Anita movió la cabeza negativamente con insistencia y golpeó dos veces el brazo de Miguel. En voz muy baja dijo algo sobre “la nena está en la pieza”. Amanda, en esa oportunidad, no alcanzó a oír qué decía su madre, pero presintió desde su habitación la escena. Algo vibraba en el aire cuando Miguel y Anita se abrazaban, cargados de una electricidad que la confundía. Entonces, inquieta y sorprendida, abrazaba a sus muñecos con tanta fuerza que parecía que haría saltar la estopa de sus rellenos.
Miguel dio unos pasos hacia atrás y palmeó los glúteos de Anita.
—Yo no adivino el futuro, solo analizo los hechos.
—Pse… —Anita secó las papas con un repasador de toalla—. Si es como tu capacidad de reconocer la diferencia entre la mayonesa y la tortilla, tus jefes están sonados.
—¿Así? Mirá vos. ¿La matemática te da patente de pitonisa? Te doy un dato, para que hagás tus cuentas: les dije que Rawson va a durar lo que un pedo en el viento.
—¿Así les dijiste? La nena escucha, guarango.
—La nena también se tira pedos —Amanda rió desprejuiciada.
—Como acabo de decirte, les dije que Rawson iba a durar un “pedo”. Ni siquiera un pedo, apenas un pedito —Miguel se vanagloriaba de su afirmación mientras hacía un ruidito con la boca. Amanda imitaba desde su pieza la onomatopeya.
—Mirá vos… sos adivino… Y le enseñás a tu hija cualquier cosa. Oíme, Parravicini, todavía no fuiste a bombear agua.
Miguel se asomó hacia donde estaba Amanda y sonrió cómplice con su hija. Hizo el gesto de subir y bajar la manija de la bomba de agua y agitaba su dedo índice negativamente. Amanda, moviendo la cabeza de arriba abajo, respondía que sí, que tenía que ir a cargar el tanque como lo había ordenado su mamá.
—Nada de adivinanzas, es pura información. Yo soy un hombre muy bien informado. Por eso me ascienden: tienen en cuenta mis habilidades.
—Qué bueno… De vez en cuando podrías mostrarnos alguna. ¿Y quién viene después?
—Ramírez.
—¿Ramírez?
—Ramírez.
—Y entonces andá a ver a Ramírez —Anita sacó del bajomesada una enorme sartén de hierro fundido y la apoyó sobre la cocina económica—. Por ahí él te asciende de nuevo.
—Ya estuve con él.
—¡Ah, qué vivo! Por eso sabés que al otro lo van a volar enseguida.
—Tres días —Miguel indicó con sus dedos el número tres—. Este se llama Castillo —señaló el pulgar de su mano derecha—; este se llama Rawson —mostró el índice—; y este se llama Ramírez —tomó el dedo mayor—. A este gordito que se llama Castillo se lo va a comer este que se llama Rawson. Y a este que se llama Rawson se lo va a comer este que se llama Ramírez.
—Pero te falta algo, adivino de tres dedos.
—¿Qué me falta? —preguntó Miguel, sin disimular su disgusto.
—Dos dedos. Los que se van a comer a Ramírez.
—¿Y vos cómo sabés? —Miguel, curioso, miró a Anita con suspicacia.
—Porque yo estuve con los otros dos dedos que te faltan.
—¿Y de dónde estuviste con esos dos dedos?
—Porque yo calculo el futuro en términos matemáticos, justamente para amigos de esos dos dedos. A los militares les encantan los números, y cuanto más grandes, mejor. Es como ir a la guerra, pero sin riesgos.
—¡Bueno! ¡Bueno! ¡Ese sí que es un progreso aritmético! Entraste en la gran política, entonces —exclamó Miguel con ironía.
—¿No dicen que no hay dos sin tres? Bueno, yo te digo que no hay tres sin cuatro, ni cuatro sin cinco. Así que agarrate los dedos que te faltan, porque esos que vienen son los más importantes.
—Mañana te hago una cita con Ramírez.
—Tengo peluquería, estoy ocupada.
Miguel rió nuevamente con entusiasmo. Amanda volvió a sobresaltarse.
—¿Y ahora qué pasa, papá? ¿Qué hicieron las hormigas esta vez?
—¡¿Hormigas?! —Miguel gritó al tiempo que alzaba muy alto a Amanda—. Dedos, muchos dedos.
—¿Dedos? —Amanda preguntó sorprendida.
—Muchos dedos en un plato hacen mucho garabato, Amanda… —Anita le dijo con delicada voz, mirando de soslayo a Miguel.
—Tengo hambre, mamá —la niña reclamó la comida.
—Hago la tortilla y pongo los bifes —la niña celebró la noticia.
—Alcanzame la plancha que está en el mueble debajo de la pileta.
Con esmero y mucho cuidado, Amanda sacó del bajomesada una plancha acanalada para bifes, tan pesada que necesitó auxilio para levantarla. Miguel se agachó hasta ella y la ayudó a alzarla hasta el mármol de la mesada de la cocina.
—Vos, amigo de las hormigas —Anita señaló a Miguel—, a bombear. Después ya no se va a poder porque se congela el caño. Cuando volvés, prendé la estufa a vela para calentar un poco la pieza de Amanda. Yo pongo a calentar arena para la bolsita de dormir.
El hombre, resignado, se calzó la boina, un gabán de cuero crudo con piel de cabrito por dentro, y buscó sus guantes de piel. Llevaba calzoncillos largos bajo el pantalón de pana que lo protegía del frío intenso de la helada.
Salió al descampado y, sin perder tiempo, se escuchó subir y bajar con fuerza y velocidad el émbolo de la bomba que mandaba agua hasta el pequeño tanque sostenido por una alta torreta, algo por encima del techo de la casa.
Amanda sonreía abrazada a la madre. Sin razón aparente, besó el vientre de Anita como quien descifra la promesa de una maternidad próxima que cambiaría la fisonomía de la familia para siempre. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 3 


La niña es música. Pura música. Suena como una cuerda que pulsa el destino. Es un prodigio, aunque nunca pronuncio esa palabra: lo excepcional, a veces, puede ser considerado pecado. Y por supuestos pecados se sufren castigos de los que mejor ni hablar.
El talento lo heredó de su madre, que la puso al piano casi como un juego infantil cuando apenas tenía tres años. Hice traer otro piano a la casa: un vertical que compró un soldado para mí con dinero de mis ahorros. Aquí no tengo gastos, todo me es provisto sin mezquindad, aunque sin lujos.
No fue fácil conseguir el permiso, pero conozco los caprichos de la burocracia al detalle y sé cómo ser persuasiva cuando me lo propongo. A los burócratas les gustan los informes, las planificaciones extraordinarias, la adulonería que los hace sentirse importantes. Después lucen sus papeles como medallas ganadas en combates que jamás han librado, sin haber oído nunca el ruido que hace una bala al incendiarse en el alma del cañón.
Los destinados subieron con cuidado extremo el piano hasta el lugar donde ya estaba el otro y los colocaron uno junto al otro, de modo que madre e hija quedaran en la misma línea y pudieran mirarse los rostros sin dificultad. Tocan sus músicas al mismo tiempo. La casa se llena de sonidos y nos envuelve en melodías, frases y armonías.
La madre, cuando toca, solo mira a la niña, como si el teclado fuera parte de su anatomía, como si llevara las teclas en sus dedos y fueran ellas las que hacen ir y venir, subir y bajar las manos con naturalidad. La niña escucha, repite, memoriza sin dificultad. Luego aparece su impronta, como una sorpresa entre las notas: sensible, apacible y poderosa cuando la composición lo exige. Posee una clara inteligencia musical, lo que a su edad es un raro privilegio.
La señora, cuando vio el nuevo piano, quedó tan sorprendida que no pudo hablar durante un buen rato. Luego discutimos, como es habitual. Es un entretenimiento. Si la peleo, le vuelve el color al rostro, que suele ser blanco, casi transparente, exangüe. Ella me grita “¡bruta!” y se marcha oronda, como si ese calificativo fuera un salvoconducto al bienestar.
Cuando no la asaltan sus fantasmas podemos entendernos con humor. En cambio, cuando sus monstruos arrebatan su mente, la locura se abre paso y todo se desquicia. La niña, entonces, escapa hacia ningún lado y se deja caer en los rincones oscuros de la casona, como si allí encontrara refugio seguro. Parece poseída mientras reclama contra unas babas de diablo que la atenazan hasta asfixiarla.
Alguien grita abominaciones desde una habitación en los altos de la casona y se escucha girar como un trompo metálico que silva al rozar su punta contra las baldosas de dibujos arábigos. Parece el baile de un cuchillo, la danza de un filo que se anuncia, el extraviado girar del tambor de un revólver. Luego baja por las escaleras como el ánimo de una sombra espesa, hasta resultar sofocante. Todos nos recluimos en silencio. El silbido se torna más filoso y lastima de solo oírlo.
Entonces solo puedo tapar mi cabeza con la almohada para ahogar esas monotonías artríticas que desfilan arrastrando sus desvíos por los pasillos de la planta superior. La víscera del odio late y la sangre fluye caliente. Bastaría una sola palabra para acabar con todo. Pero el hombre me repite siempre, severo: “lo único que podés hacer es rezar”. Aun así, rezar es un atajo que no calma. 

***

III 


Amanda
 

Amanda era pequeña, parecía frágil, pero no lo era. Su cabello castaño lucía bucles con reflejos rojizos que giraban lenta e ininterrumpidamente. Esos destellos helicoidales, imposibles de saber si iban o venían, alumbraban su frente, limitada por dos delicadas líneas que dibujaban sus cejas. Nadie podía decir si eran pintadas o no: describían su curvatura con extraordinario detalle, como acuarelas, cada trazo un cabello dispuesto con exquisita proporción.
Los ojos eran oscuros, con algo de luz y algo de noche, de agua torrentosa y de áspera tierra desplegada, relámpago compacto y martirio. Ojos como ningunos: redondos gotones de uvas negras, luciérnagas de cuarzo que destellaban y encandilaban si se los miraba fijamente, como un horizonte de metales. Esa intensidad la acompañó hasta el último momento de su vida y muchas veces fue el elixir pacificador al que el Ilustre acudía en días de desasosiego, cuando dudaba si encontraría vientos propicios para que la enseña patria flameara sin declinaciones.
En los párpados, pestañas bordadas que alargaban sus brillos ciliados como joyas ofrecidas a la sorpresa. La nariz, pequeña, semejaba un grano de cereal maravilloso, aún larvado, sin germinar, flanqueado por el noble ópalo de sus mejillas redondas de muñeca. Debajo, la boca: leves labios de amatista, cándidos y sugerentes, que descendían en un imperceptible rictus de somnolencia, torciendo con gracia las comisuras.
Su cuerpo estaba bien proporcionado, aunque solo era una niña. Al crecer no perdería esa armonía: torso breve, caderas que prometían, piernas no demasiado largas, pies inquietos que iban de aquí para allá por voluntad propia, arrastrando a la niña detrás, siempre apurada, deslumbrada de juegos fabulosos. Pero lo que más destacaba en Amanda no era su aspecto, sino su curiosidad: una punta de flecha afilada que disparaba su boca sin aviso, y a la que su padre temía con sobradas razones.
Así, mientras la niña se balanceaba indiferente, posando distraída, despachó su interrogante que impactó de lleno en la inseguridad paterna. Miguel dejó de lado lo que pensaba y, desorientado, intentó pronunciar una respuesta más o menos satisfactoria. No encontró palabras, aunque hurgó hasta el fondo de sus explicaciones.
—Eeeeehhh… —dijo monosilábico, casi onomatopéyico y perdido. En su cabeza sonaba el eco de la duda alargando la letra “e” como una clarinada de combate perdido de antemano.
Cavilando, se interrogó a sí mismo en voz alta:
—¿De dónde vienen los niños? ¿Qué te puedo decir?
Buscó un atajo salvador.
—¡Qué te puedo decir, Amanda!
—Lo que te pregunto, papá —machacó la niña—. ¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde? Eso me podés decir…
En cada oportunidad que preguntaba, miraba primero a la madre, que sabía eludir su mirada con la propia, no menos inquietante, y luego al padre, a quien los ojos de su hija le pesaban como el mismo cielo que Atlas debió sostener tras la derrota de los Titanes.
Miguel quiso demostrar serenidad, pero su rostro se encendió sofocado y unas diminutas gotas de sudor cayeron de su frente, haciéndole sentir pudor por el aspecto indefenso que adquiría al oír aquella pregunta. Amanda captó con facilidad el cambio de ánimo de su padre y eso la estimulaba a insistir.
—¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde vienen los niños? ¿De dónde vienen los niños?
Repitió la pregunta sobre ese asunto que la inquietaba como un fermento que brotaba de la intimidad de los tejidos, y que hacía ya algún tiempo daba vueltas por su cerebro. Ya no era una simple curiosidad que podía eludirse con un gesto despectivo, como otras veces sus padres se desentendían de esos interrogatorios inesperados.
Volvía tres veces con su pregunta. Siempre repetía tres veces aquellas que para ella tenían trascendente importancia, una costumbre que sus padres no podían explicar. Lo atribuyeron a una manía extraña para una niña de tan corta edad. No solo lo hacía de ese modo, sino que en cada oportunidad su voz sonaba más fuerte —aunque sin transformarse en grito—, exigiendo casi impertinente una explicación a quien dirigía su demanda.
Si no había respuesta, cada pregunta iba acompañada por un saltito hacia adelante, sobre un solo pie, como si jugara a una rayuela de la que los adultos eran apenas espectadores abrumados por su incapacidad de responder sobre un asunto tan humano. Para Amanda, ese impulso daba más vigor a su reclamo.
Sobre un pie, los bracitos extendidos suplicando, las manos abiertas ofertando sus filiales caricias, quedaba de su padre a la muy breve distancia de un suspiro. El hombre, confundido, humedecía sus labios con la lengua para aplacar una sed nacida de la zozobra. Oía la frecuencia de la respiración algo turbulenta de la niña y captaba esa vibración inquisidora que Amanda compartía con su madre, quien también sabía echarle encima sus preguntas como pequeños perros garroneros cuando quería una respuesta exacta sobre algún asunto de la casa, del trabajo o de la política.
La prepotencia en la voz se hacía más significativa, hasta alcanzar un tono monacal, raro para una niña de tan corta edad que tenía esa voz blanca, aguda, propia de los infantes. El alboroto inquisidor sonaba como la voz de cáscara reseca del cura párroco del colegio de monjas en sus interminables misas en latín, sermones llenos de abominaciones cavernosas y aullidos rojos y naranjas del averno.
La turbación del padre iba en aumento, pero eso no la conmovía: la estimulaba. Padre e hija quedaban frente a frente, una expectante y el otro mudo, ambos tomados de las manos en una especie de tregua necesaria.
El sol entraba por el amplio ventanal que daba a la galería de baldosas casi blancas con delicados arabescos rojos, calentando el comedor con la indecisión propia del otoño. Afuera, las hojas parecían pájaros amarillos que iban de aquí para allá batiendo sus alas nerviosas en la cámara nupcial de un cielo azul, donde las nubes trenzaban delicadas hebras blancas. Las preguntas se filtraban hasta el fondo de unos pinos que apenas se inclinaban simétricos, empujados por un húmedo viento en dirección a la laguna, siempre con rumbo norte.
Amanda ponía sus ojos sobre los del padre, advirtiendo que iba a reiniciar el oratorio de las preguntas incómodas, y canturreaba provocativa, con voz suave y melodiosa:
—¿De dónde vienen los niños?
—¿De dónde vienen los niños?
—¿De dónde vienen los niños?
Toc-toc-toc: tres golpecitos delicados con su pequeño puño en la gran puerta de las vacilaciones patriarcales. Toc-toc-toc. ¿Hay palabras ahí? Silencio, solo silencio. El padre estaba ausente de palabras.
La niña torció la cabeza hacia la derecha, decepcionada de la repentina mudez de su querido padre. Entonces hurgó las pupilas marrones de Miguel con las propias, tan oscuras como lobos negros al acecho. Percibió que sus defensas estaban al caer y suponía que pronto podría avanzar por el puente del silencio hacia el reducto fortificado donde se hallaba secuestrada la verdad que reclamaba.
Sin embargo, ni aturdido por un gualicho ni por el embrujo de esos ojos de arcilla negra, jamás revelaría lo que para él era un secreto vedado de la biología humana, al que las personas solo accedían ya entrados en años, cuando el sexo pasaba a ser un misterio de a dos. Era imposible que algo deshiciera su voluntad paterna de quedarse en silencio. Jamás respondería esa pregunta repetida tres veces y otras tantas más, porque simplemente no sabía cómo hacerlo.
Y no encontraba mentira alguna que a él mismo le resultara convincente. “Los trae la cigüeña”, se explicó en silencio. “¿La cigüeña?”, se interrogó. “Ridículo”.
¿Qué cigüeña volaría desde el país de no se sabe dónde hasta ese pequeño reducto bonaerense apenas habitado por dos familias en sus modestas casas?
En los fondos de las leguas bonaerenses, donde habitan proletarios y empleados de recursos medidos, no había cigüeñas ni las habría nunca. Había chorlitos, jilgueros, cardenales, loros multicolores y cotorras parlanchinas y gritonas: todas aves pequeñas, incapaces de llevar colgando de sus piquitos un bebé humano. Cigüeñas suburbanas jamás las hubo ni las habrá.
Miguel agitaba la mano procurando espantar a la mítica ave ante la sorprendida mirada de Amanda, que no adivinaba la razón de los manotazos que su padre tiraba al vacío. Menos aún sospechaba que esas manotadas buscaban ahuyentar a las zancudas de plumas blancas, patas rosadas y picos encendidos, entreveradas en sus pensamientos.
“Una semilla”, pensó que podría ser una buena respuesta. “¿Una semilla?”, se cuestionó de inmediato. “Sí, una semilla pequeña, una semillita”, se respondió con ganas, hasta parecer convincente. ¿Y dónde se pone esa semilla? ¿Dónde? “¡En el amor de la madre!” Se alborotaba. Buena respuesta: dónde sino en el amor de la madre.
“¿Y dónde queda el amor de la madre?”, se interrogó decepcionado. ¿Dónde? “Extravagante”, concluyó. Una semilla demasiado estrafalaria. “¿Qué clase de semilla germina un niño?” Era un salto a la ciencia ficción, a la que Miguel —Frankenstein mediante— no era para nada aficionado. Por otra parte, esa respuesta sería el pretexto de otra serie interminable de preguntas: “¿Qué semilla, papá?”, escucharía apenas formularla. “¿De dónde salió la semilla?”, sería el siguiente interrogante. Y el remate lo pondría a balbucear como hacen los infantes al comienzo del habla: “¿En qué lugar de mamá se pone esa semilla? ¿En qué lugar de su cuerpo está alojado el amor de mamá? ¿Y quién la pone? ¿Y cómo se pone? ¿Y por qué? ¿Y por qué? ¿Y por qué?”
Nada de semillas mágicas, nada. ¡Nada de semillas!
Amanda, indulgente, lo acariciaba con una ternura que hasta podría hacerlo lagrimear contra su voluntad. Ella se tomaba su tiempo para estirar el suplicio del interrogatorio. Sabía —no importa cómo— que se adentraba por una gruta de asuntos muy humanos. Había visto otros niños pequeños, bebés en brazos de otras madres, y nunca sintió curiosidad sobre el origen de cada uno. Pero cuando el acontecimiento llegó hasta su madre se volvió arterial, y desde entonces reclamaba su respuesta.
Intuía un suceso extraordinario, pero solo encontraba por confesión esos silencios paternos que tanto la intrigaban y hasta le provocaban una rabia furibunda, convocándola a recriminar contra ese mutismo que no provenía de la ignorancia, sino de un suburbio en donde las verdades eran prisioneras de prejuicios tan poderosos como las rudas tormentas que azotaban el paisaje del villorrio de tanto en tanto. Era el suburbio de la verdad, donde la mentira se pavoneaba agorera y alardeaba sus embustes metafísicos.
Acosado, Miguel solo atinaba a toser un catarro propio de los viejos fumadores de cigarros Avanti, que llevaban en las gargantas unas ronqueras toscas que sonaban como al raspar dos trozos de carbón de piedra. Tosía y tosía como si le extrajeran el oxígeno vital hasta del último alvéolo. Luego pensaba en una mentira, absurda, completamente absurda. ¡Nada de cigüeñas! ¡Nada de semillas! Una mentira del tamaño de una fruta, pero se atragantaba con ella cuando estaba por decirla, y allí quedaba, obturando la glotis, percutiendo siniestra las dos cuerdas vocales de la mentira.
Le quedaba un último recurso: frotar su cara con las manos en un acto reflejo que Amanda conocía a la perfección. Era el momento previo a ordenar a la niña irse a su cuarto y no molestar más con sus preguntas. De paso borraba con las manos las muecas de incomodidad que quedaban caprichosas estampadas en su rostro y las reemplazaba con una mueca de incredulidad poco creíble. Los ojos descifradores de la hija lo sometían a una incomodidad que no sufría ni siquiera en su trabajo, cuando algún superior le reclamaba una distracción o un error en sus informes.
Luego empezaba a rascarse la cabeza como maldecido por una alergia interminable. La hija sabía de la comezón que le producían ciertas preguntas.
A esa altura del fracaso, el hombre esperaba que lo salvara, aunque fuera a los apurones, Anita, quien sí sabía salir de cualquier atolladero como nadie. Ella lo miraba con picardía, hasta con cierta conmiseración, cuando abandonaba las operaciones matemáticas incrustadas en la planilla de cálculos que llevaba a todas partes como si ya fueran parte de su anatomía.
Como era de esperarse, la madre se mantenía inmutable y retomaba la resolución de operaciones complejas, números nigromantes que se presentaban al mundo común como acertijos sagrados llenos de misterios imposibles. No se dejaba distraer por el oratorio de las tres repeticiones de “¿de dónde vienen los niños?”, y menos se amilanaba por la mirada intransigente de la pequeña. La suya, cuando se lo proponía, era fría como un estanque helado y dura como un diamante de odio.
Quiso gritar: “¡Pero sí es una niña, Miguel! ¡Por Dios! ¡Si es apenas una niña! ¿Cómo te puede controlar una criatura que no tiene aún ni siete años?” Pero callaba, seguía atendiendo los enigmas matemáticos que su superioridad no podía ni sabía develar.
Cuando finalmente se oyó su voz, tanto la hija como el marido quedaron paralizados, como si un conjuro extraordinario los hubiese dejado suspendidos. La niña, atenta a la respuesta; el hombre, a la salvación que presumía estaba por ofrendarle su esposa.
—Los trae el doctor en su maletín de médico —dijo Anita, mintiendo con tal descaro que hasta sorprendió al propio Miguel, que desesperaba una respuesta.
Amanda se volteó para observarla. “¿Los trae el doctor en su maletín de médico?”, se preguntó intrigada. Desconfió por instinto de la respuesta, pero comprendió que no tenía manera en ese preciso instante de comprobar si su madre le estaba diciendo la verdad o burlándose de ella, como solía hacer en ciertas oportunidades.
Y llegar a la verdad no sería nada fácil, sospechaba. Hurgar los bolsillos y las carteras de los mayores era una habilidad que poseía la niña y que había puesto a sus padres en más de un apuro. Allí se había topado con souvenirs extraordinarios, de formas y colores variados, que las más de las veces ningún adulto reconocía como propio.
Pero revisar la cilíndrica valijita del médico y develar la incógnita era una empresa no solo muy difícil, sino hasta peligrosa. Los maletines de doctores podían esconder misterios reservados solo a ellos y a los que no debía nunca asomarse una niña de su edad. Utensilios sospechosos, aparatos sofisticados, instrumentos reservados al conocimiento médico, pociones milagrosas de vida y, por qué no, hasta de muerte. Elixires para el amor, pócimas para el odio, pastillas para el olvido, ungüentos para el recuerdo: todas sublimaciones de la ciencia hipocrática, tan alejada de las preocupaciones de una niña curiosa.
Por otra parte, rara vez él se desprendía de su bolso, al que mantenía asido con su pequeña manito como si llevara del cogote a un animalito tubular. Una vez que ingresaba a la habitación para auscultar a Anita, cargando su maletín, no había ninguna posibilidad de curiosear el contenido. La puerta del cuarto del matrimonio se cerraba, y lo que allí ocurría era un secreto entre ella y el médico. Un secreto que desesperaba a Amanda, pero al que le estaba expresamente prohibido siquiera asomarse.
Imaginó escurrirse hasta encontrar refugio debajo de la amplia cama matrimonial y allí monitorear la posición del bolso, que súbitamente había adquirido la solemnidad de una vasija ritual, y lograr, aunque más no fuera por un instante fugaz, dejar caer sus ojos hacia las entrañas del misterioso neceser en donde seguro se arrellanaría su hermano sobre blandos almohadones de fundas de color celeste y finas sábanas de hilo bordadas con primorosos angelitos y hasta flores en el mismo tono.
La niña solía recibir al hombre con abrazos y besos en cada oportunidad que llegaba y que él festeja con sinceridad. Pasaba por atenta, pero lo suyo no era amabilidad, era puro interés. El hombre la saludaba con ternura sin sospechar, aparentemente, las verdaderas razones de su cariñoso recibimiento.
—Hola Amanda –le decía sin sacarle los ojos de encima mientras acariciaba su cabeza.
—Hola doctor. ¿Va a ver a mi mamá?
—Así es. ¿Todo bien? ¿La cuidaste? –preguntaba con ternura.
—¡Claro! –respondía seria y decidida, aunque no estaba muy segura de cuánto la había cuidado en los últimos días. Se distraía con facilidad jugando con sus cajillas de cigarros y sus muñecos rellenos de fea estopa.
—Me alegro que la cuidés tanto. Seguramente tu hermano o hermana también habrán de estar contentos con tus cuidados. –La felicitó con cierta solemnidad y la siguió por el caminito de cemento que los levaba hasta la casa.
—Hermano –Amanda afirmó rotunda sobre el sexo del bebé–. Hermano –repitió sin dudar.
—¿Hermano? ¿Tan segura estás? ¿Yo no estaría tan seguro? Puede ser una nena, como vos. –El doctor la invitó a dudar de su afirmación. Amanda sintió una picante curiosidad. ¿Habrá visto dentro de su maleta que no se trata de un varón? Le resultaba inaceptable que ella estuviera equivocada acerca del sexo.
—Hermano. Será varón. Yo sé que será varón –el hombre se encogió de hombros y sonrió–. Lo que no sé es cómo se va a llamar. ¿Juan? ¿Le parece lindo nombre a usted?
—Eso tenés que preguntarle a tu mamá. Yo solo traigo bebés al mundo, no les pongo nombre ni los bautizo.
Amanda quedó fuertemente impresionada. Esas palabras “yo solo traigo bebés al mundo” la dejaron casi perpleja. “¿Cómo los trae?”, se preguntó, “¿en esa pequeña valija?” Tal vez resultaba muy cierto lo que su madre le dijo sobre las virtudes extraordinarias de ese maletín que visto desde afuera no parecía muy significativo.
Amanda, que parecía un lazarillo conduciendo al visitante hacia la casa, empujó la puerta de entrada que estaba semiabierta. El doctor era un hombre corpulento, al pasar por la puerta parecía ocupar todo el ancho y el alto de la abertura. Alto, muy alto, y desde la perspectiva de Amanda parecía aún más de lo que en realidad era. Amplia la espalda, redondos los hombros, musculosos los brazos, macizo el cuello. Sin embargo, su cabeza era de un tamaño indefinido. Si se la observaba de frente parecía enorme, pero por los lados se aplanaba hasta tornarse demasiado delgada para el volumen del cuello y los hombros que la sostenían. El piso de pinotea crujía bajo sus pies quejándose del peso del visitante.
La niña daba vueltas alrededor suyo en una especie de ritual que para cualquier observador ocasional podría resultar desconcertante; se detenía primero mirando de frente esa cabeza y, seguido, a los costados. Trataba de comprender ese acertijo que le presentaba el cráneo, aquel que mudaba de forma con solo desplazarse unos pasos a su alrededor. Al cabo de un rato, el doctor sacudía intencionalmente su cabeza de manera exagerada, acentuando aún más esa metamorfosis que inquietaba a la niña que observaba su cabeza mutante. Nunca se disgustaba por esa agobiante observación a que era sometido. Y no era esa la primera vez, ni sería la última, que le ocurriría. Él mismo en ocasiones notó ese extravagante fenómeno, pero se consolaba al atribuirlo a una ilusión óptica, seguramente producida por su desprolija cabellera blanca que caía casi hasta sus hombros, y por ciertas iridiscencias que su piel hacía al recibir la luz en determinado ángulo. Sus marcadas arrugas contribuían al desconcierto de esas mutaciones.
Cuando la cabeza era vista de frente, los ojos resultaban algo pequeños. Vistos de lado, se asemejaban a los de los peces, y siempre se tenía la sensación de que él podía moverlos con independencia uno del otro, como los camaleones. Sus orejas eran medianas y algo arrepolladas; el pabellón de ambas describía un repulgue desprolijo. Pero su nariz sí que era grande. Solo el tupido bigote, bifurcado hacia arriba, disimulaba un poco la voluminosa punta del tamaño de una ciruela, que lucía el mismo color morado de esa fruta, más aterciopelado y surcado de pequeñas venas rojas que amenazaban saltar hacia el observador en cualquier momento de distracción.
Los labios eran carnosos y parecían siempre resecos. Tal vez por eso insistía en mojarlos con su lenguaza carnosa y rosada, que los repasaba en uno y otro sentido de manera invariable: primero el superior, luego el inferior, para guardarse después en la cavidad de su boca, que adquiría una profundidad significativa por efecto de la oscuridad que se guarnecía en ella. Su mentón era cuadrado y prominente, saliendo hacia adelante, con un pequeño hoyuelo justo en el punto medio, cuya perfecta redondez y exagerada profundidad distraía a quien lo observaba.
Pero lo que Amanda no podía dejar de observar, aunque se lo propusiera —y por ello había recibido más de un tirón de orejas—, eran las manos del hombre. Brazos de fortachón, pero manos de enano: muy pequeñas, desproporcionadas, un error desprejuiciado de su anatomía, una confusión antropomórfica entre manos diminutas y brazos hercúleos.
Los dedos pequeños y rechonchos culminaban en uñas rosadas que lucían un borde muy blanco, como si alguien les hubiese pintado con esmero una línea delicada.
Luego de remangar la camisa y exponer sus gruesos y velludos antebrazos, lavaba en repetidas oportunidades sus manos en el lavabo del baño, con enjundia y un pequeño cepillito que sacaba de su increíble maletín doctoral. Las lavaba del derecho, del revés, de costado. Lavaba los pequeños dedos con dedicación extrema. Cada dedo, cada vez. Entre cada uno de ellos, con especial cuidado. Y luego cepillaba las uñas, una por una, empezando por el meñique derecho, pasando al izquierdo, y así con todas. Amanda lo observaba con descaro.
—Antes de tocar al bebé, lavate siempre bien las manos. No bien: ¡muy bien! ¡Como nunca antes! —la niña aceptaba la orden porque encontraba razonable higienizarse para tocar a su hermano.
Le llevaba un largo rato el aseo de sus manos. Luego, más arriba de las muñecas, emprendía con igual dedicación la limpieza de los antebrazos. Era un ritual interminable: tenían un diámetro exagerado, surcado de músculos rígidos que mostraban que en su juventud se había dedicado a trabajos pesados, quizás para solventar sus estudios. Luego volvía a lavar las manos ya lavadas.
Toda esa higiene la realizaba antes de entrar a la habitación donde lo esperaba Anita. Para auscultarla, usaba unos hisopos de algodón hidrófilo, como si no quisiera tocarla con sus propias manos. Uno estaba empapado en alcohol medicinal, el otro no. Parecían dos grandes fósforos de madera, pero con la cabeza hecha de algodón blanco y refinado.
Apoyaba el hisopo empapado en alcohol en el vientre cada vez más redondo, bajaba hasta la entrepierna y se detenía. Entonces apoyaba el seco y lo movía con delicadeza de un lado a otro, de arriba abajo. Estaba serio, como quien mira una foto conocida desde una posición de privilegio. Luego ponía los hisopos en un recipiente de vidrio y cerraba el envase con fuerza, con una tapa metálica oscura, de la que escapaban los bordes de una gasa que protegía la boca del frasco.
Sin que se sepa de dónde, extraía como por arte de magia unos gruesos guantes de látex, que calzaba con precisión. Palpaba la entrepierna, ladeando levemente la cabeza hacia la izquierda, hasta convencerse de que todo estaba como esperaba, sin mirar en dirección al cuerpo de Anita en ningún momento. Satisfecho, exhalaba con convicción el aire de sus enormes pulmones y sonreía.
—Todo bien, Anita —es todo lo que decía. Y Anita suspiraba con emoción.
Cuando dejaba la habitación y se preparaba para partir, nunca lo hacía sin antes lavarse las manos con la misma dedicación que al llegar. Luego de lavarlas con otro pequeño cepillo, más voluminoso, que extraía de entre los secretos de su bolso, las empapaba en alcohol, rociado con un perfumero de vidrio verde jade que impregnaba la casa con su aroma particular.
Después del ritual, observaba metódicamente las uñas de borde blanco, mirándolas desde arriba, de frente y del revés, solo para cerciorarse de su higiene.
En más de una oportunidad, mientras hacía esto, con el rabo del ojo descifraba la mirada de Amanda, que observaba a la distancia la boca abierta del oscuro maletín. Como si no diera importancia al examen obsesivo de la niña, volteaba cada tanto procurando parecer distraído y le sonreía cómplice. Amanda sospechaba que el hombre sabía qué busca indiscreta.
Cuando ocurría ese juego de miradas, el espeso bigote blanco parecía moverse con mayor independencia que otras partes de su cara. Sus puntas se erizaban hasta afinarse como extraordinarias antenas de insecto, aptas para el tacto y el olfato, y hasta para escuchar el más imperceptible capricho de una niña de cabellos enrulados, ojos oscuros y nariz respingada. Por ellas captaba los cambios en el clima de la casa y hasta en el ánimo de su pequeña anfitriona, que deseaba tomar de un golpe las dos manijitas del maletín y salir corriendo para ver, de una buena vez, el aspecto maravilloso de ese hermano prometido de alegrías.
Pero no todo era decisión en ella, y el doctor comprendía su vacilación, aunque no la naturaleza de la misma. Amanda dudaba de cómo tomaría su hermano esa incursión prohibida, tan repentina como intempestiva, de una curiosa de menos de siete años. Consideraba que Juan —o como fuera a llamarse— solo debía descansar orondo allí dentro, a resguardo de cualquier contingencia (incluida la curiosidad de la hermana), durante nada más y nada menos que nueve meses.
¡Nueve meses! Le había dicho su mamá que se tomaba el doctor en retirar al niño del bolso y entregarlo a los padres, con la condición de que lo cuidarían de la mejor manera. Eran nueve seguros y apacibles meses en que el fulano estaría sereno y a resguardo de miradas indiscretas de parientes y desconocidos, confiando en la pertinaz vigilancia del médico, en su sabiduría y también en esas pequeñas manos que, a pesar de su tamaño, infundían seguridad.
¡Nueve meses!, le aseguró ese mismo hombre de bigotes inmensos y cabellera blanca que poblaba desordenadamente su cabeza, para depositar al niño en los delicados brazos de su madre. Pero Amanda no podía recordar nada vinculado a ese extraordinario suceso. Cuando trataba de hacerlo, una extraña congoja la asaltaba, imaginándose allí dentro, sin mucha luz ni aire fresco, dentro de ese pequeño tubo de cuero.
¿Cómo era posible que un hombre, por el solo hecho de poseer esa pequeña y extraordinaria maleta marrón, pudiera hacer esperar ¡nueve meses! para entregar a los padres al hijo esperado? ¿Nadie podía intervenir para acabar con la tiranía de ese señor que ostentaba su tupido bigote de retorcidas puntas y que parecía crecer cuando ella lo observaba hasta hacer desaparecer los gruesos labios? ¿Por qué no dos meses, o tres, a lo sumo?
—Nada que hacer —dijo su madre, contrariándola—. Hay que esperar nueve meses completos. O cuarenta semanas. O nueve lunas.
Cifras que a Amanda le sonaban extravagantes. Y la advertía, frunciendo el ceño, que si alguien se atrevía a revisar su maletín, el doctor bien podía decidir que, en lugar de nueve meses, fueran diez u once.
—Así que es mejor que te alejes de los misterios del maletín, Amanda —recomendó Anita, y agregó amenazante—: los médicos suelen ser muy severos con sus pacientes, y en especial cuando se trata de un nacimiento. Pero son mucho más celosos de los secretos que guardan en sus maletines.
La niña se encogió de hombros como si no le importara la advertencia, pero la tomaba muy en serio. Lejos estaba en su ánimo de cargar con la responsabilidad de retrasar la llegada del hermano o de develar algún misterio médico que debía permanecer desconocido para ella. Eso sí: quería saber por qué el vientre de su madre crecía semana a semana, ¡y hasta por día! No encontraba verdadera relación entre el maletín del médico y ese abultamiento de perfecta lisura que empezaba a crecer y atraía su curiosidad tanto como los secretos del neceser.
Tenía bastante con un interrogante extraordinario. ¿A qué agregar otro? 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 4 


Miro por mi ventana el párpado frenético de la luna, abrir y cerrar, iluminando el ovillo de pedernal que surge de unas sombras peregrinas. Debajo de mi ventana escucho el rumor de la tropa, mateando escalofríos de cuentos y misterios. Saben que los observo, pero ellos no me miran: lo tienen prohibido. Portan sus máscaras de obediencia ciega, de colores agónicos, y me ignoran. Aunque uno de ellos, insistente, me recuerda. 

***

IV 


El maletín 

Amanda no tenía la menor duda de que el doctor había dejado a propósito el neceser a su alcance, abierto como un extraordinario animal despanzurrado, invitándola a curiosear en su enigmático interior. ¿Una tentación planificada por aquel hombre, dispuesto a poner a prueba su capacidad de obedecer las órdenes maternas? No sabía qué pensar. Disciplina y curiosidad se excluyen mutuamente la mayoría de las veces.
Mientras mordisqueaba sus labios sin lastimarlos y frotaba nerviosa sus delgados dedos, calculaba sus sentimientos. Su corazón latía acelerado y la sangre en su torrente llevaba un calor que sonrojaba sus mejillas. Movía la cabecita de un lado al otro, acomodando su cabello.
No había nada más urgente para ella que anticipar la imagen de ese hermano que esperaba ansiosa. Hasta lo auparía si se diera la oportunidad. Había visto bebés en brazos de otras madres, pero estaba segura de que ninguno sería como el suyo. Su anhelo por verlo y acariciarlo era tan poderoso que disipaba el temor a las penitencias que sufriría por la posible incursión hacia el cándido misterio del nonato. Ni sabía cuántas veces su madre le había advertido sobre las consecuencias de no respetar la prohibición. Y aunque el doctor nunca le habló del asunto —tal vez porque era apenas una niña de algo más de seis años—, suponía que tampoco se quedaría corto a la hora de reclamar mortificaciones por la violación de la intimidad de esa especie de vasija ritual, de útero pardo, apoyado provocativo sobre el amplio sillón que reposaba como un animal de cuatro patas poderosas, apenas se ingresaba a la casa, en ese espacio de tres metros por lado del living comedor acondicionado como recibidor de visitas.
Solo le preocupaba cómo reaccionaría su hermano, qué sentiría al verla anticipadamente. La sorpresa indebida induce al fracaso irremediablemente. Es un error que nace en los repliegues de un apurón mal decidido. Y no todo puede ser sorpresa. Tal vez la luz parpadeando primordial entre los dominios de las sombras, tal vez las flores con sus resplandores de colores y fragancias, tal vez una música de fragantes acordes mayores. Pero irrumpir ante esos ojos nonatos de manera inesperada… no sabía qué pensar.
Se tomaba su tiempo para resolver qué hacer. Nada de precipitarse para luego llorar por los rincones. Hasta ese momento nunca había debido tomar una decisión trascendente. Apilar sus cajitas de cigarrillos Abdulla, arengar a sus muñecas para que obedecieran sus órdenes, repasar tablas de multiplicar y desmayarse frente al altar para terminar sobre un camastro en la enfermería de las monjas, habían sido hasta entonces todas sus responsabilidades. Abrazada a las piernas del padre, viajar en el tren cargado de pasajeros somnolientos era apenas un juego diario.
Pero ese maletín, con su boca abierta diciendo con voz de donde vienen los misterios “vení aquí, Amanda, a ver a tu hermano”, le planteaba un desafío extraordinario sobre el que meditaba sesudamente a pesar de su corta edad. Meditar los asuntos con profundidad fue una característica que no solo mantuvo, sino que profundizó a lo largo de sus servicios a La Reliquia. Lo único que hasta entonces pudo sacarla de quicio fue el asunto de Guadalupe, que el suboficial “Pérez” se ocupó de acotar, recordándole severo las verdaderas razones por las que estaba prestando servicio en esa mansión.
Pero entonces Amanda era solo una niña, a la que un sentimiento desconocido husmeaba su humanidad como un tejón salido de la espesura de secretos hasta entonces ignorados. Era presa de cierta incertidumbre. Justo cuando creía que estaba cerca de develar ese acertijo que tanto la angustiaba desde semanas atrás, las cosas dejaban de comportarse como de costumbre para confabularse en su contra.
El tiempo no obraba del modo usual: se dilataba hostil, espeso, caprichoso. El piso de cemento coloreado con ferrite rojo del amplio living comedor ocultaba una borrasca bajo los pies de Amanda y se tornaba en una lámina secreta de tamaño planetario, como un árbol espacial, expandiéndose ya no como vapor, sino como testimonio de tierra y piedra que gravitaba poderoso, arrastrándola hacia abajo e inmovilizándola. El tiempo transcurría a diferente ritmo en las regiones de la desobediencia. Era una verdadera contrariedad.
Escuchaba con claridad que no sonaba el simple tic-tac del reloj sobre el estante, por encima del hogar donde aún quedaban restos de la última fogata, bajo dos tulipas coloridas de cristal yugoslavo. Era un tic-tac distinto al de todos los momentos conocidos: viscoso, lánguido, anémico. Se estiraba el tic, sosteniendo la “i” deliberadamente, y luego, cuando el eco apático se replicaba dentro de la delicada caja de la maquinaria, cedía su lugar al tac, gangoso e insoportable. La “a” se alargaba como un aullido surgido de una garganta de rústica alfarería; era una “a” agónica y fastidiosa, gutural.
Estaba apenas a un metro de distancia del tesoro, metro y medio a lo sumo, del mágico maletín. ¡Una distancia tan corta!, casi insignificante incluso para una niña pequeña y menuda como ella. Pero la conspiración del tiempo hacía que el maletín se alejara a una velocidad y una distancia inusitada. Cuanto más se apuraba por avanzar hacia el tesoro, este más se alejaba en medio de los agónicos tic y tac que se dilataban hasta lo extraordinario.
Nadie para socorrerla. Y, por otra parte, ¿quién la asistiría en esa desobediencia? ¿Anita? Jamás: ella misma la había advertido. ¿Miguel? Solo tosería sin detenerse hasta perder la voz con tal de no responder a sus preguntas. ¿Esperar la llegada de la abuela paterna, Eriseta? Inútil. Ella solo daba órdenes y solía no responder a nada. “¿Creen que estoy aquí para escuchar sus preguntas? No se equivoquen —decía engreída—, estoy aquí para que ustedes cumplan mis órdenes.” Y así ponía fin a cualquier diálogo.
El doctor la observaba desde su altura ciclópea. No había pronunciado una sola palabra desde que apareció el diferendo entre su maletín y Amanda. Una de sus pequeñas manos estaba apoyada sobre la boca, escondiendo una sonrisa, y los ojos habían dejado algo de esa forma íctica que los caracterizaba para tornarse cavernosos y profundos.
Prestaba atención al asombro de la niña con gesto sereno y cómplice. Llevaba sus dos manos a la cabeza y se acomodaba la cabellera a cada lado solo por hacer tiempo. Luego, tal vez sediento, pasaba su gorda lengua humedeciendo los labios como era su costumbre. Esperaba sin impaciencia.
No sabía qué buscaba la niña allí dentro, pero lo intuía: entendía que era algo trascendente, por su conducta, por su deslumbramiento. Del bolsillo trasero de su enorme pantalón sacaba un paquete de pastillas Billiken, rebosantes de mentol en pequeñas y picantes hebras blancas. Extraía una, la llevaba a la boca y la movía de un lado a otro con su lenguota. Luego aspiraba con decisión el aire impregnado de mentol y exhalaba satisfecho. El perfume llegaba a Amanda, que parecía salir de su ensimismamiento.
De pie junto al maletín, volvió la vista hacia el lugar donde el doctor permanecía quieto. Los dos se miraron hasta con dulzura. Amanda cerró los ojos y dio el último paso hacia la extraordinaria verdad por la que había preguntado durante semanas. El hombre movió satisfecho la cabeza de arriba abajo y esperó el acontecimiento.
Amanda quedó absorta contemplando el interior. Dejó caer los brazos a cada lado, inmóviles, y las manos permanecieron quietas; tenía el rostro demudado. Sus ojos, tan especiales, se ahondaron en su negrura de manera ostensible. El doctor, desde su distancia, percibió el brillo negro de esas dos uvas increíbles que eran sus pupilas.
Allí dentro no había nada, es decir, nadie. Había instrumentos médicos, varios, sin duda, aunque Amanda no sabía el nombre de ninguno. Pero no había ningún bebé. Ni pequeño, ni mediano, ni grande. Ningún rostro, ninguna alegría, ningún miedo. Nada. Ni siquiera una sospecha de que alguna vez hubiera estado allí, remoloneando sobre un almohadón celeste, cubierto con sabanitas de hilo al tono.
Entonces Amanda levantó la cabeza y miró al doctor. No sabía qué pensar; estaba confundida. ¿Ese hombre le habría robado a su hermanito? Quiso gritar, pero no logró que su garganta se hiciera oír como tantas otras veces.
—¿Qué buscás, Amanda, en mi valija?
La pregunta del doctor le pareció una verdadera insolencia. Era curioso que una niña sintiera ese sentimiento ante una simple pregunta. Consideró que los doctores no podían ser tan insolentes o desfachatados —palabra que su madre repetía cuando hablaba de cierta gente de su trabajo—, y menos ese, que venía a su casa desde hacía tiempo y era portador de un misterioso estuche donde se guardaban los bebés hasta que se cumpliesen los nueve meses, las cuarenta semanas o las nueve lunas.
No dudó ni un instante en preguntar por aquella desgraciada circunstancia.
—¿Dónde está mi hermano? —dijo, recuperando el tono monacal de otros momentos.
El living comedor adquirió un aspecto casi eclesiástico porque el sol se escondió durante un breve lapso tras unas densas nubes. El doctor se rascó primero el mentón y luego la coronilla, tratando de comprender con exactitud el contenido de la pregunta.
—¿Tu hermano? —dijo con cierta vacilación—. ¿Y dónde creés que debería estar?
Intrigado, con los brazos en jarra y las manos apoyadas en la cadera, esperó la respuesta de la niña. Amanda había virado a un color casi morado, presa de una rabia que para ella era muy justificada. Las nubes que tapaban los rayos del sol se deshicieron como simples hilachas de humo a la deriva del viento en las alturas.
—Ahí, en su valija —dijo señalando el maletín médico.
Un gesto indescifrable se apoderó del rostro del doctor.
—¿En mi maletín? —preguntó, sin poder evitar que una sonrisa se dibujara en su boca. Amanda deseaba reprender aquel gesto, pero prefirió continuar interrogando sobre el destino del hermano.
—Sí, en su maletín. Allí, adentro. ¡Allí! En donde lo trae y lo lleva todo el tiempo.
Esta vez el doctor se cruzó de brazos y trató de aparentar que tomaba el asunto con verdadera preocupación.
—¿Y de dónde sacaste que tu hermanito está guardado dentro de mi maletín?
Una pregunta que a Amanda le resultó tan obvia que casi pensó en no responder. Pero tratándose del destino de la familia, respondió con más energía:
—Mi mamá me dijo que usted lo tiene ahí y que se lo trae una vez por mes para que ella pueda ver cómo está creciendo.
El médico volteó hacia la habitación donde reposaba Anita y sonrió desprejuiciado. ¿La mujer estaría escuchando la conversación? Médico de pueblo, en todos sus años de trabajo había oído las explicaciones más risibles, absurdas y hasta atroces para no develar el misterio de dónde vienen los bebés: que los trae la cigüeña, que nacen de un repollo, que llegan en ancas de un viento mágico. Pero aquella invención le resultó extraordinaria.
Imaginó la angustia que padecía la niña cada vez que él llegaba a la casa portando su valijita milagrosa. El deseo reprimido de revisar su contenido para ver a ese ser extraordinario que pronto ocuparía la bella cuna que Miguel había encargado a un carpintero dos estaciones más adelante. Y sospechó también el despecho de Amanda cuando, por fin, pudo asomarse al interior del maletín y solo encontró el estetoscopio, las pinzas, las tijeras, manojos de gasa y algodón, sus perfumeros de alcohol y otras menudencias de su oficio.
Trató de ser claro, pero no cruel. Se agachó para quedar más o menos a la altura de la niña. Como era muy alto, prefirió sentarse en el piso. Amanda lo miró fijamente, aún con los ojos negros llenos de una cólera impensada para alguien de tan corta edad.
—Amanda, tengo que explicarte algo —le dijo procurando que su voz tuviera ternura. Estaba de buen humor, sorprendido por aquel invento materno, más cerca de una risotada franca que de un consuelo paternal. Sin embargo, se esforzó por ser afectuoso y no gracioso. Tomó a Amanda de los hombros y sostuvo la mirada inquisidora de la pequeña como pudo, vaciando su boca de toda expresión risueña. Ella esperaba una confesión satisfactoria, la merecía. No la amedrentaba ni su tamaño ni su título de doctor.
Es seguro que, en ese instante, él hubiese preferido que la propia Anita hiciera el descargo, pero Anita dormitaba indiferente a la revelación de su mentira. De todos modos, ella habría inventado otra mentira aún mayor, insólita, para explicar por qué el niño no estaba donde dijo.
Los bigotes del médico no apuntaban hacia arriba como siempre: pendulaban de un lado al otro, muy por debajo del mentón. A Amanda no la distrajo ese comportamiento desusado de los blancos mostachos que se mecían con independencia uno del otro. Era otro evento extraño, tanto como la dilatación del tiempo o los tic-tac gangosos del reloj sobre la chimenea.
—El bebé, Amanda, como has comprobado, no está dentro de mi valija.
No era la explicación esperada. Ella misma lo había comprobado al asomarse al bolso. Se encogió de hombros, indiferente, y frunció la boca en señal de disconformidad.
—Eso sería imposible, ¿sabés? —repitió “imposible” con una seguridad inapelable.
“¿Imposible? ¿Cómo que imposible?”, hubiese querido preguntar, pero guardó silencio expectante. Recordó brevemente cómo las monjas del colegio esquivaban todos los reclamos escondiéndose detrás de esa palabra: “¿Podemos cantar? ¡Imposible!” “¿Podemos jugar? ¡Imposible!” “¿Vamos a ir al cielo? ¡Imposible!”
Luego de un instante de balancearse de atrás hacia adelante, fue directo al grano:
—¿Y entonces dónde está? —preguntó casi desafiante.
No esperaba esa respuesta. Las palabras del doctor la tomaron por sorpresa, como si un viento invisible la empujara hasta hacerla caer al piso rojo, aprisionada contra él por una fuerza que no la dejaba levantarse.
—En la panza de tu mamá.
Amanda quedó demudada. Alzó la mirada para poner esos gotones negros que eran sus ojos en los ícticos del hombre, tratando de llegar al fondo de los mismos. ¿Cómo que en la panza? ¿Qué quería decir el doctor con eso de “en la panza de tu mamá”?
—Y te aseguro que está mucho más cómodo, calentito y cuidado de lo que estaría dentro de esa valija de cuero duro.
Esa revelación fue conmovedora. ¿En la panza de su mamá? ¿Cómo pudo el doctor hacer semejante cosa? ¿Se lo habría permitido su padre y por eso siempre se atragantaba con sus preguntas? ¿Por dónde había colocado al niño dentro de la madre? ¡Y cómo harían para sacarlo de allí! Pobrecito. ¡Y pobre madre!
El doctor, con cierta dificultad, se incorporó del piso y miró desde su inmensa altura a la desconsolada muchacha. Se sintió igual que cuando terminaba una cirugía, aunque todavía no estaba en condiciones de afirmar si su intervención había sido exitosa o un rotundo fracaso. Acarició la cabeza de Amanda, no por prejuicio ni condescendencia, sino porque era difícil para él penetrar ese sentimiento de vacío que su revelación le había producido.
En ese instante, los extraños ojos del doctor, que solían fugarse a cada lado de su narizota color ciruela, alcanzaron un celeste planetario, raro, muy raro, que Amanda tomó como una verdadera revelación. Los bigotes parecían retomar su posición habitual, apuntando hacia arriba, pero el hoyuelo pertinaz que la niña miraba con desconfianza desde que lo conoció estaba oculto bajo un pelambre blanco y tupido que superaba al mentón por varios centímetros.
Amanda quedó desorientada por ese repentino cambio de apariencia, pero mucho más por la revelación inesperada. El doctor la invitó a acompañarlo hasta el cuarto donde reposaba su madre en la amplia cama matrimonial, sobre almohadones y almohadas cosidos especialmente por la vecina.
Si ella lo deseaba, le pediría permiso a Anita para que apoyara sus manos en el vientre redondo y tal vez sentir algún movimiento eléctrico del bebé dentro del útero. Amanda consideró la sugerencia una verdadera provocación. Tenía prohibido entrar a la habitación mientras el doctor estaba con su mamá, y aquello de tocar el vientre materno la espantaba. Mientras el médico se dirigía hacia Anita, Amanda buscó su muñeca de trapo preferida y salió a la galería que daba a un descampado más verde que nunca. Se sentó al borde del piso y abrazó a la muñeca con fuerza. Luego la meció mientras miraba hacia el fondo del campo, donde unas luces jugaban a encender los pastizales con colores que se transformaban en pájaros cantando sus trinos con emocionada afinación.
Desde esa oportunidad no volvió a recibir al doctor en la puerta de la casita de madera canadiense. De lejos, apenas alzando una manito, lo saludaba con indiferencia. Ya no le parecía tan alto ni tan fuerte, ni reparaba en esos ojos que se deslizaban hacia la nuca como procurando independizarse uno del otro. Para colmo, el doctor afeitó al ras sus bigotes, y esas peludas antenas erizadas hacia arriba ya no bailaban delatando sus sentimientos.
Dos meses después —o tres, Amanda no lo recordaba— la llegada de la abuela paterna Eriseta junto a su papá, en un inmenso auto negro que estacionó junto a la entrada, la sorprendió. Eran sucesos extraordinarios: el auto enorme, la abuela cascarrabias, el padre alterado como nunca antes lo había visto.
Anita salió caminando, sosteniendo su abultado vientre con ambas manos. En ese momento Amanda sintió enormes deseos de ir en busca del doctor, el que no sabía a qué embrujo había sometido a su querida madre introduciéndole un bebé en la panza, para patearlo con esos hermosos zapatos de charol con tirita que le habían regalado por un motivo que no podía recordar. Miguel la besó más amoroso que nunca.
—¿A dónde vas con mamá? —preguntó Amanda.
Mientras se acomodaba en el asiento delantero junto al chofer, Miguel le respondió con voz temblorosa:
—Al hospital.
Tal vez su madre estuviera enferma de esa hinchazón descomunal que la obligaba a caminar con tanta dificultad, tomándose el vientre por debajo con ambas manos. Desde la ventanilla trasera, Anita saludó a Amanda alzando la mano y agitándola delicadamente. Cuando el auto aceleró para partir, le lanzó un beso que sonó con voz propia.
Eriseta y Amanda vieron partir el vehículo en dirección a la salida del villorrio. Amanda no tenía la menor idea de dónde quedaba el hospital. La abuela, con un empujón, le ordenó entrar en la casa.
Afuera, la tarde caía con parsimonia. Los pájaros amarillos, hechos de hojas secas, volaron entusiasmados, y la luna se aprestaba a volar desde la cavidad de la tarde-noche hacia las ondulaciones de la calle, que se sumergía en la laguna como lo hacía todos los días. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva” – Hoja N° 5 


No quiero rodar al fondo de una pena que se agranda. ¿Qué edad tengo? ¿Cuánto tiempo pasó desde mi llegada? A mi lado, una lámpara galopa su luz dinástica e ilumina los harapos de mi cama. La noche embiste como una bestia de linaje de piedra.
Suspiré a Guadalupe cuando la vi caminar hacia un rincón donde envolverse en esas sombras que arrojan su áspera investidura de tormento. Lloró la niña y besé sus lágrimas. Asumo esas babas de diablo como propias.
Oigo un catarro de cadalso. Alguien orina en el árbol reseco de los fondos. 

***

V 


El dolor de Vitruvio 

No sabe dónde está el niño recién nacido: lo llevaron de prisa a un lugar donde dijeron que estaría bien cuidado. ¿Mejor que con ella? Imposible. Apenas un instante lo tuvo entre sus pechos y lo llenó de besos. Fue cuando gritó su llanto con fuerza, y eso la llenó de vida. Luego vino el silencio en esa cama que no parece cama, sino cornisa de cuero duro y frío, donde la recostaron, rodeada de paredes tan blancas como la claridad de unas mortajas de muchas muertes.
Anita ahora duerme. ¿Sueña? No, soñar es otra cosa. Siente la profundidad del tiempo en una cavidad de colmena, como una sacristía silenciosa, con algo de frío último, sumergida en el fondo compacto de una vasija de barro milenario.
Duerme como el agua duerme: atenta a los vaivenes de las orillas empuñadas en piedra, y mantiene una vigilia hasta ese momento indescifrable.
Luego de un lapso que parece silencio o que parece sangre —tal vez apenas segundos, tal vez minutos, tal vez horas— comprende. No puede medir el tiempo de a puñados ni calcular la medida exacta de una luz que desvanece sus brillos.
La oscuridad se hace omnipresente, crece como una raja negra. Y la luz se disipa en tiniebla junto a un hedor que se presenta con apariencia humana.
Por el borde de la cama llega un perfume que parecía olvidado, sepulto en una madriguera temprana donde se dejan asuntos de alimañas. Huele a cigarro. Es un olor que trepa por los bordes del camastro sobre el que reposa. No debería sentir ese perfume penetrante, ácido, prohibido, del humo de un cigarro que se aproxima a la velocidad de una pequeña nube doméstica con su impúdica puntita incandescente.
El humo toca su frente, y a escasos palmos de sigilo puede descifrar el brillo de la brasa que pasa sin quemar a la altura de los ojos, a la simple distancia de una pestaña. Pero amenaza tormentos espantosos: una ampolla en los frágiles bordes de su vulva se promete si levanta la voz o exagera un sonido delator. Nadie debe enterarse: es un secreto que cicatrizará como cicatrizan las peores heridas.
La brasa se retira a prudente distancia y el humo la roza satisfecho. No es el suave tacto de una mano de humo: es húmedo y viscoso, un unto erizado sobre la cándida piel, delicada cáscara de rosas.
El humo se hace lengua de papila terrosa, frota su frente y le dibuja una arruga de tinieblas. La arruga se ilumina con la brasa, pero conserva su apariencia de arruga en el lado oscuro de la luna; desciende dibujando formas circulares por el ritual del torso hasta el abdomen sonrosado, cándida piel, delicada cáscara de rosas.
La saliva deja una marca como una herida que, de tan confundida, no sabe sangrar, y se espesa en ese ungüento detestable. Quisiera deshacerse de ella, arrancarla feroz de un manotazo, pero un dedo de brasa ardiente la reprende, señalándola con su punta incendiada, lista para tatuar carnívora una cicatriz fosforescente.
La baba se nutre de su espanto, que rueda a los tumbos, como si le ardieran los ojos de pavuras. Humeante, crece aferrada a la piel de su cara y promete penetrar por la pupila dilatada con una magnífica púa.
Como un capricho de olor, ese perfume baja por su cuello llevado por la misma lengua que recién le ensalivó hasta las cejas. Baja la curva secreta de sus hombros y descubre esa geografía casi abstracta que se ofrece en el edén de un cuerpo fascinante. Pétalos de rosa sumergida, cuerpo palpitando allí tendido en un homenaje de desnudez que sangra su virginidad hasta agarrotarse de odio.
Más allá de las curvas de los hombros, dos senos como flores puras reposan en los aposentos de un perfume perfecto, mientras el pecho sube y baja de desesperación, cargando en los pulmones el aire del cigarro que la enferma.
El cuerpo adolescente de Anita es maravilloso: arterial, latente, fresco, fértil. Lo descubrió mientras un ojo, a través de una rendija, la observaba implacable. Lo tapó con sus pequeñas manos, tratando de ocultarse de la devoradora mirada, aquella que aún la muerde, dejando cardenales y heridas a su paso.
Se reconoce a simple vista esa anatomía prodigiosa como la pensó el artista. Allí está, impúber, inscripta en un cuadrado y un círculo perfectos, alrededor de los cuales suena una trompeta matutina, una lejana música de lamentos, a través de la cual una voz suave y cadenciosa repite un negro spiritual con sus enigmáticos mensajes libertarios. Desde la música, una religión magrea a unas muchachas negras que recogen copos de algodón en una plantación interminable, mientras sangran las manos de esclavitud y unos blancos ricachones desnudos ríen pecaminosos, bebiendo un elixir elaborado con la sangre de esclavos despostados.
Si se la observa a la distancia de unos siglos, sería, sin duda, la mujer de Vitruvio, confirmando las observaciones sobre la naturaleza humana. Tal vez Vitruvio, si no el propio Leonardo, hubieran podido despejar el humo-baba de ese légamo viscoso que hilvana un collar alrededor del cuello hasta la corola misma de los senos espantados contra el fino esternón, puente de hueso que siente la asfixia de un cuerpo que lo aplasta definitivamente.
El humo palpa con sus secreciones las medidas de ese cuerpo humano que la naturaleza decide en las riberas de un útero perfecto. Anita recuerda, como si acabara de enterarse por una “Orden del día” recién llegada a sus manos: “cuatro dedos hacen una palma, y cuatro palmas hacen un pie, seis palmas hacen un codo, cuatro codos hacen la altura del Hombre”. El hombre la aprieta y la socava.
Y “cuatro codos hacen un paso, y veinticuatro palmas hacen un hombre”. Mientras bufa devorador, el hombre la socava.
Le separa las piernas lo suficiente como para que su altura disminuya un catorceavo, y estira y sube los hombros delicados de rocío hasta que sus dedos alcanzan el borde superior de la cadera de brusca despedida. Deja en evidencia su útero nupcial extraordinario, para encontrar el lúbrico centro geométrico de las extremidades separadas, mientras hurga su ombligo con la lengua y el rancio olor a cigarro anuncia que, en el espacio entre ellas, se abre un triángulo equilátero perfecto, hacia donde se dirige, frotando con ese ácido perfume la angustiada humanidad adolescente.
Desde el nacimiento del pelo hasta la punta de la barbilla tiembla la niña en la décima parte de la altura de ese hombre, y el hombre la socava. Desde la punta de la barbilla a la parte superior de la cabeza es un octavo de su estatura que se espanta, y el hombre la socava. Desde la parte superior del pecho al extremo de la cabeza será un sexto del hombre que jadea, y el hombre la socava. Desde la parte superior del pecho al nacimiento del pelo será la séptima parte del hombre completo, y el hombre la socava. Desde los pezones a la parte de arriba de la cabeza será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava. Desde el codo a la punta de la mano será la quinta parte del hombre; y desde el codo al ángulo de la axila será la octava parte del hombre, y la mano completa será la décima parte del hombre, y el hombre la socava. El comienzo de los genitales marca la mitad del hombre, y el hombre la socava.
El pie es la séptima parte del hombre que empuja los suyos hasta torcerlos en dirección a la nada, y el hombre la socava. Desde la planta del pie hasta debajo de la rodilla será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava. Desde debajo de la rodilla al comienzo de los genitales que se inflan será la cuarta parte del hombre, y el hombre la socava.
Anita debería llorar, pero no puede. Quisiera llorar, pero no puede. Suena una larga amenaza que la aturde y que, aun en esa mañana, la domina: lleva ese caimán de dientes rojos, serpiente de permanente azufre, borde de cuchilla de piedra, hasta las entrañas que sangran sodomizadas como calandrias muertas. Le dice en voz muy baja: “Este es nuestro secreto, calla, para siempre calla”. Y el humo se hace perpetuo veneno que arde en llagas del tamaño de un puño.
En el instante mismo en que discute esas lágrimas con la memoria, escucha un grito distinto del humo ardiente de la baba humana: es un grito que corre espantado por un ancho pasillo reclamando ayuda. Apenas oye el tropel de gente que llega hasta su camilla. Alguien dice que un charco inmenso de sangre, maraña de líquidos y coágulos, se ha desprendido desde su entrepierna, que luce roja como una manzana herida.
Alguien grita “¡Se muere!” y busca obligar a la hemorragia a desistir en ese preciso instante. Pero la hemorragia la desangra hasta los huesos.
Anita solo querría que le quitaran ese olor de cigarro que va de su nariz hasta el cerebro. Quiere amputar ese recuerdo y solo eso. Pero no encuentra el modo. No quiere llevárselo puesto como una mala ropa de tejidos negros.
El tropel grita y desespera mientras la hemorragia se abunda de coágulos pequeños. “¡Póngala cabeza abajo, cabeza abajo!”, gritan a coro unas mujeres de rostro indefinido. Pero en esa posición le duele la cabeza como nunca, y el olor del cigarro se hace más penetrante a la altura en que queda su rostro.
Anita sabe que solo los hombres mayores que deambulan impunes por la familia fuman esas cosas apestosas. Se recuerda niña, temblando entre los brazos de su madre, quien también llora como si compartiera la misma desgracia. Ejerce unos últimos suspiros. Toca con su recuerdo la pequeña humanidad de Amanda y suspira aliviada. Pero Amanda no sabe quién la toca y corre hacia la tiniebla de una enorme casona, donde otra niña se atrapa de babas de diablo negras, rojas, blancas, frente a la inmensidad de una puerta azul que nunca se abre, vencida de tinieblas.
Anita quiere dormir, pero el tropel de gente no la deja. Quiere dormir con ese frío raro, esa celada extraña que le acaba el calor de la sangre a cada instante. Los golpes en la cara la confunden, y mucho más los gritos como loros desbocados que revolotean a su alrededor, funesto presagio.
Piensa en el niño recién nacido y lo llama Ícaro. Ella eligió ese nombre y le dará unas alas para que emprenda su vuelo extraordinario. Las suyas ya ardieron, quemadas por la brasa impúdica del cigarro que la abraza con ese olor a hombre que la socava. Retorna a Amanda y ejerce su última sonrisa.
Cierra los ojos. ¿Sueña? Solo cierra los ojos y se olvida de la vida en un suspiro. El ruido cesa, el párpado sucumbe, la boca se vacía de palabras. Llega un crepúsculo y la muerte entra al territorio de la vida, alzando su definitivo muro de silencio. 

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 6 


Sonó la música de los dos pianos: un arrebato de corcheas. Los hilos del pentagrama conservaron la substancia extraordinaria del eléctrico aroma de una sonata emplumada de sulfúrica estirpe, de ritmos invencibles, de frases ardientes, de ráfagas sincopadas. Respiré serena al oler los sonidos.
Hacía tiempo que no disfrutaba el coloquio de madre e hija sin las perturbaciones de las tres babas de diablo. Un puro pájaro enarboló su vuelo entre una polvareda de nubes que temblaban vidriosas de emoción sincera.
Dejaré mi ventana abierta para que, inclemente, el viento entre y revuelva mis cosas a su arbitrio. 

***

VI 


Seremos felices 

Eriseta vistió a Amanda como para salir de visita. No solía atender a su nieta: tomaba distancia de la muchachita por la que no evidenciaba ningún sentimiento amoroso. Puesta en la obligación por las circunstancias, asumió la tarea con la misma severidad con la que encaraba cualquier asunto.
La mujer era obsesiva y reparaba hasta en el menor detalle de la vestimenta, manipulando a la niña como si fuera un muñeco de trapo. Así se comportó a lo largo de toda su vida: con sus hijos, con sus otros nietos, con quien fuera. No iba a cambiar por ese trance. Ruda y exigente hasta el cansancio, a ella había que responderle siempre de buen talante y con prontitud.
En el pasado nunca dedicó sus desvelos a vestir a una niñita: siempre trató con varones. Su esposo no contó para nada en los asuntos de crianza; era un ser intrascendente salvo por sus relaciones, fortuna y posición social. Sus hijos eran cuatro, y tres de ellos fueron dóciles a las órdenes de una madre que solía alzar la voz como si fuera un general en plena acción de combate. Cuando no obedecían de buen grado, ella encontraba el castigo justo para reparar la indisciplina. Miguel siempre fue el más díscolo y desobediente. Amanda era un permanente recuerdo de ese comportamiento “pueril”, diría la mujer, que tantos disgustos le provocó y contra el que no hubo razón ni amenaza que lo hiciera renunciar a su enamoramiento.
Eriseta nunca aprobó la relación de Miguel con Anita. Cantaba burlona: “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, algo que a Miguel le resultaba hasta gracioso y a lo que no respondía, cualquiera fueran las circunstancias en que su madre buscara provocar una discusión. Por otra parte, Miguel amaba la mirada de Anita, y reconocía en esos ojos un amoroso embrujo, por los que él sí podía decir: “Que al mirarme me matan de amor”. Esa mirada la heredó Amanda, y Miguel la disfrutaba con paternal delicia.
Amanda soportaba con exagerado estoicismo, para su corta edad, el trato descomedido de su abuela paterna. Tenía tanto de angelical como de enigmático el comportamiento de la niña, quien en esos momentos solo estaba angustiada por saber de su madre y de su hermano. Tal vez en esa angustia radicara el secreto de su paciencia.
Eriseta la movía de un lado al otro sin delicadeza, mientras observaba cómo se ajustaba a ese cuerpito el vestido que eligió para ella. La niña la miraba no sorprendida —Eriseta no tenía la capacidad de sorprenderla—, pero sí intrigada y con fastidio por tanto celo en el arreglo. ¿Tal vez fueran al hospital, donde estarían Anita y Miguel recibiendo al hermano? No lo creía. El comportamiento de la mujer no prometía ningún momento de felicidad.
Repetía la abuela paterna como un padrenuestro, mientras observaba a la niña desde todos los ángulos posibles: “Rigor, disciplina, disciplina, rigor. He ahí la fórmula”. Y así la trataba, con rigor, buscando imponer —aunque fuera esa sola vez— el sentido de la disciplina como ella lo entendía: un adiestramiento espartano para emprender cualquier empresa en la vida y hasta en la propia muerte.
Eriseta exigía una caída perfecta del volado del cuello mariposa, acompañando con elegancia la forma redonda del pequeño pescuezo; pequeño y redondeado, por el que resbalaba oronda la luz que entraba por el ventanal desde los fondos del descampado, traída por una pizca de brisa que olía a la humedad de la laguna. Cuello como un tallo lleno de gracia, largo, tal vez un poco largo, con algo de flamenco que mira a cada lado por descifrar el paso de la tarde, mientras el sol calentaba levemente los minúsculos músculos e iluminaba con gracia el movimiento. Solo cuando se convencía de que aumentaba la gracia de la anatomía del cuello, pasaba a examinar con igual cuidado otras partes de la ropa que consideraba debían quedar perfectas para agraciar a la niña.
La curva densa de los hombritos bajo la tela debía sugerir la redondez de una manzana roja y el brillo de un oro vegetal lleno de vida. Pasaba su mano por el torso liso de la muchachita para asegurar que descendiera en suave cascada hasta la cintura diminuta, pero redonda, que luego se volcaba a un lado y otro en una cadera que se prometía perfecta cuando creciera hasta hacerse mujer.
Del mismo modo recorrió la espalda de arriba hacia abajo hasta el borde preciso de los glúteos, ordenando a la tela seguir el movimiento de su regordeta mano, alisando la sospecha de unas sombras de arruga que, para ella, afeaban el conjunto que representaba la niña. Luego de la caderita —que la hacía bambolear a un lado y otro para observar el movimiento de las tablas del vestido— se bajaba hasta el dobladillo, que repasaba entre sus dedos para asegurarse de algo que Amanda no comprendía.
Amanda sabía que no debía preguntar —aunque lo deseaba, porque la curiosidad está en la esencia vital de cualquier niño— a qué se debía ese atuendo de paseo que la había hecho vestir, ni por qué tanto esmero para que el vestido luciera impecable. No preguntaba por desconfianza, una emoción potente que apagaba su intriga como se enfrían las pretensiones cálidas de los vientos al tocar las rudas montañas de los continentes. En verdad desconfiaba de todo lo que hacía y decía su abuela Eriseta.
La desconfianza es un sentimiento poderoso si está avalada por una fuerte sensación de desamor. El amor, en cambio —y Amanda así lo percibía de sus padres— le daba esa confianza intensa, ese estado de satisfacción por el que siempre se sentía protegida por Miguel y Anita de un modo maravilloso. Podía sentir ese abrazo paterno, esa caricia materna, tan intensos aun sin rozar piel con piel, y que duraban un tiempo dilatado, prolongándose de una manera singular como en ninguna otra circunstancia ocurría. Lejos estaba de reconocer un cambio brutal en Miguel que jamás alcanzó a descifrar, tal vez por el dolor que le provocaba.
Pero la desconfianza también tenía otras razones, y no eran infundadas. Eriseta rara vez respondía espontáneamente una pregunta. No importaba el tenor de la misma, y no solo las que le formulaba su nieta: podía no responder a cualquiera, sin dejar nunca muy claro a qué se debían sus evasivas. Era su modo de imponer distancia y de tomarse el tiempo necesario para no responder de manera inadecuada o, directamente, reservar en el silencio sus verdaderas opiniones o sentimientos.
A Amanda la ignoraba de un modo diferente, como si sus infantiles preguntas fueran dardos que penetraban su corazón y la herían de manera irreparable. La miraba con recelo, imperturbable cuando oía la pregunta, indiferente hasta con exageración, tratándose de apenas una niña que solo preguntaba cosas de niña.
La artimaña de la mujer consistía en dejar pasar la pregunta y aprovechar otra oportunidad para responder a la que ignoró de inicio, muchas veces con otra pregunta. Así siempre se reservaba la última palabra. Vanidad del silencio, jactancia de las palabras.
A la niña le llevó algún tiempo comprender el ardid de su abuela paterna para no responder en el preciso instante en que le formulaba una pregunta. Como ya llevaba su condición musical impresa en sus cinco sentidos —y esa condición estaba signada por el rigor matemático—, cuando descubrió el método se volvió indiferente.
En el instante en que Amanda se aburrió de ese mecanismo elusivo de su abuela, si preguntaba algo lo hacía con picardía y al instante se marchaba sin esperar la respuesta. Así dejaba a Eriseta con los silencios en la boca, que se le caían como rabiosa espuma, muda como una tenca, moviendo sus anchas caderas en espera de que la niña retornara tras su orden, como el ave que abanica sus tres colas en señal de disgusto.
Era su pequeña venganza. Si no había palabras que respondieran sus preguntas, tampoco habría oídos para escuchar explicaciones que ya no interesaban. Eriseta aborrecía ese comportamiento, pero a Amanda la deleitaba.
Al vestido rosa, centímetros más abajo, lo seguían las medias tres cuartos, blancas, con vivos al tono que completaban el atuendo. Pero para esa oportunidad los zapatos eran los abotinados de suela de goma y color negro. Amanda los detestaba, pero su abuela los amaba.
—Se camina mejor con estos que con esa porquería de tiritas —le explicaba, mientras la niña la aborrecía por obligarla a llevar esos tamangos duros y pesados.
Eran los que usaba para la escuela y, por otra parte, eran obligatorios. Las monjas le habían dicho que unos buenos tamangos —y usaron esa palabra que sonó a pampa dilatada— eran primordiales para una buena educación. Cuando Amanda repitió eso a su madre, Anita rió a más no poder, pero se negó a explicar sus carcajadas. Solo habría alimentado la rebeldía de la pequeña.
De poder elegir, no hubiera dudado en calzar los de charol, justamente “esa porquería de tiritas”. Lo repitió como loro entusiasmado: “de charol, de charol, de charol”, tres veces seguidas, como cuando hacía sus preguntas inquietantes, esas que le provocaban accesos de tos a Miguel. Pero Eriseta hacía como quien oye llover. ¿Qué podía hacer Amanda? ¿Quejarse? La abuela no le respondería, porque ese era su modo de imponer sus criterios: en silencio, muda, sin palabras, haciendo lo que se le venía en gana, mientras la otra parte desesperaba una respuesta.
Si no podía usar esos, que eran los de paseo, prefería unas alpargatas negras que le había regalado Miguel una tarde hacía algún tiempo y que Eriseta detestaba, porque las consideraba una “burda chancleta”, calzado “de cualquiera”. Afirmaba que ninguna niña decente debía andar calzada de alpargatas, algo propio “de chinitas” y no de gente decente como debería ser esa niña.
Cuando acabó el ritual del vestido, señaló en dirección a la puerta de calle. Eriseta, con el brazo extendido y su dedo índice amenazante, parecía más regordeta que de costumbre. Amanda notó la diferencia, aunque no estaba en condiciones de explicarla. Tal vez la luz, tal vez la ropa que vestía la mujer, tal vez la desacostumbrada cercanía.
La mujer era algo baja, de cabeza pequeña, como una redonda piedra rosada en la que crecía una cabellera algo rala que pudo ser de color castaño, pero que estaba entrada en canas y por eso siempre la llevaba teñida de un color casi rojizo intenso, peinada de peluquería. La cabecita se apoyaba en un cuello rechoncho, del que bajaba una modesta papada hasta una pronunciada arruga que lo separaba del tórax.
Cara redonda, nariz prominente y ojos indiferentes bajo dos cejas que se disfrazaban de tajitos insignificantes de color marrón intenso. Boca no muy grande; siempre los labios pintados de un rojo furioso y pegajoso. La niña detestaba ese beso viscoso que quedaba estampado en sus pequeñas mejillas y que luego Anita debía limpiar hasta irritar su piel.
Las orejas se disimulaban debajo del cabello; de todos modos, eran pequeñas y colgaban de sus lóbulos enormes aros pesados de oro veinticuatro, una verdadera rareza, engarzada alguna piedra preciosa o perla legítima.
Amanda reparaba en la hinchazón que provocaban los gruesos y dorados broches que aferraban los aros a la carnecita de los lóbulos, como verdadera dentellada de diminutos insectos carnívoros. Las prominencias se ponían rojas y brillosas, sanguíneas, amenazando estallar en cualquier momento. No importaba cuán hinchados estuvieran esos lóbulos: Eriseta jamás se sacaba sus aros hasta que regresaba a la casa y aliviaba a sus orejas del tormento.
De busto grande, muy grande, estaba obligada a usar un corsé rebosante de ballenas de acero para sostener sus voluminosos senos. En más de una ocasión Miguel bromeaba sobre el tamaño de los pechos maternos, y eso le valía la reprimenda enérgica de Anita, que detestaba ese tipo de chistes. Sus reproches los hacía en voz muy baja, y por ello Amanda nunca pudo escuchar qué le decía a su padre cuando bromeaba sobre el asunto de las tetas maternas. En una oportunidad, sin embargo, captó algo referido a la envidia del tamaño de no supo qué cosa. A Amanda los comentarios paternos sobre su propia madre la divertían, aunque no siempre podía descifrar la picardía con que él se refería a la anatomía de su abuela.
Eriseta ya no podía disimular el volumen de su abdomen, que sobresalía con voluntad propia. Era caderona, y siempre achacaba esa condición a los cuatro hijos —“todos varones”— que había parido, como si el sexo de los hijos justificara en algo la dimensión de sus ancas. “Todos de mi legítimo esposo”, agregaba, como si esa enunciada fidelidad resultara útil para disminuir en algo el tamaño de sus caderas.
Dos cortos bracitos ponían entre paréntesis el busto y el abdomen, que rebasaban esos límites, empujando hacia afuera los antebrazos y las manos que solía llevar apoyadas a los costados de su panza comprimida por la ruda faja corsé. Esa trama abigarrada lidiaba con su anatomía con estoicismo conmovedor, soportando los embates del sobrepeso.
Era de espalda corva, demasiado corta desde el cuello a la cintura, con los hombros algo hacia adelante. Sosteniendo la espalda, sus glúteos redondos y macizos parecían avanzar hacia la cintura con el expreso cometido de hacerse notar, exagerando su verdadero volumen.
Llevaba zapatos de taco bajo: detestaba el calzado sin taco, sentía verdadera repulsa por el mocasín, pero había abandonado el taco aguja hacía unos años porque no soportaba el exceso de peso y amenazaban con romperse en la oportunidad menos deseada. Era algo que la horrorizaba. Se imaginaba entrando al Teatro Colón para participar de la gala de ópera en la que se representaría Il Trovatore de Giuseppe Verdi, y caer desde el último escalón de la entrada hasta el borde de la calle, por la traición de un par de stilettos ansiosos de vengarse de los martirios a los que eran sometidos por la vanidad femenina.
Eriseta sostuvo un buen tiempo su brazo extendido, señalando hacia la salida. Con la otra mano daba empujoncitos a Amanda para animarla a ganar la calle y dirigirse a su destino.
Cruzaron la calle en diagonal. Amanda descifró de inmediato a dónde se dirigían: ese camino lo hacía todos los días, varias veces al día.
—¿Vamos de Carmen y Francisco? —preguntó. Como era de esperar, Eriseta no respondió la simple pregunta de la niña.
—¿Esa es la casa de la boliviana? —preguntó ella, lo que podía considerarse una respuesta. Amanda la miró extrañada, pero sin malicia, porque le sonó ridícula la pregunta. Era la única vivienda que poblaba el villorrio además de la suya, y no podía ser otra que la casa de Carmen y Francisco. Algunos meses después llegarían nuevos vecinos, cuando Amanda ya estaba pupila en el colegio de las monjas.
—Sí, abuela. Esa es la casa de Carmen y Francisco, ¿cómo adivinaste? —caminó persiguiendo agitada el paso enérgico de Eriseta, con una pequeña sonrisa entre los labios. Eriseta debió reprenderla, pero su apuro la distrajo del reproche. Amanda se aprovechó de esa circunstancia y preguntó, sin esperar respuesta, lo que realmente le preocupaba:
—¿Y papá? ¿Dónde está papá?
—¿Estarán tus vecinos? Tu papá me dijo que ya había arreglado con ellos para que te cuiden hoy y mañana. ¡Está tan ocupado! Su trabajo, el hospital, ¡tantas cosas! Tenés que portarte bien, de lo contrario no vamos a traer al bebé a casa.
Amanda ni consideró la amenaza de Eriseta. Su madre la pondría en su lugar apenas volviera al hogar.
—¿Y mamá? —preguntó.
Eriseta apuró el paso. No respondió. Insistía con esos pequeños empujones en el hombro de la niña para acelerar la marcha. Amanda alzaba el hombro en señal de disgusto.
—No hagas eso, es horrible —la reprendió la mujer.
—¿Y mi hermano? —Amanda preguntó angustiada—. ¿Está en el hospital?
Pero Eriseta tampoco le respondió.
Amanda estaba confundida, aunque no alcanzaba a descifrar qué ocurría. Algo había en el aire que la obligaba a estar alerta. La sola presencia de Eriseta era una señal extraña. Ajena a la vida familiar, rara vez tenía un gesto cariñoso hacia ella o hacia Anita, incluso para su propio hijo, Miguel, a quien siempre reprochaba algo cuando se encontraban en su lujosa casa.
Podía jurar que su abuela, en ese preciso instante en que se encaminaba marcial hacia la casa de los vecinos, despedía un tufo extraño: un olor rancio, viscoso, diferente del penetrante aroma de sus perfumes franceses que tanto irritaban la nariz de Anita y la hacían estornudar una y otra vez, hasta quedar exhausta.
No fue necesario que Eriseta llamara a lo de Carmen. Ella estaba atenta a la llegada de las visitas, esperando nerviosa a Amanda. Apenas abrió la puertita de la modesta casa, se arrodilló ante la niña y la abrazó emocionada, con los ojos llenos de lágrimas, dolida.
Eriseta no pudo ocultar su furia contra la mujer. Esperaba que el matrimonio acompañara su dura actitud para evitar que la niña sospechara algo de lo que estaba ocurriendo. Pero ni Carmen ni Francisco podían ser indiferentes ante la muerte de Anita. Francisco salió por el fondo de la casa para que no lo vieran llorar: estaba desconsolado.
Amanda abrazó a Carmen. Si en ese instante le hubiesen ofrecido elegir entre Carmen y Eriseta, no hubiera dudado ni un instante en quedarse con “la boliviana”. Eriseta trató de interrumpir la escena, pero dudó en alterar aún más a la niña. Amanda la hubiera rechazado sin dudarlo: amaba a Carmen, que siempre era dulce y amorosa con ella.
—¿Me voy a quedar con vos? —preguntó Amanda, por algo que ya sabía. Tal vez quisiera asegurarse de que lo que le dijo Eriseta era verdad.
—Sí, mi hijita, acá, por los días que haga falta.
—¿Y el colegio?
—Un par de días que tú no concurras no te creará problemas. Tú eres una alumna aplicada.
—¿Sabés dónde está mi papá?
—La abuela sabe, ella te lo puede decir —respondió Carmen, mirando a la mujer, que endurecía cada vez más su gesto de reproche.
—Los niños que preguntan demasiado se van a dormir sin comer, Amanda, así que mejor no preguntés más —dijo Eriseta, sin disimular su ira.
—Carmen, ¿dónde está mi mamá?
Carmen no pudo contener las lágrimas y lloraba cada vez con más angustia. La mujer posó su mano ruda, marcada por el trabajo agrario, sobre el pecho de Amanda, del lado del corazón. La mano en el pecho como un parche de amor: pétalos duros y calientes, dedos que percibían los latidos acelerados del agitado corazón de la niña. Quiso hablar, pero no supo qué decir. Miró a Eriseta buscando alivio, pero la señora la ignoró, reprochando con su mirada la situación. Hubo un silencio áspero y sombrío. Como pudo, Carmen recobró el ánimo y la palabra.
—Acá, siempre va a estar acá, aquí dentro —le dijo Carmen mientras apenas señalaba con sus deditos el corazón de la niña. Amanda bajó la vista hasta la mano y apoyó la suya sobre la de la mujer. Pudo haber preguntado “¿acá?”, pero una voz interior la convenció de no hacerlo.
El silencio se hizo más áspero y sombrío, interrumpido solo por la tosecita ridícula de Eriseta, que buscaba indicar a la mujer que desistiera de sus explicaciones, a las que después tildó de “pueriles”, palabras de “negra metetera” y “qué tenía que decirle esa sucia que iba a estar siempre en el corazón”, “lacrimógena”, “boliviana de mierda”. Miguel, tan triste y abatido, sin hallar sosiego en ninguna explicación ni excusa, ni siquiera oyó los reproches que salían de la boca de su madre como sarta de cangrejos.
—¿Y el bebé, dónde está? —preguntó Amanda, mirando directo a los pequeños ojos de Carmen.
—Pronto vendrá a visitarte. Vendrá con tu padrecito. Serán felices. Serán muy felices. —Pero de Anita no pronunció su nombre. El silencio se hizo torvo.
Un auto entró lentamente en la calle de tierra y redujo su marcha al observar a la mujerona que estaba parada contemplando el abrazo de la niña y la pequeña mujer, aquella que de lejos tenía aspecto de figura ritual. Francisco se asomó desde el fondo, machete en mano, advirtiendo al intruso con su presencia que tuviera cuidado de sus acciones. Allí parado, hasta parecía más grande de lo que era, amenazante, todo él, un machete filoso. Al observar las señas entre la mujer y el chofer, se retiró unos pasos para quedar nuevamente oculto tras la casita, pero sin desistir del cuchillo en su ruda mano campesina.
Eriseta hizo una seña enérgica al hombre y le indicó que esperara. Él asintió con un leve movimiento de cabeza y detuvo la marcha justo enfrente de la casa de los bolivianos. Trató de besar a la niña antes de partir, pero Amanda siguió abrazada a Carmen y la despidió apenas con un movimiento de su mano: fue más un empujón que un saludo. Un “dejame así, acá, andate”, y “solo quiero que vuelva mi mamá, mi hermano y mi papá”.
Se acurrucó entre los fuertes brazos de la vecina y sintió una seguridad que hacía horas no experimentaba. Suspiró varias veces y repitió para sí: “Seremos felices. Seremos muy felices. Seremos felices”. Tres veces, como

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 7 

El tiempo pasa sin ímpetu, y el color desértico de su paso tiene la inclemencia de las derrotas. La arena en la tierra sega el camino, y en los alrededores de la casona la proa del viento se desquita de una humedad esperanzadora. El viento deja su apariencia a un costado de su galope de centauro y se enarbola entre las ramas de un árbol que se yergue reseco, como un obispo abrumado por la historia. Nada es lo que parece: guardaré mis rencores para un mejor propósito. La eternidad está al alcance de mi propia ternura.

***

VII 


En el nombre del hijo
 


Quiero que me hablés como un poema, como una música. Me alegrará el sonido de tu amor y aliviará a mi corazón mientras dure tu ausencia. Por mi parte mujer, cuando estén a la par tu cuerpo y el mío, solo seré expectativa, y en mis silencios escucharás mis versos y mis melodías que fueron imaginadas entre los remansos de las sombras del crepúsculo, solo para vos, amada mía.
Por vos soy esta esperanza de amor, raíz en llamas, silenciosa espiga a merced de tu aliento, y te seguiré como el cálido viento del verano a donde vayas.
Carta de amor de Miguel a Anita (Fragmento). 

Miguel se recostó en el sillón del amplio comedor de la casa materna. Aunque deseaba dormir, el sueño no llegaba. La habitación era un largo rectángulo, y el sillón estaba dispuesto en un extremo para dominar toda la extensión del cuarto. A medida que su vista avanzaba buscando el final, la oscuridad adquiría consistencia y llenaba de zozobra al viudo. Era una congoja amarga, implacable, incapaz de manifestarse, que avanzaba tumefacta gangrenando sentimientos que Miguel quería preservar de la desdicha.
Entre las sombras acumuladas podía descifrar el rostro de Anita, dibujado con una tiza blanca que apenas delineaba los rasgos de la mujer amada. Suspiró varias veces, como si exhalara minúsculos golpes expulsados por la tráquea, pero no podía llorar. Hacía años que no lloraba: sus lágrimas estaban encapsuladas en algún lugar de su humanidad, fuera de su dominio. Tal vez herencia de su madre, incapaz de lagrimear incluso de felicidad, cuyos lagrimales solo le aportaban una sequía ulcerosa que acentuaba el rictus de enfado y desagrado. Miguel creía que los suyos, aun sin esa sequía, habían olvidado su función y ni en tan tristes circunstancias lo ayudarían a desahogar las penas.
El coqueto palacete se alzaba en Caballito, sobre la calle Parral, próximo al Sarmiento y a un descampado refugio de enamorados ansiosos de sexo clandestino. Casi ningún sonido perturbaba el silencio que descendía en todas direcciones, apagando hasta los últimos sones heridos en los rieles del tren a cientos de metros. Altos pastos a la vera de las vías sofocaban los destellos de un sol de media tarde que caía sin exageración sobre el acero. Los brillos, agobiados, desesperaban por no perder su condición iridiscente y se cobijaban bajo los silencios para esquivar la intrascendencia.
Los grandes plátanos de la calle apenas musitaban soniditos otoñales que rodaban desde sus copas hacia la tierra. Era una música cetrina que sus tupidas hojas dispersaban como polen milagroso, aún verde de savia fresca sobre el ocre macilento de las muertas.
Para Miguel, en cambio, esos silencios no eran naturales: caían hacia una cavidad de niebla como restos de una piedra nocturna. No eran polen fecundo, sino oscura arena de desgracia que se adhería a su piel asfixiándolo lentamente y prolongando fatigas desconocidas. Sumergido en un pozo de pena, recién llegaba de encarar el papeleo de los funerales. El certificado de defunción se agitaba en su mano como flor siniestra, papel de muerte, gota de luto. El nombre de Anita trascendía en diagonal hasta su blanca mano de escribiente y parecía llamarlo con suaves toques que dolían más que una puñalada. Si pudiera abrazarla… si pudiera besarla… si solo pudiera… Pero ya no podía.
Si alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, le resultaría difícil describirlo. Podía asegurar, sin embargo, que pensar en Amanda era lo que más lo atormentaba y a la vez lo consolaba. En el amor de la hija tal vez podría deshacerse en parte del rudo bagaje que lo mortificaba; en ella había futuro, y eso dulcificaba sus pensamientos. En los ojos de Amanda podía mirar los de Anita como si aún la tuviera consigo. Sabía que en esa hondura viva hallaría la desesperación por quien ya no estaba, pero también la esperanza de quien será.
Terminado el entierro iría al encuentro de su hijita, aunque no le quedaran fuerzas. Verla, abrazarla, sentirla ya no era un simple deseo nacido de la angustia o del alivio de la tristeza. Era una necesidad que se imponía con fuerza propia. Abrazar a Amanda era abrazarse al alivio, a una receta magistral contra el dolor. Y mirar esos ojos —¡esos ojos!—, hoguera negra irradiando el secreto del amor guardado en el frenesí de las sangres renovadas, allí donde Anita depositó todos sus misterios.
Sabía que Carmen y Francisco cuidarían de Amanda como nadie más lo haría, y eso lo aliviaba, al menos por el momento. No pudo confiar su hija a su propia madre, a la que consideraba incapaz de un amor, aunque fuera efímero y fundado en el dolor ajeno. Ese alivio duraba lo que el vuelo de una mariposa; luego la angustia se imponía sobre todo otro sentimiento. ¿Cómo explicarle a su hija la muerte de la madre? Buscaba las palabras con las que narrar la desgracia de aquella tarde de otoño temprano. ¿Existían palabras capaces de expresar tanto dolor, tanta tristeza, sin hundir a la niña en el lamento, en la frustración prematura, en la desgracia de un sueño interrumpido de la peor manera? Las palabras consoladoras no surgían: no traían misericordia, sino látigo y cicatriz, aullido de martirio. Ningún sosiego amoroso de padre a hija, ninguna paz que remitiera al descanso eterno ni a la promesa de un reencuentro tierno en algún misterioso repliegue de la bóveda primigenia, donde dicen flotan las almas hechas flores maduras en el rumor caudaloso de la armonía.
Cuando creía encontrar esas palabras necesarias, la boca se le resecaba, los labios se sellaban como con un ungüento de desgracia, y olvidaba al instante el discurso. Solo podía mirar hacia atrás y ver cómo su amor se escurría en una hemorragia caprichosa, agua viva roja hacia la nada de una tumba áspera y sombría, disuelta en diminutos gotones de muerte, mientras un tropel de gente gritaba a su alrededor palabras inútiles para salvarla del abismo nocturnal que la devoraba como un animal ciego de amarga lengua y carnívora saliva.
Así, recostado, con los ojos vacíos, trató de convencerse de que llegado el momento la verdad irremediable se abriría paso entre sus cavilaciones y se presentaría a su hija de la mejor manera. Se entregó a un destino en el que apenas quedaba una leve esperanza. Esperaba, sí, que las palabras brotaran como helechos plumosos en la humedad de la boca y que, aun en el dolor, fueran caricias desde el alma para el alma menuda de su hija. Con esas caricias la imaginó suspendida entre sus brazos, junto al niño recién nacido. Tal vez en él encontraría, a pesar de su breve existencia, la fuerza para empezar a cerrar la herida incesante de la muerte de Anita, la madre ausente para siempre, abrazado a sus hijos, temblorosos los tres sin saberlo, amarrados de amor como raíces extraordinarias que no pueden ser extirpadas por el simple capricho de la muerte.
La contratación de la casa velatoria corrió por cuenta de la Agencia. Sus jefes recibieron la noticia con tristeza y asombro, y de inmediato se hicieron cargo del velatorio. Anita era muy bien considerada por su prodigiosa capacidad en operaciones con números complejos, cálculos algebraicos y por su extraordinaria perspicacia matemática. La semana de licencia que otorgaron al viudo no mereció discusión: los burócratas parecían sinceramente conmovidos por la circunstancia que atravesaba el novel funcionario.
Varios jerarcas hicieron llegar sus condolencias y los arreglos florales abundaron en cantidad y variedad. Miguel era indiferente a todo ese rito. Estaba ausente. Su rostro no dejaba traslucir sentimiento alguno, pero estaba devastado. Acostumbrado a llevar la máscara de un arisco sonámbulo y a disimular cualquier gesto que revelara sus emociones, padecía el rito con estoicismo. Los gestos, aunque insignificantes, suelen ser delatores precisos de la condición humana. Era cuestión profesional saber moderarlos hasta ejercer pleno dominio, y de esa condición no podía deshacerse ni siquiera en tan trágicas circunstancias.
Solo deseaba un respiro para volver al hospital, donde algunas mujeres de su familia, primas lejanas, se habían hecho cargo del niño y esperaban su regreso.
Alguien le sugirió avisar a los familiares de Anita. Miguel ni siquiera supo de dónde vino esa voz. Sabía que su esposa no tenía otro familiar más que su padre, a quien él mismo transmitió la noticia. El hombre le aseguró que llegaría para el sepelio, y que si se retrasaba por alguna circunstancia no faltaría al entierro.
La madre de Anita había muerto cuando ella era apenas una niña, y Miguel no conoció a ningún otro familiar suyo. Sabía de una tía lejana, madre de crianza o nodriza, que vivía en un apartado rincón del campo bonaerense. Era la misma que había tejido unas ropas para el bebé por nacer y las envió en una encomienda retirada en la terminal del ferrocarril. Miguel dudaba de poder ponerla al tanto de lo ocurrido; ni siquiera estaba seguro de dónde Anita habría anotado el domicilio de esa pariente. La Agencia se comprometió a considerar alguna alternativa para avisarle de la muerte de la muchacha y trasladarla para las exequias si lograban hallarla.
Eriseta llegó en su automóvil desde la casa en los suburbios hasta la suya. Como había acordado con su hijo, dejó al cuidado de Carmen y Francisco a Amanda; llegaba cargada de reproches contra esos dos “bolitas lacrimógenos” que, según ella, estuvieron a punto de echar por la borda toda la discreción que consideraba haber tenido para evitar que Amanda descubriera la infortunada suerte de su madre. Ya le tocaría a Miguel explicarle la infeliz circunstancia de esa muerte.
—¿La nena? —preguntó apenas vio a su madre subir por las escaleras de mármol de Carrara hasta el recibidor del primer piso.
—Como me ordenaste, con los bolitas de Carmen y Francisco —respondió Eriseta sin prisa ni expresión, mientras dejaba caer su tapado al piso y apoyaba la cartera sobre la mesa del comedor. Miguel ignoró el tono sarcástico con que se refirió a los vecinos.
—¿Cómo estaba? —preguntó preocupado.
—Bien, supongo. ¿Cómo iba a estar? No sabe nada. No le voy a decir yo que murió su mamá.
El tono ansioso y frío de su madre alteró a Miguel, que no pudo evitar un gesto de disgusto. Ella hablaba de la muerte de Anita como de un suceso más, uno de tantos que pueden ocurrirle a cualquiera. No soportaba esa facilidad de cosificar a las personas que Eriseta lucía como virtud, producto del trabajoso arte de moldear el carácter para acciones importantes de las que el mundo nunca tendría sospecha.
—Ella debe sentir algo… estoy seguro. Amanda es muy especial.
—¡También! Los bolivianos esos se la pasaron llorando; si la nena se avivó de algo fue por culpa de tus vecinos —se acercó a su hijo por la derecha, apoyó una mano en su hombro y lo miró con frialdad—. Por otra parte, ¿querés que te diga?
—Miguel alzó cejas y hombros en actitud defensiva— esa nena es rara. Es rara, rara… qué querés que te diga.
—¿Rara? ¿Por qué decís que es rara? —Miguel demostraba su enojo por la forma en que su madre hablaba de Amanda.
—Porque es rara, hijo. Vos sabés a qué me refiero. Es rara. Rara. No digo que es loca, digo que es rarita, tiene cosas raras… no sé…, no sé…
—Ma… —Eriseta lo interrumpió alzando la mano para ordenar que no siguiera hablando del tema. Hablar de Amanda la ofuscaba, y Miguel lo sabía. No fueron pocas las ocasiones en que la discusión se hizo ruda cuando ella se refería de manera despectiva a su esposa y a su hija. La mujer no le dio oportunidad de volver sobre el tema; se dio vuelta y, mientras se alejaba, preguntó por el niño recién nacido.
—¿Qué nombre le vas a poner al chico? —alzó la cabeza exageradamente para mirarlo de frente—. ¿Se puede saber? —preguntó como si el hombre estuviera en un examen crucial para su existencia. Miguel se reclinó pesadamente en el sillón, hastiado de esa voz de rústica corneta de su madre, y cerró los ojos. Habló con voz fatigada.
—Anita quería que se llamara Ícaro.
Ícaro sonó como palabra aterciopelada que emprendía su vuelo no demasiado alto, para que el sol no derritiera sus alas.
—¿Ícaro? —repitió Eriseta desde el fondo del pasillo que llevaba al baño principal. Sus palabras salieron como de una madriguera donde se refugiaban los aullidos de un animal desesperado—. ¿Ícaro? —gritó con disgusto—. ¿Cómo Ícaro? ¿Qué parió tu mujer, un pajarito o un chico?
Miguel aspiró profundo y no respondió a la provocación.
—Ese chico no se puede llamar así, Miguel, no te hagas el distraído.
—¿Por qué no me dejás de romper las pelotas? —Eriseta no hizo gesto de desaprobación, actuó como si no hubiera escuchado el insulto. Volvió a su estado de indiferencia, que le permitía sortear cualquier confrontación como si atravesara un bello jardín de madreselvas. Tomó aire y dulcificó su voz.
—Hijito mío, solo hablamos del nombre del nene. No te ofusques.
—Entonces no me rompas las pelotas. Se va a llamar Ícaro, como quería la madre.
—No, mi amor, no te quiero romper las pelotas. Solo quiero hacerte entender que no se puede llamar de ese modo. Vos no sos Dédalo, ¿me comprendés? Sos un funcionario importante, hijo de otros dos también muy importantes. En la escala de valores morales o estéticos, la ridiculez no puede empezar nunca por un nombre mal elegido. A la gente como vos, como yo, como tu padre, hay que ayudarla a comprender lo importante que siempre es guardar las apariencias y saber elegir con propiedad. ¿Me comprendés, mi amor?
—¿Y qué mierda tiene que ver mi cargo con el nombre del nene? ¿Qué tiene que ver tu alcurnia o la puta jerarquía de papá con el nombre de mi hijo? ¿Por qué no se puede llamar Ícaro? —Miguel volvió a alzar la voz, disgustado por la conversación.
—¡Porque es ridículo! ¡Vos sabés que es un nombre ridículo! Y vos no podés hacer nunca —y subrayó la palabra nunca— el ridículo. Así es la vida, hijito mío. No te enojés conmigo, enojate con la vida que tenés.
—Todo lo que le gustaba a Anita para vos siempre fue ridículo. Si Anita viviera ni siquiera te hubieras atrevido a hablar de este asunto.
—Pero se murió, querido, comprendé que se murió. Por tu bien te lo digo. Además, quiero decirte: tu mujercita tenía muchos pajaritos en la cabeza y por eso resultaba muchas veces algo ridícula. Para colmo, creía que esos pajaritos eran mitológicos, como Ícaro, pero solo eran pajaritos… pajaritos de mierda, pajaritos al pedo, pajaritos… ¿viste qué poca cosa son los pajaritos? Cantan, vuelan un poco y se mueren. Vienen los gatos y se los comen. Horrible destino, es cierto. No es sano que tengas el destino de un pajarito en la boca de un gato.

—No podés ni esperar un día para hablar mal de ella. Te importa un carajo su muerte, te importa un carajo lo que me pasa. —¡Pero no, hijito! ¿Cómo decís eso? —Eriseta extendió sus brazos como si intentara abrazar a toda la familia al mismo tiempo—. Yo los quiero a todos y vos lo sabés. —Los abrió aún más, tratando de aparecer muy amorosa. Miguel movió negativamente la cabeza: sabía bien que no existía ese amor que invocaba su madre cuando hablaba de su esposa y de su hija, y respecto de él, tampoco.
—Convengamos que Anita era difícil, muy difícil. Y, además, ella a mí no me quería, vos sabés muy bien que no me quería, ni un poquito. Más bien me odiaba. Vos sabés que ella me odiaba.
Miguel suspiró agotado. Llevó sus manos al pecho y lo frotó despacio, tratando de distender la enorme presión que oprimía el tórax en el que retumbaba agarrotado el corazón de penas.
—Pedime lo que quieras, pero que sea hipócrita, por favor, no —dijo Eriseta—. Lamento que se haya muerto tan joven, pero por suerte tu hijo se salvó. Con eso tenés bastante; se ve que Dios todavía te tiene paciencia.
Miguel se distendió un instante, como si ya no oyera a Eriseta hablar huraña contra Anita.
—Si nacía nena quería que se llamara Petra, y para un varón primero pensó en el nombre de Espartaco, como el esclavo rebelde, pero al final eligió Ícaro… —Eriseta ni reparó en el nombre elegido por Anita para una mujer. Lo descartó sin interrogarse sobre él, porque, en definitiva, el nacido era varón.
—¿Espartaco? ¿Vos ibas a permitir que un hijo tuyo se llamara Espartaco? ¿Te volviste loco? ¿Dónde te creés que trabajás? ¿En el Coliseo? ¿Querés matarme de un susto? Miguel, por favor, Miguel…
—Podría ser peor, mamá, podría ser mucho peor —las palabras del hijo sonaron como silábicos puñales.
—¿Peor que qué? ¿Qué Espartaco? ¡Qué podría ser peor que Espartaco!
—Por ejemplo, llamarlo Carlos Federico…
—¡Ay, por favor! No me jodás… ¿Estás borracho? ¿Estuviste tomando para olvidar? Entiendo que estés triste, muy triste, todo lo triste que quieras, pero que digas semejantes idioteces no lo entiendo. ¡Por favor, hijo! ¿Cómo podés decirme algo así? No deberías ni pensarlo.
—No sé en qué pensar en este momento, mamá.
—En cualquier cosa, pero no en boludeces. No sé qué te pasó a vos que te enredaste con esa mujer, con esas ideas que tenía, con una beba de un año. Si no te conociera tendría que pensar que te volviste un pelotudo. Si tu padre viviera ya te hubiera cagado a patadas —Eriseta abandonó definitivamente su tono coloquial.
—Volviste al lenguaje “ceremonioso” que usaba papá para expresar sus mejores ideas en mi contra.
—Papá no tenía nada contra vos, solo le disgustaban algunos comportamientos tuyos. Fue él quien te hizo entrar a la carrera y gracias a él no sos un pinche y tenés un futuro promisorio. Decí que tu padre se murió demasiado rápido; si no, ya estarías en algunos de los directorios importantes. Con voz siempre fue gaucho.
—¡Uf! Un gauchazo… me trató siempre un poco mejor que al perro. Le faltaba pedirme que moviera la cola en señal de gratitud.
—No hablés así de tu padre. Vos siempre fuiste un busca roña, siempre lo confrontaste. Si sos algo, se lo debés a él —Miguel ignoró la acusación.
—Ícaro es un nombre bonito. ¿Le gustará a Amanda?
—¿Y a quién carajo le puede importar lo que diga una niña de seis años? A nadie, y menos a vos.
—Ícaro será como un homenaje. Eso quería Anita. Me costó mucho convencerla en su momento para que cambiara el nombre de la nena. Al final aceptó llamarla Amanda, pero fue duro: me maldijo mil veces y lloró de tristeza muchos días. No quiero que me maldiga otra vez, en donde esté.
—¿Y dónde va a estar tu mujercita en este momento?
—En el cielo, seguro que en el cielo.
—En el cielo no puede estar, disculpame que te contradiga. Era atea, tenelo presente. Si Dios se hace el distraído puede estar en el purgatorio; de lo contrario fue directo al infierno, al sexto, para ser más precisos.
—No te soporto más, mamá. Yo creo que papá se murió para no oírte.
—¡No te soporto más! ¡No te soporto más! Eso me lo decís desde que tenías cinco años y aquí estamos. Y te repito que tu papá se murió de cáncer de próstata, nada que ver con el oído. Su drama estaba a la altura de la cintura, no de la cabeza.
Miguel miró hacia el cielorraso como si allí encontrara algo del cielo en que referenciarse con Anita. Luego mencionó a su hija con verdadera ternura:
—Amada Da Silva… mi nena Amanda Da Silva.
—En cualquier momento me pongo a llorar, hijito. Y eso que no lloro desde que nací. El único problema que tenés ahora es que tenés otro hijo, uno de tu sangre, que es lo único que debería importarte. La sangre llama a la sangre. Lo que viene de uno hay que saber cuidarlo. En cambio, esa nena no es tu sangre, disculpá que te lo recuerde —Miguel se encogió de hombros y movió varias veces la cabeza de un lado al otro. Luego se tapó los oídos con las manos.
—Aunque no me quieras escuchar, me vas a escuchar igual. Ya hiciste bastantes macanas. Te metiste con una madre soltera llena de pajaritos en la cabeza, con una nena de un año que tenía un nombre… ¡Dios mío, qué nombre! Y encima después no se te ocurrió nada mejor que ponerte un apellido ridículo. ¡Ese apellido! ¡Ese apellido! Da Silva… Tu padre estaba enfurecido cuando supo que te hiciste llamar Miguel Da Silva, como un portugués roñoso, él que era españolísimo. Tuvimos que pedir documentos para los dos para tu casamiento, con ese apellido del que toda la Agencia se rio a más no poder. “¡Da Silva! ¡Da Silva!”, nos gritaban por los pasillos… ¡Qué apellido! No sé cómo decirlo… ¿Cómo se te pudo ocurrir ponerte ese apellido? ¿De dónde lo sacaste?
Miguel no respondió. Siguió con los ojos en el cielorraso. Recordó que tomó ese apellido de un contrabandista brasileño —quien a su vez lo había copiado de un noble portugués del que alguien le dijo que fue embajador en Roma—, un tipo que se empedó una noche y quiso pasar a unos mensúes misioneros o paraguayos. Los peones estaban tan mamados como el brasileño y, cuando comprendieron que el forajido los quiso timar, le dieron dos machetazos en la cabeza y lo mataron. Después le cortaron las pelotas y las mandaron en un frasco con formol a un tipo que alguien les dijo que era su jefe. El tipo trabajaba para un general brasileño, quien armó un escándalo. Miguel fue enviado por la Agencia, a pedido del gobierno, en una misión reservada: velar los testículos del siervo del militar y arreglar una reparación satisfactoria para el general.
El brasileño exigía todo el tiempo: “olho por olho, dente por dente”, y repetía la frase como un conjuro. Se notaba que no se animaba a decir “olho por olho, dente por dente, testículo por testículo”.
Miguel aceptó los dos pedidos del patrón: dinero para compensar las pérdidas por la muerte del contrabandista y los testículos de sus ofensores para saldar la deuda de sangre. El militar le aseguró que había jurado a la viuda cortarles las bolas a los asesinos. Miguel suponía que a la mujer, más que importarle el cadáver de los testículos de su esposo, le interesaría una buena reparación económica, algo de lo que el militar no habló en ningún momento. Cuando mencionó indemnización fue solo para compensar sus propias pérdidas. Para vengar la afrenta contra su hombre quería que amputaran los testículos a sus asesinos, y con eso se daba por satisfecho.
El pacto se selló con un fuerte apretón de manos y unas papeletas insignificantes en las que figuraban las sumas reclamadas. El dinero se giró vía consulado. A su regreso a Misiones, Miguel hizo cortar las pelotas a dos cadáveres que yacían en el cementerio sin que nadie los reclamara, y se las mandó al jefe ofendido diciendo que eran de los peones homicidas. El obsequio fue envasado en formol en dos elegantes frascos de vidrio tallado. Seguramente uno de ellos adorna algún estante de la lujosa estancia del ricachón. El otro, tal vez, repose en los brazos de la joven viuda o haya terminado como comida de los cimarrones. No podía suponer para qué querría esa mujer un par de testículos envasados, habiendo tanto hombre con sus testículos llenos de sangre caliente y esperma fresca dispuesto a ofrendarse en reemplazo del finado capado.
Miguel volvió a reclinarse con ánimo de dormir.
—La convencí a Anita de cambiarle el nombre a la nena por la seguridad de ambas.
—¡Eso, mi amor! ¿Ves que podés ser razonable cuando querés? —dijo Eriseta, recuperando un tono maternal—. Por tu seguridad, por la seguridad de tus hijos, de la mía, de todos los que te rodean, el nene no se puede llamar Ícaro, menos Espartaco y jamás Carlos Federico. ¿Me comprendés? Además, hijito, es tu sangre, ¡y varón! ¡El primogénito! ¿Entendés? ¡El hijo de la promesa! Ya sabés lo que dice la Biblia del hijo primogénito.
—¿Qué dice la Biblia? —preguntó Miguel, cargado de cinismo.
—Ya ni siquiera te acordás lo que dice la Biblia.
—¿Qué dice la Biblia?
—“Yo también lo haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra.”
—¡Por favor, mamá! ¿Vos escuchás las boludeces que me estás diciendo?
—Es la Biblia, hijito. ¿O te volviste ateo como tu mujercita? Yo soy católica. Vos sabés que soy mujer de fe —Miguel sonrió sarcástico. —No sé de qué te reís…
—Tu fe vale por tu dinero, mamá. Es como una cuenta en el banco: si alguien deposita todos los meses, tu fe crece; si no, escasea. —Eriseta hizo un gesto despectivo y torció la boca en una mueca de risa.
—A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César. No confundas a Cristo con el socialismo. El niño no se va a llamar como un pajarito mitológico. Sabelo. No acepto ninguna discusión, y si tengo que hablar con las autoridades superiores para que entrés en razones lo voy a hacer. Tiene que llevar un nombre excelso, como dice la Biblia, magnífico.
—Juan Domingo, ¿te parece?
—¡No seas tilingo, querés!
—Digo… es un nombre importante. Va a ser presidente.
—¡Jamás! ¡Ese fascista! Demagogo de…, demagogo de… ya sabés qué pienso de ese degenerado. Fascista admirador de Mussolini. Tené presente que yo soy aliadófila, querido, por tradición. ¡Ese demagogo de…!
—Decí “mierda”, mamá, no es tan difícil decir “mierda”. Hacé el esfuerzo, decí “mierda”, como cuando pensás en Anita.
—¡Por favor! ¿Cómo me vas a decir eso? Yo nunca dije que Anita fuera una mierda. No me gustaba para vos, eso no tenía nada de malo, y tenía mis razones, muchas razones.
—Sí, mamá…
—¡Ay, hijito querido! El nene tiene que tener un nombre importante, ¿sabés? Un nombre que le dé dignidad. Por ejemplo, Julio César.
—Lo apuñaló hasta el hijo…
—Porque no era su sangre… puede pasar con los hijos adoptados. Es bueno que lo tengas en cuenta.
—¡Qué hija de puta que sos!
—¡Por favor, Miguel! Soy tu madre, ¿cómo me vas a hablar de ese modo? Jamás me comporté así ni con tu padre, para que sepas —Miguel se disculpó con un gesto. La mujer siguió con su argumento—. Si no es Julio César puede ser Jorge, como el rey de Inglaterra.
—¿El tartamudo? Dejate de joder, mamá. ¿No querés que lo llame Winston?
—Es un viejo asqueroso. Con ese cigarro todo el día en la boca. Como tu suegro, que tiene ese olor a mierda del tabaco de los cigarros y va por todos lados echando humo como una chimenea vieja. —Quiero descansar, mamá. Solo quiero descansar.
—Descansá, entonces. ¿Qué te lo impide? Tomate un whisky, recostate en mi cama, dormí tranquilo un par de horas.
—Tengo que ir a buscar al nene, se quedó con las primas. Después tengo que estar en el velorio hasta mañana, cuando sepultemos a Anita.
—Despreocupate. Al nene voy a buscarlo yo, que soy la abuela, la única que tiene, por otra parte. Me ocupo de todos los trámites y si surge un problema llamo a mis amigos, que me lo resuelven en un instante. Voy, lo traigo y lo cuidamos juntos. Cuando regreses seguro vas a estar más sereno. Confiá en tu madre, que siempre te salva. Si querés le digo a la mucama que te prepare un buen café.
—No. Voy a acostarme. Necesito dormir un rato.
—Después vamos juntos al velorio. El bebé puede quedar al cuidado de una nurse de confianza que ya contraté. Está recomendada por la Agencia, así que no tenés nada de qué preocuparte —Miguel casi ni oyó esas últimas palabras de su madre—. Ya me ocupé de encontrar una madre de leche, desde ya sana, muy sana, también de confianza. No es cabecita negra, así que no hay nada por lo que inquietarse.
Miguel dejó el salón en dirección a la habitación de Eriseta. Apenas se acostó entró en un profundo sueño. Su madre encargó a sus criados que no lo molestaran hasta su regreso. En su automóvil se dirigió a la maternidad donde sus sobrinas cuidaban de su nieto. Ya tenía decidido el nombre: se llamaría Jorge, como el rey de Inglaterra. Julio César era inconveniente, podía evocar el militarismo de Mussolini, aliado de Hitler, y ella era fervorosa aliadófila.
Si el niño resultara tartamudo como el rey en cuestión no se preocuparía: más de un apabullado triunfó en la vida, y muchos de ellos —sino la mayoría— no contaron con una abuela con buenas relaciones políticas y sociales. Y con dinero, no todo lo que hubiera deseado, pero suficiente para comprar cargos y conciencias. Con esa fortuna también haría entrar en razones a su díscolo hijo. El primogénito sería un triunfador, como su abuelo. Y pasado un tiempo, cuando la pena diera lugar al olvido, se ocuparía de presentarle a su hijo una mujer de su misma condición social para que rehiciera su vida amorosa.
Amanda ya tenía su destino sellado. Las monjas del pupilaje se ocuparían de ella mejor que cualquier otra institución. La Madre Superiora ya había sido puesta al tanto del asunto y ordenó acomodar una nueva cama para la pupila que ingresaría en pocos días, luego de la muerte de su madre.
Para Eriseta, todas las cosas recuperaban su verdadera naturaleza. Anita entraría en breve al limbo de los olvidados y Amanda aprendería, de la mano del monjerío, a asumir su definitivo destino de huérfana. 

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 8 


La niña aprendió a leer. Busca la integridad de las palabras. No tengo libros a mi alcance. Encarnación guarda apenas unos pocos: hojas infortunadas, sílabas de ardor en breves olas, guerreros encendidos al borde de un abismo de ventiscas, montañas que golpean huesos triturados de pólvora. Le diría que busque las raíces de los versos, humo de amor, sed de laberintos, que la conduzcan al refugio de un príncipe reencarnado junto a un río de olas del tamaño de una uva.

***

VIII 

Ocaso de un adiós 

La ceremonia fúnebre fue breve, íntima y recatada. Ocaso de un adiós sin palabras, apenas acompañado por los pocos asistentes que siguieron a Miguel en el sepelio. Beso arterial del esposo sobre la frente helada. Los labios de la muerta, como los párpados, vencidos y apretujados de muerte en el último suspiro, cerrados para siempre en la eternidad de esa sangre coagulada como una cáscara roja. Las iniciales de la muerte inscriptas en la empuñadura del féretro imitaban el sombrío color del légamo, láminas de crepúsculo definitivo sobre un amor que parecía eterno, pero duró apenas un suspiro entre reproches familiares.
Los jefes se excusaron por su ausencia. Hicieron llegar a Miguel sus condolencias junto a las palmas fúnebres que competían en variedad de flores. De paso, recordaron por medio de mensajeros que les estaba prohibido reunirse incluso para la ceremonia de la muerte. Sus rostros debían conservar el anonimato: era regla rigurosa evitar ser reconocidos por algún alcahuete en busca de recompensa. Su mundo era secreto, y en ese misterio de nombres y rostros estaba la garantía de supervivencia, amenazada solo cuando el poder cambiaba de manos por obra de fusiles y cañones que atronaban la política con gritos empavonados de carbón, azufre y nitrato de potasio. Apenas se extinguían los sones marciales, los funcionarios sabían demostrar nuevas fidelidades: bastaban juramentos y una cantidad definida de caídos en desgracia para que todo recobrara la acostumbrada seguridad.
Nada devolvería la vida a la infausta criatura que murió entre los intersticios de una hemorragia que licuó, como magma rojo, la existencia en un instante. Ni siquiera el todopoderoso séquito de espías que regía en parte los destinos de la nación. Su sacerdocio no atendía el rito de la vida, sino el de la muerte por razones de Estado.
Eriseta parecía satisfecha. Cuando los funebreros soldaron la caja metálica suspiró con emoción, y hasta hizo creer a los presentes que sentía verdadera congoja. Pero fue un error de apreciación. Estaba complacida, aunque su impávido rostro no permitiera descifrar sus sentimientos. En cada gota de estaño derretido que sellaba la tapa, se empujaba hacia el olvido fragante a quien en vida fuera la esposa de su hijo. Todo parecía retomar el rumbo del que nunca debió apartarse. Misterios de un amor que no le interesaba develar: la muerte temprana resolvía sus desventuras y disgustos de modo inapelable. Y eso era lo que más la reconfortaba. La condición de inapelable era hasta estimulante. La muerte tiene ese poder afrodisíaco en quienes la invocan para resolver lo que no está al alcance de su voluntad.
Siempre cuestionó a su hijo el enamoramiento casi adolescente que lo arrebató con esa mujercita de rostro aniñado y cuerpo grácil. Aunque reconocía que Anita tenía personalidad, además de belleza natural, capaz de subyugar a cualquier hombre, nunca pudo deducir por qué fue su hijo quien cayó en esa red de encantos y no otro de los tantos que merodeaban a su alrededor, expectantes de una mirada, una sonrisa, incluso un desprecio que les diera esperanza de un amor que no les estaba reservado.
La naturaleza de Anita era misteriosa: hasta cuando murmuraba unas pocas palabras provocaba expectación desmesurada. Algo en su voz, o en la mezcla de voz e imagen, hacía que la gente quedara suspendida esperando un milagro, la revelación de un prodigio, o el descenso de ángeles para salvar a la humanidad de sus horrores. Con esa niña de nombre prohibido en brazos, deambulaba entre sol y luna, entre luz y oscuridad, hasta toparse casi por accidente con ese muchacho desprevenido en el pasillo de un ministerio intrascendente, atento y jocoso, que quedó prendado de la mujer por la que hubiera hecho lo impensado. Amanda, apenas una beba de pocos meses, con su sonrisa y su mirada colaboró en el embrujo que subyugó a ese inexperto burócrata.
Anita no era lo que Eriseta esperaba para su hijo. Lo dijo siempre con franqueza, incluso en la cara de la joven. Entonces ella la miraba desde la profundidad de esos ojos de diamante negro, como un gotón de noche, y se hacía impenetrable hasta sacar de quicio a una suegra poco acostumbrada a la desobediencia.
Anita podía ser tan cálida como una brasa de amor en la noche más oscura, y tan fría como el aliento de la muerte, como el filo glacial de un pedernal de hielo. Eriseta sentía ese frío exuberante rozarle las intimidades de sus tejidos, comprendiendo que mientras el corazón de la mujercita latiera, sus posibilidades de espantarla de la familia eran nulas. A su lado, esa nenita de amorosos abrazos que embobaba a Miguel incluso más que su esposa reforzaba un embelesamiento imposible de derrotar con las artes mundanas de Eriseta, poco habituada a la derrota. Y aunque nunca se atrevió a rozar el asunto, lo que más la fastidiaba era que la mujer y su hija habían ingresado a la herencia familiar por la ventana de un matrimonio resuelto a escondidas y a las apuradas. Miguel arriesgaba la fortuna familiar en beneficio de una desconocida, cuya hija llevaba un nombre extravagante y decía profesar ideas igualmente extravagantes al impulso de los acontecimientos de la gran guerra.
Cuando Anita susurraba a Amanda como canción de cuna “ni un paso atrás”, y hasta parecían sonar las músicas de una orquesta roja, provocando cínicamente a su sexagenaria suegra, Eriseta sentía que su corazón se agitaba, exagerando sus latidos, estimulados por la aversión a esas noticias que llegaban de los lejanos frentes de batalla.
Fue en esos arrebatos políticos que concluyó que solo la muerte —y por eso la celebraba íntimamente— podía acomodar las cosas del modo que deseaba. Tiempo después, contaron sus amistades de tertulias, cuando alguien dejó caer el nombre de Anita como un recuerdo extraño, ella habló de un asunto que pocos pudieron comprender. “¡Quién lo diría! Al final estuvimos todos juntos contra ese demagogo de…” exclamó, y se llamó a silencio. Nadie recordaba con exactitud cuándo hizo esa afirmación: para algunos fue hacia fines de 1945, para otros ya entrado el nuevo año. Lo seguro es que nunca volvió a deslizar comentario alguno sobre ese asunto.
Jamás ocultó que promovió para Miguel un matrimonio que lo ayudara a trepar en la escala social, lo que —sabía por experiencia— aceitaría sus progresos en el trabajo. No un enamoramiento sanguíneo, donde la libido manda la voluntad masculina. Para ella, el eros de los hombres carecía de inteligencia, argumento que repetía cada vez que podía. Y tratándose de Miguel, un novato en las lides del sexo y del amor, ni hablar.
Sus hermanos supieron escoger mujeres que los promovieron a lugares destacados de la sociedad. El amor era asunto de novelas. Ella misma, cuando se le preguntaba si alguna vez estuvo enamorada, respondía iracunda que nunca dedicó sus esfuerzos ni su tiempo a las zonceras del sentimentalismo. “¡Jamás!”, gritaba con furia, y allí terminaba el diálogo sobre los encantos del enamoramiento. La sexualidad solo era herramienta reproductiva o instrumento de ascenso social.
Desde que el mundo es mundo, decía, siempre ha sido así y así será por los siglos de los siglos, amén. Podía citar de memoria una larga lista de mujeres que treparon en sus ambiciones subidas a las puntas de nobles y aristocráticos penes. O de varones engreídos que veían bellas a las más horrendas solo porque la copulación con ellas les prometía alcanzar los estratos más altos del poder, empresa para la que sus propias virtudes no alcanzaban ni para los primeros escarceos.
Si alguno de ellos hubiera dedicado algo de su tiempo a la lectura en vez del alcohol, el humo de los cigarros y las lúbricas vaginas de la promiscuidad, entendería por qué ella referenciaba en Devereux a todos esos hombres. Y alzando su dedo meñique en señal de cinismo organizado, se refería a la suerte de aquel que tan solo fue decapitado, cuando bien merecía castigos más contundentes.
Nada de amor, entonces. Nada de orgásmicos momentos maritales. Ella trajo al mundo cuatro varones, aporte más que extraordinario a la continuidad de la especie, y eso la glorificaba. Para satisfacer el placer estaban las juergas con prostitutas seleccionadas entre las más jóvenes y blancas de los lupanares de Estado. En esas vaginas vigiladas pudo descargar su esposo los excesos de esperma que conmovían su espasmódico tracto urinario. Todas esas mujerzuelas que rondaban alrededor de los espías intercambiaban un coito libertino a cambio de un poco de comodidad surgida de favores del dinero o del amparo del poder. A veces ropa fina, droga de la buena o algo de dinero. Las más de las veces morían en oscuros rincones de la burocracia y quedaban sepultadas en el más riguroso anonimato. Sus nombres eran borrados de todos los registros.
Sabía cómo eran los códigos morales de los hombres de esa burocracia. En la Agencia se veía con buenos ojos que sus empleados calificados, como Miguel, constituyeran una verdadera familia de acuerdo con los valores de la religión católica. Las multitudes asamblearias que rodearon a Pacelli ayudaron a consolidar esas creencias doctrinarias. Hombres, mujeres y niños llegaron desde los confines de la nación para engordar el mito de la nación católica por excelencia, bajo la custodia de un nacionalismo elaborado en el excéntrico alambique de la Liga Patriótica, que destilaba un pogromo de odio anticomunista y antisemita como un elixir milagroso para los males de la patria, y que se manifestó exuberante, casi todopoderoso, en “La noche de los hombres”, cuando cientos de miles marcharon portando antorchas desde las inmediaciones del Congreso Nacional hacia la Plaza de Mayo.
El catecismo señalaba claramente que las esposas debían ser devotas, recatadas, cuidadosas de la reproducción para garantizar que la descendencia reuniera las mejores condiciones, pensando en el porvenir. Si había deslices —que los había y a menudo— se sabrían disimular incluso cuando rayaban en el escándalo de sexo y vicios combinados en sus extremos más escandalosos. Mientras no afectaran los secretos de Estado, se los consideraba parte de la naturaleza de los hombres, y mucho más de los hombres sometidos a tareas clandestinas. Y, además, pecar no siempre prometía el infierno: a veces podía ser el anuncio de un prominente ascenso. Entrepiernas diplomáticas, úteros de ascendencias marciales, chismosas de alcurnia podían ser pasaporte hacia la cumbre del poder entre las sombras.
En cambio, las esposas debían sostener los principios de la fe y educar a los hijos en el riguroso catecismo de la Santa Iglesia. Roma auscultaba sus sentimientos con ojo crítico, desde los ocultos sustratos de los misterios vaticanos. La frigidez era presentada como virtud mariana y muy valorada entre los priores de la fe.
Anita no reunía ninguno de esos requisitos, y solo Miguel, con sus artes, hizo parecer a su esposa acorde al prototipo que se promocionaba en la Agencia. Un ejercicio de apariencia y de falsa apariencia casi extraordinario. Pero lo definitivo, lo que le granjeó simpatía entre los cuadros de conducción, fue su enorme capacidad matemática, que dejó perplejos incluso a los más encumbrados reclutados por la Agencia durante años. Ese talento hizo que, muchas veces, nadie prestara atención a las críticas que Eriseta deslizaba en tertulias con viejas amigas, esposas de veteranos funcionarios que compartieron con su marido días y noches de conspiraciones. Anita era misteriosa como el mecanismo de Anticitera: compartía su secretismo analógico en la punta de los dedos, su astronómica sensualidad, los ruidos de eclipses astrológicos y calendáricos indescifrables para burócratas anquilosados en sus minúsculas porciones de poder oculto.
Una cureña cargada de flores trasladó el féretro hasta el Cementerio del Oeste, que poco después sería renombrado Cementerio de la Chacarita. Eriseta se ocupó de conseguir un nicho privilegiado en un panteón cercano a la entrada principal, moviendo sus influencias que atendieron comprensivas sus reclamos. Se negó a permitir que el ataúd ingresara en la bóveda familiar donde reposaban los ilustres de ambas familias. Consentirlo equivalía a dar crédito a derechos de herencia que, seguro, reclamaría Amanda al crecer. Además, era un sacrilegio funerario, una alteración de los ritos mortuorios que no estaba dispuesta a tolerar. Miguel no tuvo intención de discutir: le resultaba indiferente, por el momento, el lugar de descanso de su esposa, e incluso vio con buenos ojos que no compartiera reposo con parientes que la hubieran repudiado por su carencia de alcurnia. Un par de años después decidió incinerar el cadáver y arrojar las cenizas al osario general, lo que dijo era deseo de Anita. Sin embargo, fue Eriseta quien le señaló la conveniencia de concretar ese rito: “Los iguales con los iguales”, repitió palabras que adjudicó a la difunta.
En la capilla ardiente, antes de depositar el féretro en su nicho, el cura dijo el responso con voz fermentada en la ira de los mandamientos divinos. Bendijo el ataúd, repitió varias veces el nombre de la difunta y rogó que Dios asistiera su alma en el tránsito hacia la vida celestial. Elevó plegarias por el hijo recién nacido. Amanda no mereció alivios del rezo: su nombre no figuró en el responso. Seguramente Eriseta orientó al sacerdote en bendiciones y maldiciones.
Cuando los sepultureros terminaron de atornillar la tapa de mármol blanco que cerró la boca del nicho, una lluvia torrencial se descargó sobre la ciudad. Miguel miró al cielo buscando un consuelo que no llegó. Se abrazó a algunos de los pocos acompañantes y esquivó a su madre. Solo dijo: “Voy a buscar a Amanda”, rechazando la oferta de Eriseta de acompañarlo hasta su casa en los suburbios. Deseaba estar solo en ese viaje en el amplio automóvil negro, desde el cementerio hasta el hogar. En su cabeza, palabras y palabras buscaban la armonía de los verbos del amor imperecedero, del prodigio de lo inextinguible, del poder de las resurrecciones, para explicarle a la niña qué sucedió con su madre.
¿Explicar la muerte? ¿Explicar lo que no puede ser perecedero, lo que no puede extinguirse, lo que está llamado a resucitar? ¿Qué palabras dicen de esos acontecimientos sobrenaturales? Solo el amor quedaba como semilla silenciosa para ser cultivada en el surco de esa herida temprana.
“Morir, dormir… dormir. Tal vez soñar.” ¿Explicar la muerte? “Esa tierra inexplorada de cuyas fronteras ningún viajero vuelve. Morir, dormir, tal vez soñar.” No sabía por qué recurrió a Shakespeare en esos instantes de dolor. Fue lo último en que pensó mientras se acomodaba en el asiento trasero del coche negro que lo llevaría de vuelta a su casa. La lluvia tormentosa anegaba las calles linderas al cementerio, y el cielo era un instante hostil de vapores grises encendidos de aguijones de relámpagos que retumbaban al límite del paisaje urbano.

*** 

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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 9 

He perdido los anteojos de lectura. Se cierran cien palabras escritas para siempre. Cien. Mil. Todas. Guadalupe se burla de mi desgracia. Un hombre de recuerdos me arrimó una lupa que sacó, no sé de dónde. Ahora descifro un jeroglífico perfecto. 

*** 

IX

Palabra
de padre

Busco las palabras, hija mía: las busco, las interrogo. Son exuberantes, pálidas, húmedas, sagradas, y todas claman al Hombre en sus dominios. La muerte, sin embargo, más allá de esas fronteras, se amarra a sus crucifixiones y derrama sus martirios ola tras ola: olas de tierra, de cenizas, de lápidas, de cuchillos, de golpes, de brutas dentelladas.
Miro tu porvenir y desde ahí te observo. Te miro y te acaricio tan solo con mirarte; de amor como una flor que cruza su perfume de polen, te descifro y te rozo con mi tristeza, sin querer darle un nombre a esta ausencia palpitante que se agranda de silencios y susurros. Un capullo negro llevo entre mis manos y una larga intemperie surge como un ronco quejido, desconsuelo sin remedio hasta las lágrimas.
Tiemblo al mirarte en este otoño, por la misma calle donde la cavidad de la noche se hizo luna y, al amparo de su luz, caminamos los tres asiendo racimos de viento que dispersaban perfumes más allá de nuestra laguna. Veo a tu madre precipitada en un manantial de frío, pero en el nido de tus pupilas la muerte poderosa perece sus abismos de oscuridad y desaciertos, y me salva en la desembocadura del martirio oscuro, inacabable.
Me niego a perpetuar una herida de muerte aquí en mi corazón. En él solo quiero su amor y los recuerdos de cada instante entre sus cálidos brazos y sus manos de pétalos. Quiero tu amor de hija, sanando esta ausencia que me desespera.
Mi corazón hecho de polvo, de piedra, de gusano, de arruga, de sangre espesa y de temblor invisible, de una lágrima reservada en la intimidad de los suplicios, late por ella y por vos, hija mía.
Estamos solos, ¡solos! Desesperadamente solos, desnudos de amparos y cubiertos de espinas. Miro tus manos y mis manos, tu vacío y mi vacío, la lámpara de tu ilusión, la vasija de tus sueños y la piedra de mi rostro. Hundo mis manos en la arcilla noble de esta pena de ásperos contornos que me invita a besar los minúsculos instantes que quedaron como pequeñas herencias entre nosotros dos.
Mis ojos están vacíos de lágrimas: las entregué de rodillas en el idioma del milagro imposible. Besé su sangre como si fuera néctar y desafié al destino hasta que fui vencido. Solo me quedan espinas que llorar, relámpagos negros, lutos del tamaño de un puño.
Te miro desde el patrimonio de mi pena hasta la desembocadura del dolor, de esta herida que no cesa. Solo me atrevo de rodillas a sospecharte así, pequeña de piafantes bríos. Yo, herido en los lagrimales ciegos, buscando esa palabra que te explique del reino de la muerte, del reino de los cielos, ese bastión maltrecho de la misericordia. Y cuando creo que encuentro esa voz en manantial, sin gritos ni estridencias, las palabras desaparecen como hojas del secreto de una sustancia glacial, un sobresalto de piedra imperturbable.
Te amo, hija mía. Con ese amor te rozo apenas con mis muertes vestidas con las ásperas vestiduras de la ausencia definitiva, por protegerte de ese frío imposible que llega como desde un agujero enarbolado y por el que la nada se derrama hacia el olvido definitivo de todo lo que tuvimos y ya no poseeremos hasta el fin de nuestros días.
Sufro de amor, sufro de secretos, sufro sin consuelo y desespero como una estatua de sal, perdida en el vacío de un misterio imposible. Así, desesperado en el pedazo roto de una vida que nos dejó con la boca vacía. Cuando llegue, te abrazaré sorprendido y agotaremos nuestros dolores en mutuas caricias, hasta el tibio reposo entre unas flores de pájaros que vuelan hacia un tiempo distinto de esperanzas.
***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 10

La lupa me revela el hallazgo. Leo atenta tras la curva pronunciada de su convexidad. Venganza de amor, piedras errantes, dinastías de lunas, desgarros de banderas, ojos muertos, desdichas en la boca, babas de diablo.

***

X

La pregunta

Miguel despertó cuando sintió los suaves golpecitos que el chofer daba sobre su brazo entumecido. Escuchó la voz del hombre llamándolo para que saliera del pesado sueño que lo había ganado apenas el motor del automóvil se puso en marcha. No habrían transcurrido ni unos pocos metros cuando Miguel cayó en un sueño tan profundo que, por momentos, parecía posponer su respiración en largos intervalos.
Entreabrió los ojos y miró, como en un tiempo eterno, la puertita de la modesta casa. Sacudió la cabeza como si quisiera deshacerse de un mal presentimiento, de cierta zozobra que lo angustiaba.
Sintió latir el corazón de Amanda, que esperaba silenciosa el arribo de su padre detrás de la puerta, desde hacía largas horas de paciente espera. Amanda latía no solo su corazón: hasta su sombra se había espesado durante esas horas en que aguardaba la llegada de Anita y su hermano, como le habían prometido meses atrás, entre risas y bromas de amor. La última imagen de su madre fue aquella en el auto negro, saludándola a través de la ventanilla trasera. Se quedó con esa sonrisa maternal y la delicada mano de Anita agitándose en señal de despedida.
Bajó del automóvil sumamente contrariado. Creyó tener todas las palabras en la boca. Sus labios se movían como si entonara una canción sabida de antemano. Las palabras tenían vida propia y se ubicaban en el lugar preciso, esperando salir para acariciar a la niña. ¿Las soñó durante el viaje? Era posible. Estaba seguro de que podría explicar las cosas con claridad y sin herirla. Aunque, con franqueza, ni él mismo encontraba una explicación satisfactoria.
Caminó vacilante la corta distancia que separaba el automóvil de la casa. Se detuvo frente a la puerta, aguardando que se agotara el leve temblor que invadía sus piernas. No estaba seguro si lo que escuchaba provenía del interior de la casita o de su propia cabeza. “¿Dónde está mi mamá?” oyó la pregunta repetida tres veces. Luego otra, también tres veces, con voz inquisidora que no parecía salida de la garganta de su niña: “¿Dónde está mi hermano?” Volteó para comprobar si el chofer también escuchaba esas preguntas que lo paralizaban, pero el hombre fumaba distraído, mirando hacia el horizonte a través de la calle de tierra, tal vez buscando una explicación a tanta soledad suburbana.
Cuando creyó que esos sonidos desaparecían, avanzó hasta quedar a pocos centímetros de la puerta. Apoyó la mano en el picaporte y se dispuso a entrar sin golpear, como era su costumbre. Pero fue Amanda quien abrió y apareció frente a él, tan pequeña y luminosa como siempre. Miguel sintió perder la compostura. Una fatiga arrogante le transfirió un temblor que se alojó en sus rodillas, incapaces de sostener el peso del cuerpo. Sus hombros se vencieron y dejó caer los brazos en señal de abatimiento.
Se podría decir que se arrodilló ante su hija, pero en verdad cayó postrado. Amanda lo abrazó con eucarística ternura. Dejó que la cabeza de su padre, inmensa, se apoyara en su pequeño pecho. Miguel lloró como nunca lo había hecho en su vida, sin pronunciar palabra. Los sustantivos, los adjetivos, los verbos, las proposiciones, los adverbios, todos se marchitaron en ese instante, como flores equivocadas resecadas por el leve roce de una brasa negra.
Amanda guardó un silencio inolvidable, mientras pasaba su delicada mano por la cara del padre y humedecía con sus lágrimas sus propios dedos.
Amanda quiso hablar, pero no pudo.
Amanda quiso llorar, pero no pudo.
Amanda quiso gritar, pero no pudo.
Amanda quiso correr, pero no pudo.
Solo pudo sostener el consuelo entre sus brazos delgados como estambres y sus manos diminutas.
Carmen y Francisco salieron por la puerta del fondo y lloraron abrazados bajo la sombra de un árbol pelado por el otoño. El coro de unas aves enmudeció de golpe. El viento cesó en sus giros bandoleros y una copa de noche pareció descender sobre esa porción del pueblo, mientras una raya roja desesperaba en el fondo de la legua, horizonte que se moría en dirección a una noche salida del subsuelo gangrenoso del lodo de una cicatriz en la laguna.
¿Fue en ese momento que Amanda comprendió que había perdido todo en ese abrazo, tanto de desconsuelo como de despedida? Años después, mientras enjuagaba con agua limpia las manos del General, creyó entender el significado de aquel suceso que, a pesar de estar tan lejano en el tiempo, le dejó una mortificante intriga hasta ese presente en la inmensa mansión que se disecaba al rayo del sol sobre los huesos dolientes de los sepultados vivos por sus infinitas rebeliones.
Nada del General le recordaba a su madre, tampoco nada de Doña Encarnación, ni siquiera se identificaba con esa otra niña amarrada por tres babas de diablo. Pero a veces, un suspiro, un sonido monocorde del pecho de “La Reliquia”, rugoso y metálico, la retrotraía a ese abrazo del padre que respiraba jadeando un dolor que sonaba a barro, a greda amarga, y que la dejó tan solitaria y tan vacía, sin poder comprender con exactitud ese sentimiento de ausencia poderoso. Solo muchos años después —tal vez en la soledad de su habitación, contemplando el pálido cielorraso pintado a la cal hacía ya décadas— pudo descifrar las consecuencias de aquel amor maternal perdido tempranamente. Hubo una mezcla de dolor mortuorio y de traición madurada a los empujones, que explicó el abandono posterior de todos los afectos que había sentido potentes justo hasta ese preciso momento.
En la madurez, sosteniendo con sus manos callosas la rugosa y huesuda del ilustre, pudo descifrar aquel pensamiento que conquistó su mente mientras consolaba al padre arrodillado, pero que entonces no pudo manifestar ni siquiera en una simple idea: “¿Qué será de mí si ya no estás a mi lado?” La muerte de Anita definió para siempre el destino de Amanda. A partir de entonces, solo la soledad y el silencio serían los arquitectos de su vida. 

*** 

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 11 


En un sobre azul guardé las palabras. En el convento, será flor o cautiverio. No lo sabré por una eternidad. Búscame en el acierto de unos apellidos. 

*** 


XI

Una muerte y después 

La tarde se erizaba de cirros a lo lejos. Las turbulencias de la luz del sol, entre esas pequeñas nubes que entretejían magníficos velos, dibujaban luces variopintas que parecían lanzarse al centro de la laguna para iluminar el agua, removida por olitas que estiraban su cabellera espumosa como un follaje blanco. El viento húmedo volaba bajito, resbalando entre los pastos que se abrían paso entre matorrales amarillos que insistían en amarrarlos con sus raíces rastreras, silabeando flores pequeñas cuyas fragancias se percibían incluso a cierta distancia. El villorrio parecía más solitario que de costumbre.
Largo fue el tiempo que Miguel estuvo arrodillado, llorando, abrazado a su hija. Amanda lo acarició mientras él, hincado, desahogaba su pena. Se incorporó como pudo, casi sin fuerzas. Quería irse del pueblo hacia cualquier lugar, no importaba dónde. Pero huir no era una opción al alcance de su mano.
La cercanía del hogar familiar lo perturbaba profundamente y no podía controlar esa sensación de ausencia. Ni siquiera era capaz de mirar hacia su propia casa: veía a Anita acercarse por la calle de tierra en dirección a lo de Carmen y Francisco. Esa alucinación nacida del dolor lo desesperaba.
Amanda, como si tuviera la fuerza necesaria, lo ayudó a incorporarse y se mantuvo a su lado. Cada tanto se abrazaba a su fornida pierna con todas sus fuerzas, como temiendo que el hombre huyera corriendo de la casa. Tal vez adivinaba la intención de su padre de escapar del villorrio sin destino conocido.
Miguel, en silencio, sin decir palabra alguna, instintivamente acariciaba sus cabellos con suavidad. Los vecinos también permanecieron silenciosos. Se esforzaron por consolarlo con palmaditas amorosas en la espalda. A cada una de ellas, Miguel respondía con una sonrisa ajena, torciendo la boca en una ridícula mueca más que en un gesto de agradecimiento.
No era displicencia: parecía más bien desorientado, sin saber qué hacer ni qué decir. Oía las palabras de consuelo de la pareja como simples monosílabos espesas, inconexas, lentificadas por su paso a través de un túnel de dolor que le impedía comprender cabalmente lo que le decían. Si se le hubiesen pedido que las repitiera en ese mismo momento, no lo hubiera podido hacer. En cambio, Amanda seguía con atención la escena y recordaría por siempre esas frases amorosas de los vecinos, así como la congoja de su padre. Durante años, ni siquiera pudo sentir rencor contra ese hombre. Solo cuando recibió el papelito que el suboficial Pérez le entregó el día de su partida de la casona —con las respuestas a sus tres preguntas, las mismas que había hecho al llegar a la mansión— pudo maldecirlo, liberando su alma de un odio razonable.
Miguel trataba de disimular su estado de ánimo, pero un sopor enigmático lo envolvía y no le permitía despejar la mente. Las ideas se le agolpaban sin orden ni sentido: su memoria se había anarquizado repentinamente.
Los golpes del corazón retumbaban en su tórax y expulsaban como pistones la sangre que dilatada subía por su cuello hasta el cerebro, por las arterias carótidas que sentía redondas y calientes. Movía la cabeza en todas direcciones tratando de acomodar ese atropello de añoranzas de las que apenas podía tomar conciencia. Recordaba momentos con Anita: las caminatas por la calle Florida hacia la terminal de Retiro; las exigencias de su padre y el juramento reclamado en el lecho de muerte; los cálidos abrazos en las noches serenas; los besos deliciosos, la humedad de las bocas; los berrinches de Amanda; las ecuaciones matemáticas; los sueños de aventuras comunes; el agua rodando por los caños impulsada por la bomba manual hacia el tanque del techo y el ruido de la lluvia cayendo sobre las chapas; los reproches de Eriseta con su voz de corneta; la escarcha sobre el pasto blanqueando el paisaje; la primera noche de amor abrazados con pasión; la última de los suspiros jadeando la hemorragia incesante, aturdidos por los gritos de médicos y enfermeros que corrían desesperados hacia ningún lado, mientras la muerte llegaba como un ave cruel que succionaba a través de su útero los últimos gramos de vida que le quedaban.
En un acto reflejo, mecánico, tomó de la mano a la niña más por saber si seguía allí, a su lado, que para contenerla. Palpó su manita, y ella la sujetó con toda su infantil fuerza.
La niña, a pesar de sus pocos años, parecía más serena y calmada que su padre. Lo miraba de a ratos sin dejar de aferrarse a su mano; unas pocas veces volteó hacia su casa, que se veía más oscura que de costumbre y vacía como nunca antes la había notado.
Luego, moviendo con lentitud la cabeza, dirigía la mirada tanto a Carmen como a Francisco, quienes esquivaban esos ojos negros que les recordaban los de la propia Anita. Mientras el rostro del hombre demostraba una pena profunda, Amanda no dejaba traslucir ni el menor sentimiento. Parecía extraña a esa escena que insinuaba una despedida para siempre. Tal vez no hubiera lugar para más dolores esa tarde en el pueblo.
El llamado del chofer devolvió a Miguel a la realidad. —Señor —se escuchó la solemne voz del hombre, sin fuerza—, es mejor irnos antes de que se haga tarde. La señora Eriseta no quería que lleguen de noche. Miguel asintió con un leve cabezazo.
Alzó a Amanda, quien rodeó su cuello con sus bracitos, y Carmen y Francisco se despidieron con lágrimas en los ojos. El matrimonio sospechó que no volvería a ver a la niña. Ya adolescente, y a fuerza de un capricho, Amanda regresó durante una breve estancia al villorrio, pero el matrimonio amigo había partido a su patria luego de la muerte de su hija. Para entonces, el barrio se había extendido hacia los cuatro puntos cardinales. Todavía la laguna comandaba en el centro del pueblo, que se resistía a perder su apariencia campestre, pero ya sonaban como metrónomos huraños los secos ecos de las máquinas de algunos talleres, preludio de la fábrica textil que cambiaría la vida de toda la zona.
Muchos nuevos vecinos llegaron al pueblo y expandieron las fronteras hacia la General Paz y hacia la avenida De los Constituyentes, en dirección a los cuarteles del ejército, bordeando las vías del ferrocarril que iba y venía desde Retiro hacia los suburbios bonaerenses. “El Secreto”, en la esquina del andén, fue refugio obligado de malandras y borrachines que malgastaban sus días entre cañas y copetines de mala muerte, donde se escuchaban tangos a 78 revoluciones por minuto en un gramófono Columbia que giraba un poco a expensas de una batería y otro poco por la combustión de los vahos calientes del alcohol que destilaban los parroquianos semidormidos por la borrachera.
Allí Amanda, una noche atrevida —la noche de la pena y la melancolía, la noche del amor sublime— cantó para una audiencia que creyó despertar de un letargo de años, cuando oyó esa voz angelical salida de entre los misterios de la noche. Entonando como la mismísima Merello Se dice de mí, juraron convencidos que la magia de esa voz los transportó realmente al Mercado de Abasto, donde la morocha lució sus encantos antes de transformarse para siempre en la Marturano.
Cuidar la casa de Anita, como pasó a ser conocida, se transformó en obligación de todos los residentes. Había algo de santuario en esa casita de madera. Si el progreso no se hubiera interpuesto entre el pasado y el futuro, no hubiera pasado mucho tiempo antes de que se la venerara como a una santa, como tantas otras difuntas.
La historia contaba de una joven y bella mujer, delgada, delicada como un mimbre, graciosa, muerta al nacer su hijo. “Dio la vida para que él viviera”, repetían las comadres. El sacrificio supremo de una madre por su hijo: morir para que él fuera el testimonio vivo de su amor maternal. Porque las viejas decían que “el amor de Dios se refleja siempre en el amor de la madre”. Y si Dios hizo el sacrificio supremo, cómo no lo haría una madre por su hijo. Luego describían al niño —al que no conocieron ni siquiera en fotos— como un ser casi angelical, digno hijo de aquella martirizada madre que murió para que él viviera. Decían que tuvo una hermana tan hermosa como él, que se alejó llevada por la tristeza a un recóndito lugar del país del que nadie nunca supo dónde quedaba.
El relato conmovía a quien lo escuchara, y cada comadre se ocupaba de llevarlo a otros lugares, donde la historia se modificaba hasta confundirse con las divinidades más maravillosas de la mitología pueblerina bonaerense. Atender esa casa se volvió casi un asunto religioso, asunto de verdaderos milagros y de un ritual que no se podía abandonar por ninguna circunstancia, ni siquiera extraordinaria.
Quienes más se sintieron en la obligación de cuidar la propiedad —a la que Miguel visitaba cada vez de manera más espaciada— fueron esas dos alemanas que habían hecho brillar hasta la tosca vereda de ladrillos y transformado en un verdadero vergel tanto su propio jardín como el terreno que separaba la casita de Anita de la suya, y el jardín de entrada de la casita canadiense. Sin embargo, ellas estaban muy lejos de las supersticiones pueblerinas.
Si se les preguntaba por qué cuidaban con tanto esmero una vivienda que no era la suya, no lo explicaban por razones de ocultismo o magia blanca. Simplemente respondían que las alentaba un extraordinario sentido del deber traído de su tierra natal, y que habían incorporado el cuidado de la casa, así como de su jardín, al conjunto de reglas que establecieron para mantener un orden riguroso en sus obligaciones cotidianas.
Los rigores de la disciplina los recibieron de su padre, un prusiano de tamaño ciclópeo que se dedicó a las tareas del campo produciendo él solo más que todos sus coterráneos, por lo que su fama llegó hasta los oídos del Kaiser. Estas afirmaciones los vecinos las tomaban con sorna, porque ignoraban quién sería ese personaje del que las alemanas hablaban con tanta admiración y respeto.
Todo lo hacían cumpliendo con extraordinaria puntualidad los horarios determinados para cada tarea. “Fünf Minuten vor der Zeit ist die deutsche Pünktlichkeit”¹, repetían a sus vecinos cuando inquirían sobre esa obsesión con los horarios. “Ist die deutsche Pünktlichkeit, ist die deutsche Pünktlichkeit”², insistían, y luego balbuceaban en un argentino confuso algo sobre la puntualidad que la mayoría de los parroquianos no alcanzaba a entender.
En esa última visita infantil, Amanda no pudo ver a las alemanas de la esquina. La hubieran sorprendido sus formas, sus palabras entreveradas, sus atuendos casi miserables, no porque carecieran de dinero, sino porque esa forma de vestir reflejaba su estado espiritual de total ascetismo y rigurosa disciplina.
Tal vez un encuentro con ellas le hubiera dado a la niña una oportunidad para salir de ese estado de abatimiento que siguió a la despedida de los vecinos bolivianos. Amanda, en silencio, fue presa de una especie de apatía que era una forma de dolor por un nuevo abandono. Pero esa abulia no se manifestaba en su rostro, que permaneció impasible, sin gesto ni mueca de incomodidad o pena. Tampoco en su cuerpo, rígido, suspendido en una delicada posición entre el ir y el venir, como flotando. Sí se imprimió en su corazón, estampando un dolor desconocido. Miguel nunca atendió a esos sentimientos que habían invadido a Amanda en ese momento, solo preocupado por su propia turbación.
A pesar del silencio y del estado inanimado en que parecían haber quedado padre e hija, hasta el chofer se sintió afectado por una melancolía trascendente que envolvía la cápsula interior del automóvil, obligándolo a abrir la ventanilla de su lado en procura del aire que le faltaba por ese estado emocional que nunca había sentido, ni siquiera cuando murieron sus propios padres no hacía demasiado tiempo.
El viaje desde el suburbio hasta la casona de la abuela Eriseta tuvo algo de enigmático para los tres. Ocurrió, sin dudas, pero les pareció que en realidad nunca abandonaron el villorrio, como si el automóvil no se hubiera desplazado en ningún sentido, y esa inmovilidad se disimulaba en una sucesión de fotografías a color de un paisaje entre suburbano y citadino que bien podría haber sido el regreso al palacete de Eriseta o cualquier otro, desconocido, de arboledas y construcciones a cada lado de calles y avenidas. El silencio que se escuchó durante ese tiempo fue notorio, más que de costumbre, porque a diferencia del sonoro dominio de unas palabras más o menos exactas, el olor de ese mutismo, su condensación, pesaban como una magnífica desgracia y hacían que la ausencia de todo susurro, de todo rumor, fuera mucho más contundente que el simple sonido de la angustia. Los tres se mantuvieron en silencio todo ese tiempo, en especial Amanda, quien lo hizo desde el momento en que Miguel se arrodilló ante ella para llorar desconsolado, abrazándola. Salvo unas pocas palabras que bisbiseó con su blanca vocecita infantil, se mantuvo muda, completamente muda, acentuando el lúgubre aspecto que la envolvía.
La noche empezaba a derramarse y agregaba un toque de oscuridad que opacaba esas imágenes hasta hacerles perder sus diferentes tonalidades.
Había algo en Amanda que descolocaba a Miguel. Era una sensación aún imprecisa que se originaba en esa calma imposible para una niña de esa edad que acababa de perder a su mamá. Su silencio, su parsimonia y hasta su aparente desinterés por lo que estaba ocurriendo inducían a equivocarse en cuanto a sus sentimientos. Esa impresión era inexacta. Amanda trataba de captar la esencia de todo lo que le estaba pasando, pero ella, más que nadie, comprendía que el sentido de las cosas se había trastocado violentamente.
Tenía una amorosa madre, y ya no la tenía más. Esperaba a un hermano del que sospechaba la alejarían sin remedio. Su casa ya no era su casa, y hasta ese hombre que era su padre empezaba a adquirir un aspecto extraño, como si, a medida que transcurrían las horas, se fuera transformando en un forastero y no en quien había sido hasta entonces. El viaje mismo en ese auto negro, enorme, adquiría una dimensión extraña mientras el paisaje mentía sus colores y se volvía más y más oscuro a medida que avanzaban por la ciudad rumbo al palacete de la familia paterna.
El paso de los años no pudo disipar nunca esa sensación rudimentaria de dolor que le quedó impregnada en la piel desde el momento en que ese hombre apoyó la cabeza en su pecho. Ya vieja, solía llevar sus manos a la altura del corazón y sentir idénticos latidos, como aquellos que sonaron apagados mientras el llanto de Miguel surgía del secreto reducto de sus sentimientos. Pero no se trató solo del dolor del padre llorando contra la humanidad de apenas una niña: lo que Amanda arrastró durante mucho tiempo fue una sensación de desierto, un estado solitario, una humanidad vacante, algo inhóspito y yermo.
Tal vez por eso no resistió ser reducida al pupilaje en el colegio de aquellas monjas que parecían volar llevadas por sus negros hábitos, mientras sostenían sus vientres abultados como si fueran extrañas aves de una indescriptible Providencia.

Cuando arribaron, la noche se precipitó como la sombra de una reverencia del universo. Hacia las vías del Sarmiento, algo de la substancia del cielo de la tarde todavía tributaba luminiscencias que rodaban por los rieles en dirección de Este a Oeste. Amanda se tomó de la mano de su padre: estaba fría y extraña. Miró la puerta de entrada del palacete como si fuera la boca de un animal fantástico dispuesto a devorarla de un solo bocado.
A su espalda, una procesión de vientitos empujaba los plátanos, tentándolos a un baile entre la hojarasca quemada por un frío de cenizas que sonaba como los ladridos de unos perros que se lamían de hambre los hocicos.
Alzó la vista para comprender la dimensión de la escalera de mármol que la llevaría hasta el primer piso, donde un recibidor adornado con cuernos de animales y escudos misteriosos se ofrecía en la antesala de ese lugar extraño. Miguel le dio un empujoncito suave en un hombro y luego abrió la puerta, que no tenía echada la llave. Sonaron las bisagras como si se abriera un cofre herrumbrado, una especie de catarro ferroso que cruzó el aire como un rugido sordo de metales. La luz del zaguán caía como un polvo amarillo.
Subió algo desanimada, y solo el deseo de conocer a su hermano disipaba las dudas que aquel lugar le producía. Cuando alcanzó la puerta cancel, una mano clandestina la abrió e invitó a la niña a entrar en aquella habitación. Para entonces, Miguel había adquirido un aspecto más desdichado. No se oía ningún sonido dentro de la estancia, y un perfume oxidado llenaba el aire con el rumor de antiguas crinolinas que alguna mujerona había calzado para una ocasión extraordinaria, allá lejos y hacía tiempo.
Amanda estaba atenta, pero no tenía miedo. Sintió por primera vez ese arrullo del perfume de cereales —que se repetiría solo en situaciones extraordinarias—, una cálida luz de eclipse que la envolvía, como si la sustancia de Anita estuviera presente, custodiando sus pasos en aquel lugar que se presentaba como una encrucijada de silencios. 

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¹ “Cinco minutos antes de la hora es la puntualidad alemana.” 

² “Es la puntualidad alemana.” 

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“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 12 


Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
Allí el cáliz donde abrevan las aves
de idiomas musicales
Comulgan con chicha de placeres.
El ave llegó desde el tumulto
De iracundos y cobardes puños.
En el encierro de un cielo subterráneo
que contempló el cautiverio del arte,
en un desierto de huesos apilados
soñó de frío una libertad
del tamaño de una patria.
Ave en ramos de sueños,
Ave en vertiginosas torres
De sonido sobre sonido
En un enigma de cúpulas de cantos
En alegórica atmósfera de sepultura,
Entre marfiles repiqueteando
Como cascabeles blancos,
Como cascabeles negros,
Corcheas, semicorcheas,
Silencios expectantes.
Alfombra de esparto enrollado
En su traje de fino caballero,
Allí el gaucho hizo el mapa final
Y entregó la última caricia azul
Que es un cerrojo solo pasajero.
Toma la llave y abre el enigma
Que nos dejó el rasquinchos:
Nueve buscan once.
Nueve por once es el camino.
En el cáliz sagrado de la vida eterna,
Las aves beben chichas musicales
Y cantan para siempre sus canciones. 

*** 


XII 


Humo y rouge 

Amanda avanzó por el recibidor como si conociera de memoria la casa. Su andar demostraba la decisión de alguien que iba en busca de un tesoro. Sus pasos cortos recordaban el andar felino de su madre. Y aunque sus caderas eran aún pequeñas, ya mostraban las mismas cadencias que las de Anita.
Atravesó la entrada que daba al amplio living en el que su abuela organizaba tertulias con el pretexto de un té canasta, donde se intercambiaban chismes e información. El salón parecía innecesariamente grande y vacío; pasos aún perdidos andaban con sigilo de un lado al otro, chocando contra las paredes en su anhelo por huir de ese claustro. Hasta cierto ascetismo parecía imponerse sobre los enseres, opacándolos y dándoles un aspecto casi religioso.
El piso brillaba con extraordinario fulgor, y su espejado encubría vetas largas de variados tonos marrones, desde uno claro, casi como el cedro, hasta otro oscuro como la caoba. Una escasa luz reflejada en el encerado revelaba las dimensiones de la habitación y descubría el delicado mobiliario dispuesto con cuidada simetría.
Al avanzar, Amanda observó a su izquierda enormes retratos de personas desconocidas que la seguían con su severa mirada. Ella fue indiferente a esos ojos intransigentes, de contemplación rígida, y caminó sin detenerse. Tal vez, si le hubieran hablado, habría reparado en ellos. Pero solo eran ojos pintados en rostros polvorientos, labios demacrados, ropas extrañas y manos sin energía.
Más lejos de los retratos, una vitrina se alzaba sobre cuatro macizas patas, como las de un elefante de caoba. Estaba llena de diminutas copas de fino cristal que reflejaban la tenue luz ceremonial del salón, lanzando pequeños arcos iris en todas direcciones. En un estante más abajo, unas tazas de dibujos azules estaban dispuestas en círculo, dentro del cual se encontraban la tetera de regular tamaño, una lecherita con tapita dorada y una azucarera que imitaba a una bailarina alzando los brazos como suplicando una caricia.
Una mano —tal vez la misma que abrió la puerta cancel, tal vez otra— detuvo su marcha tocándola con delicadeza. Amanda obedeció esa señal: no venía dispuesta a desobedecer, sino a encontrar a su hermano, que era, sin proponérselo, un modo singular de encontrar a su propia madre.
Era una mano de ademán eclesiástico, algo temblorosa pero firme, que la llevó hasta una habitación adornada con motivos infantiles. No pudo reconocer esos dedos largos y flacos que terminaban en pulcras uñas redondeadas. No era la mano de su abuela, arrugada y rechoncha, con uñas pintadas de rojo rabioso.
Allí se quedó mirando a su alrededor, describiendo un círculo mágico protector con su mirada, que adquirió de repente la dureza y el brillo del silicio, sin perder la oscuridad metafísica que la caracterizaba. Amanda no encontraba nada familiar en ese cuarto: ni siquiera los adornos infantiles le parecían verdaderos. Su color, su tamaño, su disposición ponían en evidencia la falsedad de alguien que no entendía nada de niños o, peor aún, que los detestaba. Esa falsificación no la inquietaba; solo la convencía aún más de que hacía mucho tiempo ningún niño había corrido por esos pasillos ni subido a las camas o a las sillas.
Esperó sin inquietarse que su padre viniera por ella, o que ese fuera el lugar y el momento de conocer a su hermano. Pero quien apareció, como salida de un armario negro, fue su abuela Eriseta. Con un movimiento de su mano le indicó que la siguiera por ese extraño agujero que parecía la boca de un túnel sin final.
Atravesaron juntas el largo corredor apenas iluminado por una luz distante. Ingresaron a una amplia habitación celeste, de cuyo techo colgaban tules al tono. En medio, apenas iluminada por una tenue luz que salía de entre las gasas, una cuna dejaba ver a un bebé pequeño que movía sus manitos como queriendo asir las sombras dibujadas por el movimiento de las telas. Amanda se llenó de ternura; su boca entreabierta decía del suspenso amoroso en que quedó sumida. Dudó sobre qué debía hacer o decir. Solo atinó a mirar a la abuela, preguntando con su mirada si ese ser pequeño era su hermano.
Eriseta respondió afirmativamente, moviendo la cabeza de arriba abajo, que por única vez adquirió una forma más redonda, sin las erupciones púrpuras que le brotaban cuando se enfadaba con Miguel. Amanda percibió algo de emoción en la actitud de su abuela, una sensación que tampoco olvidó con el paso de los años. Le preguntó si se animaba a tenerlo entre sus brazos; la voz de Eriseta no sonaba como una ruda corneta. Amanda sonrió satisfecha y dijo que sí, casi imperceptible, temerosa de asustar al bebé que se movía como una espiga tocada por una suave brisa.
La mujer trajo de un rincón una amplia silla tapizada en gobelino con dibujos de flores de lis. La ayudó a sentarse —la silla era algo alta para la niña— y la acomodó hacia atrás, para que su pequeña espalda tocara el amplio respaldo.
Es seguro que hasta en el último día de su vida Amanda haya recordado esa sensación extraordinaria de tener a su hermano en brazos y sentir el roce de tan pequeños dedos sobre su fina piel de infanta. Podría haber llorado, pero no pudo. Como le ocurrió en el momento en que su padre le dijo: “mamá murió en el parto”. Aquellas lágrimas habrían sido de dolor, pero estas deberían ser de alegría. Así que debieron haberse cristalizado en algún lugar de su humanidad: tal vez hechas rubíes, si eran lágrimas rojas; tal vez esmeraldas, si eran verdes; tal vez transparentes, si eran puras lágrimas de rocío. Las lágrimas así conservadas nunca se echan a perder. Se mantienen frescas en racimos y hasta pueden dar una sensación de azahares que alivian nostalgias y calman los estados nerviosos de quienes lloran hacia la intimidad de sus tejidos. Serían las lágrimas que por fin brotarían la noche de la conversación de la luna que tronaba a su frente.
Ese instante con su hermano fue demasiado breve, del tamaño de una semilla de tiempo, un diminuto momento como un grano de polen de primavera tocando su piel. Debió preguntar por su nombre, pero, así como no pudo llorar, tampoco pudo decir palabra alguna. Supo que se llamaba Jorge cuando oyó que así lo llamó Eriseta, durante una discusión con Miguel a la mañana siguiente de la llegada a esa casa, mientras Asmodeo M., el abuelo materno, fumaba su enorme habano echando humo en todas direcciones y carraspeaba preguntando si podría llevarse a la niña para criarla, mientras un hilito de baba marrón caía por la comisura de sus labios.
Amanda no recordaba cuándo se durmió. Despertó en una cama que no era la suya, mucho más amplia, entre sábanas rosadas con perfume a azahares, en una habitación de color morado. A una distancia no mayor a un metro, una pequeña valija de cuero parecía esperar que ella la tomara para partir a un viaje. A lo lejos se escuchaban voces roncas que luchaban entre sí cada vez con más fuerza. Amanda tuvo miedo: las voces sonaban a cascabeles de piedras rodando cuesta abajo hacia el abismo de un acantilado en el que ella esperaba inerme el impacto de esos negros cantos rodados.
Creyó que debería tomar a su hermano y marcharse a lo de Carmen y Francisco, quienes los cuidarían como nadie podría hacerlo. Ni siquiera Miguel, que adquiría a medida que pasaba el tiempo ese aspecto de forastero que había equivocado el camino. Pero no había modo de regresar al apacible villorrio suburbano. Quedó ensimismada, expectante de que los gritos llegaran de una buena vez hasta el borde de su cama, inconclusos, hechos ovillos de desdicha.
Y así fue. Irrumpieron como un tufo de sombra entre cicatrices de palabras intransigentes. Muchas sílabas interrumpidas, algo de humo rancio y un rouge rojo, aceitoso e impertinente, que le advertía de su inminente partida. Allí estaba la pequeña valija esperando que su también pequeña mano la asiera para siempre y la llevara con ella al lugar de todas las soledades.
¡Si Amanda pudiera llorar! ¡Si Amanda pudiera gritar! Lloraría, y sus lágrimas le dirían: ¡corre! Gritaría con todas sus fuerzas, y su voz le diría: ¡corre Amanda! ¡Corre!
Pero no tuvo ni lágrimas ni gritos. Fue solo oídos. Escuchó hasta la substancia de esos rencores, cuyo último eco fue: “la tirás a un orfanato para sacártela de encima”. Luego de esas palabras se hizo un silencio extraordinario que envolvió a Amanda en un escalofrío de desamor inolvidable.

***

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 13

Salvo la eternidad, todo me resulta insoportable. ¿Y si no muero? ¿A qué tendré derecho?

***

XIII

Asmodeo M.

Miguel, salvo lacónicas respuestas que no superaban las tres o cuatro palabras, se mantuvo en silencio mientras Eriseta le hablaba, espantando unas pequeñas mosquitas salidas no se sabía de dónde y que se enredaban en su cabello. Los insectos parecían aturdidos, pero aun así sabían esquivar los manotazos que la mujer les lanzaba para alejarlos. Al verlas zumbando anárquicas alrededor de la testa de su madre, Miguel creyó que bien podrían ser sus propias ideas escapando por los conductos auditivos para poner en evidencia la catadura de sus más íntimos pensamientos. Sospechó de qué tipo y qué tamaño serían esos dípteros si representaran sus verdaderos sentimientos.
Eriseta protestaba por asuntos que Miguel había olvidado, pero que ella se empeñaba en rescatar para engordar sus reproches con todo tipo de argumentos y sucesos más o menos ciertos. Rascaba el fondo de la memoria para hallar lo que fuera en la historia familiar y así seguir hablando sin interrupciones. Pero en lo que puso mayor énfasis fue en recriminarle haber faltado al juramento que le hizo a su padre moribundo.
Miguel estaba inexpresivo y hasta atontado por las quejas, tan aturdido como las asombrosas mosquitas que salían de la cabeza de su madre para girar alrededor de ella como los planetas alrededor del sol.
De ese juramento abominaba secretamente: solo fue un compromiso ante un hombre moribundo que, entre jadeos terminales y lágrimas de sangre, jeringas, escupideras y olores inolvidables, le rogaba que jamás se involucrara con ideas anárquicas y disociadoras. Fue un discurso descoordinado, maldiciones repetidas sin sentido, invocaciones irrepetibles a una supuesta fe a la que se debían. Una mención sobre las bondades de Torquemada, una invocación al Pardo Meneses, referencias a una “democracia” selectiva, convocatorias a un Dios iracundo por sobre todas las cosas, y otras apelaciones que ya ni recordaba. Todo ese discurso del moribundo, en definitiva, no era más que un reproche agónico contra Anita, de la que ventiló su prontuario apenas se enteró de la relación que unía a la mujer con su hijo.
Miguel recordaba muy bien aquel día en que su padre agitaba una carpeta amarilla con el nombre de su amada estampado como una bandera de peligro, advirtiendo de todos los infortunios “que una vulgar calentura” traería a una familia que se había ganado una buena posición y las más significativas consideraciones en las altas esferas de la sociedad porteña.
Si se le hubiese dejado hablar en ese momento —y hubiese tenido el coraje necesario—, y si se hubiese atrevido a hacerlo en el instante de los reproches maternos, habría dicho que juró en falso, que era un perfecto perjuro, y habría asumido tal condición hasta con satisfacción.
Ante la impostación de Dios de su padre moribundo, bien podría haber actuado como un legítimo energúmeno y disfrutado de las mieles de la rebeldía. Sin embargo, reducido a una vulgar traición familiar, recurrió al silencio aleve y a la mentira indiscreta para redimirse, sin comprender que la escasa valentía no soporta jamás el capricho de los que creen portar la voz de Dios y la luz de la verdad definitiva.
Persistentes, las diminutas moscas, a esa altura de la perorata, dejaron su vuelo anárquico y empezaron a danzar armoniosas un Deuteronomio alrededor de la mujer, que seguía lanzando palabras como piedras contra la perversa infiel de los versículos. Miguel se tapaba la cara con las manos y con los antebrazos cubría su pecho, igual que aquel que se protege de la lapidación de los fanáticos.
Le dijo a su hijo, con una voz extraída de una apoteosis de reproches, que ya no podría vivir más en aquel suburbio, lejos de todo, privado de las comodidades más elementales. La palabra suburbio le generaba rencores, desafíos y verdaderos deseos de exorcizar ese mal enquistado en una modesta casita de madera canadiense, envuelta en los vahos de la humedad de una laguna a menos de trescientos metros, surgida a la intemperie por arbitrio de la lluvia estacional.
Ese, según la amonestadora madre, no fue nunca un verdadero hogar, solo una simulación nacida del capricho de una muchacha de ojos negros y labios húmedos que desbordó los sentimientos de un hombre desacostumbrado a manipular el amor verdadero.
El auténtico hogar, le espetó, era la casa familiar, en la que vivieron todas las generaciones casi desde el nacimiento de la refundada Buenos Aires, bajo la advocación de la Virgen de los marineros y a pesar de la sífilis y el escorbuto.
Esa casa materna, legada por antepasados que tuvieron su gloria en el secreto de Estado, era para Eriseta como la ciudadela que el Señor, su Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, le había dado para una vida a su servicio, cuidando no solo el altar divino, sino también el de la Patria —que debía ser su imitación y semejanza— y el de la Familia, institución destinada a ser la íntima reserva de la identidad nacional, de la que ella se consideraba inclaudicable defensora.
Por una abrupta decisión del destino, los tiempos habían cambiado: lo que ayer parecía lejano mientras la intrusa gobernaba los sentimientos de su hijo, se hacía posible por su temprana muerte. Por esa circunstancia inesperada había llegado su hora de enderezar lo torcido y mejorar lo correcto.
Dios, en su infinita sabiduría —pensaba convencida— fue quien deshizo los enredos de su hijo con esa muchacha. Y aunque en más de una oportunidad se dejó tentar por la idea de que fuera la voluntad humana la que torciera el rumbo de los acontecimientos, aceptó, por recomendación de su confesor, dejar en manos divinas la solución última. Si Anita murió, como al final ocurrió lo que tanto había deseado, había que buscar la explicación más segura en esa misteriosa decisión divina.
Ella estaba realmente serena: sabía que todo estaba dicho de antemano, escrito en letras de molde sobre la piedra sagrada surgida del éxodo por el desierto. No era un vano presentimiento el que la preparaba para el desenlace, tal como ocurrió. Ni se trataba de una corazonada nacida del fervor. Tanto hombre como mujer que hicieran lo malo ante los ojos del Señor, la Patria o la Familia —y entonces alzaba su dedo índice señalando el nombre de Anita como un sacrilegio delimitado en cinco letras—, violando los pactos sagrados con esa santísima trinidad y sirviendo a otros dioses, adorándolos, o adorando al sol en su magnificencia planetaria, o a la solitaria alhaja de la luna izada en la noche como fruta plateada, o a cualquiera de las huestes terrenales que avanzaban entre flamígeras banderas como fantasmas por el mundo deshaciendo cadenas y enterrando dominios, estaban condenados. Solo se trataba de esperar que las cosas ocurrieran como estaba antedicho.
Y como fuera dicho, y como fuera mandado, por atentar contra la casa de Israel —que en definitiva era su propia casa, porque su casa era como la casa de Israel—, saldría de sus vidas para siempre esa mujer que cometió malas acciones. Y usando la palabra como puños de piedra, apedreaba su recuerdo hasta hacerlo desaparecer definitivamente, a pesar de que Miguel se cubriera la cara con las manos y el pecho con sus antebrazos.
Agazapada en los reproches, dijo que la aventura de la vida suburbana en ese lugar tan apartado de Buenos Aires había llegado a su fin. Con menos apasionamiento, acaramelando su voz, le reclamó a Miguel que considerara el futuro del niño. Él ya no podría criarlo y debería dejarlo al cuidado de una nurse de confianza que la propia Agencia podía proponer, y de ella, que sería la celosa custodia de la crianza.
Con respecto a él mismo, su carrera de funcionario no podía quedar sujeta al capricho de sostener la educación de la criatura y el mantenimiento de una casa en la que ni agua corriente había. Le recordó casi a los gritos que había aceptado de mala gana aquella “aventura” —como llamó a la mudanza a la recoleta vivienda de madera canadiense— porque Anita lo dominaba con su fuerte carácter.
Mientras fue soltero, ese dominio le perteneció a Eriseta. Ninguno de sus hijos se atrevió a contradecir sus decisiones, y en esos asuntos su esposo nunca se entrometió. Era una especie de trato: ella no mangoneaba en los asuntos de Estado que requerían la intervención de su marido, y él dejaba en manos de la esposa todo lo que tuviera que ver con la familia.
La educación, la religión, el porvenir y hasta los matrimonios —salvo en el caso de Miguel— habían contado con la aprobación de la mujer. Nada se hacía sin su expreso consentimiento. Hasta que llegó Anita y trastocó los valores tradicionales de la familia. Pero muerta Anita, el escaso ánimo de Miguel para encarar dificultades, incluso las más previsibles, facilitaría los propósitos maternos de retomar el control de la vida de su hijo.
Le dijo que la prudencia lo convencería de retornar a la vivienda familiar y sostener allí su verdadera familia, la unida por la sangre y no por un antojo, priorizando al bebé recién nacido y también a él mismo. Que no debía despilfarrar su tiempo, su dinero y su futuro detrás del recuerdo de una esposa muerta y de una niña que no era suya, quien, para su tranquilidad, quedaría al cuidado de las monjas de reclusión. Nada mejor que las severas hijas de Dios para hacer de ella una devota y provechosa cristiana.
Eriseta se comprometió a garantizar el pago de la cuota mensual por la compra de la casita y a enviar a empleados suyos para mantener en condiciones la vivienda. Miguel le aseguró que los vecinos —no solo Carmen y Francisco, sino también aquellas alemanas de gesto adusto y actitud espartana— se comprometieron a cuidar la casa y a ponerlo al tanto de cualquier contingencia. Ella encomendó a un alcahuete suyo entrevistar a la vecindad, que recibió al enviado como un mensajero del diablo.
De todos modos, como expresaron los vecinos, el villorrio era tan tranquilo que nada hacía sospechar algún inconveniente indeseable. No tenía más de qué preocuparse. Con respecto al dinero, sonrió amarga Eriseta: nunca le faltaría, como no le había faltado hasta entonces.
Anita siempre sospechó que su esposo recibía dinero de la madre, parte de la fortuna paterna que legó a su muerte a los hijos y a la esposa, en proporciones que solo la mujer conocía. No se trataba de una suma menor.
Atender el pago de la casa, garantizar la subsistencia del matrimonio y de la pequeña hija, teniendo presente que la familia se agrandaría en breve, llevaron a Miguel a solicitar en secreto ayuda económica. Anita nunca se lo hubiese permitido. Era orgullosa y obstinada, y estaba dispuesta a trabajar horas extras para sostener la casa si era necesario. Afirmaba que los dos salarios eran suficientes para vivir sin abundancia, pero sin escasez. Miguel acompañaba de palabra esa convicción de su esposa, pero recurría a la herencia que cuidaba su madre para aligerar la carga de sus obligaciones. Solía guardar esos pesos extras que Eriseta le giraba todos los meses para hacer frente a alguna contingencia familiar y darse algún gusto que movía a la sospecha de la esposa.
La diatriba se interrumpió cuando el timbre sonó repetidas veces. La mujer presintió que ese imprevisto venía en socorro de decisiones que había resuelto tomar en la intimidad de sus reflexiones. Una circunstancia inesperada que resultaría en su beneficio.
Miguel, que se sintió raramente liberado del discurso en el preciso instante en que vibró la campanilla, supo de inmediato que se trataba de su suegro, que acababa de llegar de improviso.
La llegada del padre de Anita la recibió como una mala noticia. A la arenga materna debía sumarle entonces las procacidades de ese hombre. El infortunio se mostró perverso con el viudo: soportaba el acoso de su madre y la presencia de su suegro.
La mucama hizo pasar al visitante al amplio salón comedor y le indicó que esperara allí hasta que llegaran “los señores”. Asmodeo M. apoyó una pequeña valija forrada en tela azul y rió cínico de manera ostensible, mientras repetía burlón las palabras de la joven mucama: “Los señores, los señores”, dijo, y pasó su lengua por los labios en obsceno gesto mientras miraba procaz el trasero de la sirvienta. Por lo bajo largó “alcahueta”, como quien lanza una pedrada de rastrón para dar justo en los tobillos donde duele durante días. El insulto la muchacha lo escuchó, pero no estaba en sus posibilidades responder. De haberlo hecho, seguramente Eriseta la hubiera despedido, porque era una ley inquebrantable que los sirvientes jamás debían responder a los insultos de sus patrones ni de allegados, aunque fueran de ese obeso rufián que olía a la quema de una parva de hojas y bosta de vaca, y frotaba sus labios con una lúbrica lenguota.
Vestía un traje marrón, tan ajustado que parecía a punto de estallar en sus costuras. Asmodeo M. tenía la costumbre de abrochar el saco, que se abría mostrando parte de la corbata y la camisa, porque apenas soportaba la presión que el abultado abdomen ejercía sobre los botones y ojales que imitaban enormes bocas deformadas.
La camisa habría sido blanca en alguna oportunidad, pero estaba amarilla de los repetidos lavados a los que había sido sometida, sin ver la luz del sol desde su confección. Asmodeo M. detestaba las mañanas y más aún el sol. Se levantaba ya pasado el mediodía, a veces hasta después de las tres de la tarde, y se quedaba recluido hasta que el sol se ponía. Salía de juerga antes de empezar la noche y regresaba a su casa bien entrada la madrugada.
El cuello se veía roído en su borde por el roce con los rollos que bajaban de la nuca y se estrechaban en fraternal abrazo con la papada, ocultando el cuello corto y ancho que sostenía su cabeza. Una barba pinchuda y de varios días afeaba aún más su presencia. La calva lucía lustrosa y rara vez se peinaba con algún criterio: a veces los cabellos se desparramaban por la pelada, otras parecían electrizados, nunca más o menos bien orientados. Dos anchas cejas se estiraban como una única línea peluda sobre su ancha narizota, de la que sobresalían largos vellos más negros y pinchudos que la propia barba. Los ojos eran pequeños y estaban apretados entre la frente y las gordas mejillas. Eran oscuros, pero no de la hondura de Anita, y resultaban promiscuos, incluso a quien los viera sin prestarles demasiada atención.
Los labios eran gruesos, lujuriosos, húmedos por una lengua que pasaba una y otra vez sobre ellos, mojándolos con una espesa saliva en un gesto que solía irritar a cualquiera. La corbata lucía manchas de todos los colores y tamaños, predominando las marrones, grotescos estampados de la baba tabacada que caía sobre ella producto de llevar siempre aferrado entre sus labios el largo y grueso habano de tabaco cubano que era su preferencia.
Los puños de la camisa, gastados y sucios del roce, sobresalían de las mangas del saco. Como los brazos debían estar siempre apoyados sobre la barriga, las mangas habían adquirido una forma curva y descubrían la camisa muy por encima de los puños. Eso sí, dos mancuernas doradas cerraban los puños: una rara indiscreción en medio de tanta desprolijidad y suciedad proverbial.
Debajo del vientre enorme, los pantalones luchaban por mantenerse más o menos a la altura de la ingle sin descubrir nada de su intimidad. Un cinto del ancho de una mano se esforzaba hasta más no poder por cumplir su trabajo, atenazado a una hebilla dorada que no escatimaba brillos, denunciando la larga bragueta que las más de las veces dejaba ver algunos botones desabrochados. Su obesidad le dificultaba llegar con comodidad a esa zona de su cuerpo. Los pantalones caían sobre los zapatos como de golpe, arrastrados por las botamangas gruesas y mal cocidas por él mismo, con largas puntadas de hilo negro como exagerados guiones.
De pie, en ese extremo del salón que permanecía a media luz porque no se habían abierto las persianas, Asmodeo M. parecía más extraño de lo que era. Su figura estaba en completa disociación con ese ambiente pulcro y recatado, y nadie lo habría asociado a Anita, que era delgada, bella y luminosa. Tanto Miguel como Eriseta se preguntaron más de una vez si ese hombre era realmente el padre de esa criatura. Tal vez en su juventud, especulaban, habría lucido otro aspecto, bien alineado, prolijo, con cierto encanto varonil. Pero tanta deformidad no abrigaba certezas de aquellos años mozos en que había nacido Anita.
Madre e hijo llegaron luego de unos instantes, advertidos de su presencia por la mucama, quien manifestó con discreción la procacidad del visitante. Lo hizo para advertirlos del personaje a quien desconocía. Miguel alcanzó a oír que Asmodeo M. rumiaba burlón unas palabras sin comprender su significado: “Los señores, los señores”, creyó entender, pero le restó importancia. Sobre la cabeza del muchacho aún revoloteaban las palabrotas que su madre había lanzado al enterarse de la mala noticia de la llegada del hombre, ese que la interrumpía cuando, creía ella, estaba a punto de doblegar la voluntad de su hijo.
Repudiaba su presencia. “¿Quién pudo llamar Moshé a ese cerdo?”, preguntó a media voz, aunque no esperaba respuesta. Miguel se encogió de hombros, indiferente: no le interesaba explicar que el nombre bíblico no hacía a la persona, solo se trataba de un nombre. Se lo veía decrépito y cansado; a ella, en cambio, más altanera que de costumbre.
Se acercaron al hombre con desgano, tratando de que él captara que no era bienvenido en la casa. Esas sombras como mosquitas que perseguían la cabeza de Eriseta desaparecieron al instante de enfrentar al visitante, tal vez por un sincero temor a ser devoradas por esa boca de tonos marrones del tabaco.
Asmodeo no era muy perceptivo, no porque fuera estúpido, sino porque era demasiado holgazán. Pero los gestos de desagrado de sus anfitriones no daban lugar a confusión. Los saludó casi con displicencia, devolviendo la escasa cortesía con que era recibido. A su yerno, con una palmada en el hombro al tiempo que le dijo “todo pasa”, lo que provocó un acceso de furia que Miguel contuvo con esfuerzo; a Eriseta apenas con un ademán. La mujer ni respondió el saludo: si fuera por ella, no le hubiese permitido la entrada y lo habría despachado sin explicaciones.
Miguel lo invitó a sentarse; Asmodeo aceptó porque se sentía muy cansado. El sillón crujió al depositar su pesado cuerpo sobre el asiento. Eriseta sufrió al escuchar el quejido del mueble y estuvo a punto de pedirle que se alzara para aliviarlo del tormento. Pero levantarse de su asiento le hubiese costado tanto como subir una cuesta empinada. La obesidad mórbida hacía lentos y torpes sus movimientos, y respiraba con dificultad porque padecía una obstrucción pulmonar crónica por sus hábitos de fumador. Desalineado, despeinado, con la barba sin rasurar por días y su ropa manchada, brindaba un espectáculo del que la pareja anfitriona no podía sustraerse. Y ese perfume que emanaba de las porosidades de la piel, abiertas como ventosas oscuras por toda la dermis sometida al estiramiento inapelable del exceso de peso, les llegaba a sus delicadas narices confundiendo sus sentidos. Hedía a tabaco, el que consumía desde la primera adolescencia, apenas salido de la infancia, a los doce o trece años, cuando comenzó a fumar unos cigarritos que le robaba a su padre.
El hombre, que no estuvo presente ni en el sepelio ni en el entierro, quiso justificar su ausencia por razones que ni Miguel ni Eriseta alcanzaron a comprender y que, por otra parte, no les interesaban en lo más mínimo.
Sus palabras luchaban por filtrarse de la boca, disputando con el cigarro un lugar por donde salir al exterior con alguna posibilidad de entendimiento. Sin embargo, resultaban tan pastosas como la saliva que dibujaba una marca marrón incesante desde el borde extremo de los labios hasta el mentón rechoncho y barbado, incrustado en la papada magnífica como un error anatómico del tamaño de una piedra regular.
No demostraba estar consternado por la pérdida de su única hija. Miguel quería convencerse de que en alguna capa de toda esa voluminosa humanidad algún sentimiento de dolor debía albergar. Imposible saberlo. Salvo la repetición monótona de “todo pasa, todo pasa”, no expresaba ninguna emoción por la pérdida. “Todo pasa, todo pasa”, y nada más. A las cansadas, luego de repetir esa frase que exasperaba a Miguel, dijo: “yo también soy viudo y sobreviví”.
Era difícil para los dueños de casa discernir qué sentimientos podía experimentar ese hombre, no solo en esa circunstancia, sino en cualquier otra. Su comportamiento no permitía deducir si disfrutaba de algún sentimiento verdadero, no importaba si se trataba de dolor o alegría.
No se lo podía asociar al amor, ni a la desazón que produce una pérdida temprana, y mucho menos si es la de un hijo, de quien se espera sobreviva a los padres. Todo en él inducía al rechazo y no invitaba a suponer que pudiera albergar alguna emoción siquiera menor.
Pero su rostro era lo más desconcertante: siempre mostrando ese gesto desvergonzado, parecía una máscara de cera, un rostro artificial en sus colores, en su textura, en el detalle de su fisonomía. Despeinado de modo ridículo, con una barba pinchuda de púas negras que cerraba el entorno de la cara como un trazo grotesco hecho con carbón. Y ese rictus imposible de no apreciar, una mueca involuntaria, espasmo extraño que iba de lo obsceno a lo ridículo y que solía desubicar a sus interlocutores, incapaces de comprender si el hombre los trataba con alguna seriedad o solo se burlaba de ellos para pasar el rato.
Eriseta realmente lo detestaba: de solo verlo se inflamaba contra Anita, a la que achacaba la responsabilidad de haber introducido a “semejante tipo” en la distinguida familia, exagerando la nota porque su presencia había sido ocasional y se podía contar con los dedos de una mano.
Anita tenía una relación muy lejana y poco amorosa con su padre, del que casi nunca hablaba, salvo para berrear contra ese humo del cigarro que se le hacía, de solo mencionarlo, revulsivo. Cuando recordaba el olor de los cigarros, el rostro de Anita se desfiguraba, adquiriendo un aspecto mortuorio, oscuro, consumido, contrastando con su habitual belleza y luminosidad. No permitía que nadie fumara en su presencia, salvo a Miguel. ¡Y esa era una verdadera prueba de amor de la que Miguel nunca estuvo enterado! Solo a él se lo permitía, pero nunca en la habitación matrimonial, prohibición que él aceptó sin reparos.
Asmodeo M., acomodado en el sillón, logró sentirse aliviado del trajín del viaje. A pesar de que su respiración sonaba como un viejo fuelle descangallado, no dejó de fumar ese oscuro cigarro de aspecto de rama negra, cuyo extremo mostraba la ardiente brasa. Tosía un catarro tan negro como el cigarro que fumaba.
Eriseta no dejó de observar nunca al hombre reposando sus adiposidades que caían a un lado y otro del sillón. Mientras le acercaba un delicado cenicero de cristal de Murano, volvió una y otra vez a preguntarse por la discrepancia entre el sagrado nombre de Asmodeo M. y ese adefesio catarroso que se salivaba sin reparar ni siquiera en ello.
Como pudo, Eriseta se repuso a la presencia de ese hombre que abominaba y, ignorándolo, retomó su diatriba contra Miguel. Estaba tan ofuscada que no advertía las señas que su hijo le hacía, indicando lo inconveniente que resultaba hablar de cualquier asunto frente a ese hombre.
Tal vez a Eriseta ni le interesara esa falta de intimidad, porque su arrebato superaba largamente cualquier actitud de prudencia. Asmodeo disfrutaba la escena. Adoraba ser espectador de trifulcas familiares, de desavenencias matrimoniales —las que más apreciaba, porque siempre giraban alrededor de infidelidades y asuntos patrimoniales—. Reía sosteniendo el habano en su boca, chupándolo con fuerza, mientras jugosas gotas de saliva caían hasta su corbata, que mostraba esos emplastes como lunares multiplicados por la caída de los gotones marrones que pendían de sus labios.
Sus ojitos libidinosos corrían de aquí para allá, atentos a las palabras que rodaban de la boca de la mujer contra Miguel. Descubría cómo de esos labios pintarrajeados de rojo rabioso surgían las palabras como negros cantos rodados, lapidaciones de rencores y reproches lanzados como cuervos picudos que golpeaban en la cara de su hijo, que ya no atinaba a cubrirla con sus manos ni a proteger su pecho con los antebrazos. Las palabras, entonces sí, tenían el exacto efecto de una pedrada sobre la cabeza, y cada vez que una de ellas impactaba en su humanidad, Miguel dibujaba una mueca de dolor claramente perceptible.
A Asmodeo M. lo divertía la escena, que interrumpía rítmicamente insistiendo en que podía ocuparse de la crianza de la niña, tan bonita que le recordaba a su propia hija cuando era pequeña. Mientras preguntaba por Amanda, subía y bajaba su dentadura postiza en un juego que provocaba asombro y repugnancia en Eriseta. Ya no se trataba solo de las gotas de saliva tabacada que caían sobre la ropa: estaba ese juego cínico, fumando primero, lanzando bocanadas de humo que impregnaban la habitación, reclamando la propiedad de Amanda y sacando e introduciendo en su boca la prótesis dental.
A la enésima vez que reclamó la propiedad de Amanda para sí, Eriseta abandonó las palabras dirigidas a su hijo y estalló contra su consuegro. En ese punto, Miguel se retiró sin decir palabra.
A pesar de quedar a solas con el hombre que detestaba, aprobó la decisión de su hijo. Tal vez él le dio la oportunidad de deshacerse de Asmodeo para siempre, algo que deseaba pero que no se animaba a concretar. Nada la unía a él, y mucho menos el recuerdo de Anita y la presencia de Amanda.
—¿A qué vino, buen señor? —lo interrogó con voz enérgica. A Asmodeo, el sonido de corneta de la voz de la mujer rebotaba contra los muebles, haciendo disonancias tan ridículas como extrañas. Por un instante, las mosquitas parecieron regresar a girar describiendo su órbita elipsoidal, pero fue un amague que quedó solo en eso.
—A dar mi pésame por la muerte de mi hija y a visitar a mi nietita.
—¿Usted nos va a dar el pésame por la muerte de su hija? Creí que debería ser al revés, que yo debía darle el pésame, no usted a mí.
—Me da lo mismo… —respondió encogiéndose de hombros—. El orden de los factores no altera el producto. ¿Se dice así?
Si Miguel hubiese estado presente, seguramente lo habría golpeado. Eriseta lo miró de tal manera que quedó paralizado; la burla hasta a ella le sonó desagradable. Asmodeo M. no disimuló su incomodidad: sospechaba que la conversación iba por mal camino. “Lo que empieza torcido, termina torcido”, especuló para sí.
—¿Y la niña? ¿Puede verla? Me recuerda a su madre cuando era pequeña —sacaba la dentadura y la volvía a introducir—. Anita era hermosa de chiquita. —Repasaba los labios con la lengua—. De adolescente ¡uf! Ni se imagina. Como su madre, que también era muy linda. Sí, muy lindas, las dos, como la nena.
—¿No sabe que ha nacido su nieto? —Eriseta interrumpió el ridículo comentario del gordinflón, que insistía en jugar con su dentadura mientras el cigarro se consumía entre sus dedos.
—Ah… sí, sí. Me enteré de que Anita estaba embarazada. Supongo que debe estar bien cuidado en sus manos.
—¿Eso es todo? ¿Tiene un nieto recién nacido y no está inquieto por conocerlo? ¿Qué clase de abuelo es usted?
—Poco comprometido. No me meto donde no me llaman. Cada vez que le dije a mi hija de verla me rechazó como a un perro con sarna. —Por primera vez, Eriseta aplaudió una decisión de su nuera muerta.
—¿No le interesa saber ni siquiera cuál es su nombre?
—¡Pero por favor! ¡Qué más da! Un nombre es nada más que un nombre.
—No comprendo. ¿A usted no le interesa saber ni siquiera el nombre de su nieto recién nacido?
—Si insiste, señora. Dígamelo, veo que para usted es algo importante. Dígame cómo se llama el niño —sonrió con aplomo y repitió su pregunta.
—Jorge. Ese es su nombre. Jorge. —Respondió entre enfurecida y asombrada.
—Lindo nombre, Jorge. Está de moda. Qué raro que no lleva el nombre del padre. —Eriseta se sintió tocada por esa irónica reflexión del visitante—. En mi familia era costumbre bautizar al primer varón con el nombre del padre. Continuidad de la estirpe, decían.
Miguel, desde el cuarto en que estaba reposando, escuchó el nombre de Jorge sin inmutarse. Era el que su madre eligió, con el que lo inscribió en el Registro Civil y con el que habría de bautizarlo. No le importó en lo más mínimo el deseo de su hijo de llamarlo con el nombre que Anita había elegido para él. Ícaro, en ese instante, se volvió un recuerdo extraño: sin emprender ningún vuelo, sus alas se quemaron incendiadas por las amonestaciones de Eriseta y por la complacencia del propio Miguel. Desanimado y vacilante, terminó por aceptar la imposición materna. Otra vez, pensaría en alguna oportunidad, la comodidad venció a la justicia.
—Mi hijo decidió llamarlo Jorge, y yo respeto su decisión —mintió impasible.
—Sobre gustos… —dijo Asmodeo M. con picardía—. ¿Y la nena? —insistió con su pregunta—. ¿Por dónde anda? ¿Puedo verla? ¿Puedo acariciarla?
—Parece que con la nena no tiene problema en ser entrometido.
—No, no, para nada —rió tontamente—. Es mi preferida, de todas las nenas de la familia es mi preferida. Es que me recuerda tanto a la madre, mi hija, Anita, que también fue mi preferida. Yo podría criarla como la crie a ella, porque yo la crie, ¿sabe?, muy bien la crie y le di los mejores tratos. Hoy vivo solo, demasiado solo, soy un pobre viudo solitario. Me vendría muy bien que una nena así me acompañara en estos años de soledad de anciano. Tengo dinero, además. ¡Me sobra el dinero! Nada le va a faltar, y lo que menos le ha de faltar es mi amor de abuelo. —Llevó el cigarro a la boca y lanzó una larga columna de humo gris que salió de su boca—. Aliviaría al padre de sus obligaciones. Tengo dinero, no sé si se los dije: me sobra el dinero. —Apenas terminó de hablar, extrajo nuevamente la dentadura cuando Eriseta lo estaba observando. La guardó indiferente y se rió de la mujer con una mueca.
—Ya dijo varias veces que le sobra el dinero. Parece que vino a una subasta de niñas. —El comentario de Eriseta provocó una risa siniestra en Asmodeo. Si estuviera a su alcance comprarla, ya lo hubiera hecho sin dilaciones.
—Me gusta usted porque entiende la esencia de las cosas —respondió rascándose la pelada—. La gente que entiende la esencia de las cosas sabe llegar rápido a un arreglo provechoso para cada parte. ¿No le parece?
—Con ver el horizonte, muchas veces, me basta para saber de qué se trata un asunto.
—Por ahí, como no es de su sangre, pensé que sería conveniente que yo me ocupe de su crianza, porque es hija de mi hija, usted me entiende. Y yo ya crie a una, por lo que bien puedo criar a otra.
—Lleva el apellido de mi hijo, con eso es suficiente. Nadie en esta familia va a renunciar a una obligación como esa. —Eriseta vaciló cuando el hombre mencionó la cuestión de la consanguineidad.
—¡Apellidos! ¡Apellidos! No sirven de nada, con todo respeto, señora —Asmodeo alzó las manos para disculparse también con el gesto—. Yo le garantizo que no habrá reclamos sobre la herencia paterna, estoy dispuesto a ponerlo por escrito. Y si ustedes prefieren, hasta puede renunciar al apellido como garantía.
—Le repito, por si no me entendió, que lleva el apellido de mi hijo, y que con eso es suficiente para que cumplamos nuestras obligaciones cristianas. La niña irá a un convento de clausura. Nadie podrá criarla mejor que las Hermanitas de esa institución de Dios.
Eriseta enunció la sentencia con la misma frialdad con la que un jurado condena a un fulano a la pena de muerte.
—Con respecto a su propuesta sobre reclamaciones por la herencia de su padre, no está en discusión ese asunto. Es un absurdo su propuesta. La niña lleva el apellido de mi hijo, que es el de mi esposo y el de todos sus antepasados —mintió, a pesar del disgusto que sentía de solo escuchar la pronunciación del apellido Da Silva—. Con respecto a la cuestión de la herencia, en la familia siempre nos manejamos con la sabia sentencia que nos transmitió Mateo sobre la cuestión de los tributos: “Den a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”. Cada uno tendrá lo que merezca.
—Mi propuesta solo era de buena voluntad, señora. Tómela como le parezca. Yo con el Mateo no me meto, ¡y eso que soy Asmodeo! Yo solo quería ahorrarles inconvenientes —frotó sus dedos en señal de dinero—. ¿Y dónde queda ese orfanato? —Con malicia, Asmodeo habló del pupilaje como de un internado para huérfanos—. ¿Podré visitarla donde esas monjas? ¿Llevarla conmigo a casa un fin de semana? Me recuerda tanto a su madre, mi hija, Anita, que era tan linda, mi preferida entre todas las mujeres de la familia. La amé más que a su propia madre.
—No, de ningún modo. No podrá visitarla y mucho menos llevarla con usted. Su régimen de visitas está acotado a su padre y a mí. Solo su padre puede retirarla de la Institución. Ni siquiera yo tendré esa autorización: imposición del claustro.
—¿Y qué razón habría para prohibirme ver a mi nieta?
—Es lo mejor para ella. ¿Necesita que se lo explique? —Eriseta habló en tono amenazante.
—¡Por favor, señora! Me trata como a alguien que no es de fiar. ¿Qué mal podría acarrear a la niña que yo la viera una o dos veces por año? ¡Qué poca voluntad tiene usted en sostener la familia!
Eriseta estaba desencajada al escuchar en boca de ese hombre la palabra familia.
—¿Qué familia? —preguntó casi histérica.
—La nuestra. Somos familia, señora, ¡somos familia! —Asmodeo habló con un tono tan burlón que empujó a Eriseta casi hasta el insulto—. Usted, yo, Miguel, Amanda y el niño Miguel, el recién nacido. ¡Somos familia! ¡Somos familia! Me veo obligado a preguntar: ¿hay familia? ¿Hay familia? ¿No serán ustedes como esos malditos comunistas que quieren disolver la familia?
La comparación con los “malditos comunistas” sacó de quicio a la mujer.
—¡Por favor! ¡Comparar mi familia con las hordas comunistas! ¡Qué ridículo se ha vuelto usted! Aquí siempre hubo familia. ¡Siempre habrá familia! Claro que hay familia, familia cristiana, ¡verdadera familia cristiana! Pero usted no es parte de ella ni lo será jamás. Sépalo. Y de paso no le cambie el nombre al niño: se llama Jorge, ¡Jorge! Apréndaselo, si puede.
—Jorge, Miguel, fulano, da lo mismo. Pero lo que no me da lo mismo es que quiera alejarme por capricho de Amanda. Soy su único pariente por el lado de su difunta madre. Ella sí es de mi sangre, no como ustedes.
—¡A mí su sangre me importa un reverendo carajo! —gritó Eriseta, desconcertando a Asmodeo—. Le repito, por si no me comprendió: Amanda lleva el apellido de mi hijo y por eso es parte de esta familia, y usted no es ni será nunca parte de ella. No se acerque ni a Miguel ni a Amanda. Grábeselo en esa cabezota roñosa que tiene.
—¡Cómo perdiste la compostura, vieja! Ahora hablás como una atorranta cualquiera. Tengo influencias para hacer cambiar tu capricho de madama de burdel. No me provoqués.
—¿Usted tiene influencias? No me haga reír, gordito. Si quisiera, usted estaría boyando en el río a merced de los bagres que comen cualquier porquería.
—¡Vieja desgraciada! ¿Me amenazás con matarme? ¡Qué hija de puta resultaste!
—Mucho más de lo que usted supone. Aproveche a insultarme porque será la última vez que nos verá. Y le advierto que si intenta de algún modo alterar la paz de esta familia, entonces sabrá lo que es una verdadera vieja hija de puta. Todas las putas de burdel que conoció en su podrida vida, al lado mío, serán como la Virgen María.
—No esperé nunca este mal trato, yo que adoro a mi nietita tan rosadita, suave, que tanto me recuerda a mi amada hijita muerta, tan joven, mi preferida, tan linda, cuando todavía tenía tanto que entregar, tanto que disfrutar. ¡Qué injusto es Dios con nosotros! ¡Yo que la quería tanto!
Eriseta tomó esas palabras de Asmodeo como una burla para mortificar a Miguel, quien —estaba segura— estaría escuchando la conversación.
—¡Déjeme ver a mi nieta una vez más! Acariciarla un poco, llevarme el recuerdo de su tersura, el perfume de su pielcita… ¡No sea jodida!, ¿quiere? ¿Quiere que se lo pida de rodillas? La veo, duermo esta noche aquí y mañana me voy y me pierdo para siempre.
—En esta casa no hay lugar para usted. Y quiero que le quede claro una cosa: usted no se va a arrimar a la niña ni a un metro de distancia, no va a tocar su piel ni oler ni siquiera sus pedos hediondos. Le aseguro que no verá a la niña ¡nunca más! ¡Nunca más! Y si intenta burlar mi orden, le voy a hacer arrancar los ojos para que cumpla con lo que acabo de decirle. No joda conmigo o lo voy a despellejar lentamente, y con toda esa gordura ¡ni se imagina lo que van a tardar en desollarlo! ¡Tiénteme y verá de lo que soy capaz! Mi paciencia tiene un límite muy corto. —La mujer aspiró profundamente el aire para terminar sus palabras con energía—. Esta conversación termina aquí y espero nunca más saber de usted. Buenas tardes y hasta nunca.
—¡Señora! ¡Me está echando! ¡Vieja hija de puta!
—No le quepa ninguna duda, si es que le cabe algo entre toda esa grasa.
—¡Vieja de mierda!
—Pero de mierda buena, no como la suya. Agarre su asquerosa valijita y márchese. No vuelva más o haré que lo saquen a patadas de mi casa.
—¡Quiero hablar con Miguel! —exigió Asmodeo como último recurso.
—Miguel no tiene nada que hablar con usted, ¡déjelo en paz, déjelo en paz!
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! ¡Se saca la nena de encima regalándola a unas monjas resentidas! —Eriseta ni se inmutó al escuchar los insultos de Asmodeo—. ¡Se queda con el boludo de su hijito y el hijo de él, y a la nena que no es de su sangre la tira a un orfanato para sacársela de encima! ¡Dios los va a castigar por egoístas! ¡Son peor que los judíos! ¡Comunistas de mierda!
Desde su cama, Amanda escuchaba el choque de palabras, aunque no comprendía su exacto significado. En cambio, Miguel oía perfectamente. La niña estaba en una habitación bastante alejada del gran comedor donde discutían Eriseta con un hombre a quien no conocía. A Miguel lo separaba apenas una delgada pared de quince.
Amanda escuchaba esa voz enérgica que luchaba contra otra ronca y tuvo miedo como nunca antes. “¡Si mamá estuviera a mi lado!”, pensó angustiada. Si Anita estuviera con ella no sentiría temor alguno; si Miguel la abrazara, tampoco. Pero Miguel estaba ausente.
Las voces rodaban frenéticas como piedras sombrías hasta los pies de la niña, que las recogía como flores del mal. Pero entre esos pétalos sedientos había algo hediondo que la descomponía: mugre como niebla sepultada, derrotas del amor, coágulos de una cólera perdida en su triste destino.
La palabra orfanato sonó como una furia lanzada para sofocarla. A la puerta del convento comprendería el verdadero significado de esa palabra.
Asmodeo alzó la voz hasta donde su enfermedad se lo permitía, provocativo, gesticulando como un muñeco desmañado, ante la indiferente mirada de Eriseta.
—¡Pupila! ¡Monjas de clausura! ¡Vieja hija de puta! —gritó con lo último que le quedaba de aire en los pulmones resecos—. ¡Se saca la nena de encima! ¡Se saca la nena de encima porque no es de su sangre! ¡La tira a un asilo para sacársela de encima! ¡Y ustedes se llaman cristianos! ¡Yo soy un verdadero cristiano tratando de darle amor a mi nietita! ¡Ustedes son peor que los judíos!
—¡No vuelva a decirme judía! Lávese la boca, viejo asqueroso, antes de hablar de nosotros. ¿Judíos? ¿Comunistas? ¿Usted va a ser un buen cristiano? ¿O piensa que yo no sé quién es usted? ¡Viejo degenerado, hijo de remil putas!
Miguel escuchó atónito esas palabras de su madre. ¿Qué sabía ella de ese hombre a quien detestaba desde el mismo momento en que lo conoció? Nunca quiso hablar de ese incidente con Asmodeo: prefirió el silencio a la turbia verdad.
—¿Qué quiere insinuar con eso, vieja de mierda?
Asmodeo estaba lívido y desencajado al escuchar las últimas palabras de Eriseta. “Este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”, sonó en su memoria, embistiendo una derrota desde el fondo de los secretos de familia.
—Yo no insinúo nada, gordo de-ge-ne-ra-do —Eriseta hizo sonar las sílabas para que a Asmodeo no le quedara ninguna duda de que ella sí sabía de “este es nuestro secreto, calla para siempre, calla”—. Yo sé más de lo que se imagina, y por su bien es mejor que no me haga hablar.
Asmodeo M. supo que la mujer hablaba con propiedad.
—¡Quiero hablar con Miguel! ¡Ahora! —fue solo una bravuconada para simular que no estaba derrotado.
—Usted no va a hablar con ninguna otra persona en esta casa. —Dando unos pasos hacia adelante, quedó a corta distancia del hombre—. Cuidé a mis hijos desde que nacieron, mire si le voy a entregar uno de ellos a usted, pedazo de porquería. ¡Váyase antes que lo haga meter en cana! Inmundo, mugriento. ¿Con quién se cree que está hablando?
Asmodeo pareció que volvería a reclamar, pero calló sumiso: el dedo acusador de la mujer lo hizo desistir de su intención.
—Retírese ahora mismo —ordenó la mujer, y él cumplió sin protestar.
Con dificultad se incorporó del sillón en el que estaba sentado hasta ese momento. En la habitación contigua, Miguel se alegró de que Asmodeo se fuera y esperaba que cumpliera la orden de su madre de no regresar jamás. En una habitación más alejada, Amanda, envuelta en su silencio, empezaba una larga y singular metamorfosis.
Eriseta sonó una campanilla que atrajo a un mayordomo hasta el comedor. Era corpulento, de aspecto rudo. El hombre miró con atención a la patrona, esperando una orden. Los ojos de la mujer le señalaron al visitante. El lacayo se acercó a Asmodeo y en voz baja lo invitó a salir de la casa. Asmodeo no opuso resistencia. Tomó su pequeña valija forrada de azul y, sin saludar, se dirigió hacia la salida. Un halo extraño lo seguía de cerca, como un perro sarnoso, con las llagas expuestas y su hediondo perfume. Detrás, el mayordomo vigilaba su lenta marcha y podía escuchar el fuelle de sus pulmones, que amenazaban colapsar en cualquier momento. El sirviente escuchó con claridad que el viejo Asmodeo dijo, amenazante:
—¡Esto no va a terminar así, vieja hija de puta! ¡Esto no va a terminar así!
El mayordomo lo empujó con cierta violencia para que apurara el paso. Abandonó la casa y nunca más se supo nada de él.
Eriseta salió del comedor y pasó a la habitación donde Miguel reposaba en un sillón ubicado en una esquina del ambiente. La penumbra acentuaba su aspecto demacrado y no permitía distinguir si sus ojos estaban abiertos. Se detuvo y lo miró expectante. Miguel alzó una mano para demostrarle que estaba aún despierto y que solo reposaba solitario. Ella sonrió satisfecha: había cortado de un solo golpe el nudo gordiano que ataba a su hijo a la historia de Anita. Debía solo esperar que Amanda ingresara pupila al convento de las monjas de reclusión. Entonces todas las cosas recuperarían su verdadera naturaleza y, bajo su dominio, recobraría la paz de la familia. 

*** 

“Autobiografía en secreto de Amanda Da Silva.” – Hoja N° 14 


Un magnífico charco de sangre luce desbocado en la antecocina. Pero no es verdadera sangre. Acémila, arrastro los pies sobre la mancha despiadada. Viene del futuro, donde no fue un combate, sino un espacio leve entre las sombras y el sueño. Fosforescente, resuena un estampido en cascada de pólvora benigna. Veo un orificio entre las piernas de un amasijo muerto y suspiro de alivio en ese instante.
No comprendo mi sueño a la intemperie de una noche que corre a caballo de lejanas sierras de polvoroso linaje. El hombre luce las láminas de las manchas en su rostro como si fuera un verdadero sacerdote, y me reclama varias veces que vuelva a mis quehaceres. La sangre se evapora hasta alzarse violeta en una nube, que llueve una sangre centenaria germinando una paz renaciente.
Duermo en la sospecha de un halcón que luce un collar de plumas de relámpagos. 

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