Ha llegado a mi como cada noche, solo somos él y yo en medio del lonche, nuestras conversaciones son cada vez más vacías. Las largas pláticas ya no son monotonía, atrás quedó mi admiración por la agilidad de sus labios, al relatar sus hazañas, ni que decir, del tarareo improvisado de alguna canción de antaño, que ha sido reemplazado por un mutismo no planeado.
¿Quién lo diría?, me pregunto a mí misma algo distante y lo observo en su absorta rutina.
¿Cuándo y cómo llegó a mi vida?, por momentos, el recuerdo se desdibuja, a veces mis memorias se pierden entre los estantes de la cocina, en las esquinas donde las motas de polvo hacen algarabía.
Él se ve cansado, apenas mastica el pan de ayer y bebe un poco de su taza, aclara su garganta. lista para dedicarme algunas palabras, pero solo le sigue el silencio. Pone los trastes en su lugar habitual, en eso, observa el celular, luego lo deja un lado con fastidio y desgano; se recuesta en la silla una vez más, de pronto todo enmudece.
-Uno-
Esta mañana, dejé que el sol irradie entre las cortinas, él aún no se ha ido, me sorprende y escucho el ruido de afuera entre los vidrios, resuenan las bocinas y los pasos de la gente cuyo rostro olvido. Me detengo y admiro los cabellos de este muchacho, un par de canas se asoman en su patilla derecha.
¡Ah, ahora recuerdo!, él llegó en medio de un aguacero, nos estudiamos entre las gotas de lluvia de un cielo oscuro y estruendoso. Me dio una sonrisa ligera, entonces sin mediar más, supe que se quedaría en mi vida. Al principio me sentía extraña por su presencia, me contaba de sus sueños por las noches y de cómo era parte de un futuro, que lo alentaba a una vida sin reproches. Tenerlo cerca, me entusiasmaba y notaba como dejaba en mí, algo de él. Se podría decir, mis paredes cambiaron, con él fui de un gris a un azul cobalto. Tenerlo siempre pareció un buen presagio.
La primera vez que me abrió la puerta, sentí su calidez en el tacto, fue como si nos hubiéramos estado pensando, llevaba calma en sus pisadas mojadas y su olor familiar me inundaba.
¡Realmente eres bonita!, ¡mi bonita!
dijo él en un suspiró dejando su maleta al lado. Sus palabras me tomaron por sorpresa y al poco tiempo, trajo flores en macetas. Aún las conservo, a pesar de que el sol las ha decolorado y las plantas se han marchitado.
Ahora, veo que nuevamente viste una camisa a cuadros, creo que fue un regalo que me presumió un tanto. Suena su celular un par de veces, hace eco, pero él solo lo ha ignorado.
-Dos-
Nunca conocí a su familia, medito, No puso ninguna fotografía, solo muebles, figuras de acción, algunos discos que escuchaba y nunca tiró sus colillas.
Esta es una escena repetida, ¿me ha estado ignorando?, reflexiono y me pregunto. ¿Cómo podría ignorarme? ¡después de todo lo que hemos vivido!
Quiero hacer un reclamo.
-Tres-
Un par de aves se posaron en el tejado, decidieron anidar en una grieta pequeña. Me emociona la idea de ver vida nueva, él nunca habló de tener hijos ni familia, pero lo oí llorar un par de veces por un sueño que cada vez desaparecía. No lo pude consolar, al menos eso creía, pero esperaba que mi calor lo hiciese algún día.
¿Es de tarde o mañana? Esta mente solo me engaña, estoy confundida. Los trastes siguen sucios, he olvidado la última vez que … ya no estoy segura. ¿Será que estoy empezando a divagar?
-Cuatro-
¡¿Cómo se atreve a ignorarme?!
¡Hoy el cielo está claro y él ni siquiera se ha asomado!, es nuestro clima perfecto, me decía que mis colores relucían, pero hoy ni siquiera eso.
He decidido tomar acciones frente a toda esta situación, dejé que el agua se haga camino para que retumbe en una perpetua y fastidiosa gotera. ¡Creo que ha funcionado!, lo noto cabizbajo y con los brazos de lado. Debe ser el arrepentimiento que lo tiene abrumado.
Las aves se han ido y no hicieron nido, no entiendo cómo es que él aún no ha partido, esta habitación se ha vuelto una celda y mi martirio. Él no se ha inmutado, he visto más que un par de moscas rondando, no he podido hacer nada por espantarlas. El goteo del agua y yo no lo hemos logrado.
Aunque, al recordar las veces que lo vi dormir, siempre hacía ese ruido, creo que le llaman ronquido. No lo soportaba, pero solo su despertar esperaba. ¿Será que dejó de roncar porque oyó mis lamentos?
-Cinco-
El polvo ha hecho una fina capa, mientras su ropa ha sido víctima del olvido. Nadie ha llamado a la puerta, tampoco hay ruido aquí dentro mío.
¿Por qué no se ha levantado?, mi mente se desvía una y otra vez, sé qué hace mucho no lo veo sonreír, la verdad es que las noches se inundan con su llanto, a veces se ahoga entre sueños. Pero, no puedo hacer más que cobijarlo.
Ahora, que ni su llanto oigo, extraño sus manías, cuando arrastraba los pies en la cocina, sus ronquidos, sus proyectos inconclusos por remodelar cada rincón. Pero, ahora todo en él se ha congelado, su rostro, sus palabras, sus bailes, sus lamentos. ¿Es esto a lo que los humanos llaman fallecimiento?
Él está muerto, ¿cómo?, ¿qué hago?
Soy solo una casa, el lugar que él eligió hace unos años, ¡Soy una casa! y mi compañero está muerto en la cocina, nadie lo ha notado, incluso tiempo me ha tomado.
Pasaron quince días hasta que lo encontraron, en ese tiempo lo vi marchitarse, fui su casa y nunca supe su nombre, aunque sabía que me amaba y yo a él. Mientras recogían lo que quedaba, oía a la gente lamentarse de su soledad, de como nadie notó en vida su muerte. Pero yo lo hice.
Mi mente se aclaró en el día cinco, de cómo antes oía sus lamentos nocturnos, a veces lo inundaban en medio de una merienda, palmeaba su pecho, apretujando un corazón al que no daba alcance. Yo estuve, antes de todo eso, cuando componía con la guitarra y sonreía con disimulo o carcajeaba entre chistes absurdos.
Él nunca estuvo solo.
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