Introducción
Hacía ya 40 años o quizá alguno más que la humanidad había decidido autodestruirse empleando armas nucleares por tratar de hacerse con el control de las tecnologías del futuro. R.P.A (Reactor Plasma Antimateria) y M.D.D (Motor de Desfase Dimensional) así se llamaban. Ambas nacieron con un fin, permitir a la especie explorar el basto espacio interestelar motivo por el que sus creadores le cedieron su control a la ONU sin darse cuenta de las nefastas consecuencias.
Todos querían controlar estas tecnologías para sí pero la ONU lo impedía alegando que se participara bajo sus reglas. ¿El resultado? La 3ª guerra mundial.
Nadie se guardó una sola ojiva, en cuestión de minutos, tras la detonación ocurrida en la sede de la ONU, el cielo se llenó de estelas dejadas atrás por los miles de misiles en vuelo hacia sus objetivos llevando al mundo a la 6ª extinción masiva.
Capítulo 1
40 años después…
Bajo un amenazador cielo iluminado por una brillante aurora boreal en tonos morados y verdosos, el destartalado remolcador —junto a sus quince tripulantes— se acercaba a su objetivo —la expedición Ross-18— con el fin de entregar los recambios y víveres que esta había solicitado a la Colonia para concluir los trabajos de extracción de titanio y otros minerales en la región antártica de Marie Byrd Land.
Aquellos días, los de vientos en calma y cielos despejados eran los peores pese al espectáculo visual visible ya que la radiación campaba a sus anchas y era tan intensa que resultaba mortal así que todos se apelotonaban en el puente, —también dormitorio ya que era el lugar más cálido y protegido de todo el navío— en espera de alcanzar por fin el destino y pisar tierra firme aunque esta fuese hielo como en el resto del jodido planeta.
La agitada mar se lo estaba poniendo difícil, embistiendo una y otra vez con fuerza el casco del catamarán a unos más que decentes 8 nudos gracias a su planta motriz —un reactor S9G— directamente hacia los dos enormes ecos reflejados en el radar de superficie justo en frente, a quince millas náuticas.
Tras cederle el timón a su segundo, el capitán se puso en pie para echar un vistazo a la costa usando sus prismáticos IIR, ordenando a este a reducir la velocidad a seis nudos porque las aguas costeras aun presentaban peor aspecto. Pese a todo, la aproximación era factible, gracias a los 210mw térmicos que generaba su planta motriz y sus pods azimutales eléctricos gracias a los cuales disponían de una increíble maniobrabilidad.
Nada más regresar a su asiento y tomar los controles, chasqueo los dedos y su segundo se puso en contacto por radio con el monstruoso rompehielos que estaba al frente de la expedición recibiendo respuesta casi de inmediato ya que aquellos hombres y mujeres llevaban aislados allí cerca de 11 meses.
—«Aquí el Terror. Ya era hora tardones»—.
Pese sus tremendas características, aquel viejo cuerpo de destructor clase Arleigh Burke modificado para llevar a cabo sus actuales tareas en este nuevo mundo, tardo casi 4 horas en realizar la maniobra final, atracando entre aquellos dos colosos de los mares junto a los cuales parecía —pese a sus 155m de eslora— un barquito de juguete.
SI el rompehielos era impresionante aun lo era mucho más su compañero, el Erebus, una dantesca mole que superaba el kilómetro de eslora dedicada al trabajo duro, asumiendo las tareas de procesamiento, refinado y almacenaje mientras el Terror se encargaba de abrir camino a través del hielo y la protección de largo y medio alcance gracias a sus dos estaciones VLS, recayendo en los seis spiders que transportaba el Erebus, la protección más cercana aunque el rompehielos también cargaba en sus entrañas cuatro unidades de estos pequeños pero más que eficaces aerodeslizadores de combate.
Por suerte para la misión el cielo se nubló volviéndose brumoso y turbulento antes de finalizar la maniobra cayendo los niveles de radiación en picado hasta alcanzar niveles aceptables lo cual eran buenas noticias ya que tenían que transferir al Erebus todo lo que traían para poder reanudar los trabajos.
En primer lugar tocaba la rutinaria reunión entre capitanes y aunque a Macias Agar no es que le agradara beber aquella mierda a la que llamaban “el alcohol de los pordioseros” siempre resultaba agradable conversar aunque fuera unos pocos minutos con su amigo Kacper Cook al que según el alguien había engañado para comandar aquella expedición suicida.
A pesar de ser amigos desde hacía años, la conversación fue breve ya que necesitaban reparar la avería antes de que llegase la siguiente “barcaza” proveniente de la mina, es decir seis horas.
Una vez dado el visto bueno a los repuestos todo el personal que estaba de descanso junto a los recién llegados se puso manos a la obra con el traslado al gigantesco Erebus en mitad de la oscuridad equipados con sus trajes de protección pesada. Por suerte para la expedición el personal de mantenimiento se había pasado las últimas cuarenta y ocho horas desmontando los componentes dañados con el fin de reducir el tiempo necesario para reducir los tiempos de montaje de las nuevas.
Si la vida era ya dura en la Colonia teniendo que vivir a cientos de metros bajo tierra por culpa de la generación anterior, en mitad de la nada con temperaturas de -52º Celsius, vientos huracanados, nieve y aquellos niveles tan desorbitados de radiación UV tipo b y c cuando el cielo se despejaba y llegaban las auroras, era una auténtica pesadilla.
Por suerte según los sistemas de los 3 buques tendrían por lo menos seis días de viento e intensas nevadas cosa que facilitaba y mucho los trabajos.
Gracias a los preparativos previos y la experiencia de todos pronto la reparación estuvo lista para que la maquinaria volviese a transportar el valiosísimo titanio procesado a las bodegas alegrándose el capitán Agar al saber que estas ya estaban al 93%. —Si no se jode nada más en 10 días nos largaremos de este jodido infierno y los ingenieros podréis poneros a terminar de una vez la puta nave—. Le explico su homólogo con orgullo y confianza, golpeándole en el hombro sin fuerza.
¿Dónde se habían conocido? Soldando estructuras colgando de cuerdas hacía por lo menos doce años cuando las otras tres Colonias tenían a la suya, la IV esclavizada trabajando en la construcción de sus imponentes naves, aquellas con las que nada más acabar se largaron con destino a Kepler-442b dejando a los “pordioseros” allí tirados para morir ya que en su construcción se empleó todo el material extraíble o eso pensaban.
Tras el desasosiego y la tristeza llego la esperanza y pronto los treinta y seis mil habitantes de la Colonia se pusieron a trabajar empleando el equipo que aquellos bastardos dejaron atrás junto a ellos incluyendo planos y lo más importante, ingenieros que conocían muy bien los entresijos de las tecnologías R.P.A y M.D.D.
Después de 7 intensos años de duro trabajo recolectando materias primas de lugares descartados por la radiación o por ser simplemente inalcanzables, tan solo faltaban por terminar dos cosas, el casco exterior y los recicladores atmosféricos porque aunque el viaje duraría a lo sumo unos días, eran casi treinta y seis mil personas más animales y plantas las que tenían sí o sí que respirar.
Un mensaje entro por radio, la barcaza y sus escoltas se acertaban según lo previsto y aunque ambos sabían que esta era controlada desde uno de los dos spiders, salieron a verla llegar a pesar de la nieve y el frío.
Sin problema alguno la barcaza se acopló a la estación de izado y muy despacio comenzó a ascender cargando con todo aquel material directamente a la procesadora en tanto los dos pilotos y sus operadores salían de sus spiders a estirar un poco las piernas.
—Capitán. Hemos dado con una veta increíble. Un par más como este y habremos acabado—. Les explico uno de aquellos pilotos muy contento no como su compañera, “la animosa”, —como la llamaban— que parecía más bien aquel día ser “la tristona”.
—¿Hoy no hay batalla de bolas? —. Pregunto el oficial al mando del Terror sonriendo. —Creo que no capi—. Respondió otro de los recién llegados. —¿Y eso? —. Insistió el oficial al mando de la expedición Ross-18. —Dañó gravemente su spider al chocar con un mástil y el jefe la ha degradado a operadora—.
Una simple mirada seria del capitán Kacper la hizo explicárselo todo y aunque entendió el motivo de la chiquillada, la confirmo su condena para que aprendiera a contenerse, saliendo en su defensa, como no, sus 3 compañeros. —Pero gracias a ella encontramos ese lugar y quién sabe. El jefe Wuhan nos ha dicho que si los trabajos de extracción acaban a tiempo nos acercaremos a ver si encontramos algo—.
Era una ley no escrita en ninguna parte pero así funcionaba este nuevo mundo. Si te encontrabas con una puerta cerrada la echabas abajo para coger lo que fuese, así de mal estaban las cosas y lo más rápido posible ya que siempre cabía la posibilidad de que los saqueadores anduvieran cerca y quisieran lo mismo que tú.
¿Qué se buscaba? Eso dependía de las necesidades del grupo o la Colonia siendo lo más común agua limpia y cualquier tipo de vieja tecnología o cableado para construir herramientas o ampliar los túneles donde malvivían protegiéndose de la radiación y el frio.
—Repararé el spider, lo juro—. Fue la contundente respuesta de aquella joven antes de enseñarle algo que llevaba en el spider junto a ella con la intención de intercambiarlo por algo de alcohol, si es que alguien le quedaba aun un poco. —¿Contra esto chocaste?—. Pregunto el capitán Cook examinado el material con el que estaba hecho, plástico.
—¡La madre que me pario si es el mismísimo Lenin! —. Grito su amigo y homólogo al echarle también un vistazo ya que le gustaba leer libros de historia cuando podía.
Se estaba levantando un frio bastante más intenso así que el personal decidió subir a bordo del Erebus para seguir hablando mientras la plataforma alcanzaba por fin su destino y vertían su carga directamente en los hornos de fundición, momento el que entro un nuevo mensaje de radio.
—«Terror aquí Extracción. Enviamos los tres últimos cargamentos. Trabajos finalizados. Vamos a explorar unos restos»—.
Capítulo 2
En este inhóspito mundo había pocas reglas y una de ellas sino la más importante, era el contacto por radio y allí, en mitad de la nada la norma era tajante, contacto cada seis horas, algo que por lo visto los mineros habían decidido saltarse a la torera ya que llevaban sin hacerlo ni responder doce horas logrando poner a todos de los nervios.
—«Aquí radar de superficie. Contacto, a las tres en punto. Según los transpondedores se trata de la barcaza y el spider que esperábamos»—. Anuncio una operadora, ordenando el capitán Cook ponerse en contacto con ellos inmediatamente.
—No responden capitán—.
Ante la posibilidad de que se tratase de un ataque de saqueadores, ordenó activar las defensas en todas direcciones incluyendo el mar buscando anticiparse a una posible distracción, en tanto 2 de los 4 spiders encargados de proteger a los navíos se desplegaban por los flancos para cerrar la defensa.
—Esto no me gusta, vienen demasiado rápido. Disparo de advertencia a cuarenta metros—. Ordeno preocupado ya que toda aquella expedición estaba bajo su mando, llevándose a cabo su orden cuando los desconocidos estaban a doscientos metros, logrando que ambos vehículos de superficie se detuvieran a tan solo ciento quince metros.
—«Aquí observador tres. Veo descender del spider a un ocupante»—. Sin pensarlo dos veces el capitán Cook ordeno al grupo de seguridad cuatro acercarse al recién llegado para exigirle explicaciones cosa que por lo visto este no hizo, permaneciendo completamente quieto —como una estatua— frente al grupo de seguridad sin decir absolutamente nada.
La tensión aumentaba con rapidez, aquel tipo iba vestido como un piloto pero había algo extraño en el advirtieron los tiradores por radio siendo de pronto llamado el equipo médico a acudir en su ayuda al caer desplomado en el suelo y comenzar a convulsionar.
Nada más verlo caer, el equipo médico de guardia —formado por un médico y un ATS— se comprobaron el uno al otro el estado de sus muy remendados trajes de presión negativa antes de coger su equipo y correr hacia aquel individuo ordenando por el canal abierto —y sus gestos— ordenar al grupo de seguridad que se hicieran a un lado ya que era posible que se tratase de algún patógeno congelado en el permafrost —como habían aprendido por las malas en no pocas ocasiones— acercándose a él con precaución.
—Mierda, ¿qué es esto Oluf? —. Pregunto el ATS al médico que examinaba a aquel hombre con una linterna. —Te diré lo que no es. Un virus congelado. ¡Larguémonos!—. Aulló el doctor aterrado ante aquel deterioro físico tan horrible y la repentina reacción de su paciente ante la luz, sin prestar atención a nada más, como aquellas 2 profundas punzadas sangrantes que tenía en los costados que si había observado su auxiliar.
—Quemadlo—. Ordeno el comandante de la expedición por miedo a un contagio, haciendo falta dos botellas enteras de lanzallamas para reducir aquel extraño cuerpo a cenizas. De inmediato volvió a ordenar probar con la radio sin obtener respuesta, ¿Qué estaba pasando? Nadie lo sabía, ni siquiera el, teniendo que improvisar a la carrera un plan de huida o rescate, he ahí la ironía de su situación.
¿Tenían el titanio y el resto de los minerales que necesitaban? Casi, tan solo faltaba por llegar una barcaza y esta estaba en camino. Según el radar en unos once minutos. ¿Entonces. Que le impedía dar la orden de zarpar? Tal vez la vida de toda aquella buena gente que se presentó voluntaria para extraer el mineral a la cual se negaba a hacer lo mismo que las otras 3 colonias, dejarlos atrás y aunque ya tenía experiencia con patógenos y enfermedades en expediciones previas en las que perdió a mucha gente, reunió a los 60 presentes en los barcos buscando voluntarios para una partida de rescate de 12 ya que no podían prescindir de más gente si es que querían salir de allí.
Poco a poco fueron alzándose manos y es que siendo tan pocos, todos se conocían —aunque también hubo quien fue obligado a unirse al grupo por saber cómo reparar sistemas o pilotar en manual las barcazas— cargando en una de ellas ya fuera de servicio lo necesario para realizar su misión siguiendo las órdenes de la persona encargada de dirigir aquella operación de búsqueda y rescate, el capitán Macias Agar, comandante del remolcador nuclear Jötunn.
Capítulo 3
En tan solo treinta minutos, el equipo partió a bordo de la barcaza escoltada por una pareja de spiders por si las moscas. Por delante tenían muchas horas de camino, demasiadas para un sistema de repulsión magnético que estaba en las últimas así que procuraban no exigirle demasiado. Algo mejor estaban los de los spiders aunque con remiendos múltiples y obligando a sus tripulantes a medicarse cada pocos días ya que los anillos de confinamiento eran artículos de lujo que rara vez se encontraban, emitiendo elevadas dosis de radiación ionizante a su tripulación.
Pese a todo avanzaban a unos buenos y estables 100km/h gracias un viejo truco para que los rudimentarios visores GNV de los pilotos no se sobrecalentaran, hielo seco, una solución para la ida pero no para la vuelta.
Faltando media para la llegada a la mina, comenzaron a realizarse los preparativos mientras aquellos pilotos seguían sorteando obstáculos ya que por desgracia la superficie de la antártica no era para nada plana. 15 minutos antes de su llegada, lograron recibir una corta comunicación con los mineros pero esta era cuando menos confusa ya que se entrecortaba continuamente y poco se podía extraer de ella salvo que había muchas interferencias.
A 500m del muelle, su escolta rompió la formación pasando a realizar labores defensivas y alerta temprana mediante sus viejos pero potentes sensores infrarrojos emitiendo un solo mensaje al equipo de la barcaza.
—«Despejado. Podéis proceder con el atraque»—.
La maniobra se llevó a cabo sin contratiempo alguno y en cuanto la compuerta lateral se abrió, el equipo del capitán Macías Agar se desplego con la rapidez y silencio propios de una unidad militar, gracias a que desde muy niños en la Colonia, se los adiestraba para la lucha y la supervivencia.
No hacía falta consultar planos, ¿para que si todos los pozos mineros eran iguales? Tras la compuerta abierta ante la que encontraban se hallaba el túnel dormitorio, dividido en 2 por los siempre presentes railes que conectaban el pozo con el muelle de atraque para trasladar el material a la barcaza atracada y de allí esta se dirigía a la costa, al Erebus.
Allí no había nadie, solo oscuridad y frío, algo que de inmediato les llamó la atención. ¿Y la calefacción? Aquello era indispensable, lo mismo que cerrar las compuertas para evitar que el hielo frazil, —cristales de hielo en suspensión—, acabara con ellos por pérdida del reflejo ciliar, necrosis y la peor noticia que podrían dar a uno: asfixia rosada. Formando 2 equipos registraron con rapidez los huecos usados como nichos para dormir excavados a ambos lados del túnel dormitorio sin encontrar ni rastro de los mineros que deberían estar durmiendo en ellos —aprovechando todos para apropiarse sin remordimiento alguno de cualquier cosa útil con la que intercambiar—. Así de cabrona era la vida que les había tocado vivir.
Con gestos el capitán Agar ordeno cerrar la compuerta y reactivar la calefacción, pero no la iluminación, antes de avanzar hacia la sala de preparación del pozo —el lugar donde los mineros se equipaban para su turno de trabajo— y en cuyo centro se hallaba el elevador, una amplia plataforma metálica que descendía hacia el interior de la tierra del mismo modo que los de la Colonia pero aquel estaba abajo y no respondía a las llamadas.
—Por las escaleras de emergencia—. Ordenó Agar encendiendo los dos diminutos focos de su traje de supervivencia, haciendo lo mismo el resto del equipo en cuestión de pocos segundos.
Descender 9 niveles por una escalera adosada a la pared con el peso que llevaban era agotador y lento, un mal paso y adiós, así que cuando por fin llegaron abajo, Macías les dio un par de minutos para recuperarse antes de seguir adelante, junto al inmóvil elevador.
—¡C’est quoi cette merde!—. Grito asustado uno de los integrantes, Marcel, haciendo que todos se girasen hacia él. A la luz de tantas linternas aquel líquido que manchaba el hombro de su compañero tenía un aspecto de lo más desagradable, ¡parecía barro! Un barro negro, mal oliente y frio que goteaba de alguna parte.
Ninguno estaba preparado para lo que vieron cuando alzaron la mirada buscando la supuesta tubería rota. ¡Allí había un cuerpo! destrozado contra el techo del elevador.
—Por como ha quedado debió caer desde arriba del todo—. Explico a todos el bueno del doctor Asmussen exigiéndole de inmediato al capitán Agar poder examinar los restos concediéndole este tan solo cuatro minutos para ello.
Gracias a sus compañeros, el doctor y su compañero el ATS Bors pudieron subir a la gruesa red que hacía las veces de techo descubriendo que el cadáver de aquel pobre infeliz era de todo menos normal.
—Creo que debería ver esto capitán—. Intrigado, Macías decidió subir quedándose sin respiración por un momento. Aquellos restos poco tenían de humanos salvo su aspecto bípedo. Sin duda se había caído desde bien alto y numerosos huesos se podían ver a simple vista. Aquella sustancia negra daba a los restos un aspecto macabro, casi se podría decir que podrido, teniéndose que cubrir boca y nariz con un trapo.
—Yo diría que era militar—. Le explico el doctor al iluminar el cuerpo. —Soviético—. Respondió Macías llamándole de pronto algo en las manos del cuerpo. Con la ayuda de un par de palancas le dieron la vuelta descubriendo que adosado a la espalda tenia lo que parecía ser un exoesqueleto. Rápidamente el doctor Asmussen se agachó linterna en mano y sin tocar para nada el cuerpo emitió su veredicto médico. Aquella cosa se la habían implantado mediante una cirugía muy agresiva en la columna mediante pernos y clavos de titanio.
—¿Y esos dos cilindros?—. —Si le dijera que la batería le estaría mintiendo así que… Ni puta idea, lo mismo que esos punzones de las manos. Si no le importa, recogeré unas muestras para analizarlas—.
En tanto el doctor y su ayudante se afanaban en la recogida de tejidos y las fotografías, bien protegidos en sus trajes de presión negativa su escolta, los más fortachones de los 12, no bajaron la guardia atentos a cualquier sonido o movimiento extraño mientras el resto examinaba aquel nivel sin obtener respuestas, allí no había nadie tan solo algún que otro rastro de sangre.
Una vez retirado el cuerpo del techo, tirándolo a un lado, el grupo tardo muy poco en volver a poner en marcha el elevador para ascender deteniéndose en cada nivel para echar un rápido vistazo a los túneles, descubriendo que allí tampoco había nadie.
Agotados, regresaron al dormitorio para descansar un poco y ponerse en contacto con los barcos como habían acordado cada tres horas. Gracias a ello, se enteraron de que los barcos habían sufrido el ataque de entre cuatro y seis extraños seres. Por suerte no había muerto ningún miembro de la tripulación pero sí que había un par de heridos de gravedad, advirtiendo al grupo de rescate que aquellos seres buscaban clavarle a uno los punzones que tenían en el anverso de las manos en los costados a la altura de los riñones.
—«Nada de armas ligeras. Solo se los puede tumbar con calibre 0.50, escopetas o fuego y Agar, una última cosa. Son muy fuertes así que nada de heroicidades a base de puñetazos o cuchilladas»—. Le informo, casi rogó, su amigo Cook.
—¿Cómo han recorrido esa burrada de kilómetros, es imposible?—. Pregunto alguien del grupo de rescate recibiendo un “y a mí que me cuentas” como respuesta a voz en grito del capitán de la expedición Ross-18 al otro lado de la línea antes de soltar la bomba. Con o sin ellos la expedición se haría a la mar en treinta horas.
Mientras en la costa la tripulación de ambos buques realizaba los procedimientos previos a la puesta en marcha, tierra adentro el equipo se preparaba para inspeccionar el siguiente lugar en busca de respuestas, solicitando que aquella piloto les diera las coordenadas.
—No está lejos. Escuchadme, iremos a inspeccionarlo pero en grupo, ¿me habéis oído? Nadie solo, ni siquiera para mear. Así que procedamos con cautela—. Para ser entendido por sus once hombres y mujeres Agar tuvo que tirar de Marcel, Andrei y gestos, preguntándose nada más sentarse de nuevo en la barcaza si les habría quedado claro.
Capítulo 4
Diecisiete minutos a treinta kilómetros por hora, esa era la distancia que separaba el emplazamiento minero de aquellas misteriosas ruinas.
Su llegada no fue apoteósica ni épica, solo discreta y sigilosa, descendiendo de la plataforma y los spiders a una distancia prudencial del objetivo a pesar del repentino cambio de tiempo que cayó sobre la zona. Por suerte eran gentes del frio post-apocalíptico e iban muy bien preparados para aquello pero no para lo que vieron en el suelo, sangre. Muchísima sangre, formando regueros y charcos además de otros restos humanos sobre el hielo, haciendo que el miedo les inundase por completo.
Sin dudarlo un instante, armas en alto apuntando al frente, accedieron al interior del edificio principal usando el boquete que alguien, seguramente los mineros, había hecho para entrar echando como de costumbre la puerta abajo. Dentro había restos de actividad reciente o mejor dicho del paso de los mineros —ya que sin más como era normal en la época que les había tocado vivir— habían arrancado sin cuidado alguno cables, tuberías y cualquier cosa electrónica hasta del techo y es que cuando sientes que los saqueadores pueden andar cerca no te andas con cuidado alguno.
Un poco más allá, empezaba la fiesta. Sangre y signos de lucha por doquier sobre todo en las paredes, ordenando Agar usar escopetas y que los de atrás estuvieran atentos justo a tiempo ya que algo salió de repente de una esquina y se les hecho encima demoliendo un muro a golpes siendo recibido a lo grande —con numerosos disparos— hasta que dejo de moverse, manando de los restos el mismo lodo negro que del otro cadáver. Sirviéndose de una cuerda, arrastraron los restos hasta la sala que habían dejado atrás para que Asmussen pudiera examinarlo mientras todos le cubrían, descubriendo algunas cosas interesantes ya que a pesar de todo, el estado del cuerpo era algo mejor que el del otro.
—Fijaos en sus ojos. Casi podría asegurar que era ciego y que esto al igual que al otro, se lo implantaron quirúrgicamente. Un trabajo de horas, muchas horas pero para que—. A continuación retiro aquellos dos cilindros del entramado mecánico que el pobre infeliz tenía insertado en su espalda, dejando que a continuación se encargaran de los restos el equipo de incineración.
Con un simple gesto, Macías Agar indico que volvían a ponerse en marcha descubriendo muy pronto que había sido de los mineros o parte de ellos no muy lejos de allí. —Están hechos pedazos—. Dijo con voz temblorosa más de uno tras vomitar ya que parecía que los hubiesen tratado de descuartizar. Él también estaba afectado pero por nada del mundo se iba a rendir así que a empujones logro poner a todos en movimiento tras dejar que el doctor y Bors hiciesen algunas fotos.
Avanzar por aquel extraño lugar era sencillo a pesar del pesado equipo que cada uno cargaba pudiendo incluso caminar por parejas. ¿Dónde estaban las tuberías y los calefactores? Las primeras poblando el techo mientras los más que necesarios sistemas de calefacción parecían ser unas curiosas estructuras de buen hierro. Lástima que no tuviesen tiempo para llevarse alguno para canjear en la Colonia. Finalmente llegaron a una diminuta sala que se parecía a la entrada de un pozo minero. Una circunferencia acristalada no muy ancha llena de armarios y asientos dispuestos alrededor de una plataforma elevadora, aunque aquella estaba destrozada en el fondo como pudieron ver gracias a que la pesada escotilla que cerraba aquel túnel estaba tirada a un lado, como si hubiese sido volada por los aires con algún explosivo.
—Seis aquí reparando esto y el resto conmigo. Vamos a echar un vistazo abajo. Sesenta minutos, si no volvemos en ese tiempo cerráis y os largáis—. Les ordeno su líder mientras buscaba donde atar su cuerda para descender, siguiéndole el resto en silencio y con la mirada gacha.
Por parejas fueron descendiendo hasta llegar a los restos de la plataforma teniendo que hacer uso de los pequeños sopletes de corte que llevaban siempre consigo para abrirse paso linterna en mano, descubriendo una especie de laboratorios todos blancos o eso creían porque a la luz de simples linternas… Una consulta a su reloj, ¡habían tardado veintiséis minutos en bajar! así que tocaba correr y no poco o de lo contrario estaban jodidos.
Sin cuidado alguno avanzaron descubriendo que en efecto, aquello era un laboratorio y por lo visto bastante bien surtido, agarrando cada cual lo que pudo sin importarle ser vistos por el resto para intercambiarlo por agua limpia o comida aunque todos soñaban con que fuese una pieza de más valor, el suficiente como para pagarse un camarote bien amplio en la nave que debía de llevarlos a la salvación.
—¿Qué son estas cosas?—. Pregunto alguien alumbrando con su linterna cerca de los ojos del doctor contestándole el cegado por un momento Asmussen que una especie de capsulas, abalanzándose a continuación sobre un archivador que abrió con ayuda de una palanca. —Está en cirílico—. Dijo apesumbrado hasta que sus ojos se fijaron en Andrei, al que agarró sin venir a cuento para que se los tradujera.
—Para evitar que la formación de cristales de hielo destruya los tejidos durante un viaje estelar de siglos, la sangre caliente y el agua corporal son drenadas por completo mediante bombas de presión, reemplazándolas por fluidos sintéticos hiperfríos a base de perluorocarbonos y polímeros crioprotectores suministrándoselos al sujeto a través del exoesqueleto injertado directamente en la columna—. —¿Criogenia? —. Exclamó el doctor Asmussen boquiabierto antes de que Andrei continuara leyendo otra hoja.
—Efectos adversos a tener en cuenta. A estas temperaturas se produce cristalización parcial y necrosis selectiva de los lóbulos frontales, el hipocampo y las vías de la sustancia blanca. Las neuronas no mueren limpiamente; sufren un daño por cizallamiento y desconexión sináptica masiva—.
Según las fechas que figuraban en los informes, aquel proyecto había comenzado en algún momento de 1967 siendo los más interesantes los fechados en 1983 año en el que por lo visto se pasó a la siguiente fase, la experimentación con seres humanos utilizando a los soldados rasos encargados de la seguridad de la base como conejillos de indias. Si sus compañeros se habían guardado bajo su ropa elementos eléctricos y electrónicos de todo tipo, el bueno del doctor lo hizo de informes, ¡todos los que pudo! metiéndolos en su mochila, bolsa médica e incluso su traje a la carrera antes de tenerse que dar la vuelta y volver por donde habían venido ya que el tiempo se les acababa.
De nuevo en el hueco de la plataforma siniestrada y mientras la segunda pareja se preparaba para ascender, el capitán Agar escuchó algo. Parecía que hubiese sido una rata pero por lo visto Marcel —que tenía el oído más fino— comenzó a disponer todos los cargadores de escopeta y granadas que llevaba frente a él haciendo lo propio el capitán Agar enseguida, tras escuchar aquellos terribles aullidos. —¡Os daremos cobertura!—. Grito Macías Agar tras haber enganchado su arnés y el de Marcel a las cuerdas.
La segunda pareja ya estaba casi llegando cuando comenzaron los disparos, entremezclándose con las explosiones de las granadas que Marcel y Macías lanzaban mientras el otro recargaba.—¡Cuerdas libres. Subid de un puta vez! —. Dijo alguien desde lo alto tras dejar caer algo que impacto en el suelo entre ellos, un saco de pequeño tamaño, no más grande que una caja de zapatos, en la que había cosida a mano la forma de una macabra sonrisa. —¡Es una carga de RDX Larguémonos! —. Ordeno el capitán Agar a su compañero indicándole este en francés que subiera el primero. De mala gana le hizo caso y a unos ocho metros de altura vio que una de aquellas cosas se le echaba encima, clavándole ambas manos en los riñones. Sin miramiento alguno desenfundo su pistola y abrió fuego contra la cabeza de aquel maldito, logrando que liberase a su desafortunado compañero.
—¡Montez-le une bonne fois pour toutes et faites-les voler! — Gritó Marcel, despidiéndose de Macías con una ligera reverencia antes de volver a disparar contra aquellas cosas, dejando a su compañero de ascensión angustiado.
—¡Sesenta segundos. Cerrad y corred!—. Grito Hieshor —el artificiero del grupo—en una mezcla de albanes e inglés asiendo al capitán por el brazo y empujarlo por el pasillo tras cortar su cuerda de un solo tajo. De inmediato aquella compuerta se cerró para siempre, aun se podían escuchar más abajo disparos y sin mirar atrás, aquellas once personas abandonaron las antiquísimas instalaciones soviéticas con la adrenalina por las nubes resguardándose tras un muro de hielo.
—¡Tapaos los oídos y mantened la boca bien abierta!—.
La explosión fue ensordecedora. La intensa onda de choque hizo vibrar sus cuerpos por entero y aquel muro natural tras el que se habían ocultado había resultado dañado. Sin duda habían acabado con aquellos hijos de puta o por lo menos los habían sepultado bajo toneladas de hielo y nieve pero ¿a todos? Por lo que su líder les dijo solo había visto uniformes de minero así ¿que donde estaban los otros, los de uniforme?
Algo más repuestos se acercaron a los vehículos, por suerte no habían resultado dañados y cuando llamaron por radio para comunicar sus hallazgos, descubrieron por medio de aquella piloto “la animosa” que un montón de esas cosas les habían atacado y no sabía nada de nadie ya que se había escondido en una taquilla del Erebus.
—Vale. No te muevas de donde estés y silencio. Cuando estemos cerca daré tres toques a la radio para avisarte. Intentaremos llegar pronto—. Le indico Macías Agar urgiendo al equipo a salir disparados de regreso a la costa.
Capítulo 5
El viaje de regreso fue de todo menos tranquilo. Sabían a lo que se enfrentaban y cada uno se dedicó a protegerse los riñones lo mejor que pudo con lo que encontraron en la barcaza fabricando de paso algunos rudimentarios artefactos incendiarios en tanto el doctor Asmussen y Andrei seguían a lo suyo sin prestarles la más mínima atención.
—¡Escuchad esto! Al fallar por completo el sistema límbico y las áreas de control cognitivo superior durante la criogenia, se despierta un estado de vacío mental absoluto combinado con un reflejo motor híper violento e instintivo—. Les explico el bueno del doctor pasando a ingles escrito cada palabra que traducía aquel ciudadano de la antigua Rusia en un cuaderno lo más rápido que podía.
—¿Y eso qué coño quiere decir?—. —¡Que son zombis!—. Sentenció Bors.
—No, mucho peor escuchad. El sujeto veintitrés como el resto, no sabe quién es ni reconoce su idioma natal. Ignora a quien le habla y todo lo que le rodea pero si se invade su espacio emitiendo calor corporal, reacciona como un resorte.
Comportamiento observado. El sujeto a estudio muestra un estado de completa apatía y furia ciega. No siente dolor, miedo, alegría o hambre y su comportamiento ante los perros ha sido tan frío como despiadado. Los ha matado a todos sin más, empleando una fuerza física brutal potenciada porque según los estudios, su cerebro ha perdido la capacidad de ponerle a los músculos el freno inhibitorio que evita sobrecargarlos, dándose casos como los observados en los sujetos dos y treinta y ocho en que se han arrancado miembros o fracturado huesos sin sentir dolor alguno con tal de acabar con su objetivo—. —Zombis—. Repitió aquel ATS aunque en esta ocasión, con algo de miedo en la voz.
Volar a casi ciento sesenta kilómetros por hora en aquellas condiciones y sin hielo seco con el que refrigerar sus visores exigía toda su atención obligando a los pilotos a tener que turnarse cada pocos minutos para descansar la vista y sobre todo evitar que aquellos toscos y pesados chismes, construidos con restos del antiguo mundo, se sobrecalentaran y dejaran de funcionar en el peor momento posible. Aun así tuvieron que hacer una parada de cuarenta minutos en mitad de la nada por sobrecalentamiento acumulado en los visores, aprovechando para descender y echar un vistazo al estado de la barcaza.
—¡Venid aquí rápido!—. Grito Macías Agar bastante alterado, iluminando todos con sus linternas el suelo. —Estas huellas no son normales—. Les indico fijándose en las más cercanas a él pudiendo ver todo el equipo que eran humanas pero muy pronunciadas hacia atrás, casi como desdibujadas como cuando corres a tu máxima velocidad y muy erráticas.
—Y que lo diga capitán. Por lo visto corren y bastante, gracias a que su cerebro no envía la señal al cuerpo de fatiga perro eh aquí una buena noticia, por el camino perderán músculos y huesos—. Le dijo Asmussen a Macias Agar acercándose a él.
—Así que correrán hasta morir—.
Capítulo 6
Macias Agar se pasó el resto del camino impartiendo órdenes. Por lo visto tenía un plan y este dio comienzo en cuanto los pilotos establecieron contacto visual con los barcos, ordenando a los spider de escolta mantener el rumbo mientras la barcaza rompía la formación para alcanzar los depósitos de superficie destinados a repostar a aquellas magnificas máquinas de guerra.
Nada más detenerse, los once bajaron de la barcaza escopeta en mano por si las moscas en tanto los pilotos disponían la barcaza para operarla de forma remota, ayudando después a los demás con el trasvase del combustible a las bodegas.
—Hecho. Te toca Hieshor. Haz que vuelen—.
En tanto Macias Agar improvisaba una última cosa en el exterior de la barcaza, aquel artificiero se dedicó en cuerpo y alma a su trabajo. Hieshor no solo buscaba que la barcaza estallase, quería hacerlo épico pero tenía poco material así que sin pensárselo demasiado, salió al exterior sorprendiendo a todos para reventar la puerta del polvorín a base de patadas.
—Vosotros a lo vuestro—. Les espeto cuando regresaba al interior con una voluminosa bolsa a la espalda.
Quince minutos después Macias Agar prendió los bidones de combustible colocados en el exterior de la barcaza, —el último detalle del pastel— y junto a sus compañeros se ocultó en al otro lado de los depósitos de superficie donde se encontraban también ambos spiders, uno de ellos con los motores en marcha.
A pesar del zumbido de los motores y el viento, Macias Agar les recordó a los pilotos de este cual era el plan cuando un grupo bastante numeroso de aquellas cosas salió de los barcos para seguir a la barcaza como si esta fuera el jodido Flautista de Hamelín cuando esta comenzó a avanzar, —Detonar la barcaza en cuanto esta estuviera a tres kilómetros de los barcos— aunque Hieshor, el último en hablar con ambos, les recomendó hacerlo mejor a cinco kilómetros.
—¡Aseguraos de no estar a menos de mil quinientos metros cuando pulséis el botón!—.
Fue un momento que todos recordarían durante el resto de sus días, aquellos engendros siguiendo a la barcaza y al mismo tiempo el spider siguiéndolos a ellos. Sin duda querían quedarse y ver a la comitiva avanzar durante un rato más pero el tiempo apremiaba así que a la carrera accedieron al Erebus asegurando tras ellos la compuerta por la que entraron realizando a continuación Macías Agar la señal acordada a aquella piloto, respirando aliviado cuando esta le respondió del mismo modo, con tres toques también.
En barco estaba en silencio, demasiado y por alguna razón que desconocían alguien había puesto la calefacción al máximo haciendo que avanzar por los larguísimos corredores se convirtiera en una agonía por toda la protección y equipamiento que llevaban encima. ¿Aquello tenía sentido? Si muchísimo como les indicó el doctor Asmussen ya que permitía enmascarar el propio calor corporal. —Si hay supervivientes estarán en los hornos, donde el calor los hará invisibles—. Dijo susurrando Macias Agar dejando que quien mejor se conocía aquel enorme barco encabezara la formación pero antes, tomaron un desvió para recoger a aquella piloto “la animosa” la cual se hallaba oculta cerca del puente, en una maloliente taquilla de la que solo había salido para poner la calefacción a tope por pura intuición, tras ver de cerca uno de aquellos seres.
Sudaban a chorros pero la idea de aquella joven y alocada piloto resulto ser de lo más efectiva, ¡no los veían! Lo cual eran muy buenas noticias, avanzando bastante distancia antes de que la barcaza estallase al alcanzar los cinco kilómetros de distancia, haciendo saltar todas las alarmas en los tres barcos poco después la tremenda onda expansiva de las cargas.
Pronto tuvieron que detenerse a beber agua, descubriendo con rapidez que aquellas cosas conservaban el oído, uno por lo visto muy fino perdiendo a dos buenas personas en el ataque ocurrido tras caer al suelo una taza metálica olvidada por alguien en una mesa, siendo despedazados por aquellos engendros. A tiros y la carrera, así llegaron a la fundición siendo perseguidos por seres vestidos con uniformes soviéticos arrastrándose por el suelo y también sobre sus compañeros acudiendo en su ayuda un grupo de supervivientes del Erebus, diecinueve personas una de ellas herida, preguntando Macías por el resto. —No lo sabemos, solo hicimos lo que el capitán Cook nos ordenó por megafonía—.
El herido estaba bastante mal. Le habían clavado aquellas cosas en los riñones y estos estaban destrozados. Necesitaba un quirófano de inmediato o moriría pero ¿dónde encontrarlo? Asmussen solo tenía experiencia en heridas de combate, no era cirujano, aun así hizo lo que pudo por evitar la septicemia con el material que tenía, ordenando a continuación llevarlo a la bien provista enfermería del barco gritando como un histérico.
—Spiders. ¿Cómo van las cosas por ahí fuera? —. —«Aquí dos. Sin novedad desde la detonación pero los sensores indican que se acerca algo a bastante velocidad desde el Sur así que les vamos a preparar una nueva sorpresita»—. —«Uno informando. Seguimos vivos. Capitán háganos un favor y pregúntele a Hieshor que coño le metió a la barcaza porque casi nos mata a nosotros también»—.
—Roger, no hagáis ninguna estupidez más—.
En la enfermería la situación era muy preocupante. ¿Qué le estaba sucediendo a su paciente? Se preguntaba para sí el doctor, mientras buscaba a toda prisa ampollas de vasopresores. —Bors. Cógele una vía y pon a calentar todas las bolsas de salino que encuentres y vosotros, cubrirlo con lo podáis, rápido—. Ordeno a las personas allí reunidas en torno al herido en tanto cargaba varias jeringas a más no poder con medicación para combatir la hipotermia. —¿Pero qué coño le está pasando? Si esto no hace que su corazón lata a un ritmo constante para mantener el calor, sus órganos fallarán antes de que pueda hacer algo por sus riñones—. Explico ordenando de pronto sujetarlo bien fuerte al observar como su paciente convulsionaba por culpa del frio intenso.
—¿En el cuello?—. —No nos queda otra capitán—.
Unos minutos después las constantes y el tono de piel volvieron a la normalidad, ya no temblaba aun así, Asmussen lo ató con vendas a la cama para evitar que se moviera durante la cirugía. —Hieshor, Dimitri. Vosotros os quedáis aquí con doc y Bors ayudándolos y como escoltas. El resto conmigo—. Ordeno Macias Agar ya que en su cabeza solo estaba el encontrar a más supervivientes y poner los tres barcos a punto para partir, logrando dar con otros dos grupos de supervivientes las bodegas ocultos entre las pilas de titanio refinado.
Una vez examinado el Erebus de cabo a rabo Macias Agar y sus acompañantes fijaron toda su atención en el Terror, el rompehielos. ¿Necesitaban aquel barco? Sin duda tanto como el Erebus para salir del planeta así que armándose lo mejor que pudieron salieron al hielo y corrieron hacia él.
Trescientos metros a (-84ºC) les exigió un esfuerzo tremendo pero una vez lograron alcanzar la cubierta pudieron presenciar el magnífico espectáculo ofrecido por aquellos arrogantes pilotos acabando con un grupo de engendros usando los cañones de sus monturas y cargas explosivas.
—Por lo visto cada cual se salva a su manera. ¡Démonos prisa!—.
Capítulo 7
Gracias a una compuerta abierta accedieron al interior atrancándola con una barra de uña tras ellos. Allí nadie había subido la calefacción al máximo, todo era silencio y luz por doquier ya que el reactor nuclear del Terror no podría simplemente apagarse ni reducir la enorme cantidad energía que producía aun estando parado allí sin hacer nada. Sin separarse para nada examinaron aquella cubierta descubriendo tan solo rastros de sangre e indicios de lucha poniendo después dirección al lugar donde dormía la tripulación, una sala de 10x15m situada justo encima del convertidor de vapor tres cubiertas más abajo encontrándose con alguien de sobra conocido por todos sentado en su silla dándoles la espalda en lo que era el camarote del capitán, un lugar que este usaba más que nada como despacho.
—Ehhhh, Cook. ¿Qué haces aquí abajo y no fuera, disfrutando del espectáculo? Caen a montones—. —No te acerques Macias. No quiero hacerte daño—. —¿Qué no me acerque? No te entiendo—. —Esa cabrona me a jodido pero bien. Me acerque a ella al reconocerla y me clavo las manos en los riñones. Como lo oyes, las putas manos. Hay dos tipos, unos que llevan esos hierros y otros que no y esos son los más peligrosos, así que tened cuidado. En cuanto a mi… por como sangro y lo dura que tengo la piel no me queda mucho. No quiero acabar convertido en una de esas cosas así que hazme un favor ¿quieres? Usa el lanzallamas para acabar conmigo—.
No hubo lloros ni lágrimas, tan solo determinación. El capitán Agar en persona fue quien llevó a terminó el último deseo de su amigo dejando sus restos envueltos en llamas en su camarote pero con la compuerta bien atrancada por si acaso.
—Busquemos supervivientes y limpiemos este maldito lugar—.
Caminar por los largos corredores volvió a convertirse en una pesadilla tras juguetear con la calefacción del mismo modo en que lo había hecho “la animosa” en el Erebus para camuflar la señal térmica de su cuerpo. En el dormitorio no había nadie, ¿estaba todo revuelto? Si pero allí no había sangre ni cadáveres solo desorden, poniendo de inmediato rumbo al reactor para asegurarse de que no hubiese sufrido daños.
Escopetas al frente, atrás y a los lados descendieron por las escaleras procurando no hacer demasiado ruido saliendo a su encuentro de pronto un grupo de personas ordenándoles agacharse y guardar silencio.
—¿y el reactor? —. Pregunto de inmediato Macias Agar. —Estable. Sin daños. El vapor es muy efectivo así que callaos y no nos jodáis la trampa—.
Siete de aquellos seres avanzaban por un pasillo accesorio cercano, caminaban chocando entre ellos como si tuvieran poco equilibrio lo cual era normal ya que muchos caminaban sobre pies destrozados o sus muñones. La imagen era aterradora aun así, agachado junto al líder de aquellos supervivientes, el capitán Agar pudo ver como cuatro personas se situaban tras ellos cargando con un par de mangueras de vapor haciendo lo propio otras cuatro justo a su lado aunque estos permanecían aún bien pegados a las esquinas para no ser vistos.
De pronto se inició el ataque. Por la espalda recibieron la primera descarga de vapor a alta presión y en cuanto se giraron para atacar, aquel segundo grupo cerró la trampa. En cuestión de pocos segundos todo termino, ¿el resultado? Las siete cosas se habían convertido en una masa indescriptible de huesos, y una sustancia negruzca tremendamente maloliente.
—La madre que me pario. ¿Quién coño ha subido la calefacción? —. Pregunto el líder de aquel grupo bastante cabreado respondiéndole Macias Agar que ellos para ocultar su calor corporal. —Buena idea capi pero que sepas que casi nos jodéis el plan. ¡Eh tu Jamael, desconéctala. Vamos!—. Ordeno aquel fornido hombre a otro mucho más escuálido con voces, gestos y silbidos. —¿A cuántos habéis matado así? —. Quiso saber el capitán Agar sorprendiéndose por la respuesta de aquel enorme armenio llamado Vosdanig. —No, se quizá unos veintitrés o veinticinco incluyendo a varios de los nuestros—.
Entre los dos hombres hicieron algunos números rápidos cayendo enseguida en la cuenta. Ochenta y siete supervivientes frente a ciento setenta y tres de aquellas putas cosas. Cincuenta salidos de aquellas capsulas y el resto tripulantes de la expedición con mala suerte.
—Bueno, muchos menos porque les hemos ido dejando sorpresitas por el camino—. Indico alguien sonriendo a sus espaldas, por su tono de voz Macias diría que fue Robyn, una de las integrantes de su grupo de gatillo fácil. —Lo hemos oído por radio pero aún quedan bastantes así que haceos a un lado y dejad que nosotros nos encarguemos. A propósito capi. Hace un rato eh hablado con los tuyos y te alegrara saber que han mantenido el remolcador a salvo disparándoles a la cabeza con rifles de francotirador antes de cortársela—.
Por primera vez en todo el día Macias se permitió sonreír, aquellas cosas tenían varios puntos débiles y por lo que veía cada grupo se las estaba ingeniando bastante bien a pesar de todo además de que el plan de Vosdanig no pintaba nada mal.
—¿Nos echáis una mano capi?—.
Capítulo 8
A toda prisa aquellos hombres y mujeres se dividieron en pequeños grupos para trabajar. No había tiempo, o acababan con la amenaza o ella acabaría con ellos, así de simple, tajante y cruel. Procurando no hacer ruido —y esta vez con la calefacción rindiendo al máximo— se afanaron en el dormitorio, extrayendo sus enseres para hacer el máximo hueco posible. Tras ello llegaron los pasos dos y tres —que por urgencia se llevaron a cabo al mismo tiempo—. El sellado de todos los accesos mediante soldaduras tanto interiores como exteriores, la instalación en el techo de las mangueras de vapor provenientes del mismísimo generador de vapor del reactor y la desconexión del sistema antiincendios dejando para el final lo más complicado —la libre— un muñeco hecho con trapos y papeles pegados a una crucera de ferralla para simular apariencia humana, atando con cinta, nudos, alambre y cuerdas los componentes al esqueleto que a su vez estaba bien amarrado a un largo cabo de los empleados para cargas ligeras. La liebre era fea de cojones pero a oscuras daba el pego con las ropas que alguien ya no iba a necesitar, quedando tan solo una interrogante. ¿Cómo llamaría la atención de aquellas putas cosas?
La respuesta se le ocurrió a Jamael que empleando mímica y algunas palabras en francés, se lo dejó bien claro a Vosdanig. —Id colocándole las bengalas mientras yo busco el torno de cuerda—. Dijo antes de salir corriendo sin más —rompiendo la máxima de la Colonia y Macias Agar, nadie solo—.
Pronto volvió a aparecer cargando a sus espaldas con aquello que fue a buscar y varios sopletes de mano atados de cualquier manera a la cintura por medio de un simple cable eléctrico, colocándolo todo en el suelo fuera de aquella sala, en el extremo cerrado antes de sentarse a descansar un poco.
—Maintenant, c’est à vous de bosser, bande de salopards ; alors prenez les chalumeaux et faites le trou par lequel passera le câble—. Les dijo entre trago y trago a una botella de agua limpia.
La idea era tan cojonuda y al mismo tiempo simple que Macias incluso se permitió, tras concluir el trabajo con el soplete, pulir las rebabas un poco antes de rematar la jugada con una generosa capa de grasa de caldera. —No me jodas. Más nos vale cubrirnos la boca y la nariz cuando empecemos a recoger el cabo porque esa mierda huele que apesta cuando se calienta—. Exclamó Vosdanig en un torpe español al darse cuenta de lo que estaba haciendo el capitán Agar. —Y no te olvides del humo—. Añadió Macías con un tono bastante burlesco.
Hasta hacia no mucho el viento soplaba con fuerza pero ahora permanecía en calma, presagio de que pronto comenzaría a nevar.
Una simple llamada por radio bastó para hacer que los spiders regresasen al Erebus a repostar y rearmarse mientras en los tres enormes buques se desconectaba absolutamente todo, incluida la calefacción y los hornos de fundición del Erebus. —«Aquí Agar. Todos atentos. Jötunn y spiders. Esperad a la señal y aseguraos de que ninguno escape»—.
Ningún spider se quedó en el hangar, todos salieron cargados a más no poder de combustible y munición situándose por parejas en distintos puntos clave cercanos a los barcos apagando sus motores y tirando de baterías para los sensores.
Los nervios comenzaron a aflorar, si aquello no funcionaba ya podían darse por muertos porque nadie vendría en su ayuda y aunque también Macías estaba en un sin vivir trataba de mantenerse sereno de cara a todos deseando no perder a nadie esencial para la puesta en marcha de los navíos.
De improviso, la cuenta atrás llegó a cero y el encargado de hacer sonar la sirena del Terror apretó el botón, inundando la costa en repetidas ocasiones, cogiendo a todos con el pié cambiado a sus compañeros no tardando en obtenerse una respuesta por parte de los engendros.
—«Movimiento. Dos grandes contactos por el suroeste y vienen rápido»—. Advirtió “la animosa” por radio —muy contenta ya que se la había restituido en su puesto— liberando de paso el seguro de los cañones de su spider. —Nada de tonterías. Ya sabéis lo que tenéis que hacer—. Advirtió Macias Agar a los temerarios pilotos.
Nuevamente la bocina del Terror hablo y en aquella ocasión se unió a ella música a todo volumen y la bocina de los otros dos buques, viéndose en los sensores como aquellos dos contactos se unían en uno solo acelerando la marcha por increíble que pareciera.
—«Se nos echan encima. Os toca liebre»—. Anuncio el capitán Agar dando la señal Vosdanig a su grupo de encender las bengalas atadas al muñeco mientras el resto de los supervivientes de la expedición se preparaban para la siguiente fase del plan.
Aquella masa furiosa pronto fijo toda su atención en la liebre moviéndose como si fuesen uno, momento en el que apenas a cinco metros, el señuelo empezó a moverse por el suelo de la cubierta gracias al cabo al que estaba atado siendo recogida por el torno eléctrico operado por el ideólogo de aquello, Jamael. Aquellas cosas tenían fijada su mirada y atención en la liebre, no había nada más para ellos en el mundo ya que era la única fuente de delicioso calor y una vez dentro de la sala dormitorio, se aplastaron los unos con los otros en su afán de atrapar al cebo cerrando sin saberlo la trampa al chocar contra la pared del fondo entre salvajes gritos.
—¡Cerrad la compuerta, Ahora!—. Ordenó Vosdanig soplete en mano mientras uno de sus compañeros atrancaba la compuerta a toda velocidad. Tres personas fueron las encargadas de sellar aquella compuerta añadiendo varios refuerzos de hierro por si las moscas entre aullidos y una constante lluvia de poderosísimos golpes provenientes del interior de aquella sala dormitorio antes de que llegara la hora de terminar por fin con todo.
—¡Sellado. Asadlos!—. Gritó Vosdanig sudando a chorros empujando a sus dos colegas para que se apartasen del metal lo antes posible.
Sin miramientos Robyn activo el vapor consiguiendo por fin que aquellos malditos dejaran de golpear las paredes y se centrasen en lo más importante, gritar y lamentarse en tanto los equipos de extinción, armados con extintores, se mantenían atentos a cualquier indicio de fuego en el exterior por culpa del intenso calor generado en aquel lugar cerrado a cal y canto.
—Muy bien, seis minutos más y desconectaremos el vapor—. Anunció el capitán Agar, tras toser varias veces por culpa del humo producido por la grasa de calderas que aun pululaba por allí, respirando todos aliviados.
El plan había sido todo un éxito.
Doscientas treinta personas salieron de la Colonia como voluntarios en busca del titanio y otros quince en aquel remolcador para abastecerlos de piezas. Doscientas cuarenta y cinco en total de las cuales solo seguían vivas ochenta y siete.
Sin tiempo para celebraciones los navíos partieron de regreso a casa, encabezados por el Terror, aquel enorme y viejo rompehielos nuclear equipado con su pareja de grotescos brazos —aquellos por los que circulaba el vapor a alta presión hasta los trineos situados en ambas terminales y que se deslizaban por la superficie del hielo antártico fundiéndolo lo suficiente como para permitir el paso del convoy— por seguridad aquella sala dormitorio permaneció sellada a cal y canto estableciéndose continuas patrullas de inspección buscando y sellando cualquier fisura o grieta ocasionada por la dilatación del metal, atreviéndose solo los más valientes o borrachos a pegar la oreja a la pared. Jamás escucharon nada, ni un solo ruido colocando en un improvisado pedestal soldado a la compuerta aquel busto tan espantoso del tal Lenin tras cambiárselo a “la animosa” por una tableta de chocolate.
Desenlace
El día en el que por fin la Liberty abandono el planeta para siempre, no hubo gritos de alegría ni celebraciones, tan solo personas esperando encontrar un nuevo lugar en el que vivir lo más lejos posible de las otras tres odiosas colonias, dejando atrás todo aquello que ya no necesitarían en su nuevo hogar permitiendo que el hielo y el frio tomasen el control.
El antaño muy utilizado puerto se convirtió en un cementerio de enormes barcos, todos ellos de propulsión nuclear, destacando entre todos ellos el Erebus y el Terror en cuyo interior permanecía sellada aquella sala dormitorio. Las brutales vibraciones y el sonido producidos por la gigantesca nave al despegar en vertical y la posterior activación a tan solo mil quinientos metros de altitud del M.D.D. provocaron que aquellos atestados hasta hacia nada túneles, colapsaran en gran medida mientras los buques atracados en el puerto soportaban a duras penas las fortísimas envestidas del agua y el quebrado hielo. En el interior del imponente rompehielos el busto del viejo líder soviético permanecía en su posición, con la mirada siempre al frente totalmente ajeno al frio y el continuo bamboleo del buque. Por fin la calma regreso, no tardo mucho, tan solo unos pocos minutos y a oscuras aquel Lenin de plástico continuaba en su puesto vigilando el sueño del Terror, sirviendo como último escudo de aquello que estaba golpeando la soldada y blindada compuerta cada vez con más fuerza.
Kepler-62f. Situado a unos 982 años luz en la constelación de Lyra era uno de esos mundos a los que les llamaba Súper-tierra. Orbitaba una estrella enana naranja (tipo K2) sumamente tranquila y longeva que no daba sustos por los vientos solares y erupciones. ¿Las únicas pegas? Tendrían que vivir en el ecuador por lo menos treinta y dos años hasta emitir el suficiente dióxido de carbono a la atmosfera y producir un efecto invernadero que fundiera el hielo en el resto de su nuevo hogar y la dichosa gravedad, siendo esta un 25% superior a la del planeta que habían dejado atrás obligando a los Libertos a convivir atados de por vida un rudimentario exoesqueleto acoplado a su columna para poder moverse y mantenerse erguidos. Con un poco de suerte, sus bisnietos ya no los necesitarían pero solo ocurriría si el programa genético no se topaba con algún obstáculo.
Cyprien vivía solo en un pequeño cubículo de 3×5 metros cuadrados dentro de la Liberty. Cada día tenía que tomarse 6 de aquellas malditas píldoras de dos en dos cada ocho horas terrestres para que sus destrozados riñones siguiesen funcionando. Por suerte su discapacidad le había servido para ser reubicado dedicándose al desarrollo del sistema informático dedicado de gestionar la futura emisión del dióxido de carbono. Últimamente se sentía extraño ¿serían las jodidas pastillas?
Aquella mañana sentía la boca pastosa y al verse en el diminuto espejo se dio cuenta, durante la noche su rostro se había vuelto alvino, descubriendo al tocarse el pómulo derecho que estaba frio como el hielo.
¡Aquello no podía ser, se salvó de aquello!
O no.
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