Los gatos ya no vemos de cerca

Los gatos ya no vemos de cerca

Ojo de Gato

15/09/2026

Hace unos días llegó a Lima mi Compadrito.

Carlos.

El otro Gato.

Vino por trabajo desde Arequipa y quedamos en juntarnos el viernes por la noche en mi casa.

Nada complicado. Un piqueo y una botella de vino.

Bueno… dos.

A las ocho de la noche abrimos la primera y empezamos a conversar. Cuando volvimos a mirar el reloj era casi la una de la madrugada y Carlos tenía un pequeño detalle pendiente: su vuelo a Arequipa salía a las cinco de la mañana.

—Compadre, ya deberías irte.

—Sí, huevón.

Seguimos hablando.

Diez minutos después:

—En serio, Compadrito. Tu avión sale en cuatro horas.

—Ya me voy.

Otra historia.

Otra canción.

Otra copa.

Si el vuelo hubiera salido a las ocho, probablemente todavía estaríamos conversando.

Y es que con algunos amigos uno se reúne para ponerse al día.

Con el Gato no.

Nosotros simplemente seguimos donde habíamos quedado.

Podemos pasar meses sin vernos, pero cuando nos encontramos no hay calentamiento previo. No existe eso de empezar hablando del tráfico, del clima o de cuánto ha subido todo.

A los cinco minutos ya estamos riéndonos de alguna estupidez ocurrida hace cuarenta años.

Este año cumplimos cincuenta años de amistad.

Cincuenta.

Nos conocimos cuando yo tenía seis años y Carlos once.

Cuando lo pienso con calma me parece una barbaridad. Medio siglo conociendo a una persona.

Hay países que han cambiado tres veces de nombre en menos tiempo.

Y nosotros seguimos siendo amigos.

Nos acordamos de gente que no vemos hace décadas, de lugares que ya no existen, de apodos cuyo origen probablemente nadie recuerda y de anécdotas que comienzan siempre igual:

—¿Te acuerdas cuando…?

Claro que me acuerdo.

El problema es que algunas historias ya tienen tantas versiones que no sabemos cuál fue exactamente la verdadera.

Y tampoco importa.

A esta edad la memoria tiene derecho a meterle producción artística.

También aparecieron esas otras anécdotas.

Las que no voy a contar.

Jamás.

Todo amigo de cincuenta años guarda información que podría destruir una reputación.

Por eso Carlos y yo tenemos una especie de pacto tácito de confidencialidad.

No firmado.

Pero muy efectivo.

Si uno habla, caemos los dos.

Escuchamos música.

La nuestra.

Sabina, Serrat, Porcheto, Fito Paez, algunos valses y otras canciones que apenas empiezan ya nos transportan inmediatamente a alguna época.

Lo curioso es que seguimos cantándolas con la misma seguridad de antes, aunque ya no recordemos bien la letra.

Uno inventa una frase.

El otro lo sigue.

Y listo.

Versión libre.

Pero hubo un momento de la noche que se me quedó grabado.

No fue ninguna conversación profunda.

Ni una confesión.

Ni siquiera una de nuestras carcajadas.

Fue algo mucho más simple.

Miré la mesa.

Estaban las dos botellas de vino, las copas, un celular, alguna tontería más…

y dos pares de lentes.

Los míos y los del Gato.

Lentes de medida.

De esos que usamos para leer.

Me quedé mirándolos unos segundos.

Dos gatos.

Dos pares de anteojos.

Qué poca dignidad.

Nosotros, que alguna vez tuvimos supuestamente vista felina, ahora necesitamos anteojos para leer el menú.

Creo que los gatos viejos ya no tenemos la agudeza visual de los gatos jóvenes.

Aunque, para ser justos, tampoco necesitamos ver tanto.

A cierta edad uno ya sabe perfectamente dónde están las cosas importantes.

Esa imagen me hizo gracia.

Y también me hizo pensar.

Porque sobre esa mesa estaban, de alguna manera, nuestros cincuenta años.

Dos copas medio vacías.

Dos pares de lentes.

Dos tipos que ya peinan bastantes más canas que antes y que, sin embargo, seguían riéndose como dos mocosos.

Tal vez eso sea lo curioso de las amistades largas.

El cuerpo envejece.

La conversación no.

Puedes necesitar lentes para leer, levantarte más lento del sillón y pensarlo dos veces antes de aceptar una reunión que empiece después de las ocho.

Pero aparece ese amigo de siempre y vuelves inmediatamente a una edad que ya no figura en tu DNI.

Carlos finalmente se levantó.

Esta vez sí.

—Compadrito, me voy porque pierdo el vuelo.

Lo acompañé hasta la puerta.

Nos despedimos sin discursos.

Nunca hemos sido buenos para eso.

Él salió apurado rumbo al aeropuerto y yo regresé a la sala.

Ahí quedaron las botellas vacías.

Las copas.

Y mis lentes sobre la mesa.

Los suyos ya se los había llevado.

Me quedé pensando en esos cincuenta años.

Y entendí algo sencillo.

No hace falta verse todas las semanas para conservar una amistad.

Ni hablar todos los días.

Hay personas que no necesitan estar permanentemente cerca porque nunca se fueron realmente.

Están guardadas en alguna parte de uno.

Mi Compadrito está ahí desde que yo tenía seis años.

Ha conocido muchas versiones mías.

El niño.

El adolescente.

El adulto.

Y ahora este señor que necesita lentes para leer y que todavía se ríe de las mismas estupideces de hace medio siglo.

Algún día, inevitablemente, uno de estos dos gatos se irá primero.

Espero que falte muchísimo.

Pero cuando ocurra, estoy seguro de que el otro va a recordar alguna noche como esta.

Una canción.

Una botella de vino.

Una historia que jamás contamos.

Y quizá también recuerde aquellos dos pares de lentes sobre la mesa.

Entonces probablemente sonría.

Y después llorará.

Porque al final uno descubre que los grandes amigos son eso:

personas que te acompañan tanto tiempo que terminan formando parte de tus recuerdos antes incluso de que se conviertan en recuerdos.

Cincuenta años, Compadrito.

Ya no vemos tan bien de cerca.

Pero qué suerte la nuestra.

Después de medio siglo, todavía podemos reconocernos de lejos.

Etiquetas: amistad años relatos

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