No recuerdo cómo fue. Estábamos en un pequeño parque. Mas que un parque, podría ser un espacio de recreo, donde había una fuente en medio y arbustos a todos lados. En cada lado de la fuente había un banco de piedra. Tendríamos unos diez años, y jugábamos a perseguirnos dando vueltas por la fuente mientras reíamos como locos. Los ojos de ella chispeaban. Los míos estoy seguro que también. Ambos nos abandonábamos a la desabrida felicidad de los niños desamparados que encuentran diversión en un juego primario no planeado. Pero incluso entre nosotros, hermanados por las circunstancias, yo trataba de diferenciarme. Un chico inmigrante que vivía en una pobreza que rozaba la miseria, con un fuerte complejo clasista. No podía admitir mi situación, y cuando estábamos en ese pequeño parquecito y nos perseguíamos con júbilo, yo me olvidaba de todo, pero cuando estábamos en clase, me distanciaba y me reía de ella.
Yo quería ser como mis compañeros. Niños con camisas azules y jerséis aún más azules, bien peinados, que olían bien y guardaban una compostura que envidiaba. Cuando estaba con ellos, me avergonzaba de haber sido la tarde anterior un salvaje que perseguía a otra salvaje dando vueltas por una fuente llena de agua estancada. Solo faltaba que nos bañáramos en la fuente para retratarnos del todo. Pero esos niños estaban destinados a algo que a nosotros nos estaba vedado. El hueco que sentía en la boca del estómago, me decía que para mí, estaba vedado. Ella también lo sabía, pero lo aceptaba. En clase me miraba, con sus ojos chispeantes un poco ansiosos. Yo miraba al frente, como los niños de la escuela con los que no tenía nada que ver. Sabía con cierta satisfacción que ella se sentía traicionada. ‘Tú no perteneces a mi mundo’ pensaba, ‘tú no puedes alcanzarme, soy mucho mejor que tú’. ¿A qué mundo? Solo corríamos en círculos, nadie iba detrás.
Cuando ella venía a casa, nunca me recriminaba mi conducta. Era como si no la recordara, o como si fuera consciente de que eran barreras que yo ponía para no darme a conocer. Entonces yo no podía mantener mi impostura, y cedía. Mi amargura se disipaba y participaba en el juego. En esos momentos, mi mundo era su mundo. Pero al día siguiente volvía a coger fuerzas y la volvía a ningunear.
Los niños del colegio no nos despreciaban. No podían hacerlo, porque para ellos no existíamos en el mismo plano. Nos hablaban y nos trataban con el lenguaje correcto que sus padres correctos les enseñaron. Incluso con ternura y compasión. La ternura y compasión clínicas que se le puede conceder a un espécimen inofensivo. No se les podía pasar por la cabeza que nosotros pudiéramos tener ninguna relación con ellos que fuera más allá del gesto afectuoso esporádico. Ellos tenían el privilegio del estatus, ellos tenían un destino. Ellos se relacionaban y competían entre ellos. Yo tenía el privilegio de despreciarla a ella, mientras vivía en una miseria, pero inventaba un estatus.
Unsplash» target=»_blank» rel=»nofollow»>Foto de Alba Hartmann
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