
Mírate tú, Mastín... tan fuerte y acroquetado. Y yo... ¿qué tengo...?, ¿qué me habéis dejado?; tan solo llano, monte, y un encofrado. Me culpáis a mí, por mi desgracia. Sí al menos tu amo dejara croquetas en la cañada, yo, no buscaría a tus ovejas en la majada. ¿Me has venido a cazar...?, Mastín; a mí... por llevar en mi pelaje el color pardo escarlatado. Al menos... que la batalla sea justa; quitándote ese collar que tanto asusta. Mírate tú, Mastín... tan quieto y abrigado. Y yo... perdida, con mis lobeznos hambrientos y atemorizados. Pues, te han visto llegar siguiendo el rastro, que dejé cojeante por aquel campo qué… de seguro está bajo tu resguardo. ¿Me has venido a cazar...?, Mastín; a mí... que no he robado nada. ¡Abre tus ojos!, y recuerda que tu dueño al que tanto amas; te ha dejado sin corderos, sacrificándolos a tus espaldas. ¡Vete!... y dile a tu amo, que ya no le quieres. Porque viste en mi rostro al de un hermano, pues, al beber agua en aquel regato; en el reflejo miraste... tu propio hocico acolmillado. Veis... Mastín domesticado, tú y yo… fuimos uno en el pasado. Dejadme comer... aunque sea un poco, pues, es tu deber mirarte en mis amados ojos, y reconocer del lobo... su llamado.

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