El recreo no termina

El recreo no termina

Ojo de Gato

27/08/2026

Esta semana estuve en Arequipa y la última noche nos juntamos a cenar varios de la patota del colegio.

Y ayer, ya de regreso en Lima, me volví a juntar con tres más.

Dos reuniones en pocos días.

Dos ciudades distintas.

La misma estupidez adolescente.

Ahí me di cuenta de algo: nosotros nunca terminamos del todo el colegio.

Simplemente el recreo se hizo larguísimo.

Tengo que aclarar que existe un grupo de WhatsApp de toda la promoción.

Yo estaba ahí.

Me salí.

No por problemas o porque alguien me hubiera expulsado.

Me salí porque éramos demasiados.

Aquello no era un grupo de WhatsApp.

Era una central de comunicaciones.

Uno abría el teléfono a las ocho de la mañana y tenía 337 mensajes nuevos.

—Buenos días, muchachos.

Y comenzaba:

—Buen día.

—Abrazo para todos.

—Buen miércoles.

—¿Se acuerdan de fulano?

—Claro.

—¿Alguien tiene su teléfono?

Y veinte minutos después ya estaban hablando de política, fútbol, colesterol y quién había copiado a quién en un examen de Matemáticas de 1985.

No pude.

Escapé.

Pero hay otro grupo del que jamás me saldría.

El de la patota.

Los de siempre.

“El Círculo”.

El club de los 50

Los que andábamos juntos en los recreos, en las fiestas, en el club, en el cine o simplemente hueveando en mancha por el centro de Arequipa.

Porque huevear era una actividad perfectamente válida.

Uno salía de su casa a las tres de la tarde y regresaba a las nueve.

—¿Qué hicieron?

—Nada.

Pero habíamos estado seis horas haciendo nada.

Y había sido una tarde espectacular.

En el colegio teníamos dos recreos.

El primero era de 10:05 a 10:20.

Quince minutos.

Ese era el recreo ejecutivo.

Salías, comías algo, jodías un rato y, cuando recién se estaba poniendo interesante, sonaba la campana.

Pero después venía EL RECREO.

El de 11:35 a 12:00.

Veinticinco minutos.

Aquello no era recreo.

Era la temporada completa.

Sonaba la campana y todos aparecíamos en el mismo sitio.

Sin WhatsApp.

Sin ubicación en tiempo real.

Sin:

—¿Dónde están?

—Estoy llegando.

—Manden ubicación.

Nada.

Simplemente aparecíamos.

Funcionábamos mejor que Waze.

Y empezaban las bromas.

La víctima podía ser cualquiera.

No había reglas.

Si alguien llegaba con corte de pelo nuevo: muerto.

Si estrenaba zapatillas: muerto.

Si había conversado con alguna chica: muerto.

Si se tropezaba delante de nosotros…

que Dios lo recibiera en su gloria.

Porque una caída podía durar semanas.

—¡Huevón, no te caíste! ¡Te desmayaste!

—¡Era penal, era penal!

Y el caído también se reía.

Porque sabía que tarde o temprano le tocaría vengarse.

La justicia del recreo era cruel, pero democrática.

Nadie se salvaba.

Lo curioso es que han pasado cuarenta años.

Y esta semana lo comprobé dos veces.

Primero en Arequipa.

Nos sentamos a cenar.

Personas adultas.

Señores respetables.

Hombres que trabajan, pagan impuestos, tienen responsabilidades, hijos, problemas, canas.

Alguno seguramente ya toma una pastilla antes de comer y otra después, aunque jamás lo va a reconocer.

Pero pasaron cinco minutos.

Cinco.

Y desaparecieron cuarenta años.

Ya nadie era gerente, empresario, profesional ni padre de familia.

Éramos nuevamente los mismos huevones del recreo.

Uno cuenta algo.

Otro inmediatamente lo corrige:

—¡Eso no fue así!

—¡Claro que fue así!

—¡Mentiroso de mierda, yo estaba ahí!

Lo extraordinario es que todos estábamos ahí.

Pero cada uno recuerda una película diferente.

A estas alturas nuestra memoria ya no es archivo histórico.

Es Netflix.

Basada en hechos reales.

Muy basada.

Entonces empiezan a salir nombres.

Apodos.

Profesores.

Fiestas.

Chicas.

Partidos.

Historias que uno había borrado completamente del disco duro.

Hasta que alguien dice:

—¿Te acuerdas cuando…?

Y aparece todo.

El patio.

El uniforme.

Las carpetas.

Las escaleras.

El profe pasando al fondo.

Alguna chica que en ese momento te parecía la mujer más hermosa que había producido la humanidad y que probablemente ni sabía cómo te llamabas.

Todo vuelve.

Y ayer ocurrió otra vez en Lima.

Me reuní con tres amigos más de aquella patota.

Otra ciudad.

Otro restaurante.

Exactamente el mismo fenómeno.

Uno podría pensar que cuando se reúnen hombres de cincuenta y tantos años la conversación sería madura.

La economía.

El futuro.

La situación del país.

La jubilación.

Mentira.

A los diez minutos ya estábamos muriendo de risa por alguna estupidez ocurrida hace cuatro décadas.

Y ahí entendí qué tienen de especial estos encuentros.

Cuando nos reunimos, no recordamos la adolescencia.

Volvemos a ella.

No contamos lo que pasó.

Lo volvemos a vivir.

Durante unas horas desaparecen todos los años que hay entre aquel patio del colegio y esta mesa.

Eso también ocurre en nuestro grupo de WhatsApp.

Puede estar tranquilo varios días.

Hasta que alguno manda una foto antigua.

Una.

Y explota todo.

—¡Mira ese pelo!

—¡Qué flaco eras!

—¡Habla por ti, huevón!

—¿Dónde fue eso?

—¡Ese pantalón de abuela debería estar penado!

Después vienen las fotos, los memes.

Y todos sabemos que cuando un hombre de nuestra edad empieza diciendo:

—Muchachos, ahí va un meme…

conviene cerciorarse que no haya nadie más a tu alrededor.

Pero me gusta ese grupo.

Mucho.

Porque ellos conocieron una versión de mí que hoy aparece poco.

La que todavía no tenía currículum.

Ni cargo.

Ni tarjetas.

Ni cuentas por pagar.

Ni grandes preocupaciones.

Ni grandes pérdidas.

Ni esas cicatrices que la vida te va dejando mientras uno hace como si nada le hubiera pasado.

Nos conocimos cuando un problema podía ser un examen de química al día siguiente.

Conseguir permiso para una fiesta.

Juntar plata para el cine.

O averiguar dónde iba a estar la gente el sábado.

Y nosotros creíamos que la vida todavía no había empezado.

Eso es lo curioso.

A los dieciséis uno piensa:

“Cuando termine el colegio empieza la vida.”

Después:

“Cuando termine la universidad.”

“Cuando trabaje.”

“Cuando tenga plata.”

“Cuando viaje.”

Siempre estamos esperando que la vida empiece.

Hasta que pasan los años y un día te juntas a cenar con tus amigos del colegio y descubres que la vida ya estaba ocurriendo ahí.

En el recreo de las 11:35.

Mientras nos reíamos como idiotas.

Mientras caminábamos por el centro de Arequipa sin ninguna razón.

Mientras hacíamos nada.

Esta semana, después de verlos en Arequipa y luego en Lima, me quedó dando vueltas eso.

Qué suerte tener todavía personas capaces de abrir una puerta hacia quien uno fue.

Los amigos antiguos hacen eso.

Guardan pedazos tuyos que tú mismo habías olvidado.

Recuerdan al muchacho que fuiste cuando tú ya casi no lo reconoces.

El tiempo seguirá pasando.

Nos veremos con más canas.

Con menos pelo.

Caminaremos un poco más despacio.

Y, aunque uno preferiría no pensarlo, llegará el momento en que alguno ya no pueda sentarse a esa mesa.

Por eso estos encuentros valen tanto.

Porque cuando estamos juntos vuelve a sonar, en algún lugar que solamente nosotros escuchamos, aquella vieja campana del colegio.

Son las 11:35.

Salimos al patio.

Tenemos dieciséis años.

Alguien acaba de decir una estupidez.

Otro comienza a reírse.

Y todos vamos detrás.

Quizá la vida sea eso.

Descubrir muchos años después que algunos de nuestros mejores momentos ocurrieron mientras creíamos que no estaba pasando nada.

Y que existen amistades con un poder extraño y maravilloso:

pueden pasar cuarenta años…

y conseguir que el recreo todavía no termine.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS