Los últimos rounds

Los últimos rounds

Ojo de Gato

07/08/2026

Lunes, 2:30 p. m.

Me encontraba algo fastidiado porque una reunión de trabajo se había prolongado más allá de lo previsto. Muerto de hambre, con ganas de terminar cuanto antes, inquieto en mi silla y casi en posición de “en sus marcas”, recibí un mensaje de texto:

—¿Cómo andas de tiempo? Necesito conversar contigo.

Sorprendido y algo preocupado por el mensaje, contesté inmediatamente:

—Estoy en una reunión. Terminando te llamo.

Al cabo de media hora, por fin terminó la junta. Mientras mis compañeros alistaban sus cosas para retirarse, me tomé unos segundos para escribirle un nuevo mensaje:

—Ya estoy libre. ¿Cómo hacemos?

La respuesta llegó de inmediato:

—Estoy cerca de tu oficina, en el café de la vuelta.

Contesté con un escueto:

—Voy para allá.

En pocos minutos llegué al Café Monza.

Juan Carlos estaba sentado en una mesa al fondo del local, con una taza de infusión y un vaso con agua frente a él. Llevaba ropa de diario, lo cual me llamó mucho la atención, pues por el trabajo siempre vestía terno.

Me acerqué hasta su mesa y, antes de sentarme, incluso antes de saludarlo, pregunté de frente:

—¿Qué pasó? No me digas que te botaron de la chamba.

—No, nada de eso —me contestó—. Mi urgencia tiene que ver con otra cosa. Vengo de recoger los resultados de mi biopsia y de mi chequeo médico. De eso precisamente quiero hablar contigo.

—Cuéntame, hermano. Soy todo oídos —le dije mientras me sentaba y ordenaba un café americano.

Y así, a boca de jarro, me soltó la bomba:

—Tengo cáncer.

En ese momento sentí un frío intenso que me subió desde los pies hasta la cabeza.

Me quedé pasmado con la noticia. Se me fueron todas las palabras. Mis ojos empezaron a hacerse agüita e intenté disimular agachando la cabeza. Saqué mi pañuelo del bolsillo y me lo pasé por la cara, aprovechando el momento para secarme las lágrimas e intentar que Juan Carlos no se diera cuenta de que estaba llorando.

Juan Carlos tenía 27 años.

Era un tipo alegre, de esos que siempre estaban haciendo bromas y poniéndoles apodos a todos. Tenía la sonrisa dibujada permanentemente en el rostro. Travieso, querendón y amigo como pocos.

Ese día, sin embargo, mostraba un rostro desencajado.

Se le notaba asustado, desconcertado. Y no era para menos: su vida estaba en juego.

Luego de unos segundos, cuando ya pude controlar un poco las lágrimas, le pedí que me contara con detalle lo que le había dicho el médico.

Su enfermedad se encontraba en estadio dos. Existían muchas esperanzas de revertir la situación, pero tenía que recibir tratamiento de inmediato. No había tiempo que perder.

—La primera persona con la que estoy conversando de esto eres tú —me dijo.

No sabía cómo hablar con sus padres y mucho menos qué les iba a decir a sus hijos cuando comenzaran a hacerse notorias las consecuencias de las quimioterapias y del tratamiento.

Esa misma tarde lo acompañé hasta su casa. Sus papás lo estaban esperando.

Me dijo que él podía hacerlo solo. Me agradeció que hubiera acudido inmediatamente a su llamado, pero me dijo que él se encargaría de hablar con ellos.

Noté entonces un cambio en su rostro.

Ya no estaba desencajado ni parecía asustado. Más bien lo sentí seguro, dispuesto a tomar al toro por las astas.

No sé qué ocurrió durante el camino, pero parecía otra persona.

Le di un abrazo, le dije que contaba conmigo para lo que fuera que necesitara y me fui.

Subí a mi auto y, ya solo, no pude contener el llanto.

La noticia había sido devastadora para mí.

Juan Carlos era mi amigo desde la infancia. En realidad, era como un hermano. De esos que no necesitan salir de la misma madre. De esos que la vida te pone en el camino y que vienen a sumar.

Con el paso de los años terminamos trabajando juntos, lo que nos unió todavía más. Éramos inseparables y siempre buscábamos que coincidieran nuestros viajes de trabajo. Durante ellos pasábamos la mayor parte del tiempo riendo, pero también teníamos largas conversaciones y nos aconsejábamos mutuamente.

Fueron pasando los días y Juan Carlos comenzó su tratamiento.

Las quimioterapias lo dejaban destruido, pero cada vez que salía de una de ellas me decía:

—No me voy a morir. Voy a ganarle a esta enfermedad. Ya sabes que soy más terco que una mula, así que lo voy a hacer aunque sea solo por dar la contra.

Era admirable su voluntad férrea, su coraje.

Estaba decidido a vencer.

Nunca se desmoronó. Todo lo contrario: muchas veces era él quien les daba ánimos a sus padres para afrontar lo que estaban viviendo.

Luchó cada día contra el cáncer.

Al verlo, era imposible no pensar que mis problemas, esos que yo consideraba tan graves, eran poca cosa comparados con lo que estaba viviendo Juan Carlos. Mientras yo había estado muchas veces a punto de tirar la toalla por tonterías, él no bajaba la guardia ni un solo minuto.

Fueron cuatro años en los que J se enfrascó en una batalla diaria contra el cáncer.

Cuatro años de victorias y derrotas.

Pero ahí seguía él.

Duro como una roca.

Dando pelea.

Hasta que ya no pudo más.

La enfermedad siguió avanzando y terminó llevándoselo.

Sin embargo, qué gran lección nos dejó.

Nunca claudicó.

Luchó como un guerrero desde el primer día hasta el último minuto que estuvo con nosotros. Fue el soporte de su familia, aun cuando era él quien estaba enfermo. Incluso tuvo que enfrentarse a momentos de depresión, pero tampoco permitió que eso terminara derrotándolo.

En esos cuatro años solo una vez lo vi derramar lágrimas.

Y no fueron por lo que le estaba pasando a él.

Fue al verme a mí quebrado por mis propios problemas.

Eso era Juan Carlos.

Hoy, después de varios años desde que ya no está con nosotros, la lección que me dejó sigue vigente.

Y creo que debería ser una lección para todos.

Los problemas, por más graves que sean, hay que enfrentarlos con valentía, con determinación y con una voluntad a prueba de balas. Hay momentos en los que no queda otra que sacar fuerzas de donde uno cree que ya no existen y seguir adelante.

Muchos pensarán que Juan Carlos terminó perdiendo la batalla porque finalmente el cáncer se lo llevó.

Yo no lo creo.

Para mí, ganó.

Ganó desde el primer día en que decidió pelear.

Ganó cada mañana en que se levantó después de una quimioterapia.

Ganó cada vez que, estando destruido, tuvo fuerzas para decirnos a los demás que todo iba a estar bien.

Ganó cada vez que hizo reír a sus hijos.

Cada vez que tranquilizó a sus padres.

Cada vez que volvió a levantarse.

Durante cuatro años, el cáncer pudo enfermar su cuerpo, pudo debilitarlo, pudo quitarle muchas cosas.

Pero nunca consiguió quitarle las ganas de vivir.

Y quizá de eso se trate finalmente ganar.

No siempre de quedarse.

A veces ganar también consiste en irse habiendo dejado algo en los demás.

Juan Carlos nos dejó su coraje, su terquedad, sus bromas, su amistad y una lección que, tantos años después, todavía me acompaña:

hay personas que no vencen a la muerte quedándose para siempre. La vencen consiguiendo que, después de irse, una parte de ellas siga viviendo dentro de nosotros.

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