— ¿Y entonces?
— ¿Qué?
— ¿Me hablarás sobre ella?
— ¿Cuál es el caso?
— Soltarlo. Soltar el dolor.
— Es inútil.
— ¿Por qué?
— Es lo que me mantiene en pie.
— ¿La pena?
— El recuerdo. Así te lo cuente todo, así no lo haga.
— Creo que lo entiendo.
— No lo comprendes. No es tu recuerdo. No es tu pecho el que arde con solo respirar, ni tus ojos los que la buscan en todas partes aunque ya no esté. No es tu historia.
— ¿Es la tuya?
— Creía que sí, pero… ¿sabes cuál era el problema?
— ¿Cuál?
— Que era la suya. Y ahora debo conformarme con haber quedado apenas en un par de capítulos de su memoria.
— ¿Deseabas que fuera la historia de ambos?
— Pensaba que la escribíamos juntos. Ahí fue donde me equivoqué.
— No fue un error pensar que caminaban de la mano.
— No. Mi error fue no querer ver cuándo me soltó, aunque en el fondo lo sentí todo el tiempo.
— ¿Qué sentiste?
— Su ausencia.
— ¿Y qué te mantuvo firme en la espera?
—La esperanza.
— ¿De que volviera a ti?
— No… De que fuera diferente.
— No es tu culpa esperar lo mejor.
— Pero, a veces, me pregunto… ¿Dónde viví más tiempo?
— ¿A qué te refieres?
— A cuánto tiempo viví con ella… y cuánto tiempo viví en la idea de ella.
— ¿Viviste en una idea?
— Sí… ¿Y sabes qué fue lo peor?
— ¿Qué?
— Que fui feliz.
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