Charlando con el tiempo

Charlando con el tiempo

 El tiempo tomó un poco de su existencia para sentarse a hablar conmigo.

La cara de la enfermera lo dice todo. Suena a locura. No puedo ir a ningún lado, y tampoco es que me quede mucho. Así que, contaré una historia.

El día que me dieron la noticia de que no me quedaba mucho en este mundo ¿Qué fue lo primero que hice? 

Lo primero que hice fue buscar un lugar donde meditar. Pero la desgana, y la pereza (el cual es un pecado que ninguno se debería permitir) hizo que me sentase en uno de los bancos de Triana, de cara a la oficina de turismo. 

Las personas a mi alrededor iban de un lugar a otro, enfrascados en sus asuntos. Algunos iban de compras, actividades deportivas, o simplemente volvían a sus casas. Mientras, yo me encontraba observando el vacío metafórico.

No paraba de pensar en lo que me habían dicho: “Aprovecha”, “Vive lo mejor que puedas”. Todas esas cosas que se le dice a alguien al que no le queda mucho. Todo lo que pensaba hacer, lo que me gustaría hacer, se había reducido drásticamente a una pequeña porción de tiempo. No había oportunidad de ampliarlo.

No sé cuanto pase sentado en ese banco. Igual fue unos minutos, o una hora. Pero no lograba llegar a una conclusión. 

—Es una pérdida de tiempo— dije para mi mismo.

—¿Y por qué es una pérdida de mi existencia, si se puede saber?

Mire hacia mi izquierda, y junto a mi se encontraba un joven. Bueno, era joven en aspecto, pero su vestimenta no era la que un joven de hoy en día llevaría. 

Vestía un atuendo vintage: camisa blanca, corbata negra, chaleco marrón claro, mismo color para el pantalón y el calzado. 

En su brazo izquierdo se encontraba la chaqueta del conjunto del mismo color marrón, y en su mano derecha sostenía un bastón con un acabado elegante en la empuñadura con detalles de engranajes. Aunque lo más llamativo, aparte del bastón, eran sus gafas redondas. La montura presentaba un color dorado, y hacía contraste con sus ojos, que casi parecían del mismo color.

—¿Como ha dicho?— pregunté con un tono de confusión.

—Usted ha dicho que es una perdida de tiempo, le pregunto la razón por la cual es una perdida de mi existencia— Aclaró él joven.

La aclaración del joven me descolocó. No entendía lo que quería decir con su “existencia”.

—¿Puedo sentarme?— preguntó él joven.

—Si, claro.

Él joven se sentó, y me ofreció la mano para estrecharla.

—Soy Thomas— dijo él joven.

—David— dije, mientras le estrechaba la mano.

—Bueno, has respondido a la pregunta sobre si podía sentarme, pero no has respondido a la pregunta sobre el tiempo.

Me paré unos segundos a pensar qué respuesta le podía dar a una pregunta que no entendía. Ninguna asomó, así que me limité a contarle mi situación.

—El médico me ha dado una mala noticia— dije cabizbajo.

—¿Cuál?— preguntó Thomas intrigado.

—Pues, no me queda mucho tiempo de vida. En el mejor de los casos, un año o dos. En el peor, meses.

—Es una lástima, pero ¿Por qué dice que es una perdida de tiempo?

—No se cuanto ha pasado desde que me senté aquí a meditar mis opciones. No he llegado a nada, y empiezo a pensar que es una pérdida de tiempo intentarlo.

—No lo creo— dijo Thomas.

—¿En qué te basas?— pregunté.

—Te sentaste a meditar, has estado intentando poner en orden tus ideas. Es normal no encontrar una respuesta clara ante una situación como la tuya, pero lo intentas. Así que no estás perdiendo nada.

—¿Y cuando estaría perdiendo?

—Perderías si te estancases, y no hicieras nada con la existencia que te queda. 

No sentía que la conversación llevase a algún lado. Parecía lo mismo que todos me habían dicho. Así que me despedí de Thomas de una manera poco educada, y me dispuse a levantarme para irme a casa. Thomas me detuvo.

—¿Cuánto crees que ha pasado, desde que me he sentado aquí a hablar contigo?— preguntó Thomas.

—No lo sé, diez minutos,quince— respondí de mala gana.

—¿Y si te digo que solo ha pasado un minuto?

—Que tienes una pésima noción del tiempo— respondí, riéndome de la pregunta.

—Mira a tu alrededor, y lo entenderás.

Seguía riéndome mientras dirigía la vista hacia la calle, las personas, y todo lo que me rodeaba. Y esa risa se apagó al notar que todo estaba estático, quieto, no había ningún movimiento. Era como si alguien hubiese pausado el día.

Me giré hacia Thomas, y él seguía sentado, dirigiéndome una leve sonrisa.

—¿Qué está pasando?— pregunté, confundido y asustado.

—No te preocupes, David. No están parados, solo se mueven muy lento. Hay que fijarse detenidamente para apreciarlo.

Decidí hacer caso, y observé que tenía razón. Si uno fijaba la vista en alguna persona, se podía notar un leve movimiento. Era como ver una película a cámara muy lenta.

Volví a dirigir la vista hacia Thomas, incrédulo por lo que ocurría. Él solo me señaló con calma que me volviese a sentar.

Si el día había empezado con una mala noticia, lo que sucedía opacaba su importancia. Un millón de preguntas venían a mi cabeza, y no lograba decidir cuál de todas las cuestiones sería la primera. Después de pensar unos cinco minutos, aunque Thomas me diría que habían sido treinta segundos, me dispuse a preguntar.

—¿Quién eres?

—Me gustan las adivinanzas, David, así que ¿Quién crees que soy?— preguntó, mientras se colocaba las gafas con un aire de suficiencia teatral.

—¿No creo estar seguro?— dije, riéndome por los nervios.

—Si esto fuera una historia, un lector atento sabría la respuesta. Vamos, David ¿Quién soy?— preguntó, mientras se quitaba las gafas y me mostraba sus ojos, los cuales no eran humanos. Sus iris eran relojes con números romanos que marcaban la hora exacta.

—Eres el tiempo.

—Bingo— respondió con una sonrisa.

Al millón de preguntas se le sumaron otro millón más. Estaba sentado junto a un concepto. Tocaba elegir sabiamente la siguiente pregunta qué le haría al tiempo.

—¿Cómo es que está ocurriendo esto?— pregunté, nervioso y asombrado por la situación a nuestro alrededor.

—He alterado la perspectiva de todos. Ahora te estás moviendo más rápido que ellos. Si te cruzarás con cualquiera de los transeúntes, ellos no se darían ni cuenta— explicó, extendiendo los brazos para abarcar toda la calle.

—¿Es como la teoría de la relatividad?— pregunté, aún más sorprendido.

—Es una forma de explicarlo, si. Recuerdo cuando me senté con Einstein a hablar sobre mi naturaleza. Para mí era algo simple, como para cualquier persona lo es respirar. Pero era muy complicado de explicar, así que agradezco al buen hombre por su teoría. Pero para resumirlo, siempre he consistido en perspectiva— dijo, mientras señalaba su ojo derecho.

—¿Y no puedes volver hacia atrás, o ir hacia adelante?— pregunté con timidez.

—No, David, no soy un DeLorean. Yo estoy aquí ahora mismo. Lo que haya sucedido hace una hora, está hecho, y lo que pueda suceder dentro de una hora, me es desconocido como a cualquiera de las personas que nos rodean.

Admito que con esa respuesta me llevé una pequeña decepción. Pero si pudiese, tendría los mismo inconvenientes que la ciencia ficción ha plasmado en la pantalla en varias ocasiones.

Más preguntas aparecían en mi cabeza. Iba a realizar otra, pero el sonido de unos pasos captó mi atención. Buscaba la procedencia del sonido, hasta que lo encontré. Los pasos provenían de una mujer: joven, pálida, vestida de negro de arriba a abajo con un conjunto informal, y un peinado corto del mismo color que la vestimenta.

Se detuvo delante de la oficina de turismo, y nos saludó desde la distancia.

—¿Haciendo amigos?— preguntó la mujer.

—No, haciendo que me valore como concepto, para que no desperdicie su vida— respondió Thomas con una amplia sonrisa. 

Parecía que se alegraba de ver a la mujer.

—Bueno, espero que lo capte— dijo ella.

—No le va a quedar de otra, pero sabes cómo son los humanos: majaderos, cabezotas. La lista es larga.

—¿Te veré donde siempre?— preguntó ella.

—Allí estaré— Confirmó Thomas.

No entendía nada de lo que ocurría. Había pasado a un segundo plano para Thomas, y mi interés estaba ahora con la misteriosa mujer, que se despedía de nosotros, y se alejaba por la calle que subía a Viera y Clavijo.

—¿Quién era?— pregunté confundido.

—Era M— dijo Thomas con naturalidad.

—¿M?

—Disculpa, la conocemos como M, María, o Mary. Pero tú la conoces como la muerte.

Palidecí ante la aclaración de Thomas. La muerte nos había saludado, y se había retirado como una persona más por la calle. El tema sobre mi estado de salud menguaba en comparación con la situación que estaba viviendo ¿Por qué no se movía a cámara lenta como los demás?

—Ella es ajena a mi— dijo Thomas, sacándome de mi ensimismamiento.

—¿Como?

—No importa si te mueves rápido o lento, la muerte ocurre sin más cuando menos te lo esperas. No importa la perspectiva— explicó.

Visto así, tenía sentido. Pero ahora otra pregunta se formulaba en mi cabeza.

—¿Por qué estás aquí, Thomas?

—Por curiosidad.

—¿Eres curioso?— pregunté confundido.

—¿Nunca escuchaste la expresión ”Que curioso es el tiempo”?

 No podía argumentar nada en contra de su pregunta. Pero no comprendía a qué se refería ¿Cual era la curiosidad que llamaba su atención?

—Me dirigía a una cita, hasta que dijiste: “Es una pérdida de tiempo”. Más de una vez lo he oído, y no le he dado importancia. 

—¿Qué quieres Thomas?

—Se lo acabo de explicar a M. Valora lo que te queda y aprovéchalo, David.

Volvimos a la casilla de salida. Todo el mundo me decía eso de vivir, de aprovechar, de hacer todo lo que pudiese. Llegué a una conclusión, y es que da igual. Voy a morir en meses, o puede que dos años si la cosa va bien. No me dará tiempo de hacer todo lo que tenía planeado, o había soñado. Así se lo dije a Thomas, pero él dijo algo que se sintió como una jarra de agua helada cayendo sobre mi cabeza.

—Ves a estas personas ¿No?— pregunto, señalando a toda la gente que nos rodeaba, que seguía avanzando lentamente bajo nuestra perspectiva alterada. —¿Quien dice que cualquiera de estas personas no pueden morir ahora mismo?— preguntó con un tono serio.

Primer baño de agua helada, pero todavía queda la mitad de la jarra.

—¿Quién dice que esa mujer de ahí no puede sufrir un accidente inesperado? ¿Quién dice que ese joven con el móvil no puede ser atropellado por su despiste? ¿Quieres que siga, David? Son solo dos ejemplos, pero creo que captas la idea.

Vaya si lo entendí. Ahí estaba la mitad de la jarra. Para morir, solo hace falta estar vivo. 

—Hay personas que están mucho peor que tú, y se aferran a la vida. Tu ya te estás rindiendo en el primer día de lo que será tú existencia, hasta que llegue el momento.

Algo hizo click en mi cabeza. Era solo una teoría, pero no se perdía nada por preguntar para corroborar.

—¿Te dedicas a esto? ¿Convencer a la gente para que viva? ¿Ese es el trabajo del tiempo?— pregunté.

Thomas me dirigió una mirada confusa, extrañado de mi pregunta.

—Me dedico a dos cosas en mi existencia, David. La primera es la investigación de crímenes de índole sobrenatural, acompañado de un variopinto grupo. La segunda es la reparación de relojes antiguos, un hobby muy placentero bajo mi perspectiva— explicó.

Ahora el confundido era yo. Si no se dedica a convencer a las personas ¿Por qué se ha sentado a hablar conmigo?

—¿Qué te gustaría hacer?— preguntó Thomas.

—¿A mí? Me encantaría viajar por el mundo, pero no tengo el dinero suficiente. Conocer gente, pero espero a las personas indicadas. Terminar las lecturas pendientes, pero el cansancio me puede.

—¿Que te lo impide?

—Acabo de explicar las razones.

—Tal como lo veo, deberías viajar a sitios que te puedas permitir, quizás te sorprenderán más que los ideados por ti. Las lecturas se deben disfrutar, no es una carrera. En cuanto a conocer a la gente indicada, es cuestión de arriesgarse, te quedarás atrás si no saltas— Zanjó de forma directa.

Empezaba a pensar que a Thomas le iría mejor como terapeuta. Aunque con esas formas tan directas, no pasaría el examen, y en caso de hacerlo, le despedirían el primer día.

—El problema, David, son las expectativas. Todos las tenemos, pero debemos también aceptar cuando algo no ha salido como lo planeamos. Imagina que logras alguno de tus objetivos, esperando esa recompensa de satisfacción al cumplirlo. A veces llegas, cumples, y la sensación es vacía. Es como tachar una tarea , y pasar a la siguiente en la lista.

Si la primera jarra de agua fría fue por partes, ésta fue vertida de golpe y sin avisar. No le faltaba razón. Creía que debía cumplir ciertos objetivos, que tenía todo el tiempo para cumplirlos, pero esa idealización me había nublado la vista.

—¿En qué estás pensando, David?— preguntó Thomas, sacándome una vez más de mis pensamientos.

—Estaba pensando en que te iria bien como terapeuta.

Thomas estalló de la risa, acción que no espere. 

—Créeme, tengo a dos, no, a tres personas que hacen un mejor trabajo como terapeutas. Hace nada conociste a una— respondió, intentando ahogar la risa.

—¿M, es terapeuta?— pregunté, interesado por la información.

—No, para nada. Se dedica a la elaboración de velas, que al igual que yo con los relojes, es un trabajo artesanal exquisito.

—¿Por qué has dicho entonces que hace un mejor trabajo como terapeuta?— pregunté confundido.

—Ella me ayudó a entender una cosa esencial en un momento concreto.

—¿Puedo preguntar?

—Nos estamos desviando, pero para resumirlo, me enseñó que no podía controlar todo, y debía aceptarlo.

 No es una mala lección. Supongo que debería aplicarlo a mí caso también. Empiezo a ver su punto.

—Bueno, no deseo repetir lo que ya te han dicho. Pero en serio, aprovecha, y haz lo que puedas— dijo con un tono serio.

—Tengo que meditarlo, Thomas.

—Estoy siempre disponible para todos. Pero, ya que he tomado parte de mi existencia para aconsejarte, sería una lástima que se desperdiciará. Medita bien lo que harás conmigo, David.

Thomas se levantó, se alejó del banco con una sonrisa, y todo alrededor volvía a avanzar con normalidad.

—¿Qué hizo después?— preguntó la enfermera.

—Medite un rato más en el banco. La conversación con Thomas parecía haber durado horas, pero solo habían pasado treinta minutos. La iluminación llegó, y me dirigí a casa a planear lo que pudiese hacer con lo que me quedaba de vida.

—Al final aprovechó el tiempo— dijo la enfermera con una sonrisa.

Vaya si aproveche a Thomas. No viaje lejos, pero no me disgustaron los lugares que visite. Puede que no terminara todos los libros, pero los que pude, los disfruté. Puede que no conociera a tanta gente durante el transcurso de dos años, pero fueron las personas indicadas. 

La enfermera salió del box a atender una llamada de sus compañeros. Me quedé solo, a la espera de que regresará. El sonido de unos pasos me indico que ya volvía, pero quien entró no fue la enfermera. Era un joven con vestimenta vintage, gafas doradas, y bastón elegante.

No dijimos nada, solo nos sonreímos.

—Antes de empezar con otra charla, hay algo que nunca te dije cuando te fuiste— dije, señalando a Thomas.

—¿El que?

—Gracias.

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