
La ciudad de Berlín parece haber sido diseñada para que los publicistas y los cineastas la pudieran convertir en el fetiche del expresionismo. Por eso me gusta. Estaba en el lobby del Aldon Kempinski, mi apartamento en Berlín, como quien dice, hojeando una revista cualquiera mientras esperaba a mi anfitrión, con el que iba a tener un desayuno de trabajo, cuando ilustrando una noticia cultural vi una foto de una mujer, que era sin duda Alex, cogida de la mano con otra mujer de rasgos indígenas americanos, los labios y los pómulos muy marcados, como si se hubiera sometido a una operación de estética. La noticia informaba de una exposición de fotografía de ellas dos. No sabía de Alex desde hacía mucho tiempo, pero aun así me sorprendió que la estudiante de altas capacidades, la que perseguía el doble grado en física y matemáticas, hubiera acabado convirtiéndose en una fotógrafa artística. ¿Y su pareja? ¿Sería la misma mujer de aquella noche, la mujer de la máscara? Mi vuelo salía por la tarde, la reunión no iba a durar mucho, tenía tiempo de sobra para acercarme y curiosear. Corría el peligro de que me reconociera, aunque he engordado, he perdido pelo y ahora llevo gafas. En todo caso, si me reconocía, ¿qué me podía decir? Los dos fuimos culpables; o quizá inocentes, quién sabe.
Alex era, es, la hija de los Boix, unos amigos, o más bien conocidos con derecho a cena; no nos veíamos tan a menudo, y desde el affaire
intento evitarlos. De niña no era más que otra hija de alguien, más bien tímida, más bien larguirucha cuando estiró en la pubertad. Luego estuve años sin pisar Madrid y dejé de verlos. Ya de vuelta, nos invitaron, a mi mujer y a mí y a otras dos parejas, a una cena íntima, una cena de reencuentro, según nos dijeron por teléfono; son un poco cursis. Vivían en un ático enorme en María de Molina, con una terraza con vistas al flanco sur del Viso, el barrio pijo de Madrid por excelencia. Allí estábamos, ya en la fase de copas, cuando pregunté por ella; había cenado pronto y estaba en su cuarto estudiando, tenía un examen al día siguiente. No sé si porque oyó algo o porque sí, apareció en ese mismo instante para saludarnos. Ahora tenía veinte años, ya no era aquella adolescente desgarbada. Estuvo unos minutos con nosotros, contestó casi riendo a todas las preguntas de rigor y volvió a desaparecer. Yo estaba callado, no escuchaba nada de lo que decían mis amigos; acababa de sufrir una epifanía. Cuando conseguí recuperarme, me levanté, pregunté por un baño y me dijeron donde encontrarlo con indicaciones que me pareció oír con eco.
La disposición de la casa era a la antigua, en eso alabo el gusto de mis amigos, somos partidarios de las casas con pasillos y recodos. Pero no me costó encontrar el estudio de Alex. La puerta entornada me permitía verla sentada a una mesa más bien pequeña con sus libros y su ordenador. Carraspeé suavemente. Alex se volvió.
Hola de nuevo, Alex. Oye, no encuentro el baño.
Para llegar hasta aquí has tenido que pasar por uno.
Vaya, me fijaré mejor a la vuelta. ¿Qué estás estudiando?
Topología.
¿No dicen que un topólogo es el que confunde una rosquilla con una taza de té?
Ese chiste nos lo contó el profesor el primer día. Me sorprende que lo conozcas.
La geometría la tengo un poco oxidada, pero siempre me ha parecido fascinante todo ese mundo matemático de los axiomas y los teoremas.
Alex no contestó, pero seguía mirándome y seguía sonriendo. Sus ojos brillaban. Era el momento de despedirme, no quería estropear el breve encuentro con alguna simpleza. A la vuelta entré en el baño que ya había visto antes, pulsé el botón de descarga tras dejar pasar un par de minutos y volví a la terraza. Al poco rato la cena se dio por terminada.
Durante dos días me dediqué a averiguar su plan de estudios. Me hice un cronograma y lo crucé con el mío: ese jueves a las 17:30 y el viernes a las 13:00 se abría una ventana de oportunidad. Escogí la del viernes. Aparqué el coche cerca de su facultad y esperé hasta que saliera de la clase de Análisis II, que era la última clase de la mañana y de la semana. No tardé en verla salir. Me apeé del coche y empecé a andar en una dirección transversal a la que suponía que ella iba a seguir, el encuentro debía parecer casual, yo ni siquiera la veía. Unos cuantos pasos más allá oí su voz.
Hola, Carlos.
Me volví y allí estaba mi ángel, sonriente y radiante.
Ah, hola. Qué tal. No me digas que sales ahora de clase.
Sí, esta es la facultad de exactas. Lo raro es verte a ti por aquí. O no tan raro si lo piensas bien. ¿Encontraste por fin el dichoso baño?
¿Baño? Ah, sí, sí, claro. O sea, que estudias aquí.
Ya ves. ¿Y qué pasa contigo, también estudias por aquí?
Estaba perdido, Alex se había dado cuenta de toda la maniobra. Empecé a hablar de un catedrático de medicina y de una nueva tecnología de resonancia, que tiene una ligera relación con mi empresa. Pero Alex no estaba dispuesta a oír mi cuento.
Oye, Carlos, déjalo estar. Resulta que tú también me gustas, así que, ¿por qué no me invitas a comer? O mejor a follar, supongo que conocerás muchos hotelitos discretos en las afueras y todo eso. O mejor que mejor, primero comemos y luego follamos. ¿Qué opinas?
Me quedé en shock. Porque no es que me gustara Alex, es que me había hechizado. Esa actitud tan ligera, tan relajada, tan cool, esa perfecta juventud consciente de su poder me hizo sentir algo profundamente espiritual que me provocó una erección instantánea. Fuimos casi corriendo hasta mi coche y nos dirigimos directamente al hotel.
Durante todo ese tiempo en que nos estuvimos viendo, y comiendo y follando, todos los viernes y algún martes, me di cuenta de que trabajaba mejor, de que me llevaba mejor con los amigos, con los clientes, con mis hijos y hasta con mi mujer, que nunca sospechó nada o, al menos, no lo demostraba. Llegó agosto y dejamos de vernos. Alex se había ido a California a pasar todo el mes por allí con unas amigas, según me dijo, mientras yo ejercía de esposo y de padre y me fui unos días a la casa de Menorca con la familia. Fue un agosto muy raro, estaba inquieto pero feliz, como un adolescente que espera que pasen las vacaciones para poder ver de nuevo a su primera novia.
Pero en septiembre volvimos a lo nuestro, como si solo hubiera transcurrido un fin de semana. En nuestra primera cita, nada más entrar en la habitación del hotel, Alex me pidió algo insólito a lo que ella pareció no darle ninguna importancia.
Carlos, escucha, en San Francisco he conocido a una persona muy interesante, una artista. Le he hablado de ti y resulta que tiene ganas de conocerte, así que he quedado aquí mismo con ella. Está de camino, me lo ha confirmado con un wasap.
No sabía qué decir. Me sonó a traición, nuestra relación debía ser secreta, yo me jugaba mucho y ella solamente un pequeño reproche por parte de sus padres, presumían de ser muy liberales. Pero yo era incapaz de negarle nada. Cuando se presentó su amiga, iba tocada con una máscara negra que ocultaba su rostro y vestida con un traje de chaqueta gris marengo perfectamente ajustado a su cuerpo, que luego descubrí de atleta, modelado en un gimnasio. Llevaba una pequeña maletita que depositó en el suelo.
Así que tú eres Carlos—su voz sonaba profunda, me recordaba a la de esa cantante italiana que no quería ser una bambola—Está bien, Alex, me gusta.
Hablaba despacio, pronunciando cada palabra con el tono justo al tiempo que me iba rozando suavemente la nuca y me metía la otra mano por las aberturas de la camisa mientras Alex, a mi espalda, me iba quitando el cinturón. Me dejé hacer, todas mis defensas habían sido derribadas. Fue la sesión de sexo más intensa de mi vida, y la más larga. A las pocas horas caí rendido, medio catatónico, aunque recuerdo entre tinieblas que algo se seguía moviendo a mi alrededor, y no solo en la cama. Desperté cuando una delgada línea de luz procedente de la ventana me golpeó los ojos. Estiré los brazos y las piernas, todavía medio dormido, pero no tropecé con nada: en la cama estaba solo. Me levanté y fui al baño: nadie. Era ya sábado por la mañana, me habían dejado dormir y se habían ido. Me duché y me lavé la cabeza intentando quitarme de encima el olor de todos los extraños perfumes y sustancias que habían utilizado, me vestí y me fui. A mi mujer le conté una historia poco creíble, no se me ocurrió otra mejor; me dio la impresión de que no escuchaba, probablemente porque ella tenía también su propia y privada vida.
No volví a ver a Alex. Se había ido a California el mismo lunes posterior a nuestro último encuentro, la habían admitido en el Caltech según conseguí averiguar tras una llamada a sus padres, que quizá se sorprendieran de mi súbito interés en su hija o quizá no. Anduve como un zombi durante meses, malhumorado, desesperado, odiando al mundo como un niño al que le quitan su juguete preferido y a su madre al mismo tiempo, amargado como solo un adolescente puede estarlo. Pensé incluso en viajar a California, pero un resto de sentido común me lo impidió. Mi mujer aprovechó mi debilidad emocional para echarme sin más explicaciones de casa, de mi casa. Aguanté en la empresa porque era el socio principal, en cualquier otro caso me habrían pegado la patada. Pero nada es eterno, y en la siguiente primavera me eché una novia muy comprensiva, un encanto, una de esas mujeres que están en vías de extinción. Luego olvidé definitivamente a Alex y a su amiga y volví a ser el Carlos amigable y productivo, aunque con menos viveza, menos alegría, no sé si por la edad o por el desengaño que siempre deja poso. En resumen, me convertí en un adulto. Hasta ese día en Berlín.
A las cuatro de la tarde estaba en la galería donde se celebraba la exposición. En el barrio de Mitte, en la Augustrasse, una sala muy grande con ese diseño semiindustrial que tanto gustó en otra época, los tubos de canalización a la vista, colores mustios, blancos sucios y grises amortajados, ni un brillo que le diera vida. La muestra era una retrospectiva que abarcaba diez años, desde sus primeras obras hasta las más actuales. En cronología inversa, el visitante veía primero la obra más reciente. Una rareza de la que seguramente era responsable el curador.
En la primera sala había fotos en color muy saturado de grupos de mujeres apiñadas en círculo alrededor de diversas estatuas de antiguos hombres importantes a los que daban la espalda. Miraban hacia fuera, hacia el mundo, sonrientes y felices, mientras con sus móviles hacían fotos de los edificios que las circundaban. También había cientos de figuritas femeninas muy pequeñas, elaboradas con diversos materiales, colocadas graciosamente en maquetas de estadios, plazas enormes, teatros y cines al aire libre o plataformas petrolíferas, todas con una microcámara sostenida con sus manitas y pegada a la cara. La firma era un simple signo de interrogación, un “?”.
En la siguiente sala las fotos eran también en color, pero ligeramente desvaído. Las artistas se turnaban en la cámara mientras la otra posaba acompañada de algún hombre vestido con harapos que se situaba detrás de ella, a cierta distancia. Los paisajes que rodeaban a ambas figuras eran antiguas zonas industriales, algunas con chimeneas de ladrillo derruidas y naves con las ventanas tapiadas o los cristales rotos, y lugares de ocio abandonados, como discotecas o parques acuáticos llenos de basura, con el mobiliario destrozado. Las fotos eran terroríficas. Estaban firmadas por xx, con las “x” finamente delineadas, muy pequeñas. ¿Por qué el cambio de firma?
La respuesta empecé a vislumbrarla en la siguiente sala, es decir, en la anterior etapa artística. Eran fotografías en blanco y negro, aunque plenas de grises, grises de todas las gamas de gris, desde un gris pared de apartamento hasta un gris muy oscuro, casi negro. Estaban tomadas en las calles de grandes ciudades, fotos de gente vestida de manera peculiar, muchos hombres mayores con pajarita o sombrero y gafas de sol muy oscuras, con sonrisas algo bobaliconas, y mujeres jóvenes, casi adolescentes, con semblantes muy serios en todas las fotos. Alex y la mujer de la máscara se situaban detrás de los viandantes, solo que cuando estos eran hombres se ponían de espaldas. Las fotos las tenía que haber hecho alguna ayudante, y estaban firmadas por xz.
Por fin llegué a la última sala, o la primera según se mire. Las fotos eran selfis en blanco y negro contrastado. Las firmaba XyZ. El escenario de todas ellas era similar: una gran cama en una habitación de hotel, y encima de la cama un trío formado por un hombre y dos mujeres, Alex situada a la izquierda de la foto, medio tapada con una sábana, y la otra mujer, vestida con un traje gris o negro y con una máscara negra, a la derecha. El hombre estaba siempre en medio de las dos, desnudo, con los ojos cerrados y la cara deformada, a la manera de los cuadros de Bacon. Los brazos y las piernas dibujaban un aspa, y en el centro del hombre y de la foto destacaba un pene rugoso, flácido, escuchimizado, patético; un pene de hospital. Empecé a sudar, es una reacción muy típica en mí cuando entro en pánico. Recorrí la sala frenético, saltando de foto a foto. Cuando encontré la que buscaba noté un fuerte dolor en el pecho: allí estaba yo, irreconocible, en el cuarto de hotel que tan bien recordaba, a merced de las dos ominosas ménades. Salí a toda prisa del edificio, con la cabeza gacha, asustado, incrédulo, indignado, pensando en una querella, en abogados, en venganza. Cuando llegué al hotel para recoger mi maleta, la rabia se había convertido en pesadumbre y depresión. Me sentía derrotado y exhausto.
He seguido desde entonces la trayectoria de las artistas, por puro morbo y porque, a pesar de todo, me gusta lo que hacen. Ahora sé que la mujer de la máscara, de la que se ha desprendido definitivamente, se llama Feliz Nunez, nacida Yésica Núñez en Los Ángeles de padres guatemaltecos; había sufrido un accidente en su adolescencia, un motorista la atropelló con una Harley-Davidson cuando bajaba de un autobús. No ha tenido una vida fácil. Las artistas firman ahora con un pequeño círculo en blanco, que interpreto como un polígono de infinitos lados, incrustado en alguna de las esquinas de las fotografías; las letras significantes sobran y las artistas convocan al futuro, un futuro en el que yo no tengo reservado ningún sitio.
El libro del taller
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