A la abuela había que hablarle alto y de usted. Casi no oía la voz grave de papá. Mamá o yo le hacíamos de intérprete, repitiendo lo que él decía. Aun así, los adultos le tenían un poco de miedo. Su anciano porte orgulloso seguía imponiendo al mundo. La recuerdo en su casa, sentada en el sofá orejero, allí dónde daba el sol por las tardes. Cuando hacía frío, se tapaba con un echarpe negro o con las faldas de la mesa camilla que escondían un brasero. Llevaba moño, vestía colores discretos y usaba gafas. Solía verla tejer o hacer ganchillo. A veces, rezaba el rosario porque siempre fue muy religiosa.
Cuando íbamos a visitarla, yo disfrutaba perdiéndome por los pasillos largos de su casa y contando dormitorios, calculando cómo habrían cabido los siete hijos que tuvo. Imaginaba a papá, el más pequeño, deambulando entre todos ellos. Era divertido pensar en su metro noventa de altura convertido en pocos centímetros. Me asomaba al cuarto que compartió con uno de sus hermanos e intentaba visualizarlos charlando por la noche. Yo dormía sola y hablaba con un Jorge imaginario que se asomaba por la grieta de la pared de mi cama. Suponía que papá y el tío hablarían sobre libros de aventuras como los que seguían olvidados por la casa. Me encantaba inspeccionarlos en cada visita. Admiraba sus encuadernaciones gastadas y los personajes de antaño. Así fue cómo me hice amiga de un tal Guillermo Brown, de orejas saltonas y pecas inglesas. Era travieso, pero de buen corazón. Lo buscaba todas las veces. Leía cómo le insistían en que se lavara bien detrás de las orejas los domingos. Cuando pregunté, me dijeron que antes la gente no se bañaba a diario. Serían muchos para tan poca bañera.
En casa de la abuela había una ausencia presente en las paredes. Bodegones y escenas rurales, obras del abuelo que nunca conocí y que papá apenas tampoco. Yo le preguntaba por el cuadro del racimo descolocado para volverle a oír contar una de las escasas anécdotas de su infancia. Esa en que papá había metido el dedo en la pintura fresca y el abuelo había tapado el desastre con un satélite de uva junto a la fuente de fruta. Por entonces debía de estar ya enfermo, aunque papá no lo supiera. Ese retoque pequeño y desplazado me intrigaba igual que lo hacía cómo se habría sentido mi padre al perder al suyo con tan solo cinco años.
Era fácil recordar la edad de la abuela. Nació justo un año después que el siglo XX. Me explicó que le dejaron estudiar para maestra a condición de que nunca ejerciera. Por entonces yo decía que sería escritora o actriz y todo le parecía bien a ella. La abuela pudo ser esposa, madre, viuda, y administradora de propiedades e hijos. Desde que la conocí, la ironía la perseguía en cada cumpleaños: 8 de marzo, declarado día de la mujer trabajadora.
Cuando la abuela se ponía a trabajar en lo que ella llamaba el despacho, yo la veía como la ejecutiva que nunca fue. Era una habitación franqueada por puertas de cristal con un gran escritorio de madera en el centro y estanterías al fondo. Multitud de libros y documentos pulcramente organizados y acompañados de elementos decorativos. Entre ellos, me llamaban la atención una caracola y un caballito de mar disecado. En el despacho, la abuela extraía limpiamente las cartas de sus sobres para desdoblarlas con cuidado y ponerlas debajo de un pisapapeles de cristal. Luego las iba leyendo, una a una, y escribía respuestas o anotaciones con una caligrafía perfecta que yo envidiaba al compararla mentalmente con mis torpes trazos. Mientras, me dejaba jugar con el caballito. Me daba pena pensar que estaba muerto y hacía planes para buscar a sus hermanos vivos en cuanto me llevaran a la playa. En una ocasión, la abuela me enseñó la caracola de cerca. Era preciosa con su superficie perfecta de blanco nacarado. La acercó a mi oreja y me preguntó: “¿oyes el mar?”. Y yo asentí entusiasmada al notar el rumor de las olas invadiendo mis sentidos. Una pequeña magia que se hacía gigante por venir de la seriedad y el rigor de la abuela.
El despacho era también el lugar elegido por los Reyes Magos para dejarnos los regalos. La abuela nos esperaba dentro y los nietos desfilábamos hasta ella para ver qué nos habían traído. Era emocionante ver la pila de paquetes junto a la estantería del caballito. Primero iban veinte nietos por orden de edad y familia con sus respectivos hermanos. Luego, me tocaba a mí, la que hacía el número veintiuno, la más pequeña, acompañada de papá y mamá. Yo solo podía jugar con los dos nietos más pequeños. El resto eran demasiado mayores y, a veces me enseñaban sus cosas; otras me protegían o ignoraban y se comportaban como adultos. En verdad, muchos lo eran.
Un día que me quedé sola a comer en casa de la abuela, la sorprendí al levantarse de la siesta. Sentada frente al tocador, se cepillaba la melena frente al espejo. Viendo el esmero con que cuidaba sus cabellos plateados reparé en que también era coqueta. La vi guapa y mujer, además de abuela. Le pedí permiso para tocarle el pelo y, sorprendida, me dejó hacer. Era tan suave cómo había imaginado.
De repente, las visitas a la abuela cesaron. Me dijeron que se había caído, que tenía rota la cadera y que había que operarla. Dejé de verla un tiempo y cuando volví a hacerlo fue en casa de una de las tías. Era mi preferida, la más cariñosa conmigo y con papá. También lo fue con la abuela. La conversación alegre de la tía inundaba cualquier espacio. Pronto se trasladaron las reuniones familiares a su entorno. Al lado de ella, la presencia de la abuela se fue apagando lentamente sin que nos diéramos cuenta. Hasta que un día nos abandonó del todo.
Papá no quiso que fuera al entierro. Diez años le parecieron pocos para una experiencia que él reconocía amarga. Sí pude ir a la misa funeral que se celebró en una iglesia del centro. El devenir de parientes lejanos y conocidos remotos saludándose y saludándonos me abrumó. Parecían más interesados por la pequeña de los nietos que por su abuela. Papá notó mi agobio y me sacó de allí rápidamente.
Cuando la tía fue a vaciar la casa de la abuela, le pedí que me trajera el caballito. Tuve que explicar dónde estaba, porque a todos les había pasado desapercibido. No lo encontraron en su lugar habitual en el despacho. Apareció guardado en un armario junto a un regalo póstumo para mí. Era una mantelería bordada y un collar de perlas acompañados de una tarjeta manuscrita que conservé como un tesoro. En ella, la abuela con su delicada caligrafía me decía: “Mi querida nieta, como cuando cumplas quince y veinte años yo no podré hacerte un regalo como he hecho con las nietas mayores, te lo hago ahora. Recíbelo con el cariño con que yo te lo entrego y acuérdate de encomendarme a Dios. Tu abuela.”
A las pocas semanas, mis padres me convocaron solemnemente. Sonrieron de manera cómplice al notar mi desconcierto cuando me enseñaron un test de laboratorio. Dijeron que el cambio de color significaba que pronto dejaría de ser hija única. Después de haberlo deseado tanto, me pareció cosa de magia. En medio de la alegría, me encomendé a mi abuela, y supe que también ella estaba contenta.
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS