Me siento atrapada en una cueva angosta. Los cuadros sombríos de las paredes de la sala, las cortinas rezumando polvo viejo y ese tapete de encaje que me da náuseas. Sus torpes flores enanas, sus flecos deshilachados. El jarrón de cristal encima. Y el álbum de fotos. La niña de trenzas rubias sonríe sin un diente, vestidita de cuadros y agarrada a su muñeca. Ña, ña, ña. O soplando las velas, rodeada de amiguitos que acechan los pasteles con cara de bobos. O haciendo los deberes, con el cuaderno sobre el maldito tapete. La diminuta punta de la lengua asoma por su boquita de piñón mientras escribe. ¡Uf!
A esa niña, mamá, la machacaste a conciencia: Camina derecha, no comas tanto dulce, pareces un cerdito, no te va a querer nadie, ¿no me oyes?, no dejes la luz encendida, ya está bien de leer, de jugar, ya está bien de vivir. Ante los demás te hacías la víctima y ellos te admiraban: ¡qué mérito criar a una hija tú sola, y trabajando! La cría es dócil; mírala, tan formalita, con esa sonrisa de ángel cuando va a comulgar. Me convertí en una muñeca hueca que repetía gestos que ni siquiera entendía. Por las noches me despertaba sobresaltada por una angustia que me revolvía las tripas.
Ahora vas a comer, mamá. Te desato y te lavo un poco. Porque apestas. Igual que tu tapete de encaje; está pringoso, no lo he lavado nunca. ¿Qué te crees, que soy tu criada? Hoy hace tres años que te caíste por la escalera. No hagas muecas, no te voy a quitar la mordaza hasta que no esté la comida. Patatas hervidas con col, como siempre. Ya sé que no te gusta, pero alimenta y es barato. Todo el día trajinando para ti, la comida, la compra, la limpieza. Aunque hago lo mínimo, no me voy a dejar la salud por una arpía.
Te tenía tanto cariño, pensaba que tú me querías como las madres de las otras niñas. Te hacía dibujos con corazones, cogía tu mano, aunque la soltaras, intentaba abrazarte. No quería ver que tu alma oscura pagaba conmigo dios sabe qué agravios inconfesables. Nunca supe nada de ti, jamás me confiaste ni una brizna de tu niñez. ¿Quién eras tú antes de encerrarte conmigo en este piso? ¿Quién fue mi padre? En casa no hay fotos. Mencionaste una vez que tenías una hermana que vivía lejos.
Cuando tuviste el accidente seguro que disfrutaste pensando que me tenías a tu merced. La hija abnegada pasea a su mamá en la silla de ruedas, dando palique a todos los vecinos. Invitándolos a tomar un cafetito para que tengas compañía. Algunos me preguntan por ti. Yo también sé hacerme la víctima, pobrecita, no quiere que la vean en ese estado, tengo que ir deprisa a los recados, solo está contenta cuando estoy a su lado. Ojalá te murieras de una vez.
No quisiste que estudiara, ¿para qué?, ¿para irte lejos de casa y echarte a perder? Si no sabes ni freír un huevo, no escuches a esas amigas tan tontas; ya volverán con el rabo entre las piernas. Me ibas recortando como si yo fuera una cartulina, mientras ellas vivían libres, viajaban, se atrevían a ser ellas mismas. Me sentenciaste a ser dependienta de una tienda de lencería del centro. Algo apropiado para una señorita. Con ese sueldo nos llega y nos sobra; no hace falta derrochar para vivir.
He pasado muchos años de hastío, hablando de bragas y de sostenes con mujeres que me ignoraban. Yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Un hámster dando vueltas. Todos los días. No tengo amigos, me he ido enroscando en mí misma sin darme cuenta. Los fines de semana y en vacaciones escuchábamos la radio y hacíamos ganchillo. Te vi tejer el tapete de encaje con minuciosidad maniática. Querías que yo también lo tejiera. Nunca quise hacerlo. Por las noches soñaba que era una inmensa red y que yo era un pez atrapado que se debatía entre las olas.
Me he hecho mayor. En la cómoda, dentro de un libro, hay una foto que me hice con Raúl. Qué guapa estoy: los ojos se salen de la foto y el pelo parece moverse en la brisa. Él también está muy guapo, sonriente, el pelo rubio rizado, su brazo posado con delicadeza sobre mi hombro. Olía a lavanda fresca. Conocerlo fue un milagro. Empezó a trabajar de contable en la tienda de lencería. Me enamoré de él al instante. Cuando me propuso acompañarme a casa al salir del trabajo, comprendí de golpe que la vida podía ser algo más hermoso que aquella rutina en la que me iba enfangando.
Seguimos saliendo casi cada día. Nos íbamos a pasear junto al río, un lugar encantado en el que urdíamos proyectos; casarnos, quizá vivir en otra ciudad, tener hijos. Yo podría estudiar. Confiaba en él porque era bueno y me sentía querida de verdad. Ya verás, todo va a salir bien, tu madre no podrá hacer nada contra nosotros. Al volver a casa me encontraba con tu mirada de hiel y tu silencio compacto, como si me culparas de algo repugnante. Yo hubiera deseado explicarte lo feliz que era, pero tú me rechazabas con ojos de ira.
No debería haberlo traído a casa. Lo recibiste como un tirano antiguo que ve acercarse a un esclavo. Aún lo recuerdo, cogiendo tembloroso la taza de café y derramándola sobre el tapete de encaje. Tus gritos se oyeron por toda la escalera. Le llamaste inútil, le escupiste que era un desgraciado y que ibas a hacerle la vida imposible. El pobre Raúl me miraba asombrado, sin poder reaccionar. Yo me eché a llorar y tú te pusiste a darme puñetazos en la cabeza. Cuando él intentó defenderme, le diste un bofetón que le hizo tambalearse. Se fue corriendo, dando un portazo. Nunca más volvió a llamarme y, si me lo encontraba por la calle, cambiaba de acera.
No te voy a hacer daño, aunque me gustaría. Ya lo creo que me gustaría. Te voy a cuidar hasta el final, porque no quiero acabar en la cárcel. Lo único que le pido a la vida es que desaparezcas y que yo pueda vivir unos años tranquila. Tu presencia me arrastra al fondo de un pozo. Miro por la ventana y veo cómo viven otros, me asomo al patio y escucho las conversaciones de los vecinos. No tengo una vida propia; si al menos estuviera sola, podría llevarlo mejor. Lo más terrible es verte sentada ahí, supurando rencor con tu mirada. Por eso te tapo la boca, para que no hables. No lo soportaría.
Cuando todo cambió, después del accidente, descubrí que ya no podías nada contra mí. Eras tú la que dependías de que yo te ayudara a vivir. Y me di cuenta de que los papeles habían cambiado. Aunque en algunos momentos me culpaba a mí misma de ser tan cruel contigo. Me avergonzaba hasta qué punto podía ser tan inflexible, ¿merece una madre que la traten con tanta dureza? Pero he reflexionado mucho. Eres mala, me has visto crecer y te has ensañado conmigo, destruyendo mi alegría y mis ganas de vivir. Sin piedad, sin fisuras. El veneno te sale de dentro. Estoy convencida de que harías lo mismo con cualquiera persona que viviera a tu lado.
Hoy tengo un mal día. Las pastillas ya no me calman. Debe ser esta borrasca que está entrando. Le doy vueltas a la cabeza a una idea que se me ha ocurrido. Tú no vas a moverte de la habitación, es evidente. Puedo hacer lo que se me ocurra con la casa y con tus cosas. Voy a romperlo todo: esos recuerdos que guardas, las fotos, los trajes… Necesito desahogarme. Empezaré por tu maldito tapete de encaje. Lo voy a cortar en pedacitos con este cuchillo de cocina tan afilado, cada florecita, y luego los tiraré a la basura. Aunque lo que me gustaría de verdad es hundir el cuchillo en tu cuello.
−Lo siento mucho, doña Carmen. Menos mal que se le ocurrió gritar y los vecinos pudieron llamar al cerrajero; si no, lo mismo pasa el tiempo y no nos enteramos de nada. ¿Quién podía pensar que estaba usted atada y en ese estado? Ha tenido que sufrir mucho con esa hija.
−Hace años que no me deja pasar a verla. ¿Cómo podía imaginarme que la tratara así? Parece ser que se cortó una vena sin darse cuenta; Dios la perdone. Un accidente, pero en el fondo se lo ha buscado.
−Le voy a cerrar bien las ventanas; no me extrañaría nada que lloviera con esos nubarrones. ¿Necesita algo, doña Carmen?
−Cuando se la llevaron, se cayeron pedacitos de tu tapete de encaje manchados de sangre por toda la escalera. Como si lo hubiera cortado a propósito. Jesús.
−Menos mal que viene a cuidarla su sobrina Teresita. Ya verá, querida, la va a cuidar mejor que una hija de verdad.

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