Todo empezó porque se aburrían. Los once niños de 2º de primaria, de aquel colegio pequeño en aquella ciudad pequeña, deambulaban por el patio con cara de aburrimiento intentando consumir la hora del recreo sin otro afán que dar patadas a las piedras o darse empujones entre ellos.

Cuando Roberto vio el panorama pensó que tenía que hacer algo para levantar aquel estado de ánimo colectivo. Sentía la ilusión intacta y anhelaba construir los andamios mentales de los niños y prepararlos para ser hombres y mujeres brillantes.

De momento, lo que tenía eran seis niñas y cinco niños sin consumir la energía necesaria en la hora del recreo, augurio de un final de mañana tormentoso.

Se le ocurrió que podrían salir del colegio y acercarse al monumento a Cervantes que estaba en la Plaza Cuadrada, a 15 minutos caminando como mucho, y así amortizaba la clase de Lengua y Literatura que tenían al final de la mañana. A pesar de las dudas del director, agrupó a los once y les contó el plan.

—Niños, vamos a hacer una excursión, para divertirnos y, de paso, aprender un poco. Salimos todos juntos del colegio y nos dirigimos a la Plaza Cuadrada y allí nos quedamos alrededor de la estatua que hay en el centro, que os voy a contar una historia muy interesante sobre ella. Importante: todos tenéis que ir de la mano y no os soltéis. Si alguien se para que lo diga bien alto para que yo me entere.

Se generó una algarabía espontánea que debería de haberle hecho sospechar a Roberto que quizás no era tan buena idea.

—Profe, profe —grito María— yo no quiero ir de la mano, no somos niños pequeños.

—Vale, vale, ¡pero no os separéis! —dijo Alberto. Tenían un poco de razón, pensó, con siete y ocho años no están para ir cogidos de la mano.

No habían recorrido ni dos minutos cuando Julianito levantó la mano y le gritó a Roberto, ¡profe, me estoy haciendo pis!

—Está bien, entra en aquel bar de la esquina, pero date prisa, te esperamos aquí.

Al cabo de unos minutos Roberto empezó a ponerse nervioso viendo que el niño no salía, momento en el que María se ofreció a ir a buscarle. El resto de los niños pusieron cara de guasa que no pasó inadvertida a Roberto, pero no tenía tiempo para interpretar las señales.

—De acuerdo, pero salid los dos inmediatamente que, si no, no nos va a dar tiempo a ir a la plaza.

Cinco minutos después sabía que algo estaba pasando. Reagrupó a los nueve que quedaban y, con ellos caminando delante de él, entraron en el bar. Había dos paisanos en el interior tomando una cerveza que se quedaron quietos como si estuvieran a punto de vivir un suceso insólito.

—Niños, quedaos aquí y no os mováis —se dirigió al fondo del local donde siempre están los baños y aporreó las dos puertas. — ¡Salid de ahí inmediatamente! — Se oían risas y cuchicheos amortiguados, pero ni una palabra. — Escuchadme los dos, si salís ahora no pasa nada, seguimos con la excursión y nadie se entera de esto. Pero como no salgáis voy a tener que avisar a vuestros padres y vais a tener un problema serio.

Roberto siguió golpeando la puerta del baño de donde salían los ruidos y empezó a sentir un pánico irracional. A estas alturas ya había decidido que, en cuanto sacara a aquellos dos del baño volverían al colegio y se acabarían las excursiones para el resto del curso.

—Oiga estos niños están pidiendo bebidas, esto me lo paga usted ¿eh? —le gritó una voz que venía de detrás de la barra —y, por cierto, hay dos que se han pirado.

Siete niños bebiendo Coca-Cola le miraban fijamente mientras aspiraban el líquido con una pajita.

Roberto se acercó a ellos tambaleando con el estómago a punto de darse la vuelta y su cerebro dudando entre enfurecerse o llorar.

—Profe, yo sé dónde han ido —le susurró Andrea acercándose un poco a él.

—Vale —se sentó intentando aparentar calma—¿y dónde se supone que han ido?

—No se supone, lo sé, han ido al chino a comprar chuches de botella de coca cola picantes, es que la Coca Cola no les gusta.

Sintió la intemperie dentro de su alma, el frío de los recién nacidos al contacto con el aire, la soledad del desamor, el vértigo del desempleo, todo eso junto a punto de explotar en su cerebro. Cerró los ojos para recomponerse y pensar, para otorgar sensatez a aquel despropósito y hacer lo que fuera para volver al patio del colegio como si aquello no hubiera pasado.

Recapituló la situación para ordenarlo en su cabeza, tenía a dos niños encerrados en el baño, haciendo vete tú a saber qué, a otros dos desaparecidos, presuntamente en el bazar y a siete tomando Coca Cola en el bar. Nueve por un lado y dos por el otro. Decidió ir a por los dos extraviados para dar tiempo a los que estaban en el baño a salir y terminar la pesadilla.

Pagó al camarero del bar las consumiciones y le dio una buena propina para que vigilara a los niños y no se le escapara ninguno.

Ya en la calle se dio cuenta de que no sabía dónde estaba el chino, volvió dentro agarró de la mano a Andrea y se fueron hacia allí a paso ligero. Al llegar vieron que detrás del mostrador de aquel local abigarrado asomaba una cabeza que estaba más pendiente de la película que estaba viendo en el móvil donde miniaturas de asiáticos hablaban a gritos, que de lo que pasaba en su tienda.

—Oiga, ¿han entrado aquí dos niños de unos 8 años pidiendo botellas de coca Cola picantes?

—Sí, sí, niños, sí, pero Coca Cola picante no tener. En otra tienda —dijo el hombre de rasgos asiáticos levantando la cabeza un momento.

—Vale, vale —gritó Roberto, —¿pero en cual, en qué tienda? Le dieron ganas de sacudirle por los hombros, pero estaba agotado a estas alturas de la mañana. El hombre se encogió de hombros y negó con la cabeza antes de volver a su rutina.

Cuando salieron de la tienda, Roberto se sentó en la parada del autobús, que estaba vacía. Fijó la mirada en la acera de enfrente donde una pintada de color negro decía “la sonrisa es una curva que lo endereza todo”. La mueca de su rostro que intentaba ser una sonrisa viró hacia un puchero de niño a punto del llanto, pero se contuvo. Andrea sintió pena y le abrazó diciéndole, “profe, no se preocupe, todos van a estar bien”.

Mientras caminaba de vuelta al bar con Andrea, quien llevaba un paquete de regalices rojos en la mano, pegada a sus talones, Roberto sintió la calma de aquel que ha tocado fondo. Sabía que, como mínimo, le iban a despedir, eso sí, si encontraban a todos los niños sanos y salvos. Porque, si no, hasta podría ir a la cárcel.

Ya en el bar, encontraron a los dos paisanos apurando otra cerveza, pero ni rastro de los niños. Roberto, en tono casi despreocupado, sacudió la cabeza en un gesto de ¿qué me tienes que contar? dirigido al camarero que seguía detrás de la barra con poca tarea en ese momento.

—A ver, que yo no soy tu niñera, estos se han largado en cuanto han terminado las bebidas…y ya puedes tener cuidado con estas piezas.

Roberto emprendió el camino de vuelta al colegio, dispuesto a inmolarse, ya no tenía nada que perder. Había salido con once niños y regresaba con uno. ¿Cómo había sucedido? ¿Por qué nadie le explicó en la Universidad que los niños son una especie de monstruos con el claro propósito de joderte la vida?

Andrea, que caminaba a su lado, sentía tanta lástima por él que tuvo ganas de volver a abrazarlo. Era la primera vez que hacían algo así. Hasta ahora, todo eran tonterías, pero esta vez se habían pasado un poco.

Al llegar al colegio, el director le llamó a su despacho mientras mandaba a Andrea de vuelta a su clase.

—Roberto, ya sé que acabas de empezar y que entender a los niños y gestionarlos no es tarea fácil. Pero te quería felicitar porque lo has conseguido en tiempo récord. Están todos en la clase, de vuelta de la excursión y me dicen que ha sido una experiencia única, que lo han pasado muy bien y que eres un profesor guay— dijo el director sonriendo —. Y ahora, a trabajar— le dio la mano y le invitó a volver a la clase.

Al entrar en ella, estaban todos desparramados por la clase, correteando entre las filas, empujándose y gritando. No sé por qué los niños gritan siempre—pensó— pero le sonó a música. Se acercó a su mesa y vio que le faltaban todos los lapiceros y notó su silla húmeda y pegajosa, pero le dio igual, se sentó y gritó: callaos todos, que vamos a empezar la clase.

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