Sonido agudo que resulta de hacer pasar con fuerza el aire por la boca con los labios fruncidos.

«Sí, nosotros no existíamos hasta que los Australopithecus bajaron de los árboles para hacer algo más divertido que devorar cadáveres. Miles de milenios pasaron en las ramas, postrados sobre la carroña. Con los dientes la arrancaban a tiras, la mordían y deglutían. Sí, sí, cuando nosotros todavía no existíamos, vosotros eráis seres inferiores gobernados por el hambre y la muerte. La carroña era el olor que mejor ahogaba el grito de vuestras tripas».

Con el tiempo los homínidos se asentaron en el suelo. Con menos miedo y más organización, abrían y cerraban las fauces asiduamente. Ya no siempre para comer. En particular, los Australopithecus anamensis dejaron de emigrar y se establecieron en el lago Turkana. Se civilizaron no solo al perfeccionar la búsqueda de alimentos por el suelo sino al plantearse otros trabajos infrecuentes como, por ejemplo, controlar los pequeños fuegos accidentales. Cada vez los avivaban durante más tiempo y siempre les parecía que se extinguían demasiado pronto. A lo peor entre una lumbre y otra pasaban dos generaciones.

Hasta que aprendieron a fabricarlos.

A partir de entonces, ¿Cómo alimentar el fuego sin matarlo? ¿Cómo arriesgar? ¿Qué nueva ocurrencia poner en práctica para alargar esas gotas de calor durante el invierno?

A la brasa no le echaron tierra. En su lugar utilizaron ramas, cortezas, hojas. Mojadas no, mejor secas. Huyeron del aire. Se escondieron del astuto viento en cuevas. Les parecía un dios terrible. Les apagaba el fuego o se lo esparcía como si fuera un aliento destructor. Lo imitaron. Soplaron. Se percataron entonces de que al despedir demasiado aire sobre la broza la lumbre se apagaba. Practicando, los más diestros aprendieron a soplar a intervalos. Habían pasado millones de años. Ésos, los Homo habilis, ya eran otros.

Igual que cazaban, se acuclillaron o sentaron alrededor de la fogata. En grupo. Con pasión y ritmo, lanzaron juntos su aliento antropomorfo sobre las brasas cada vez que flaqueaban. Las hogueras se perfeccionaron, las bestias se alejaron y surgió el calor de la comunidad. Con la ilusión del clan, aparecieron los cánticos y las danzas. Maravillosas ceremonias en las que nuestros ancestros se comunicaban mezclando gritos, gruñidos y soplidos.

«Así, así nos descubristeis vosotros. Reconfortados por la hoguera, agradecidos a plantas y cortezas que os alimentaban el espíritu y no el estómago. Herederos evolucionados por el fuego. Hermanos que se turnaban: unos soplaban esforzados, otras contemplaban el fuego concentradas. Aparecimos con bocanadas de aire que expulsabais hacia fuera. Nacimos con alientos que, al atravesar vuestros atroces belfos fruncidos, produjeron sonidos nuevos. Somos los silbidos, resuellos más o menos prolongados, soplidos más o menos agudos. Somos los silbidos: una música distinta, más premeditada que el llanto, el grito o el aullido, la llamada con la que hasta entonces se escuchaba a los homínidos. Vinimos para quedarnos poco tiempo».

Ilusión, salto. Silbidos, alegría, celebración.

Pequeños sonidos, que están sin roer y que rescatan una melodía.

Puertas giratorias, labios que no se abren ni se cierran del todo mientras los tañe el aire.

Globos, cabeza y hombros que se mueven sueltos cuando bailas, de pie o sentado. Silbidos, propagando tu canción favorita.

Sistema de comunicación aéreo en la guerra y la trashumancia.

Silbido piropo, sonido de admiración impertinente que emitían muchos hombres el siglo pasado al contemplar una maravilla, casi siempre mujeres o coches.

¡Alerta! Tú no lo ves, pero yo avisté algo que se acerca hacia ti. Te lancé una señal que vale en la niebla y en la mar. Un silbido alerta con el que te soplo, te aviso.

Silbido ancla que las personas y animales de compañía asociamos a una recompensa.

Lenguaje silbado con mensajes ilimitados que se transmite atravesando barrancos. Es el silbo gomero que pervive como forma de comunicación entre los veinte mil habitantes de una pequeña isla canaria donde los hombres pueden hablar como los pájaros.

«Hola, primo, te escribo para contarte en resumidas palabras como marcha nuestra exposición. Ya van cinco días y, siendo entre semana, siguen viniendo miles de personas a ver las fotos y vídeos de tu hallazgo. Vete a saber si será verdad, Severiano, pero dicen que es la primera vez que en el Museo Arqueológico se reciben más personas que en el Prado o en el Tour del Bernabéu. Sorprendente que en Madrid nos hagan este caso a los de la Gomera. Pero, no es para menos, te lo digo convencido por lo que me ha contado la directora de la exposición. Hasta ahora, sobre todo se habían encontrado pinturas de manos y figuras humanas cazando mamuts y ciervos. Y todos los hombrecitos aparecían siempre desordenados. Ahora, es la primera vez que pueden enseñar una pintura rupestre con un fuego y un círculo de primitivos ordenados a su alrededor. ¡Vamos, que te topaste con la repanocha de la ciencia! Estate atento estos días a los periódicos nacionales que llegan al Plaza. Hay varios artículos sobre la cueva y tu descubrimiento. No te me molestes porque salen fotos mías. Pronto, van a llegar muchos reporteros a Alajeró que quieren entrevistarte. Al fin y al cabo, fuiste tú el que se alcanzó caminando tan abajo del barranco para encontrar la cueva. Pero si no yo te hubiera escuchado los silbos a kilómetros de distancia, allí seguirías todavía, gurrumino».

Soplido estridente proclamando que yo estoy aquí. Silbar para que te encuentren. Desesperada tentativa a la que no sólo recurren los extraviados y moribundos. Los torturados también.

La función de silbar cumple una función integradora en los murciélagos y los pájaros. 

También con los humanos.

«Genéticamente nos parecemos a las aves cantoras. Tenemos más de 50 genes en común. Uno de ellos es el FoxP2, involucrado con el lenguaje y con otros genes, que cuando fallan, se asocian a problemas de lenguaje, como incapacidad para hablar o “no hablar bien”. El gen FoxP2, aclara la doctora Alicia Castillo, experta en neuroanatomía de la académica de la Facultad de Medicina de la UNAM, no lo tienen las aves no cantoras.

Silbar puede ser una variante del lenguaje, es una forma para comunicarse. Ciertas aves y humanos tienen la capacidad de usar su sistema sonoro para cantar y silbar. En los pájaros cantores es su único lenguaje.

Entre humanos y aves cantoras hay un eslabón: los murciélagos. No sólo los jóvenes aprenden de los mayores sonidos para comunicarse, sino para ubicarse en el espacio. Sus emisiones sonoras son como idiomas, ya que varían sus frecuencias dependiendo de la región donde habitan».

Neurofisiología del silbido

Fernando Guzmán Aguilar / Emiliano Sánchez. 4 de octubre, 2022

«Extinción. Los humanos nos están olvidando en el siglo XXI. La función de silbar está en desuso, creemos que solo nos preservaremos en la comunicación de los pájaros. Los teléfonos móviles y los sonidos digitales están acabando con nosotros. Los murciélagos todavía nos aprecian. Sin embargo, la destrucción sistemática de los bosques y cuevas donde moran los está exterminando también, y a nosotros con ellos».

«Bonito siempre que te silban ¿O …no? 

Depende de quién te silbe. En el transcurso de uno de nosotros puedes suponer cosas bonitas …o no tanto. Mucho depende de quién te silbe. Con un sobresalto, uno de nosotros te despierta, te activa, buscas entonces donde se origina la señal y, más pronto que tarde, su efecto se mezcla con la aparición del silbón. No suele mentir esa primera impresión, fuera cual fuera el mensaje del silbido. Para reconocer a nuestro emisor ayúdate siempre de dos indicadores que no suelen fallar. Aumenta la alerta cuanto más corta sea la distancia y el tiempo que gasta en aproximarse el silbador.

¡Qué diferente cuando te hablan! ¡Está …tan cerca la persona! En esta situación, el otro se anticipa. Antes de hablar, selecciona poner en su cara la expresión que te mostrará. Esa persona que verás tan próxima, modulará el timbre, quizás pronunciará las palabras que quieres oír. Esa persona que tendrás pegada, que igual hasta te toca. Ésa o ése que quieres. La que te manipula o el que te vuelve a engañar».

Instrumento pequeño y hueco. Hecho en madera o metal.

¿Quiénes utilizan el silbato?

Los árbitros si pitan partidos,

los marinos si adelantan embarcaciones,

los guardias si advierten a presos, manifestantes o conductores,

los sacerdotes aztecas si sacrificaban humanos.

«Cuando soplan por él salimos despedidos con fuerza».

La American Whistle Corporation lo considera imprescindible para buceadores, excursionistas y esquiadores. Cualquier persona si se extravía, podría gritar durante dos horas, pero luego se quedaría afónico. Sin embargo, podrá hacer sonar un silbato indefinidamente para pedir socorro. Además, cuando el silbato es de metal, y en el caso de que el metal sea de calidad, su señal de auxilio será muy penetrante, más fuerte que el de cualquier grito y por tanto se escuchará mucho más lejos.

Delicado es tu recuerdo y amarillo tu amor,

como el liquen que recubre mi piel.

Cuando se seque no le sobrevivirás.

Tu voz, un silbo que no existió.

Ocaso del silbido.

Te vi caminar entre un laberinto de galerías subterráneas para salir de la oficina. Una más de infinitas tardes, hijo, que hubieras olvidado. En medio de un silencio como el que enfría el interior de un congelador, ¿quién sabría decir de qué manera? algo debiste percibir porque se aceleraron tus pasos hacia al ascensor.

Hacía diez minutos que Helly se había marchado dejándoos, a ti y a los otros compañeros, atareados en vuestras mesas. En otro pasillo lejos de vuestra vista, abrió un armario y sacó dos banquetas. La primera para ganar tiempo en el ascensor pues repelería mecánicamente el cierre de la puerta; la segunda para medrar en altura, izando su cuerpo talludo, colándolo por la trampilla del techo y maniatando una cuerda al bastidor de la cabina. Con el otro extremo, se anudó una corbata corrediza para acabar con sus días en el edifico.

Quise detenerla, la susurré al oído, pero los vivos casi nunca escucháis a los muertos cuando os hablan.

Después de siete respiraciones profundas, derribó la segunda banqueta. Fue una chapuza, lo llaman una caída corta. Apenas descendió medio metro. Espacio corto para romperse el cuello y morir en segundos. Le tocó asfixia. Los pies extraviados buscaban apoyo según se estrangulaba. Los dedos se quedaban a escasos centímetros de la banqueta que se había recostado sobre el piso. Las piernas se agitaban frenéticamente, mientras el aire se le escapaba de la garganta. Quiso llamarte, pero no lo consiguió. Hubiera sido inútil. Un grito apagado nunca lo hubieras advertido. Si hubiera soplado fuertemente con los labios fruncidos, te habría llegado su alarma. Si hubiera aprendido a silbar, habrías corrido y llegado a tiempo. Y la hubieses salvado. Pero ajenos andáis, como ajeno vives tú, idiotizado perdido, entre luces y sonidos digitales, sin percatarte de lo que te dicen los ojos de la gente, sin escuchar lo que cuenta tu corazón. No me atendías: cuando yo, vivo, y tú, niño, te contaba historias de pastores y cazadores, de silbidos que, sin necesidad de tambores y trompetas, se avisaban y comunicaban.

Cuando yo te silbaba con distintas melodías para que vinieras a cenar, para que dejaras de jugar, o para que sintieras lo feliz que me hacía verte, nunca preguntaste «Papá, ¿Y eso cómo se hace?».

Puntúalo

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