Nunca te había escrito unas palabras, pero con motivo de tan bonita ocasión en la que hay tanto que celebrar, al sentarme y pronunciar tu nombre en silencio, no han dudado en acudir a mí, solas, como si hubiese algo que las retuviese y el mero poder de mi invocación hubiese desatado sus ligaduras.

Me vienen a la memoria retazos de un pasado rico en vivencias en el que fui plenamente feliz, en el que por supuesto tú, tía, fuiste una de las personas importantes que lo hicieron posible. Hablo de los días vividos con sentido en Cercedilla, que fueron todos, y de los que me gustaría recordar puntillosamente hasta el último segundo. Lo que hace especial, evocadora, a Cercedilla no tendría la fuerza atrayente que tiene una casa, un pueblo, una región, sin estar presentes todas las personas que hicieron poderoso y emotivo el significado oculto de una palabra. Por eso todas ellas ocupan lugares centrales en la historia completa que hay escrita en nuestra memoria, por mucho que nuestro delicado y poco entrenado cerebro nos permita acceder solo a pequeños trozos de ella. Aunque los recuperados casi de forma caprichosa por mi cabecita sean los que narro de allí, otros días en que me acuerdo de ti, tía, lo son en otros sitios a los que tu presencia y protagonismo pasado en ellos les ha imprimido carácter único en mi forma de nombrarlos y sentirlos: Madrid, Benicasim, Munich, Augsburg y hasta Zaragoza ya que no se me olvida el día de mi comunión junto con alguna que otra visita vuestra.

Se me ocurren ratos en los que siempre estabas dispuesta a complacerme, buscando como excusa una partida de Continental, que aunque nos gustaba a todos por igual, era especialmente singular la atracción que ejercía sobre mí, rayando en lo adictivo, fruto muy probable de mi extrema y bisoña juventud, palpable muchas veces en mi expresividad cubierta de altibajos según me hubiese parecido fantástica una situación o todo lo contrario, en los que por desdicha para los que me sufrían, mis padres las más de las veces, me transformaba en una criatura inaguantable. Aún lo soy muchas veces, si tocan la tecla de Mr. Hyde. Pero tú siempre has sabido bien cómo calmarme, con palabras sosegadas, usando la lógica mientras centrabas tu atención en mí: «Muchacho, pero no ves que no tiene sentido enfadarse, porque patatín patatán…».

Me doy cuenta que en eso Ángela también es bastante parecida a ti, porque cuando los enfados son grandes, en según qué persona, nuestro raciocinio se impregna en su capa más externa de sustancias resinosas que vienen en forma de ideas cerradas u obtusas (ya que muchas veces se busca no querer comprender), que le confieren impermeabilidad.

Por alguna razón los juegos de cartas seguían atrayendo mi interés, por otra parte como cualquier divertimento de «mayores» en el que se os viese concentrados a la par que sonrientes. Uno de aquellos juegos que en aquel entonces sacabais a relucir (normalmente con visitas de primos y amigos que venían a veros y pasar un día agradable y distinto en la Sierra, a la par que maravillarse de vuestras fantásticas dotes culinarias), era el Mus. Recuerdo haberte dicho lo complicado que me parecía, y que no entendía bien sus reglas; dejaste lo que estabas haciendo y mirándome a los ojos me dijiste: «Pero chico, ¿cómo es posible que no sepas jugar al mus? Ahora mismo te voy a enseñar yo». Y te dirigiste corriendo a buscar una baraja. Aunque el mus se me ha olvidado por falta de práctica, no lo ha hecho el rato que pasaste enseñándome.

Pero no todo eran las cartas, tras mis pelis de vaqueros siempre te encontraba con mi padre atareada en un puzzle gigante de miles de piezas que resolver; como conocías mi naturaleza curiosa, en cuanto me acercaba me acogías y me pedías si te podía ayudar, a lo que siempre respondía con una sonrisa y poniéndome manos a la obra.

Cuando abrías el garaje, era como si se abriese la cueva de Alibaba, un observador avezado podría encontrar todo tipo de cosas útiles, pero también de épocas remotas y los juguetes de todos los que han pasado por esa casa, , me gustaba colarme dentro para ver qué podíais estar haciendo, pero sobretodo para que me aconsejases sobre alguno de los juegos que había por allí amontonados y siempre me indicabas alguno que le hubiese gustado mucho a Pepo o a Eli cuando tenían mi edad. Eran auténticos tesoros, como tenerte a ti de guía. Uno de los cuales se volvió un clásico que cogía siempre que venía Marcos, y al que puede que no te acuerdes pero creo que aprendí a jugar una noche que te sentaste con los primos. Siendo yo por aquel entonces un pequeño mocosete, puede que me hubiese resultado complicado, por lo que creo que me puse a observar e intentar descifrar los misterios de aquella maravilla hecha juego, el «Hotel». Parecía que lo pasabais tan bien, que es muy posible que no me conformase con ser espectador y me volviese un preguntón, el caso es que me da la impresión de que salí de allí con la lección más aprendida que cualquier día de escuela.

Como éramos tantos en la casa y había tanta faena por hacer, casi siempre que aparecía en la cocina os encontraba a las tías, a mi madre y a la abuela haciendo algún guiso de lo más suculento. Son recuerdos vagos pero no así los intensos olores, con los que se me hacía la boca agua, ya que siempre olía a las mil maravillas. Si tenía suerte, y habíais sofrito algo o dejado a reposar, me lo dabais a probar con la consigna de no decírselo a nadie.

Siempre echaré de menos las comidas y las cenas en aquellas largas mesas, no solo porque ahora nos reunimos menos, sino por los que se han ido. Si cierro los ojos casi consigo sentirme de nuevo allí, sacando bandejas repletas de la cocina para encontrarte a ti, a mi madre o a la abuela sirviendo las cosas que cada uno preferíamos, mientras el abuelo con cara de Santo (y realmente lo era), iba soltando disimuladamente alguna delicatessen a Chico, amigo fiel, cariñoso y encantador, al que me unía como mal comedor que era; pero tú que eras su dueña, te dabas perfecta cuenta de lo que pasaba y como alguna regañina nos caía, el abuelo y yo oteábamos la situación sin decir ni pío, mientras con la mano hábil ejecutábamos nuestras fechorías.

Casi creo adivinar tu sonrisa, la que te sale siempre cada vez que me ves, el día en que leas estas líneas.

Te quiero, tía.

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