
Aun habiendo nacido y crecido en el Reino de Gran Bretaña, esta bruma constante desquiciaba al más cuerdo.
Desde que tiene recuerdos —y créeme, es capaz de recordarlo todo—, en casa, con los criados, con los maestros o con los tenderos, distintas personas habían hecho referencias explícitas a una oscuridad aún mayor, a un clima más hostil si cabe, digamos que desde 1790.
Esta semana en concreto no ha salido el sol más de diez minutos seguidos. Y John se pasa el día en la biblioteca del edificio principal de la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo. Ya no sabe si está despierto o dormido, si su energía animal se ha desmagnetizado, si debería llamar a algún galeno para reconducir sus fluidos en la dirección correcta. Anda sonámbulo, como su tesis.
Observado desde aquí, parece una pintura al óleo: tan guapo, tan sereno. Un busto clásico de calma e introspección. Parece no haberse percatado de que aún lleva puesto su abrigo negro, que apenas deja ver el cuello de la camisa. No puedo evitar encapricharme de ese cabello casi negro, ondulado y voluminoso.
Creo que algo similar le ocurre al poeta más popular del momento. Está extenuado por la búsqueda constante de la dama boba y virtuosa. Ha de reconocer que le complace verlas arrastrarse hasta el tercer círculo del infierno, mientras su propia vida se alarga y la muerte nunca llega; pero cansa. Estas décadas sombrías han propiciado la transformación más espectacular que nadie habría podido imaginar en los de nuestra condición. Del último cónclave en tierra ignota salimos mejores, al menos en lo que a los apetitos de la carne se refiere. Ya no nos temen. Nos desean. Anhelan nuestra compañía. Necesitan ser fagocitados. Están aburridos de sus bailes y de sus intrigas palaciegas.
Nuestro escritor, hermano de sangre, solo conserva un rasgo vestigial: una leve cojera a los ojos de los hombres.
Pero sigamos con el bello Polidori. Entremos en su mente:
«Pobre Polidori», el más joven médico de esta institución, y no podrá ejercer en Inglaterra hasta los veintiséis. Alguien tendrá que inocularle el amor por las letras. Se merece ilusionarse hasta entonces. Confiará en el noble George. Ya le admira. El trabajo está prácticamente hecho.
Polidori se levanta impulsivamente de su mesa de trabajo y abandona la sala en apenas unos segundos.
—¡Caballero, ha olvidado su pañuelo! —le dice George, atravesando el corredor a toda prisa.
—¿Se dirige usted a mí, milord? —Polidori no pudo evitar sonreír al reconocerlo.
—Su pañuelo, sí.
—Ah, qué torpeza. Muchas gracias.
—No nos han presentado; permítame. Me llamo Gordon, pero puede llamarme George.
—Creo que su fama le precede, y mi honestidad no me permite disimular que sé quién es usted —comentó John con una vehemencia excesiva.
—Pues yo no tengo el gusto —mintió Byron.
—John William Polidori, doctorando; médico, si Dios lo permite, en un par de semanas, y un admirador ferviente de sus versos.
—Me halaga con sus palabras. Creo que me gustaría conocerle mejor. Pero, en vista de su ocupación y concentración actuales, le emplazo a una reunión informal de amigos dentro de quince días, para que celebre su recién obtenido título con nosotros. Somos gente sencilla, amante de la literatura y la buena conversación.
El lord acompañó sus palabras con un gesto elegante al ofrecerle una tarjeta de visita.
John aceptó sin titubear. Yo sé de sus anhelos, de su visión de sí mismo como un hombre total, capaz de abarcar diversas disciplinas.
Aquellas dos semanas fueron una tortura para el joven John, que no entendía qué le ocurría. Sentía sus apetitos exacerbados y era incapaz de concentrarse en los temas que le ocupaban. En su calendario había pasado a tener más importancia la cita literaria que la defensa de su propia tesis. ¿De qué hablaría? ¿Quién asistiría al encuentro? ¿Sería conveniente preparar alguna pequeña ponencia halagando los derroteros de la nueva poesía? ¿O sería mejor departir sobre avances científicos, sobre moral, deontología, límites éticos? ¿Cómo convertir la curiosidad de Lord Byron en respeto? ¿Era posible que lo trataran como a un igual? ¿Se atrevería siquiera a insinuar que él también escribía?
Los días siguientes, la meteorología continuó oprimiendo a los hombres como una losa suspendida sobre sus voluntades: lluvia incesante, cielo negro, cefaleas. Sin embargo, como era de esperar, Polidori recibió las más altas distinciones, y su logro fue comentado en todos los pasillos: nunca un joven de diecinueve años se había convertido en médico en Edimburgo. Pero ni la ovación ni el reconocimiento le proporcionaron una alegría verdadera. La promesa contenida en aquella tarjeta —la invitación al círculo de Byron— era su única fuente de esperanza. El cartón perfumado cambiaba de bolsillo como recordatorio tangible de su futuro.
Cuando por fin llegó el viernes, al caer la tarde, caminó por la colina en dirección a la niebla. Su paso era firme; ya no había rastro de inseguridad en su conducta. Un mapa invisible, trazado por otro, lo atraía hacia el abismo, pero él aún no lo sabía.
La casa apareció entre dos álamos, y todos nosotros éramos conscientes de la lujuria que nos aguardaba. John iba a entregarse a un bien superior, como si los honores académicos, la medicina y la razón no fueran más que una tenue cortina entre él y una oscuridad más densa, más viva que cualquier conocimiento humano.
Llamó a la puerta. No tardó ni dos segundos en aparecer el mayordomo.
—Buenas noches. Pase. Sea bienvenido.
En el salón le esperaban varias figuras esbeltas. Algunos todavía no se habían deshecho de sus capas de terciopelo.
—Has venido, John —dijo uno de ellos con una voz tan líquida que pareció deslizarse dentro de él.
La velada transcurrió fugaz, encadenando episodios agradables y estimulantes, o eso le pareció a John, que creyó encontrar de inmediato a sus espíritus afines. Byron le rellenaba la copa con un licor espeso que empezó probando con cautela, pero acabó bebiendo a grandes sorbos. Una copa tras otra. Incluso se atrevió a disertar sobre el hombre sin alma, el hombre máquina incapaz de atender a la empatía de la especie.
A altas horas de la madrugada, Polidori sintió cómo sus sentidos se embotaban y, casi sin percatarse, se vio arrinconado por varios cuerpos en el diván de un gabinete contiguo. Ellos bebieron de él como si fuera un manantial.
Yo, que soy la mente que rige este mal que envuelve el mundo, oculto en los pliegues de la realidad, celebro que John ya sea uno de los nuestros. Porque despertará en su habitación y notará que el sonido del mundo ha cambiado: oirá el polvo asentarse sobre los muebles y la humedad reptando por las paredes; olerá la carne de los vivos al otro lado del muro.
Polidori dejó de sentir miedo. Solo quedó la certeza de que nada volvería a ser ordinario. Aprendió pronto la nueva regla: moverse entre los hombres como si aún fuera uno de ellos. Ahora podía leer los pensamientos que flotaban sobre las conciencias, distinguía los aromas del deseo y de la traición. Aún le costó años morder sin matar, o peor, matar sin remordimiento.
Se convirtió en una criatura elegante y cruel. Viajó con Byron por toda Europa. Escribió compulsivamente cada episodio de su nueva existencia. Pero algo en él —un resto de humanidad, quizá— nunca terminó de extinguirse.
No se enamoraba. No creía en la salvación.
Pero, a veces, en las calles, busca con la mirada a alguna joven errante, perdida, hambrienta de conocimiento, de manos temblorosas.
Y se pregunta, sin decírselo a nadie: ¿será ella la próxima?
El libro del taller
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