Mis padres eran feos. Y si tus padres son feos, la genética es tozuda. Yo no fui el guisante recesivo, ni la solución adaptativa. La gente que se paraba a hablar con mis padres me miraban y se les borraba la sonrisa. Y eso que mis padres ya me lo habían advertido, hijo, será difícil que te acepten, la clave es aceptarte a ti mismo y después todo será más sencillo. Además de feos, mis padres eran desesperadamente optimistas, una combinación terrible. Cuando no me invitaban a los cumpleaños de los compañeros me hacían fiestas. Engordé ocho kilos entre tercero y cuarto. Pero la realidad era que incluso Julito el gordo se reía de mí en tercero, ningún compañero se privaba de desahogarse conmigo. Aunque no les gustara que los relacionaran conmigo, se fueron acostumbrando a mi cara y acabaron cogiéndome algún tipo de afecto.
Todo cambió un domingo de Rastro de esos en los que mi padre me obligaba a cambiar los cromos de los futbolistas. Ya tenía 16 años, qué coño hacía yo allí. Así que me prometí a mí mismo que aquel era el último de esos domingos con mi padre. Si no recuerdo mal, me faltaban muy pocos cromos para cerrar la colección, además mi padre se ponía muy pesado y convertía cualquier situación cotidiana en una lección de vida, en una moralina filosófica, cuánto lo odié aquella época; y todos los años por esas fechas (debía de ser finales de septiembre), me repetía lo mismo, Rafita, cuando uno empieza algo, debe acabarlo, y movía hacia arriba y hacia abajo unos dedos huesudos que sostenían una batuta invisible, con los que acompañaba la sentencia.
Aquel puesto de cromos no lo conocíamos, no lo habíamos visto nunca, pero mi padre se detuvo porque el dueño lo chistó y le hizo el gesto con el índice para que se acercara. El hombre tenía el pelo azul, o casi azul, quizás verde, no lo recuerdo con exactitud, lo que sí veo claro es la imagen de aquel hombre susurrando algo en la oreja a mi padre para conseguir su atención. Mientras escuchaba se le movía la comisura de los labios como si pudiera controlar una sonrisa nerviosa. Aquel tipo tenía todos los cromos que nos faltaban, incluido el más codiciado de aquella temporada, nadie sabía por qué: el cromo del Tato Abadía, del Club Deportivo Logroñés. Fue como un milagro para mi padre, que me miraba con los ojos todo lo abiertos que podía, amagados como los tenía tras sus gafas de cristales gruesos y oscurecidos tan setenteros, porque además de ser feos, mis padres habían decidido que la moda había terminado en la década más nefasta para el buen gusto. Por fin teníamos al Tato, un jugador calvo, con bigote y camiseta rojiblanca por fuera del pantalón, que tenía aspecto de todo menos de jugador de fútbol. Podría haber pasado por leñador, butanero, pescador, o ingeniero industrial. Era un clásico de la liga nacional, estaba ya cerca de la retirada y había despertado la misma simpatía que mis compañeros de clase hacia mí. Mi padre cerró con aquel hombre extraño la transacción y nos encaminamos, satisfechos, hacia el Campo del Gas en dirección a casa. Al llegar hicimos repaso de toda la colección, incluidas las dos páginas dedicadas al Logroñés, que esperaban ser completadas con el cromo del Tato. Quisimos dejarlo para el final, casi como una especie de ritual. Pero algo nos distrajo, no recuerdo si la hora de la cena o alguna tarea que no pudimos dejar para más tarde.
En el instituto nada era diferente. Si pudiera decir que mis compañeros me trataban mal estaría exagerando. Era prácticamente invisible. A veces envidiaba a Julito el gordo (no había adelgazado desde el colegio), al menos a él le decían algo. Ya se habían formado algunas parejas, había dado tiempo incluso a que cortaran y salieran con otras. Yo estaba enamorado de Marisol, como le pasaba a medio instituto. De hecho hice un intento. En séptimo de EGB le dejé una carta anónima declarando mi amor profundo por sus pecas. Me rechazó, claro. Pero lo peor fue que un compañero me pilló dejándole la nota en su cajonera y se lo contó a todo el mundo, así que durante una semana al menos se rieron mucho de mí.
Pero una mañana, justo antes del recreo toqué la espalda de Marisol. Se sentaba delante de mí, y le pedí los ejercicios que había mandado don Alejandro, el profesor de Biología. No me había enterado, para variar. La reacción de Marisol fue extraña, me miraba como si fuera la primera vez que me veía, y una sonrisa boba se instaló en su cara, le impedía hablar, o al menos eso me pareció, porque no fue capaz de decirme lo que ya era habitual, haber estado atento, o cualquier otra frase más en consonancia con su carácter. Fue su compañera de mesa, Cecilia Cuesta, la que le dio un codazo para sacarla de su ensimismamiento, seguía mirándome con una sonrisa despistada. Cuando se dio la vuelta, antes de que empezara la siguiente clase con Pizarro, el de Mates, pude escuchar que le decía a Cecilia que nunca antes se había dado cuenta de que era un chico interesante. Cecilia tardó en responder, después le preguntó que si se encontraba bien. Me dio la tos, tanta, que Pizarro me mandó al baño, casi me ahogo del susto, de la emoción, de los nervios o de todo a la vez. En el baño me lavé las manos, y al secarme en el pantalón palpé el bolsillo trasero. Allí estaba el cromo del Tato. Nunca llegué a pegarlo, ni entonces ni después. Todavía hoy no sé por qué. Me miré en el espejo y después miré el cromo. Estaba deseando volver a la clase, a mi pupitre, volver a mirarla y que ella me mirara igual que lo acababa de hacer. Volví del baño dando saltos como si hubiera metido un gol. A la salida de clase hablamos y, antes de despedirnos, le rocé la mano, aposta. Ella sonrió.
Casi todos los días llegaba tarde, pero al día siguiente aceleré el paso para ir al instituto. Marisol seguía sonriéndome de la misma manera, y yo aprendí que los nervios me salen por los poros. No paraba de sudar. Estuvimos juntos durante todo el recreo. No recuerdo de lo que hablamos, o si hablamos, pero entre su sonrisa nerviosa y mis sudores me dio vergüenza hasta cogerle la mano. Fui a lavarme antes de entrar a clase y, como el día anterior, ahí seguía el cromo, en el bolsillo trasero del pantalón. Qué bigote. Aquel día, a la salida, cuando ya salía por la puerta del instituto, me paró una compañera de otra clase para preguntarme que si tenía novia. Rompí otra vez a sudar y le contesté que no. Es que le gustas a mi amiga, me dijo. No recuerdo ni el nombre. No supe qué contestar, y salí corriendo. No paré de correr hasta meterme en mi habitación. Tenía la camiseta pegada por el sudor. No entendía qué estaba pasando. Llegué a pensar que me estaban gastando una broma, que todos los compañeros, los del B, los del C, todos querían reírse de mí. Aquella chica no parecía bromear, y el tonteo de Marisol parecía de verdad. Aunque era muy extraño que la chica más increíble del instituto se hubiera fijado en mí. Mi madre quiso entrar a la habitación pero pegué un grito tan grande que la pobre hasta me pidió perdón. Me cambié de ropa y saqué el cromo del bolsillo. Lo miré detenidamente. No quise saber lo que estaba a punto de pensar y lo volví a guardar en el bolsillo del pantalón. Tanto si era una burla de mis compañeros como si era por el cromo del Tato tendría que comprobarlo.
Al día siguiente me cambié de pantalón, y con él, al cromo. Hice una prueba y, en el recreo me acerqué a Alba, otra compañera de clase, que no era la más guapa ni la más agradable, se quedó sin voz porque, en un alarde de seducción (lo había visto en una peli de Bruce Willis), le susurré que tenía un pelo precioso, como nunca lo había visto, le dije. Se ruborizó tanto que parecía que le habían dado un pelotazo en la cara. Después supe que Marisol me estuvo buscando. Y la amiga que me preguntó a la salida, también. No era una burla. Éramos el Tato y yo.
Después vinieron todas las demás. Los días siguientes, cuando me acercaba a cualquiera de ellas, sonreían, me miraban, algunas me observaban mientras cuchicheaban con la compañera. Cuando llegaba a casa, lo sacaba del bolsillo. Durante esos días hice todas las comprobaciones posibles con el cromo, no lo llevé, lo dejé en un bolsillo de la mochila, en el bolsillo del abrigo (empezaban las mañanas más frescas), en el bolsillo de la camisa, y nada, solo funcionaba si lo llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Era más eficaz si lo tocaba justo antes de acercarme a ellas. Empecé a hacerme popular, adorado entre ellas, envidiado por ellos, que me miraban con recelo, ninguno entendía qué me veían. Me invitaron a fiestas, cumpleaños, a salir por Madrid por las tardes, aún no nos dejaban llegar muy tarde y solo podíamos entrar en discotecas light. Mis padres no entendían nada. Mi madre me miraba y lloraba. Después miraba a mi padre para reafirmar sus miedos. Mi padre me decía que fuera prudente, y por supuesto no volvió a hablarme de las colecciones de cromos, supongo que no quería gafarme. Hasta los estudios me iban mejor. Una vez se me olvidó el cromo. Me cambié de pantalón y ese día se convirtió en una tragedia, o eso me pareció, retrocedí a la insignificancia, incluso al desprecio. Volví corriendo a casa, insultándome por mi torpeza. No me volvió a pasar.
El curso terminó bien, me empecé a acostumbrar a esa vida, establecí rutinas muy cuidadas y precisas para llevar siempre conmigo al Tato, para que nadie descubriera el secreto, y para que todos los días de mi vida fueran ese sueño del que no podía ni quería despertar. Encontré una caja metálica donde guardaba soldaditos cuando era pequeño. La vacié, y todas las noches guardaba el cromo en la caja al llegar a casa. Terminé el instituto siendo el alumno más vitoreado de la graduación, y me hice fotos con todas las chicas de la promoción salvo con dos, con las que había cortado ese curso. Me miraron con odio toda la noche.
Empecé la universidad. Eso era otro nivel. Conocí a muchas chicas y muchas noches de fiesta. Los viernes y los sábados, no fallaba. Después amplié a los jueves y los domingos, me puse a trabajar para sufragar tanto gasto. No fue fácil seguir el ritmo. Algunas noches, al llegar a casa, me acordaba de aquel niño invisible que iba al Rastro con su padre, que lloraba hasta quedarse dormido. Me costaba creer que fuera yo. Pero hasta lo extraordinario se convierte en rutina, y las noches y los días empezaron a parecerse mucho. Las conversaciones, los rituales de cortejo, los previos, las llamadas incómodas… parecía que el tiempo no pasaba. Una de esas noches tan parecida, esperando a que cogiera el abrigo Lucía, o Sandra, o Sofía, tuve un deja vu. Me marché antes de que saliera del garito. Viviría otra vez la misma escena, el mismo encuentro, la misma despedida y el mismo olvido. Durante un segundo no supe si fui yo o el bigote del Tato quien tomó aquella decisión. Antes de dormir, me levanté y saqué el cromo del bolsillo. La camiseta ya no era rojiblanca, empezaba a parecer solo de un color blanquecino que amarilleaba, y el Tato iba perdiendo ese bigote tan poblado, le pasé el dedo índice por encima y las letras de su nombre se estaban perdiendo, ya solo se llamaba A ía. Pensé que quizás mi suerte llegaba a su fin.
De nuevo era finales de septiembre, comenzaba otro curso, la facultad exudaba vida, había mucha gente en el césped, y un grupo escuchaba a una chica que, de pie, recitaba un poema. Me llamó la atención la chica que recitaba. Decidí acercarme. Tenía la voz grave y envolvente, y muchas pecas. Se parecía mucho a Marisol, incluso mantenía un cierto aire infantil que contrastaba con su voz, que declamaba unos versos de los que solo recuerdo las últimas palabras, “sin rumbo cierto”. En cuanto terminó el aplauso de ese público improvisado quise abrirme paso entre los que querían hablar con ella. Acaricié el cromo en mi bolsillo.
—Me ha parecido… el poema…
No pude. Me miró fijamente, se dio la vuelta y se alejó de mí. Saqué el cromo del bolsillo. Ya solo se intuía la aureola que destacaba el rostro del futbolista, todo lo demás estaba blanco. Pasé semanas, meses, buscándola. Revisé todos los listados de la facultad, pregunté a desconocidos, en la cafetería, volví cada jueves al césped. No la encontré. Llegó el último día de clase, el último examen, de Romanticismo. Y ahí estaba. Era ella. En la primera fila. El pelo, la espalda. Empecé a sudar. Aún no había entrado el profesor, así que me acerqué a ella. Interrumpí su conversación con la compañera de la esquina con la que hablaba en voz baja. Cuando me puse frente a ella me miró, muy seria.
—Hola —me dijo como si me preguntara.
—¿Cuando terminemos el examen te puedo invitar a un café?
—¿Por qué? —me respondió mientras estiraba su espalda y la apoyaba en el respaldo.
Me quedé unos segundos en silencio sin saber qué decir.
—Porque soy feo.
Sonrió. Con eso fue suficiente.
Volví a mi pupitre. Bordé el examen, y al entregarlo, saqué el cromo del bolsillo y lo metí entre los folios de respuestas. Al salir del aula, como un reflejo, eché mano al pantalón.
Tomamos un café.

El libro del taller
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