Corría el año 1401 cuando el décimo segundo conde de Glastonbury, lord Frederick Argleton, se hallaba en lo alto de la torre sureste de Argleton House, con el viento de cara, la luna llena a su espalda y los pies plantados sobre los remates almenados del torreón. Era aquella una noche despejada de finales de agosto, bastante fría para la época, de esas que parecen hechas a medida para los gestos melodramáticos. Desde allí observaba el abatido noble los límites borrosos de lo que antaño fueran sus dominios: tierras vendidas, hipotecadas o simplemente malgastadas por su gran afición al juego y su muy escasa fortuna en lo tocante al azar.
La piedra caliza de los merlones cedía bajo sus botas, como si la torre se resistiera a seguir sosteniendo el peso de tan derrochador personaje, lo que añadía un matiz de incertidumbre al drama que estaba por acontecer. Su cuerpo, apenas cubierto por un deslustrado jubón, tiritaba de frío según se aflojaban los salientes del bastión.
Si lord Frederick se encontraba sobre ese torreón, de los cuatro que coronaban la mansión, era porque aquel había sido proyectado para contemplar con avaricia las tierras que los Argleton habían poseído en el pasado, pero jamás para lanzarse desde él al vacío.
Aun así, el conde de Glastonbury decidía precipitarse desde las almenas, con la esperanza de lograr mayor suerte en el más allá, iniciando un viaje que solo habría de conducirlo a la muerte, cuando el brocado de su almilla se enganchó en uno de los gabletes con forma de gallina que ornamentaban la cornisa del palacio. Así, el aristócrata suicida, con ínfulas de Ícaro griego, quedó colgado a medio camino entre la torre y el adoquinado.
Durante unos instantes, abandonado a su suerte y balanceándose como si del badajo de una campana se tratara, aleteó y pataleó con torpeza. En su lucha por liberarse del piñón con algo de dignidad, la costura de la chaquetilla cedió con un sonido lastimero, provocando que la prenda saliera despedida hacia un lado y él hacia otro muy distinto.
Mientras descendía, pasó frente a la galería, donde su segunda esposa, lady Aveline, lo vio precipitarse por el cielo nocturno. Esta gritó al instante, aunque su alarido no fue de espanto, sino de fastidio: los gastos del funeral de su marido terminarían por arruinarlos. La servidumbre, en cambio, desvelada por el alboroto, acudió de inmediato en ayuda de su señora, cubierta con las mantas de sus camastros y con una más que evidente resignación.
En mitad de la caída, el conde tuvo tiempo de vislumbrar estancias de Argleton House que le eran del todo desconocidas: el gabinete, el salón de música o la biblioteca, entre las dependencias más notables; o el comedor del servicio, la despensa y la lavandería, que nunca habían gozado de un poco de atención por parte de lord Frederick.
Finalmente, auxiliado por la gravedad, el décimo segundo conde de Glastonbury cayó con un golpe seco sobre las baldosas del jardín, que lo recibieron con el entusiasmo silencioso de quienes, sin saberlo, llevaban años esperando aquel encuentro.
Al abrir los ojos, lord Frederick no vio el cielo nocturno ni el rostro de la que ya era su viuda, sino una sala interminable, alfombrada y decorada con columnas dóricas tan falsas como el voto de castidad del papa Bonifacio IX. En un estrado elevado, un funcionario celestial, con peluca empolvada, expresión de tedio y espejuelos en la punta de la nariz, hojeaba un códice gigantesco, amarilleado por los siglos, con manchas de grasa y un extenso listado de pecados.
—¡Conde de Glastonbury! —voceó el escribiente sin levantar la vista del manuscrito.
—Yo mismo —respondió el aristócrata, alisándose lo poco que quedaba de su ropa, como si estuviera a punto de hacer una reverencia al rey.
—Vida disoluta, evasión fiscal, abandono moral y, para colmo, suicidio. Milord, no va usted por buen camino.
—¡Pero soy de sangre noble! —exclamó indignado.
—Y yo quién manda aquí —replicó el escriba angelical, sin que se le inmutara una pluma—. Pase por la puerta del fondo, la de las quejas eternas.
Lord Frederick avanzó con dignidad resbaladiza hacia la puerta indicada. Al cruzar el umbral, se encontró en una sala decadente, con teas sin apenas lumbre, entarimado roído por las ratas y constantes susurros cargados de reproches. Era, en esencia, la versión ampliada del típico salón de juego donde perdía a los naipes, pero con más eco y menos putas.
Una multitud de aristócratas despojados de sus títulos discutía sobre asuntos eternos y del todo inútiles: el uso de guantes en el purgatorio, el número de cucharillas de azúcar permitidas en la eternidad o si la burguesía tenía derecho a quejarse.
Allí, entre barones arruinados y duques hiperventilando, el décimo segundo conde de Glastonbury comprendió, con horror y resignación, que la eternidad no ofrecía la redención que esperaba cuando se lanzaba de los remates mohosos de su otrora torreón. Era, simplemente, una versión mísera de la vida que había llevado, pues el más allá, para su desgracia, no premiaba la nobleza… sino que la ponía a hacer cola.
El libro del taller
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